ARTÍCULO

Historias africanas

Bellaterra, Barcelona, 303 págs.
Cambridge University Press, Madrid, 400 págs.
Trad. María Berberán
 

La publicación en un mismo año de dos libros sobre historia de África en nuestro país es, quizá, una muestra del interés que este continente está cobrando en los círculos académicos y periodísticos. Si además se trata de estudios tan penetrantes y singulares como los que hoy nos ocupan, el débil africanismo en habla castellana puede estar de enhorabuena. Se percibe un pequeño impulso editorial que tan sólo un año antes se plasmó en la traducción de otro libro sobre historia africana, el de Roland Oliver y Anthony Atmore, África desde 1800Roalnd Oliver y Anthony Atmore, África desde 1800, Alianza, Madrid, 1997. Reseñado por Francisco J. Peñas en Revista de Libros, marzo, 1997.. Seguimos alentando desde aquí todos estos esfuerzos.

Pasó el tiempo en el que los historiadores africanos de las independencias, como Cheikh Anta Diop o Joseph KiZerbo, debían aún, para justificar su objeto, enfrentarse al aserto hegeliano de que África era el continente sin historia por carecer de estado. Hoy la historia de África es una disciplina relativamente consolidada, y el énfasis de los estudios inmediatamente postcoloniales en la existencia de estados africanos antes de la presencia europea ha dejado de ser una constante de la misma. La crisis de los estados modernos está haciendo que estatalidad ya no sea sinónimo de progreso e historicidad.

Si algo de actualidad tiene la aseveración hegeliana, es en relación a las dificultades metodológicas que implica el estudio histórico de culturas como las africanas, básicamente orales y cuya noción del tiempo no coincide siempre con la linealidad progresiva del pensamiento occidental. Ello hace más loable los esfuerzos por la comprensión histórica como los realizados por Ferrán Iniesta y John Iliffe.

Ferrán Iniesta es hoy uno de los exponentes más importantes del africanismo catalán y español. Su libro Kuma. Historia del África negra es culminación de una fructífera labor docente, que ha dado lugar a toda una generación de jóvenes investigadores. El carácter didáctico de su obra se refleja en una estructura de manual, profusamente ilustrado con mapas y con una extensa bibliografía que aparece de forma directa, bajo cada uno de los epígrafes. El libro nos presenta una historia densa, tal vez excesivamente concentrada. A menudo se tiene la sensación de que tras cada capítulo el autor tiene todo un libro escrito o por escribir.

La historia que Iniesta nos presenta se teje alrededor de la idea de clasicismo. Con ella se resiste a las periodizaciones más al uso que han considerado la colonización europea –del último tercio del siglo XIX a la segunda mitad del siglo XX – como momento de referencia y punto de inflexión de las dinámicas sociales previas y posteriores. La calificación homogeneizante de precolonial para el período anterior al imperialismo europeo conlleva un matiz etnocéntrico que nuestro autor trata de soslayar cuando sitúa el eje de la historia africana en la época entre los siglos VII y VIII de la era cristiana y la apertura de la frontera atlántica durante los siglos XV y XVI . Este denominado «período clásico», en el que se produciría cierta plenitud cultural, se caracteriza por una determinada manera de entender el poder, encarnado en monarquías de carácter sagrado (realeza divina).

La arriesgada calificación de este largo período como clásico presupone la existencia, discutida para muchos, de un paradigma cultural en toda África subsahariana. En este paradigma desempeñaría un papel central la herencia de Kémit, o antiguo Egipto, en la cosmovisión del poder y la espiritualidad de todo el continente. Iniesta se muestra aquí fiel discípulo del historiador senegalés Cheikh Anta Diop, esforzado en la demostración de la africanidad esencial, y por ende la negritud, de los egipcios. La dimensión reivindicativa de estos planteamientos es evidente. El encuentro con Europa, primero a través del comercio atlántico y la trata de esclavos, y luego del imperialismo decimonónico, significó la decadencia del modelo clásico africano. Las relaciones sociales se tensaron y militarizaron, las legitimidades políticas se debilitaron, se reforzó el despotismo, se aceleró el cambio social y la invasión europea se hizo más fácil. Como en una inversión de los relatos imperialistas, la cultura occidental significa decadencia y caos para las culturas africanas.

El relato de Iniesta se produce en el encuentro, o desencuentro, entre una explicación marxista y una explicación simbólica o culturalista. Es esta última la que parece predominar en la explicación de los procesos históricos del continente. Las identidades y las representaciones político-religiosas se convierten en elementos clave para entender las dinámicas sociales africanas. La continuidad de éstas hasta nuestros días se debe a la permanencia de la cultura, en su dimensión simbólica, caracterizada por una visión holística y no individualista. Las formas productivas y de intercambio parecen desempeñar un papel subsidiario, pero adquieren importancia cuando los africanos se encuentran con el otro: el islam o el occidente.

Efectivamente, planteamientos neomarxistas como el del sistema mundo de Wallerstein, entran por la ventana al explicar las transformaciones provocadas por el encuentro de África y Europa. Precisamente es de dependencia como se califica el período desde la colonización europea hasta nuestros días. Parecen ignorarse los planteamientos constructivistas de la expansión europea, en la que, junto a la búsqueda de ventajas económicas y geoestratégicas, también representaron un papel importante las razones simbólicas e ideológicas.

