ARTÍCULO

Historiar el franquismo: luces y sombras de una tarea inacabada

 

Apenas cumplido el cuarto de siglo desde la muerte del general Francisco Franco (1892-1975), el dilatado período de existencia del régimen franquista sigue siendo una veta primordial y básica de la historiografía contemporaneísta española. No es para menos. Aparte de constituir el inmediato precedente histórico de nuestra época actual, dicho período está conformado por cuatro decenios centrales del siglo XX y hunde sus raíces en una cruenta guerra civil de casi tres años de duración. Por eso mismo, la literatura recientemente publicada sobre la etapa franquista es relativamente abundante, muy diversa en sus temáticas y de muy diferente entidad y calidad. Y esto sin mencionar la inevitable persistencia de corrientes más o menos antifranquistas o profranquistas en el seno de las interpretaciones historiográficas en curso. De hecho, la fascinante e inacabada tarea de historiar el franquismo sigue contando con luces y sombras en su haber. Un breve repaso a las últimas novedades bibliográficas sobre la primera fase del franquismo (la de la posguerra civil, guerra mundial y ostracismo) permite adentrarnos en estas complejidades de manera fehaciente.

Como obra genérica y relevante, el libro de Antonio Cazorla ofrece una cumplida panorámica del proceso de consolidación de la dictadura franquista entre el último año de guerra civil y el final del ostracismo internacional en 1953 (gracias a los Acuerdos de Bases con Estados Unidos y la firma del Concordato con el Vaticano). Muy deudora de enfoques sociológicos en boga, la investigación pretende superar los estudios de «alta política» centrados en el carácter totalitario o autoritario de la dictadura franquista para abordar «los mecanismos y consecuencias del engarce social de la dictadura» (págs. 13 y 14). A su templado juicio, la dictadura fue «una solución neoderechista conducida por militares» (pág. 13) y la tentativa totalitaria de Ramón Serrano Suñer al frente de Falange nunca tuvo posibilidades de éxito en virtud de «el desorden generalizado en la Administración, la galopante crisis económica y la sensación de fracaso y desilusión política que embargaba a muchos franquistas» (pág. 22). En consecuencia, el partido único, antes y después del cese del «cuñadísimo» (septiembre de 1942), sólo tuvo «una posición subalterna» (claramente evidenciada por los sindicatos verticales) que apenas afectó a los verdaderos centros de decisión e instituciones vertebradoras del régimen: el propio Caudillo, el Ministerio de Gobernación y el alto mando militar. De aquí habrían surgido las «políticas de exclusión» de los vencidos en la guerra civil, verdaderas víctimas de la quimera de la autarquía económica, de la sistemática e inclemente represión política y de las muy desigualmente repartidas miserias y penurias de la posguerra. Frente a ellas, las «políticas de la resistencia» de la fragmentada y acosada oposición interna y exterior apenas lograron hacer mella en la dictadura habida cuenta del «cinismo europeo y la Guerra Fría» (pág. 164), amén de las «demenciales cotas de falta de realismo» (pág. 166) del grupo más activo de la clandestinidad: el Partido Comunista.

Dejando a un lado las reservas de matiz que cabría hacer a varios aspectos de su interpretación general, parece evidente que el apartado más original y polémico del trabajo de Cazorla radica en lo que denomina «la implantación social de la dictadura» (capítulo 5). No en vano, el autor subraya que el franquismo contó con el apoyo y colaboración de amplios sectores sociales que alentaron y sostuvieron al bloque militar y eclesiástico que ganó la guerra civil bajo el liderazgo del Caudillo de la Victoria. Desde luego, en ese amplio espectro cabe encontrar «las altas finanzas», «los terratenientes», «los campesinos conservadores y los sectores medios» e incluso «sectores de las clases más bajas». Pero Cazorla añade un heterogéneo componente no siempre apreciado y reseñado por otros investigadores: «un sector decisivo de la población que estaba harto de las penurias causadas por el conflicto y de las barbaridades cometidas durante él» (pág. 203). Y es ahí donde habría de encontrarse, a juicio de Cazorla, la base social pasiva, resignada y tácita del franquismo entre el final de la guerra y el final del ostracismo: en aquellos sectores sociales que, si bien no apreciaban en Franco al invicto Caudillo de la Victoria, sí apreciaban en él al garante de la paz y el orden después del caos bélico (lo que no deja de ser paradójico, habida cuenta de las veleidades beligerantes de Franco en la fase de hegemonía alemana durante la guerra mundial). Era, en palabras propias de Cazorla: «Una mayoría relativa de la sociedad española que sólo quería buscar un futuro mejor que el miserable presente, y que desde luego no estaba en absoluto dispuesta a correr el riesgo de volver al horror moral y material de la guerra y la inmediata posguerra» (pág. 200). Sin que esa aceptación resignada supusiera, excusamos decirlo, un ciego aval político para el régimen. Al respecto, es bien expresivo un estudio de 1951 realizado por el Arzobispado de Valencia sobre las preferencias de los trabajadores. A tenor del mismo, a los obreros «les importa muy poco la política, regímenes y gobiernos», pero tienen «por estorbo a los patronos y a los ricos; y como sostenes de ellos, al Ejército y a la Iglesia; y va contra ellos por este orden: patrono, ricos, Iglesia (a la que no tiene miedo) y Ejército (al que tiene)» (pág. 241). Quizá no quepa mayor reconocimiento oficial de que el legado de horror de la guerra, el vivo temor a la represión y la conciencia de falta de alternativa política constituyeron sólidos fundamentos de la dictadura franquista y de la apatía y desmovilización de los españoles durante su primera etapa de existencia.

