ARTÍCULO

Homo symbolicus

Allan Lane, The Penguin Press, 1997 Harmondsworth Middlesex England
 

A lo largo de este siglo, el lenguaje humano ha seducido irresistiblemente a filósofos, psicólogos y antropólogos. En estos últimos años algunos biólogos se han dejado cautivar por el tema y han iniciado su acoso. En contraste con aquellos enfoques, el de la biología dispone de un marco teórico, el darwinismo y su teorema de la selección natural, donde pueden explicarse con éxito en bastantes casos los problemas que suscitan las funciones y las estructuras de los seres vivos. Otra cosa sucede con el comportamiento humano y, en particular, con las facultades mentales, entre las que se puede incluir el lenguaje.

Terrence Deacon, un biólogo de Harvard experto en neurofisiología, estrenó sus primeras armas científicas con un estudio sobre los orígenes de la neurofisiología del lenguaje. Ahora lanza un ensayo de más calado filosófico sobre la esencia del lenguaje. Y lo hace desde una perspectiva neodarwinista, donde el papel de la selección natural y las adaptaciones son los pivotes que sostienen el edificio que construye. Su tesis se basa, resumidamente, en lo siguiente: lo esencial del lenguaje es estar constituido por símbolos referenciales. Deacon entiende por símbolo lingüístico (a saber, signo lingüístico) una asociación arbitraria y convencional entre los sonidos (como los cuatro sonidos del signo «casa») y el significado (o referente) que todo el que sabe la lengua evoca. El carácter simbólico del lenguaje presenta, sin embargo, un problema aparentemente insuperable para el evolucionismo. Simplemente, no hay forma de encontrar las adaptaciones biológicas a las que se ajusta, con la posible excepción del medio o sustrato vocal en que se apoyan los símbolos. Pero el lenguaje no se explica por la voz, sino por su impronta puramente simbólica, dice Deacon. Para salir de este atolladero, Deacon presenta su segunda y original tesis: el lenguaje, aun siendo de naturaleza social, dadas las propiedades de arbitrariedad y convencionalidad (de «contrato» entre partes) que contiene el signo lingüístico, ha hecho cambiar la estructura del cerebro, de modo que ambos han coevolucionado. Así, un sistema complejo como el lenguaje ha hecho del cerebro un órgano complejo. En suma, el lenguaje es una entidad del mundo tres de Popper, como si fuese parte de la cultura espiritual (las teorías, las sinfonías, los libros, etc.) que se acaba ubicando en el cerebro, porque sostiene el edificio entero de la especie humana y le otorga ventajas adaptativas. Para sustentar esta tesis, Deacon apela a un hecho antropológico poco discutible, y es el siguiente. Una vez que los homínidos constituyen familias monógamas, es decir, constituyen el matrimonio, éste requiere una promesa de estabilidad entre las partes. El hombre que caza invierte su tiempo para alimentar a «su» familia. La mujer, por su parte, solicita la seguridad del alimento y la protección de los hijos. En suma, se crean las condiciones para un contrato matrimonial. La garantía del contrato debe ser un acto público (o que afecta al «orden público» jurídico, podríamos decir) en que las partes se comprometen. El símbolo convencional, público, y arbitrario establece el contrato. De hecho, el acto de prometer es un acto verbal.

Hasta aquí el autor se mueve en un terreno neutral y poco polémico. Pero no se queda aquí. Deacon aspira a decapitar uno de los fundamentos de la teoría del lenguaje de Noam Chomsky, el más influyente teórico de este siglo en temas lingüísticos. Si el lenguaje es de naturaleza a la vez social y biológica porque han coevolucionado, no hay lugar para un órgano del lenguaje innato al hombre como quiere Chomsky o para un instinto del lenguaje como quiere S. Pinker, de la escuela de Chomsky. Aquí la argumentación de Deacon se mueve en un terreno más inseguro, aunque no por ello menos interesante. Este enfoque, sin embargo, no es gratuito, y suscita problemas que la lingüística y la psicología se afanan por resolver.

