ARTÍCULO

Historias de la antigua Europa báltica

Akal, Madrid
Trad. de Pedro Madrigal
317 pp. 18,70 €
 

Ahora que la literatura española, según el lamento de numerosos lectores y críticos, está de capa caída, la presentación de la narrativa extranjera se muestra cada vez más exigente y mejor enfilada.Al menos en lo referente a la lengua alemana. Gracias al buen criterio literario de algunos editores, últimamente se están rescatando, del amplio fondo de la literatura de entreguerras y de posguerra, obras realmente espléndidas, en gran parte inéditas. En ello compiten no sólo pequeñas editoriales especializadas como Minúscula (La esperanza más grande, de Ilse Aichinger), y Pre-Textos (Lefeu o la demolición, de Jean Améry), o editoriales independientes como Siruela y Acantilado, que intercalan contemporáneos lucrativos con clásicos modernos, sino también sellos más comerciales, que apuestan por la intervención cultural: RBA ha publicado recientemente las tres novelas de Wolfgang Koeppen, y ahora reincide con Tránsito, de Anna Seghers. Lo cierto es que el período de entreguerras y de posguerra alemana fue extraordinariamente fructífero y espera ser (re)descubierto lo que, tras la caída del muro, ha adquirido una renovada actualidad. Es el caso de la presente publicación, en la que se reúnen dos novelas que, a pesar de la gran repercusión que recibieron en su momento, fueron obviadas por el canon germano-occidental, mientras al otro lado del telón de acero eran lectura obligada. El molino de Levin tuvo un éxito descomunal cuando se publicó en 1963; fue traducida a quince idiomas y se convirtió en una de las pocas novelas de un escritor de la RDA leída y celebrada en los otros países de habla alemana. Johannes Bobrowski (Tilsit, 1917-Berlín, 1965) se había hecho un nombre en las dos Alemanias como el poeta de Tiempo sármata y País de sombras, ríos; en los últimos tres años de su vida, sin embargo, creó una obra en prosa de lo más singular: politizada y llena de lirismo, de ligera habla popular y de denso pensamiento estético y filosófico, recubierto de robustos ambientes rurales y de sofisticada estructura musical.
Los lectores que conozcan su poemario póstumo, Indicios atmosféricos (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2001), el único traducido hasta ahora al castellano, reconocerán en las novelas el claroscuro de los ambientes, el paisaje nórdico ensombrecido por la amenaza de la presencia humana y el tema principal de Bobrowski: «Los alemanes y el Este de Europa, puesto que me crié alrededor del río Memel, donde convivieron polacos, lituanos, rusos, alemanes, entre ellos los judíos. Una larga historia de desgracia y culpa, desde los días de la Orden Teutónica, apuntada en el libro de cuentas de mi pueblo.Y siendo imposible de cancelar o de expiar, merece, sin embargo, una esperanza y un intento sincero en poemas alemanes».
Tenía que ser un escritor de la RDA quien, en los tiempos de la Guerra Fría, tuviera el coraje de tocar el espinoso tema de los vecinos del Este. Consciente de que, después de ser expulsados de Prusia Oriental y Occidental, muchos alemanes preferían desterrar el recuerdo de la centenaria convivencia en la región báltica, y, sobre todo, las causas históricas de esta convivencia cortada por el nacionalsocialismo, Bobrowski hacía hincapié precisamente en los momentos de quiebra, en las raíces comunes de los nacionalismos y el auge del racismo y del antisemitismo. En la exquisita, vibrante ambientación de sus relatos, este plano argumental político está muy bien envuelto; patentemente reviven un mundo multicultural, con libre fluir de lenguas y de costumbres, dentro de un marco histórico-económiconatural compartido. Un mundo abierto –dotado por el autor de un encanto lírico arrebatador (no transmitido por la deficiente traducción)– que hoy está tan lejos que parece un cuento de hadas.
