ARTÍCULO

Historia y náusea

 

Durante casi dos décadas los vencedores de la Guerra Civil española se refirieron a ella como cruzada. La utilización del término es semántica y funcionalmente significativa: en una cruzada el enemigo es el infiel, alguien ajeno cuya fe o idea hay que combatir hasta erradicar. La demonización del enemigo como extraño a los valores tradicionales, como peligroso absceso histórico, fue leit motiv de los aparatos ideológicos franquistas durante el larguísimo período de formación y consolidación del Nuevo Estado. España, se decía, había vencido a la Antiespaña. Como han señalado historiadores y polemólogos, la española tuvo el carácter de guerra apocalíptica: una contienda en la que, más que en cualquier otra, el objetivo era el exterminio total de uno de los bandos, no su mera derrota. En una guerra de esas características la paz no se firma. Y, quizás por ello, la declaración jurídica de estado de guerra de la Junta de Defensa Nacional fue efectiva hasta el 7 de abril de 1948, más de una década después de que se iniciara.

Como ha explicado Paloma Aguilar en su libro Memoria y olvido de la Guerra Civil española, el consenso exigió un pacto de silencio implícito de los partidos políticos que ha gravitado sobre la memoria histórica y sobre el trabajo de los encargados de desempolvarla para el consumo social. Y, sintomáticamente, los estudios históricos sobre la guerra civil y sobre la larga posguerra (por cierto: ¿estamos ya de acuerdo acerca de cuándo terminó?) no experimentaron en los primeros años de la transición el incremento que habría sido lógico esperar tras la muerte del dictador y la llegada de las libertades.

En 1996, con la que estaba cayendo en este país, las fuerzas políticas y las instituciones académicas y culturales prefirieron todavía pasar sobre ascuas sobre una posible conmemoración del 60 aniversario del estallido de la Guerra Civil. Siento auténtica curiosidad por ver si en 1999, sesenta años después del famoso parte del 1.º de Abril en el que se anunciaba que las tropas nacionales habían alcanzado todos sus objetivos militares, sucederá lo mismo. La coyuntura política es ahora más estable, y no parece que existan heridas que requieran todavía la cauterización del silencio. O no debería haberlas. A ello se añade que en los últimos años se ha producido una notable explosión historiográfica en lo que se refiere no sólo a la Guerra Civil, sino también a la larga etapa del franquismo. Contamos con un corpus nada raquítico de estudios monográficos acerca de las instituciones, la administración, la política exterior, las conyunturas económicas, la oposición e incluso las mentalidades sociales. La reciente publicación de una interesantísima entrega de la revista Historia social dedicada precisamente al Franquismo da buena cuenta de por dónde se ha movido la última investigación histórica.

Me ha llamado particularmente la atención el artículo de la historiadora Ángela Cenarro acerca del imperio de la violencia como base del «Nuevo Estado» franquista. La profusión de monografías y estudios regionales, comarcales y locales –sobre los que, sin embargo, todavía no se ha elaborado una nueva síntesis interpretativa de importancia– permitirán seguramente una modificación sustancial de las cifras que se han venido suministrando acerca de las ejecuciones durante la primera etapa del Régimen. Como se sabe, Stanley Payne y otros historiadores ideológicamente conservadores calcularon un número de 28.000 ejecuciones entre 1939 y 1945. Si no nos hemos olvidado de dividir, de ahí resultaría una media de unas 4.000 ejecuciones por año para todo el período, aunque el mismo Payne declaraba que su número se concentró en 1939 y 1940, los años «más sanguinarios».

Lo que parece claro a estas alturas es que para el bando vencedor el primer lustro de paz consistió en gran medida en una continuación de la guerra por otros medios. No se trata de contabilizar muertos como arma arrojadiza: pero la monstruosidad de las cifras derrama una luz al menos irónica sobre la polémica acerca del carácter «autoritario» o «totalitario» del Régimen que fundaron los vencedores, sobre la naturaleza del consentimiento social que obtuvo y sobre las técnicas empleadas para lograrlo.