El momento presente está marcado por el fracaso de los proyectos estatalistas. Los estados modernos, surgidos a partir de las administraciones coloniales que dejaron atrás los europeos en la descolonización, quisieron presentarse como los genuinos portadores de la idea importada de desarrollo. El naufragio de este proyecto y la fractura existente entre detentadores del poder estatal y poblaciones, que continúan navegando en un universo cultural singularmente africano, refuerza una de las tesis fuertes de nuestro autor: el estado sólo ha sobrevivido en el contexto africano a lo largo de la historia cuando no ha pretendido el monopolio del poder sobre la población. He aquí otro de los desafíos más que Iniesta propone a los teóricos sociales, en una obra llena de invitaciones a la reflexión y al debate sobre los africanos y también sobre nosotros mismos.

El libro de John Iliffe parte de otros presupuestos y otras preocupaciones y sus planteamientos son, en alguna medida, inversos a los de Iniesta. Iliffe entiende que la historia africana está fuertemente marcada por la lucha de los africanos por dominar y sobrevivir en una naturaleza especialmente hostil. Esta lucha es la que va a modelar el pensamiento y la cultura africana, en la que la fertilidad humana y la productividad de la tierra, la reproducción y la producción, constituyen las preocupaciones básicas. La centralidad que se concede a la demografía y las dinámicas de población se reflejaba bien en el título original del libro: Africans, the history of a continent.

Son los cambios de índole material los que van a marcar en este caso la periodización. El uso de los metales y la progresiva colonización de tierras a partir de los siglos XI y XII hasta el apogeo de la trata en el XVIII , constituyen el momento eje del libro. Subyace al relato una interpretación de longe durée, en la que los acontecimientos se explican en el marco más amplio de procesos como la colonización de la tierra, la expansión del islam o la apertura paulatina al mundo exterior. Por otra parte, Iliffe, presta especial atención a las diferencias regionales entre África occidental, oriental y meridional, sin olvidar el norte del continente ni la singularidad del caso sudafricano.

Las estructuras políticas, con toda su diversidad, se van a ver afectadas por las relaciones de los africanos con su medio. No por ello se considera a la cultura como mera superestructura de las formas productivas, pero sí en íntima conexión con lo material. En un continente poco poblado, con abundancia de tierras, cualquier foco de poder demasiado agobiante podía ser contestado con la emigración de los disidentes, a los que no costaría mucho encontrar tierras donde recrear otra organización social. Esto es lo que ha llevado a muchos a hablar de África como un continente de frontera, entendida ésta como la forma básica de constitución de la organización política.

Vinculada a ello se encuentra otra característica básica de la vida política africana: su acusado localismo y la dificultad que los sistemas de poder centralizado han tenido para consolidarse entre los africanos. La unidad política básica ha sido siempre de extensiones reducidas, sin que fuera esto impedimento de relaciones con poderes superiores, siempre que fueran tenues.

Especial interés muestra Iliffe por las relaciones sociales intracomunitarias. La centralidad de la fertilidad femenina en las sociedades africanas y el papel de la mujer como cultivadora o comerciante, otorgan una importancia fundamental a las relaciones de género. Por otra parte, los conflictos generacionales y los conflictos sucesorios, más que los conflictos por la propiedad de la tierra, han sido una constante de las dinámicas africanas. La riqueza se estimaba más en el número de hijos que en la propiedad material, y ello llevaba a la existencia de proles numerosas, que luego pugnaban con muchas dificultades por alcanzar el espacio copado por sus mayores. Las relaciones de servidumbre y esclavitud entre los africanos tampoco escapan al cuadro general, en el que se ensamblan procesos más amplios.

Las sociedades africanas no han vivido aisladas del resto del mundo, cosa en la que coinciden nuestros dos autores. El desierto y el océano han representado tanto barreras como canales de comunicación en diferentes momentos. El continente fue permeable a fenómenos de carácter más global, como la propagación del islam (y del primer cristianismo), el comercio del Índico, la expansión del sistema económico occidental, a través de la trata y del comercio atlántico... Por último, el colonialismo europeo y su posterior retirada integró definitivamente a África en el sistema mundial generado por ese mismo imperialismo, al tiempo que favorecía el mayor crecimiento demográfico sufrido por el continente, secularmente poco poblado.

Pese a las transformaciones, el intenso localismo de la vida social ha sobrevivido, así como mucho del pensamiento y las representaciones africanas, lo cual condiciona el carácter de los estados modernos. Al igual que Iniesta, Iliffe nos muestra las dificultades de funcionamiento de los gobiernos independientes, que se encuentran ante una sociedad difícil de capturar, que más bien ha capturado en sus redes clientelares y patrimonialistas al mismo estado. El fracaso de éste en sus objetivos iniciales ha trasladado al ámbito de lo local, lo étnico o lo religioso las energías y solidaridades sociales. «Según fue decayendo el Estado, la sociedad, siempre firme pilar de la civilización africana, se fue adaptando a las nuevas circunstancias, como en el pasado se adaptó al comercio de esclavos o al gobierno colonial» (Iliffe, pág. 336).

La integración de África en los procesos globales no ha impedido que podamos seguir hablando hoy de una específica historia africana, singular, pero no aislada, de la historia general de la humanidad. En ello coinciden estos dos relatos aquí presentados, de presupuestos tan diferentes entre sí, que ofrecen al lector visiones nuevas de un continente antiguo.

01/10/1999

 
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