ARTÍCULO

Historia intelectual y democracia
rnEntrevista con Pierre Rosanvallon

 

Con ocasión de la última visita a Madrid de Pierre Rosanvallon, invitado por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales para impartir una conferencia a finales del pasado mes de septiembre, mantuvimos con él una larga conversación, en la que abordamos su doble faceta de historiador y politólogo. Lo que sigue es un extracto de esa entrevista.

 

Comenzamos rememorando con el profesor Rosanvallon su trayectoria intelectual y personal a lo largo de tres décadas, desde que, como secretario confederal del sindicato CFDT, publicó sus primeros trabajos sobre diversos asuntos socioeconómicos hasta la reciente aparición de su último libro La contre-démocratie (2006). La impresionante obra de Rosanvallon incluye un puñado de títulos fundamentales en los que ha diseccionado, desde un punto de vista a la vez histórico y conceptual, algunas de las claves de la modernidad política, y en particular de la vida política francesa de los dos últimos siglosAdemás de la última obra mencionada, reseñada en estas mismas páginas por Juan Francisco Fuentes, la rica bibliografía de Rosanvallon incluye, entre otros, los siguientes títulos: L’âge de l’autogestion ou la politique au poste de commandement (París, Seuil, 1976), Pour une nouvelle culture politique (en colaboración con Patrick Viveret, París, Seuil, 1977) y Le capitalisme utopique. Critique de l’idéologie économique (París, Seuil, 1979); La crise de l’État providence (París, Seuil, 1981), L’État en France de 1789 à nos jours (París, Seuil, 1990)y La nouvelle question sociale. Repenser l’État-providence (París, Seuil, 1995); Le Moment Guizot (París, Gallimard, 1985) y La monarchie impossible. Les Chartes de 1814 et de 1830 (París, Fayard, 1994); Le sacre du citoyen. Histoire du suffrage universel en France (París, Gallimard, 1992), Le peuple introuvable. Histoire de la représentation démocratique en France (París, Gallimard, 1998) y La démocratie inachevée. Histoire de la souveraineté du peuple en France (París, Gallimard, 2000); Pour une histoire conceptuelle du politique (París, Seuil, 2003) y Le modèle politique français. La société civile contre le jacobinisme de 1789 à nos jours (París, Seuil, 2004).. Sin dejar de lado los aspectos ideológicos de la política, sus análisis se caracterizan por una perspectiva realista e interdisciplinar, que busca en la historia las claves para comprender los grandes pilares conceptuales –Estado, liberalismo, pueblo, ciudadanía, representación, sobe­ranía, etc.– sobre los cuales han ido construyéndose históricamente las modernas democracias liberales, sin ocultar las aporías ni las dificultades y contradicciones de esa construcción. Sin embargo, lejos de cualquier presentismo, Rosanvallon insiste en que no pretende «encontrar en la historia los orígenes de nuestros problemas. No he pretendido hacer una genealogía del presente. No pienso que el presente sea únicamente el resultado final de una evolución de la que el historiador debería revelar el mecanismo secreto, considerando el pasado como la matriz de un desarrollo. Mi interés por el trabajo histórico sobre la política es muy diferente. Lo que me interesa es restituir al pasado la dimensión de presente que tenía entonces. Lo que me interesa es re-comprender, es dar vida a la experiencia política del pasado [...]. Hay que abordar el pasado a partir de la experiencia de los actores y tener en cuenta sus medios de acción, sus sistemas de representaciones y contradicciones... Por tanto, se trata de restituir de alguna manera a ese pasado su dimensión de indeterminación. Mientras que la historia genealógica desempeña un papel opuesto: sigue siempre el hilo de una supuesta necesidad. Al contrario, yo quiero restituir a ese pasado su presente. Para mí, el papel del historiador es restituir al pasado su presente, de manera que ese presente del pasado nos ayude a reflexionar mejor sobre nuestro presente y no a explicar simplemente la supuesta necesidad de dicho presente».
