ARTÍCULO

Historiadores bajo las balas

 

Los periodistas de todo el mundo que acudieron a nuestro país cuando «España fue noticia» (por usar el título del libro de José Mario Armero sobre el tema) se convirtieron, de hecho, en los primeros historiadores de la Guerra Civil española. Sus crónicas pretendían no sólo «informar» a los lectores de todo el mundo de lo que estaba ocurriendo en España, sino también «interpretar» aquello que estaba sucediendo aquí en clave de un conflicto que pronto estallaría en todo el mundo. Pero es que, además, muchos de ellos escribieron libros sobre nuestra guerra tan pronto como acabó el conflicto y se convirtieron así en la primera generación de historiadores de la guerra. Portaban, además, los galones de haber vivido nuestra guerra en directo y ello concedía a sus escritos un extraordinario valor.
El libro que aquí comentamos es el diálogo en el tiempo que establece Paul Preston, uno de los últimos historiadores de nuestra guerra, con quienes lo hicieron en primer lugar, y no para desautorizarlos, sino todo lo contrario, para apoyar sus testimonios, matizando, eso sí, sus opiniones con todo lo que hoy sabemos sobre la contienda. El libro de Preston se centra en los periodistas que informaban desde la República y deja –imagino que para mejor ocasión– a los que lo hacían desde la España de Franco.
Tres principios establece Preston para definir a la gran mayoría de estos periodistas. En primer lugar, se sentían no sólo «observadores» sino tambien «participantes» en la guerra española, ya que muchos pensaban que con sus crónicas podían llegar a forzar la intervención de las potencias aliadas en el conflicto español. En segundo lugar, y como corolario, hay que descartar cualquier pretensión de «imparcialidad» u «objetividad» en las crónicas que enviaron desde España. En tercer lugar, y a pesar de que ninguno de estos periodistas podía considerarse imparcial, se dedicaron apasionadamente a buscar la verdad en el día a día de los acontecimientos con objeto de informar a sus lectores de la forma más fidedigna de lo que ocurría en Es­paña, y ello a pesar de los enormes obstáculos que tenían que vencer: censura del Gobierno, dificultades para desplazarse a los escenarios de cualquier batalla, y a veces también incomprensión (y censura) de las redacciones de sus propios periódicos, más afines, en muchos casos, a la causa nacional.
Incide Preston, una vez más, en el llamado «caso Robles», que se ha convertido, en los últimos años, en verdadera piedra de toque de historiadores, novelistas y ensayistas de nuestra contienda. El argumento es ya archisabido: José Robles, traductor de las novelas de Dos Passos al castellano y buen amigo del escritor estadounidense, era traductor también del ruso y pasó a formar par­te de la embajada rusa o, en la versión de Preston, «se convirtió en el enlace entre el General Miaja, Ministro de la Guerra, y el General Gorev, Agregado Militar soviético». De lo que no cabe duda es de que manejaba información altamente privilegiada. Sabemos que fue arrestado en diciembre de 1936 y fusilado unas semanas más tarde. Cuando Dos Passos llegó a España en abril de 1937, nadie en la República sabía darle razón de su «amigo Robles». Estaba, simplemente, «desaparecido». Tardó algunos días en averiguar la verdad: que había sido ejecutado «por traición a la Repú­blica».
Para Stephen Koch, en su reciente novela The Breaking Point, la ejecución de Robles marca un punto de inflexión en la República española, que se convirtió en «satélite de Rusia» antes, incluso, de que Juan Negrín llegara al poder. Martínez de Pisón tambien defiende, en su ensayo, la inocencia de Robles. Paul Preston, en cambio, hace hincapié en la relación de José con su hermano Ramón Robles, reconocido fascista, al que rescata de la cárcel de Madrid en diversas ocasiones y al que ayuda a huir de Madrid para llegar a la zona nacional. Todo esto, especula Preston, podría haber despertado las sospechas de los soviéticos, que ha­bían proporcionado a José Robles acceso a información privilegiada y altamente confidencial.
La polvareda que ha levantado el «caso Robles» se debe, a mi modo de ver, al momento de inflexión –y de credibilidad– que en aquellos primeros meses de 1937 atravesaba la propia República. Si la República se había convertido en un satélite de la Unión Soviética (tal y como pensaba Dos Passos), ¿qué sentido tenía apoyar un régimen tan totalitario (y deleznable) como era el propio fascismo contra el que se luchaba? Pero si se trataba de un incidente aislado, o si Robles era realmente culpable de espionaje (como opinaba Hemingway), ¿era éste el mejor momento para desertar de las filas republicanas y dejar a la República desamparada en uno de los momentos más críticos de su existencia? Los dos célebres escritores estadounidenses contestaron a estas preguntas cada uno a su manera: Dos Passos salió de España dando un portazo y rechazando cualquier colaboración con la República; Hemingway se quedó hasta el final y se erigió en uno de sus grandes adalides.
Pero los héroes de este libro de Paul Preston no son los dos escritores estadounidenses que vinieron a España a ejercer de periodistas, sino los que lo eran de verdad, los periodistas «de raza». Pienso en George Steer, que estuvo en Guernica pocas horas después del bombardeo y tuvo que contar al mundo lo que allí había visto, y defenderse después de la versión franquista (aceptada por muchos diarios de los países aliados), según la cual habían sido los propios vascos quienes habían dinamitado su ciudad ante el avance de las tropas de Franco. Pienso en Jay Allen, que estuvo en Badajoz pocos días después de la masacre perpetrada por los nacionales camuflado de corresponsal «nacional» y fue el primero en contar al mundo (junto al portugues Mario Neves) lo que allí había ocurrido. Pienso en Herbert Matthews, de The New York Times, seguramente el periodista más brillante y el mejor analista político de todos cuantos vinieron a España. Pienso en Henry Buckley, mi padre, que llegó a España a tiempo de presenciar la caída de Primo de Rivera y pudo contemplar, en vivo y en directo, todo el proceso político de la Segunda República y el desarrollo íntegro del conflicto. Católico convencido, Buckley se convirtió en esa rara avis que es el católico revolucionario, el católico que, sin dejar de serlo, apoya la revolución social.
Lo que sorprende, tal como señalaba al principio de esta reseña, es la actitud casi reverencial de Paul Preston hacia todos estos periodistas de la guerra. Apenas hay críticas o rectificaciones sobre sus escritos o actuaciones, como si aquellos garabateados despachos que enviaban a sus periódicos y agencias de noticias fueran las primeras (y más auténticas) fuentes que todo historiador de hoy debe consultar. En este proceso de revisión a la que estamos abocados hoy en día, no ya de la historia sino de la historiografía de nuestra Guerra Civil, el libro de Preston es un alegato a favor de los que fueron sus primeros cronistas e historiadores. 

01/10/2007

 
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