En El molino de Levi, Bobrowski se basó en un hecho real, el contencioso entre un rico granjero alemán y un joven molinero judío polaco, al que primero le hunde el molino y después le quema la casa. El agravio tiene lugar en 1874, en una aldea de la Prusia Oriental, donde la fusión generacional entre alemanes y polacos es tal que «los alemanes de allí se llamaban Kaminski,Tomaschewski y Kossakowski, y los polacos Lebrecht y Germann». Dada su habilidad para trasladar el conflicto de intereses al terreno del honor nacional, el terrateniente evita el castigo. Cuenta con la colaboración de las autoridades locales, ciegos voceros del gran «Reich», para rechazar la demanda judicial del judío polaco, y consigue echarle del pueblo, objetivo para el que ha sobornado además al clero local. Bobrowski: «No interesa la moral de las personas, sino señalar la inmoralidad del estado político, donde el crimen se apoyaba en el poder y el poder en el crimen. Desgraciadamente es cierto, aunque sea inventado, que el villano de mi relato es alemán y yo me siento obligado a llamarle "mi abuelo"».
A medio camino entre la fábula ejemplar y la intriga policíaca –que investiga las razones del crimen y no busca al culpable, ya que se le conoce desde el principio–, El molino de Levin muestra un caso de injusticia tanto en su dimensión personal –la codicia y prepotencia del protestante piadoso– como en su contexto social, la comunidad pueblerina y su repentina división en partidarios del poder y defensores de los desprotegidos. Hacia el final medianamente feliz, la victoria del «abuelo» se relativiza, debido al descrédito moral que sufre en el pueblo por su actuación contra el joven Levin y sus amigos gitanos. Poco después de la desaparición del judío, se ve obligado a mudarse a la ciudad, donde se dedica a leer revistas nacionalistas. A las quejas de un articulista contra «los descarríos, los excesos y la arrogancia de la judería», responde altivamente: «Le exhorto con la presente a que, sin más dilaciones, solucionen toda esa cuestión siguiendo mi ejemplo». El estupendo sentido del humor que aligera la novela, no tapa su propuesta denunciatoria contra los métodos criminales del abuelo, amparados en el predominio económico de los alemanes y sancionados, años más tarde, por el régimen de Hitler.
En la segunda novela que aquí se presenta, Pianos lituanos, volvió Bobrowski a su región natal y a las fuentes de su poesía: la zona fronteriza entre Prusia Oriental y Lituania donde vivió en el siglo XVIII el poeta y constructor de pianos, Christian Donelaitis. Seguramente no hay muchas novelas al alcance del lector español que le acerquen el paisaje, las costumbres y la historia de esta parte de Lituania –desconocido nuevo miembro de la Unión Europea desde el año pasado– de forma tan sabrosa y lúcida. El día de San Juan de 1936, fiesta que celebran alemanes y lituanos de manera igualmente chauvinista, el profesor de música Voigt y un violinista de Tilsit visitan al lingüista Potschka, para preparar una ópera sobre el venerado Donelaitis. Este proyecto, sin embargo, se toca sólo tangencialmente en la novela, cuya acción se desarrolla morosamente alrededor del pausado paseo de los honorables señores, su conversación en la taberna y en la fiesta –todo ello descrito no sin mordacidad irónica– y el desenlace violento de ésta. La frágil convivencia de los dos pueblos –simbolizada en la difícil armonía de los pianos de Donelaitis– se quiebra a causa de la demagogia nacionalsocialista. Envidias vecinales y susceptibilidades nacionalistas desembocan en una pelea mortal y la provechosa compenetración de pasado y presente, encarnada en el personaje del maestro Potschka, llega a su fin. Un desenlace ambiguo despeja cualquier conato de moraleja de esta cautivadora novela que, a pesar de su innecesario oscurecimiento argumental, mantiene un balance sugerente entre lo expuesto y lo insinuado.

01/02/2006

 
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