En la presentación del citado número de Historia social se señala que no ha sido precisamente la historia cultural la que ha llevado la mejor parte en la mencionada explosión historiográfica de la última década. En ese terreno hay asuntos que todavía levantan ampollas tremendas, como se ha puesto de manifiesto con la muy, digamos, tensa recepción dispensada al discutido y discutible libro de Gregorio Morán El maestro en el erial: pocas veces en los últimos años un trabajo en el que se habla –con desigual fundamento– de las actitudes y tomas de posición de los clercs de entonces ha suscitado tanta indignación entre los representantes que han sobrevivido y entre clercs de ahora mismo. Tengo la impresión de que la falta de serenidad ha truncado un debate que hoy todavía se revela necesario. Y no sólo para los historiadores.

Me pregunto si en ello no habrá también mucho de mala conciencia. Más allá de las exculpaciones autobiográficas parciales o totales y de los desmarques –a menudo meritoriamente tempranos, desde luego– de muchos antiguos ideólogos del franquismo está la cuestión del funcionamiento de los mecanismos atenuadores de la conciencia. Fue una guerra atroz y total: ya lo sabemos. Una guerra en la que los principios, las concepciones del mundo, de la sociedad y de la cultura se polarizaron en tal medida, que no permitió ningún tipo de neutralidad o tibieza, que se extendió hasta llegar al último rincón de cada conciencia adulta, a la más humilde manifestación de vida colectiva y cultural. Sé que la posguerra que surgió de ella tenía que estar en consonancia con el modelo de victoria al que al menos el bando insurgente –que era el que más unánimemente luchaba por un «nuevo estado»– aspiraba. Pero, perdónenme, a mí se me hace difícil todavía comprender a quienes suministraban doctrina y legitimación en un entorno de, más o menos, cuatro mil (4.000) ejecuciones por año. A pesar de posteriores (e insisto: a veces muy tempranos) arrepentimientos autobiográficos.

Otra conmemoración: esta vez menor. Y de la que se ha hablado muy poco; especialmente en Francia, donde, sin embargo, son tan proclives a celebrar lo suyo. En 1938, la Nouvelle Revue Française publicó, tras haberla rechazado dos años antes, la versión definitiva de La nausée, después de que su autor, un todavía desconocido profesor que se llamaba Jean-Paul Sartre, hubiera aceptado algunas modificaciones. Entre ellas la del título, que impuso el editor Gaston Gallimard: para los franceses de entonces el nuevo resultaba más llamativo que el de Melancholia, preferido por su autor. Estos días he vuelto a leerla. Ha quedado un poco vieja, la verdad: dated, dirían los ingleses. Y lo siento porque, después de descubrirla en la bendita trastienda de un librero de Barcelona (en esa época ya no había ejecuciones), su lectura formó parte de mi educación de hijo (difusamente) insatisfecho de vencedor. A estas alturas de nuestra cínica posmodernidad resulta casi enternecedor el intento sartreano de llevar la metafísica a los cafés, encarnándola en la antiperipecia de Roquentin, una especie de capitán Alatriste de la contingencia, del estar ahí. Leerla, en cualquier caso, nos devuelve un tiempo y ciertas claves para entenderlo. Sobre todo hoy, cuando asistimos a una especie de revival de lo anodino. Borrell incluido.

REFERENCIAS

PALOMA AGUILAR, Memoria y olvido de la Guerra Civil española, Alianza, Madrid, 1996.
GREGORIO MORÁN, El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, Tusquets, Barcelona, 1998.
VV.AA., Franquismo, Historia Social, número 30, Fundación Instituto de Historia Social, Valencia, 1998.
JEAN-PAUL SARTRE, «La nausée», en Oeuvres romanesques, Bibliothèque de La Pléiade, París, 1981 (Trad. española: La náusea, Alianza, Madrid).

01/12/1998

 
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