El principal problema a que se enfrentan las tesis de Deacon es el del aprendizaje de la primera lengua por los niños. Para Chomsky y su escuela, en este problema no se trata de aprendizaje, sino de adquisición por medio de la gramática universal innata. Esta gramática universal permite la selección de la lengua que recibe un niño en sus primeros años de vida. El fundamento de esta gramática universal se encuentra esencialmente en la rapidez con que se domina un sistema lingüístico, en la inexistencia de aprendizaje explícito, y en la insuficiencia del estímulo verbal externo. En pocas palabras, un organismo que domina una gramática G con propiedades abstractas P ausentes en el estímulo en un tiempo límite t dispone de una gramática universal. La insuficiencia del estímulo es, quizá, el argumento más empleado, pero raramente se ha discutido críticamente. Deacon responde de forma indirecta: ese planteamiento chomskyano establece unos supuestos radicales sobre el cerebro y la evolución que son inverosímiles. Y así es. No hace mucho el biólogo británico John Maynard Smith protagonizó una confrontación con Chomsky a propósito de estos supuestos radicalesJohn Maynard Smith, «Genes, memes, and minds», The New York Review of Books, XLII, 19, 1995, págs. 46 y ss. Respuesta de Chomsky en la misma, vol. XLIII, 2, 1996, pág. 41.. Dicho en pocas palabras: para Chomsky el lenguaje es producto de una mutación que ha favorecido una organización neurológica específica del hombre. No es, por tanto, resultado de la selección natural. El lenguaje es un órgano al margen de la evolución darwiniana. A Maynard Smith (y a otros muchos) estos supuestos le parecen desconcertantes. Si la capacidad para aprender una lengua es innata, dice M. Smith, está genéticamente programada y tiene que haber evolucionado. Pero el lingüista niega tozudamente el papel a la evolución darwiniana en el lenguaje. Deacon, por su parte, trata de pulverizar estos supuestos atacando la idea de una gramática universal fija. Para ello se enfrenta directamente al supuesto de la gramática universal en el terreno donde la escuela de Chomsky está poco pertrechada. Ese terreno es el del cambio lingüístico. Las lenguas, sostiene Deacon, no sólo cambian sino que evolucionan (evolución que la escuela de Chomksy niega), y a un ritmo mayor que la evolución biológica. A pesar de este desajuste entre la tasa de cambio biológico y lingüístico, una lengua acaba por fijarse en el cerebro inmaduro del niño que, al fin, la posee. Para que esta posesión se produzca deben de haberse producido adaptaciones al lenguaje, que serían a la postre asimiladas genéticamente por el organismo que domina una lenguaEste proceso por el que la conducta de un organismo (en este caso, el uso de símbolos) produce a la larga adaptaciones en él es conocido como selección de Baldwin. También Popper apoya este tipo de selección, aunque no con este nombre, en su libro The Myth of the Framework, Londres: Routledge, 1994, nota 12, y las referencias allí mencionadas.. ¿Es esto otra forma de denominar la gramática universal o el instinto para el lenguaje? Para el autor estas adaptaciones permitirían el aprendizaje de una lengua y en ningún caso constituyen el saber lingüístico o competencia gramatical de un hablante. No puede haber nada específicamente gramatical en el cerebro porque hay discontinuidad entre los estímulos verbales y su referencia simbólica, que impedirían su fijación en la dotación genética humana. En otras palabras, la variabilidad patente de las lenguas y de las operaciones gramaticales patentes no son constantes en relación con su referencia simbólica. En consecuencia no puede trasladarse la gramática a una base neurológica fija y específica. Como ya observó E. Sapir en 1921, no tiene mucho sentido decir, por ejemplo, que el sonido «p» está localizado en tal parte del cerebro porque ese sonido no tiene valor lingüístico más que como representante de un elemento de experiencia o significado, es decir, el sonido «p» como tal no tiene valor simbólico. Por eso, la cuestión de la localización concreta del órgano del lenguaje se hace evasiva para quienes mantienen tesis innatistas y la remiten, si acaso, al nivel de circuitos neuronales. Deacon concluye que el saber lingüístico o competencia gramatical no puede tener una base neurológica específica. Los datos e investigaciones que aporta, relativos a la localización de las funciones lingüísticas, señalan una distribución amplia en el cerebro, lo que equivale a decir que el lenguaje es función de todo el cerebro.

La teoría del lenguaje es un terreno donde han florecido y florecen aún propuestas y especulaciones, muy legítimas, pero fantásticas. Esto sucede especialmente cuando se cruzan lingüística y biología. En el siglo pasado esto ocurrió con Schleicher. El libro de Deacon combina la especulación y los resultados empíricos con una argumentación clara y precisa. Y aunque no se detiene siempre en propuestas concretas (lo que debilita su credibilidad) constituye una crítica seria al dogmatismo de la tesis innatista de Chomsky y su escuela.

01/10/1998

 
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