ARTÍCULO

Vindicación del centro

por R. N. F.
 

El conocido dictamen de Croce, repetidamente citado y simplificado como aforismo («toda historia es historia contemporánea») elucidaba en realidad mucho más matizadamente que, por remotos que parecieran los acontecimientos, la historia se refería en realidad a las necesidades presentes y a las situaciones actuales en que vibraban dichos acontecimientos (La Historia comohazaña de la libertad). El lector español –hasta el más lego en la materia– ha tenido en los últimos tiempos ocasión sobrada de comprobar hasta qué punto se ha confirmado factualmente tal aserto, a veces con pretexto de diversos centenarios (el 98, Felipe II, Carlos V en menor medida), y a veces sin esa excusa, como simple resultado de mirar hacia el pasado desde la atalaya actual, que ha llevado como ejemplo paradigmático a arrumbar la óptica clásica de la anomalía y el fracaso hispanos por un énfasis en las pautas modernizadoras y en la normalidad.

En cierto modo como consecuencia de esa nueva perspectiva, y sobre todo como resultado de las necesidades de un substrato conservador, político y sociológico, que tras muchos complejos y titubeos se ha reencontrado a sí mismo (y al poder), se ha desarrollado también una nueva interpretación-recuperación de algunos aspectos de nuestra historia reciente que habían sido pasto tradicional de la mirada crítica y radical, si no exclusivamente izquierdista, sí de esa severa vena intelectual que va de los krausistas al azañismo y sus epígonos. Con mayor o menor soporte empírico y rigor analítico, se inscriben en ese contexto desde una relectura casi entusiasta de Cánovas, el canovismo, sus logros y sus esencias, hasta una crítica inmisericorde (contraataque en toda regla, y de tú a tú) a los hasta hace poco intocables popes del progresismo burgués y regeneracionista, pasando también por ejemplo, desde un punto de vista más técnico, por una mirada menos ácida hacia el caciquismo, lejos ya de los exabruptos costistas.

Aunque superficialmente el libro de Seco Serrano se inscribe de manera natural en esta órbita, en su caso concreto no deja de ser una simplificación inaceptable, aparte de una injusticia personal, situarlo sin más como un eslabón de esa cadena. En primer lugar, porque frente a tanto relato anecdótico, periodístico o de refrito, abusivamente asimilado a la categoría de «historia», nos encontramos con un auténtico especialista, uno de los mejores conocedores –si no el que más– de la historia política española de los siglos XIX y XX . Como corolario de ello, nos ofrece, como no podía ser menos, un friso histórico técnicamente impecable, rebosante de erudición, plagado de referencias jugosas e interesantes, que van desde la oportuna alusión a la historia comparada hasta el magistral trazo psicológico o humano para caracterizar a señalados personajes y sus decisiones.

En segundo lugar, porque frente a tantos oportunistas o advenedizos que se apuntan al carro (a éste como a cualquier otro), si de algo no puede acusarse al autor es de incoherencia o zigzagueo. En efecto, Seco Serrano viene defendiendo las mismas conclusiones que aquí reitera prácticamente desde siempre. Él no ha tenido que variar un ápice su postura –en todo caso han sido los demás los que han ido moviéndose–, y ello es así hasta el punto de que puede sorprender en todo caso que, en tiempos de tanta convulsión (en el buen y en mal sentido) y de tantas aportaciones y novedades de todo orden, Seco apenas haya modificado su análisis historiográfico, ni siquiera en aspectos de menor entidad. De hecho, el lector encontrará en este nuevo libro, con leves variaciones de matiz o forma, lo mismo que el distinguido profesor ha ido desgranando a lo largo de su fructífera carrera en los más variados ámbitos académicos y divulgativos. Las máximas novedades las constituyen determinadas referencias bibliográficas recientes (Ángeles Lario, Sánchez Ron, González Cuevas) que el autor cita por lo general en apoyo de sus tesis.

Entiéndase todo lo anterior en sentido neutro, meramente informativo, dejando abierta para cada cual la alternativa en el debate siempre abierto entre clasicismo e innovación. En cualquier caso, no debe constituir lo esencial para el público al que teóricamente el libro va dirigido, que se encontrará como ya hemos adelantado una obra sistemática, rigurosa, clara y precisa, un modelo de lo que en otros lares suele entenderse por alta divulgación y que, afortunadamente, va encontrando su acomodo aquí también.

El núcleo esencial lo constituyen cinco capítulos de pareja extensión (el sexto y el epílogo no pasan de ser un recorrido apresurado y prescindible por determinados acontecimientos, del regeneracionismo a la República) que trazan una imagen muy completa del devenir político de la España decimonónica desde la perspectiva conservadora. Los retratos que ilustran la portada dan la medida exacta de su contenido: Martínez de la Rosa, Narváez, O'Donnell y Cánovas. He ahí a los hombres. Y por encima de los hombres (aunque Seco nunca desprecia el matiz caracteriológico), sus obras. Y encima de todos ellos, en el talante personal y fundamentalmente en la capacidad política y sentido del Estado, el artífice de la Restauración de 1875 y de la Constitución de 1876, supremos ejemplos ambos de consenso, clarividencia, liberalismo y tolerancia.

Los conceptos anteriores nos ponen en la pista de lo que entiende el profesor Seco por conservadurismo, y también qué tipo de conservadores le interesan (hasta, en algunos casos, la identificación plena). No se trata de un mero conservadurismo sociológico, ni siquiera de la veta política conservadora a ultranza que ha teñido de sangre con su intransigencia determinados períodos de nuestra historia. Seco Serrano se centra exclusivamente en las manifestaciones individuales y colectivas, es decir, personalidades y grupos políticos, que asumen una teoría y una praxis conciliadoras, equidistantes de actitudes maximalistas (que a la larga, como ilustra insistentemente, sólo llevan al desastre... o a la guerra civil). En este sentido se refiere con cierta frecuencia a todos ellos como sinceros buscadores del justo medio, que en política no viene a ser otra cosa que la posición de «centro integrador». Voluntad de paz, de transacción (no en los principios pero sí en las formas), comprensión del rival político (nunca el enemigo), generosidad, visión de Estado, concordia, equilibrio entre extremismos... Tales son en opinión del autor las virtudes que en general adornan al conservadurismo que aquí aparece.

Un cuadro, obviamente, demasiado idílico. El profesor Seco es el primero en advertirlo, de modo y manera que no hurta en ningún caso, ni siquiera en el predilecto, el artífice del turnismo, las omisiones, desmesuras, incapacidades o, en definitiva, sombras de su gestión política. Aun así, se tiene la sensación de un balance, no sesgado, pero sí excesivamente edulcorado. La identificación del autor con algunos de «sus» personajes le lleva a una sistemática indulgencia con sus errores y defectos (que llega al propio Fernando VII, págs. 49-50) o a presentar a Narváez y Balmes como dos prototipos de moderación y concordia entre los españoles (págs. 93, 97), mientras se despacha displicentemente a todos los que no se sitúan en el mismo bando. Puede entenderse hasta cierto punto el empeño del autor por colocarse sistemáticamente en el centro o justo medio, pero siempre que ello no lleve a forzar las cosas: por citar sólo un último ejemplo, se entiende mal cómo pueden ponerse en el mismo rasero histórico (págs. 240-241) el integrismo católico y el positivismo científico como «dos formas de intransigencia», dos modalidades «de fanatismo».

01/05/2001

 
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