Su ambicioso programa de investigación contempla para los próximos años una vuelta a las grandes cuestiones que ya le preocupaban en los años setenta del siglo pasado: «Ahora que estoy mejor armado desde el punto de vista intelectual e histórico –afirma– me gustaría retomar las diferentes cuestiones que me planteaba entonces. Voy a empezar una nueva trilogía sobre las transformaciones de la actividad democrática. Estoy preparando un libro sobre las transformaciones de la legitimidad en las sociedades contemporáneas. Otro volumen, sobre el cual también estoy trabajando en la actualidad, tratará sobre el territorio de la democracia, con el fin de comprender por qué se han reducido las dimensiones de las democracias en el mundo contemporáneo. El objetivo es construir una teoría política de las secesiones y del separatismo, no a partir de ideas nacionales, sino en partir de una reflexión más radical sobre la dimensión social del territorio de la democracia».
«Lo que no ha dejado de sorprenderme al desarrollar mis investigaciones como historiador es hasta qué punto las cuestiones y contradicciones de la democracia aparecen durante toda su historia. Es imposible hacer la historia de la Revolución francesa y de la Revolución americana, o de las revoluciones del mundo hispánico [...] sin ver hasta qué punto, por ejemplo, la cuestión de la representación siempre ha sido al mismo tiempo una solución y un problema, o sin observar que las definiciones de la ciudadanía siempre han estado en el centro de luchas, controversias, perplejidades. Lo que me ha interesado es localizar y analizar las contradicciones y las tensiones que estructuran la democracia y ver cómo la historia de la democracia puede ser entendida como la historia de las respuestas que se ha tratado de dar a dichas contradicciones [...]. Y, así, realizar una historia que sea al mismo tiempo intelectual y práctica. En un marco general, se trata de ver cuáles son las diferencias y similitudes de estas tensiones, lo cual permite comparar las diferentes experiencias de la democracia».
Y, entre esas experiencias, Rosanvallon destaca la necesidad de «tener en cuenta las revoluciones hispánicas. No sólo porque constituyeron el tercer ciclo revolucionario a principios del siglo xix, sino porque el examen de las revoluciones hispánicas [...] permite entender mejor todo un conjunto de cuestiones que parecen menos comprensibles en el marco de las revo­luciones americana y francesa. Estoy completamente convencido de la importancia intelectual de reintegrar las revoluciones hispánicas en el marco de nuestras investigaciones, más allá de una simple perspectiva comparada de la época. El estudio de las revoluciones hispánicas abre la puerta a la comprensión de un conjunto de nuevos problemas: la cuestión del tamaño de las naciones, la delimitación de sus fronteras, el enlace entre lo viejo y lo nuevo, la transformación desde las formas sociales antiguas al constitucionalismo liberal, la relación entre el ciudadano y la comunidad, los problemas de constitución de la sociedad política y de la ciudadanía. Por eso, soy un gran lector de trabajos históricos sobre la política latinoamericana y la gestión de las independencias en el siglo xix; estoy muy interesado y dispuesto a debatir sobre estos temas».
Javier Férnandez Sebastián.–Volviendo a los problemas del presente, ¿podría señalarnos alguna enseñanza útil que se desprenda del estudio de la historia de la democracia durante los dos últimos siglos?
Pierre Rosanvallon.–Yo diría que la situación de la democracia se caracteriza en la actualidad por el hecho de que a las tensiones estructurantes, a los problemas de la ciudadanía o de la representación y la soberanía, ha venido a añadirse un tipo de problema completamente nuevo, el de la transformación de lo que he denominado el universo «contra-democrático», es decir, el universo constituido por las diferentes manifestaciones de la desconfianza de los ciudadanos hacia los poderes. Los grandes problemas de la democracia contemporánea nos conducen, de este modo, a un nuevo ciclo de interrogantes.
J. F. S.–Entre tales interrogantes, muchos europeos vemos con preocupación las perspectivas a medio plazo de la Unión Eu­ropea, después del rechazo francés y holandés al Tratado de Constitución. ¿No cree que, en lo que tiene de expresión de diversos temores sociales, dicho rechazo, además de un serio contratiempo, pudiera suponer un verdadero punto de inflexión en el proceso de construcción europea?