El trabajo de Cazorla hace una breve referencia a José Luis Arrese, el sustituto de Serrano Suñer al frente de la Falange entre 1941 y 1945, como «un descarado oportunista» (pág. 18). Sin embargo, Álvaro de Diego no comparte dicho juicio en su reciente semblanza biográfica del personaje y tiende a proyectar la mejor luz posible sobre Arrese en esos cuatro años largos como ministro-secretario general de la Falange. Según De Diego, el arquitecto bilbaíno de formación jesuítica y emparentado con José Antonio Primo de Rivera fue «un hombre íntegro y honesto» (pág. 16) que trató de desarrollar el ideario falangista en un sentido católico-integrista, con «lealtad extrema a la persona de Franco» y en el adverso marco internacional creado por las victorias aliadas sobre el Eje en la guerra mundial. Y lo hizo de tal modo y manera que la «Falange de Franco», «domesticada», depurada de pretensiones hegemónicas y conforme con su papel subordinado en el seno del régimen, fue en gran medida su obra maestra. No en vano, tanto Arrese como el resto de los pragmáticos líderes falangistas habían apreciado claramente su anacrónica dependencia del Generalísimo de los Ejércitos en vísperas de la plena derrota del fascismo en Europa: «Tan absurdo sería una Falange sin Caudillo como un Caudillo sin Falange» (palabras de 7 de julio de 1944, un mes después del victorioso desembarco aliado en Normandía, citadas en pág. 209).

Si bien De Diego realiza una aceptable labor de exposición y contextualización de las tareas de Arrese al frente de la Falange, su interpretación adolece de demasiados fallos y equívocos sin duda derivados de su sintonía personal y aun política con el biografiado. Así, por ejemplo, resulta sospechoso que en el capítulo inicial sobre las fuentes doctrinales del falangismo no cite ni una sola vez a Benito Mussolini y se remonte, en cambio, a «Kant, Marx, Bergson, Maurras, Stammler, Sorel, Kelsen» y otros once pensadores (incluyendo los españoles Unamuno, Vázquez de Mella y Ortega y Gasset). También resulta discutible la afirmación de que Arrese «era entonces el hombre de confianza de Franco» (pág. 181). Sobre todo teniendo en cuenta la práctica ausencia en el libro del que, sin duda, era ya un referente personal e ideológico clave para el Caudillo: Luis Carrero Blanco. Igualmente resulta muy cuestionable el largo excurso dedicado por el biógrafo a «contextualizar» la pública germanofilia de Arrese (capítulo 10), su «antisemitismo ocasional» (pág. 217), su furibunda crítica de la democracia («Un pueblo no puede gobernarse a sí mismo como tampoco puede mandarse a sí mismo un ejército», pág. 112) y su exaltación del programa totalitario («el Estado totalitario es el modo de organización que hace a la gran potencia capaz de mantenerse contra todos los demás, apretada en sí misma, instrumento que hace posible la guerra total», pág. 73). En particular teniendo en cuenta que De Diego tiende a apoyarse sólo en la literatura histórica y testimonial que redunda en beneficio de su interpretación y omite o menosprecia todo lo que pudiera poner en cuestión la misma. Así, a título ilustrativo, el fecundo trabajo historiográfico de Herbert R. Southworth es despachado como «extremoso» y «extremista» (págs. 222-223); el testimonio de Serrano Suñer sobre el oportunismo de Arrese se atribuye sólo a «una suerte de resentimiento» (pág. 89); y apenas hay comentarios sobre el delirante plan de Arrese para «aliviar el problema del hambre (en Málaga) con bocadillos de carne de delfín» (págs. 104-105).

Si el libro de Álvaro de Diego está informado por una clara afinidad electiva con su personaje y con el franquismo en general, exactamente lo contrario sucede con otra obra reciente y relevante sobre la guerrilla antifranquista. En efecto, Francisco Moreno Gómez ha escrito un voluminoso y detallado relato sobre la «resistencia armada contra Franco» que pretende honrar y hacer justicia a los olvidados protagonistas de ese fenómeno (los «huidos» y los «maquis») como parte de una apasionada militancia antifranquista y contra lo que considera «remilgo de cronistas de palacio y teóricos de la "neutralidad"» (pág. xxi). Aderezada discutiblemente con ese estilo discursivo, la obra constituye un exhaustivo estudio bien documentado (dadas las dificultades) de las actividades guerrilleras en Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura desde sus inicios y hasta su práctica extinción en los primeros años cincuenta. Y todo ello con algunas ocasionales y pertinentes referencias al fenómeno guerrillero en otras zonas del país, como es el caso de la malograda invasión del valle de Arán en octubre de 1944 (llevada a cabo desde Francia por la denominada Agrupación de Guerrilleros «Reconquista de España» bajo el patrocinio del Partido Comunista).

Entre los aciertos de la obra de Moreno Gómez se encuentra la distinción entre dos oleadas guerrilleras de origen y morfología diferente: la etapa de los «huidos» entre 1939 y 1944, «fugitivos del terror de Franco», de muy diversa filiación política, que se ocultan en el medio rural «porque es ahí, y no en la urbe, donde existen bosques, sierras y matorrales, cómplices casi imprescindibles para tal fenómeno» (págs. 3-4). Y la etapa del «maquis» a partir de 1944, con una apariencia de estructura militar (ejemplificada en la Agrupación Guerrillera de Levante), mayor planificación operativa y fuerte dependencia política respecto del PCE. Igualmente resulta un acierto el minucioso cómputo de guerrilleros operantes en la zona Centro-Sur entre 1939 y 1952: 1.484 en total (con 26 mujeres incluidas, 607 muertos, 620 detenidos, 39 exiliados y 80 entregados) (págs. 16 y 687). Una estimación que obligaría a revisar al alza el conjunto de participantes en «aquella resistencia armada contra Franco», cuyo número se había establecido en 5.548 (según fuentes de la Guardia Civil) y que Moreno Gómez cifra en no menos de 7.000 personas (pág. 690).

Entre los desaciertos de la obra cabe señalar uno básico y central: minusvalora el efecto de la propia guerrilla sobre la consolidación del régimen franquista y sobre la pérdida de eficacia y atractivo de estrategias alternativas opositoras pacíficas. No en vano, Moreno Gómez reconoce en varias ocasiones que la guerrilla «supuso una alteración muy notable de la tranquilidad del Régimen durante más de una década» (pág. 21). Pero, como indica en el prólogo el profesor Paul Preston, cabe entenderla más bien como «una constante molestia» que, «en ningún caso, ni de ninguna manera», llegó a constituir «una amenaza para la dictadura» (pág. ix). Siendo esto así, no parece convincente el juicio de Moreno Gómez sobre el valor político y social (que no moral) de su existencia y, aún más, de su supervivencia después de 1944. También cabe discrepar de su juicio de que la invasión del valle de Arán «no fue una debacle ni un fiasco» y de que su objetivo de liberación armada «no parece ni esquizofrénico ni fantasmal» (págs. 245 y 247). Muy al contrario, cabría entenderla como un caso claro de las «demenciales cotas de falta de realismo» en virtud de razones bien expuestas por el guerrillero socialista asturiano José Mata en 1948: «Quienes fíen en la insurrección armada en el interior desconocen total y absolutamente la realidad española en estos momentos. Podemos asegurar que el criterio del pueblo asturiano, y no nos equivocaríamos si decimos de todo el pueblo español, es el de que España entre en la normalidad política y económica» (Cazorla, pág. 168).