P. R.–Seguramente. Es perceptible que está produciéndose una cierta deconstrucción de Europa. Existe una tensión entre una suerte de utopía histórica –el sueño de una nueva forma de construcción política, de un nuevo tipo de relación entre los Estados– y la función histórica real de Europa. Europa ha tenido dos funciones históricas esenciales: por un lado, superar las divisiones de la Segunda Guerra Mundial; por otro, afrontar las consecuencias del desmantelamiento del comunismo. Había dos posibilidades de conciliar la utopía política europea con su función histórica tras la Segunda Guerra Mundial. Pero el proyecto que podría haber culminado en un nuevo tipo de federalismo fue, de hecho, descartado por el nuevo imperativo de ampliación que se impuso durante los años setenta con el fin de las dictaduras de Portugal, Grecia y España; imperativo que se multiplicó con la descomposición del comunismo a finales de los años ochenta. Esta función histórica eclipsó lo que podría haber sido el proyecto político. En rea­li­dad, la cuestión nunca se ha formulado claramente. De ahí, la sensación de una especie de movimiento que se ha impuesto de facto sin haber sido racionalizado. Porque Europa, sujeto político y constitucional, es algo que los europeos nunca han logrado entender por completo. Han seguido viendo a Europa según el esquema político y constitucional heredado, bien de la construcción de los estados-nación, bien de la construcción del orden internacional. No han reflexionado lo suficiente sobre la originalidad de esta Europa, que desafiaba de alguna manera los conceptos organizadores de las visiones constitucionales tradicionales, así como las ideas de regulación. Se ha producido un agotamiento de Europa, y la razón del mismo ha sido nuestra incapacidad para establecer un marco de comprensión satisfactorio de esta construcción.
J. F. S.–Al igual que usted, tengo la impresión de que buena parte de nuestros problemas políticos derivan de la falta de los conceptos políticos adecuados para el análisis y para la acción. ¿No le parece que, en esta época que tanto se habla del ocaso de los intelectuales, una de sus tareas específicas debiera consistir en abandonar los caminos trillados para construir, proponer y discutir esos nuevos conceptos y categorías políticas de los que carecemos?
P. R.–Para mí, esta cuestión de la función de los intelectuales siempre ha sido esencial, independientemente de sus funciones académicas. La función académica es producir un trabajo de investigación. Pero lo que denomino función intelectual es el papel que este trabajo de investigación desempeña en la sociedad. En Francia, el modelo dominante ha sido el del intelectual que se sirve de su legitimidad académica [...] para tomar posiciones en la esfera pública. Es una visión que nunca he compartido. No veo cuál es la legitimidad particular que tiene un intelectual para intervenir en un dominio que no es el suyo. Se puede admitir en una sociedad en la que el acceso a la palabra pública es muy limitado. Cuando en el siglo xviii Voltaire tomó la palabra por un asunto judicial, el número de voces que podían elevarse en la sociedad era muy reducido. Igualmente, durante el caso Dreyfus en Francia era preciso que alguien como Zola pudiera hacer oír su voz. Hoy en día, esto ya no es necesario. Hay muchas voces capacitadas para expresar sus problemas; el espacio público es muy abierto y plural, y no hay ninguna función propia que pueda desempeñar un intelectual a la manera en que se hacía en el pasado. Y [...] el tipo de notoriedad que encarnaban aquellos antiguos intelectuales, como Sartre, Camus o, anteriormente, Voltaire, ha desaparecido en gran medida. Las imágenes mediáticas eficaces, en la actualidad, son las de los grandes deportistas, los actores de cine y los artistas de todo tipo [...]. Sin embargo, en lo que respecta al papel del intelectual, su propio trabajo es el que puede reflejar su compromiso. No es que su trabajo deba tener un sesgo político –de ninguna manera–, sino que su trabajo [...] debe [...] hacer más comprensibles las dificultades de la sociedad contemporánea. Para mí, un intelectual es aquel que hace la apuesta de Condorcet. Una sociedad más lúcida, una sociedad que comprenda mejor estas cuestiones será tal vez una sociedad más racional, una sociedad en la que la deliberación política podrá ser más fuerte y más activa. Por tanto, he definido al intelectual como aquel que, ante todo, posee los instrumentos de comprensión, instrumentos que pueden convertirse, asimismo, en instrumentos de acción.

01/05/2007

 
COMENTARIOS

Yessica 29/02/16 20:22
Requiero localizar al Dr. Pierre Rosanvallon pero no localizo su coreo por ningún lado, podrían ustedes apoyarme en proporcionarmelo?

Saludos y gracias

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