Una cuarta dimensión de la historia del franquismo que está recibiendo renovada atención en los últimos tiempos es la que concierne a su política exterior. En este campo, el antropólogo Gustau Nerín y el experto africanista Alfred Bosch han dado a la luz una obra solvente e informativa sobre las arraigadas pretensiones imperiales del régimen franquista en África. En la misma se examinan con ironía no exenta de fundamentos la génesis, desarrollo y desenlace de los proyectos militares y falangistas para construir un nuevo imperio español en el norte de África (en torno a Marruecos, Ifni y Sáhara) y en el centro (Guinea), al compás de la Segunda Guerra Mundial y aprovechando las victorias del Eje germano-italiano sobre los aliados. En virtud de su propia trayectoria personal, Franco fue valedor entusiasta del africanismo militar y desde 1939 a 1943 desplegó una amplia actividad diplomática y estratégica para recuperar Gibraltar de manos británicas y proceder a sentar las bases de un imperio al sur del Estrecho a expensas de Francia. En sus propias palabras de 1940: «Hay muchas injusticias que se deben reparar» (pág. 120).

El programa imperialista del franquismo dio su primer paso con la ocupación de la ciudad internacional de Tánger en junio de 1940, justo al tiempo que Francia capitulaba ante Alemania, que Italia se sumaba a la guerra al lado del vencedor y que una aislada Gran Bretaña se aprestaba a resistir la invasión germana. Y prácticamente se limitó a ese triunfo tangerino porque Franco no consiguió nunca el ansiado aval de Hitler para sus planes imperiales, ni siquiera en la entrevista personal que mantuvieron en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Las razones fueron varias y concurrentes. Ante todo, las ambiciones españolas estaban en franca oposición a las pretensiones alemanas (en Marruecos y Guinea) e italianas (en Marruecos) y su aceptación hubiera supuesto la enemistad de la Francia colaboracionista del mariscal Pétain (que hacía depender el armisticio del respeto a la integridad del imperio colonial francés). Además, España no estaba en condiciones de pagar en forma de beligerancia activa el precio de ese bocado imperial, habida cuenta de su dramática situación económica, vulnerable posición estratégica y fehaciente agotamiento humano tras casi tres años de guerra civil.

El libro de Nerín y Bosch relata con agilidad y detalle esa incompatibilidad básica entre el enorme apetito imperial del franquismo y su muy menguada dentadura. La consecuencia fue que «el sueño imperial de España acabó, simplemente, en agua de borrajas» (pág. 97): Tánger fue devuelto en septiembre de 1945 tras el incontestado triunfo aliado; el protectorado del norte de Marruecos obtuvo la independencia en 1956, siguiendo la suerte de la zona francesa; Guinea se abandonó en 1968 en plena oleada descolonizadora del África negra; Ifni se cedió a Marruecos en 1969 para evitar males mayores; y el Sáhara fue entregado precipitadamente a ese país y a Mauritania justo al mismo tiempo que el general Franco agonizaba en noviembre de 1975. A este espléndido retrato de la declinante trayectoria del africanismo franquista sólo cabe hacerle una reserva: los autores no siempre han utilizado las mejores fuentes directas para la exposición de algunos hitos claves. Así, por ejemplo, resulta sorprendente que la gestación, desarrollo y consecuencias de la entrevista de Hendaya (capítulo 3) sean narradas sin citar las muy ilustrativas fuentes diplomáticas y militares alemanas e italianas disponibles. Y otro tanto cabría decir para lo relativo al desembarco anglo-americano en el norte de África en noviembre de 1942 (capítulo 6), que prescinde de utilizar las igualmente pertinentes fuentes diplomáticas y militares británicas y estadounidenses.

En todo caso, esas deficiencias no anulan en absoluto el valor del libro de Nerín y Bosch ni su indudable pertinencia historiográfica. Con sus muchas luces y pequeñas sombras contribuye, como todos los demás trabajos citados, a profundizar en el conocimiento cierto y riguroso de esa etapa histórica que es el primer franquismo. Una etapa cronológicamente todavía cercana a nosotros y, sin embargo, extrañamente lejana y distante, amén de apenas desmenuzada y comprendida. Por eso mismo, a pesar del notorio avance de las últimas investigaciones, la tarea de historiar el franquismo sigue siendo una veta abierta e inagotada.

01/08/2002

 
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