ARTÍCULO

¿Adónde va Rusia? Una cuestión perenne

Siglo XXI, Madrid
Trad. de Víctor Gallego
466 pp. 30 €
 

La vida de Rusia desde el derrumbamiento de la Unión Soviética ha constituido un extraño y grotesco capítulo que añadir a una de las historias más singulares y complejas de cualquier país del mundo. Dados los logros de que han sido capaces los rusos, muchos observadores pensaban que la llegada de la democracia y la economía de mercado podrían inaugurar una nueva y grandiosa era de libertad y prosperidad. Lo cierto es que la nueva era ha traído una libertad considerable pero, por lo demás, no ha sido ni grandiosa ni próspera. Actualmente se comprende cada vez mejor que cabe la posibilidad de que la mera introducción de instituciones formalmente democráticas no funcione muy bien a menos que se vea apoyada por una sociedad civil que se encuentre razonablemente bien preparada para la práctica de la democracia. En algunos de los otros países del este de Europa conquistados por la Unión Soviética, la sociedad civil no fue nunca extirpada tan concienzudamente como en Rusia, cuyo sometimiento al comunismo fue casi el doble de largo. Para empeorar las cosas, en ningún gran país se llevó a cabo la privatización tan mal como en Rusia, donde recursos gigantescos fueron secuestrados por miembros de la antigua nomenklatura soviética y por un puñado de nuevos oligarcas, al tiempo que la mitad de la población caía enseguida por debajo del umbral de pobreza. La producción industrial declinó ininterrumpidamente durante la mayor parte de los años noventa y el poder militar ruso –a excepción del arsenal de armas atómicas– virtualmente se desplomó, tal y como quedó demostrado en la desastrosa participación en la primera campaña chechena de 1994-1995. El primer presidente de la Rusia democrática, Boris Yeltsin, era un reformista sincero, frustrado muy pronto por las reacciones divididas y apáticas de una población desconcertada y, en un principio, la tenaz resistencia de la minoría que aún se identificaba con fuerza con el viejo sistema. El propio Yeltsin acudió cada vez más al uso del poder presidencial, valiéndose de la fuerza militar contra los rebeldes que ocuparon el Parlamento, y barajando más tarde la posibilidad de cancelar las elecciones, al menos temporalmente, para impedir la victoria potencial de los comunistas y otros enemigos. Incluso el poder presidencial centralizado demostró no ser eficaz a la hora de controlar un país tan vasto y diverso si no iba acompañado de un sistema autoritario rigurosamente estructurado. Mientras tanto, la corrupción política y económica alcanzó niveles difíciles de describir y aun de imaginar para los extranjeros. Los ciudadanos de a pie vieron cómo no cesaba de aumentar su frustración, su confusión y su cinismo. Esta saga extraña y generalmente deprimente ha sido objeto de una atención considerable en Occidente, y ha sido abordada generalmente de dos modos diferentes. Ha habido estudios generales, como el ahora comentado, y numerosos tratamientos políticos, escritos por expertos e importantes periodistas, mientras que, por otro lado, ha habido bastantes relatos personales y diarios de viaje. Incluso en el siglo XXI, Rusia sigue siendo un mundo aparte y los periodistas continúan escribiendo sobre ella como si hablaran de una expedición encargada de explorar un extraño continente. Robert Service es uno de los historiadores británicos de más talento de esta última generación y es especialmente conocido por sus biografías de Lenin y Stalin. Su nuevo libro se divide en cuatro partes, que abordan de manera sucesiva la historia y la cultura, la política, la lucha de ideas y la propaganda y, finalmente, lo que él llama la «Rusia profunda», un término que hace referencia a las numerosas regiones y la gente de la calle. El estudio de la política rusa es preciso, perspicaz y fiable, pero tiene poco que ofrecer que no pueda encontrarse en otros estudios en idiomas occidentales, mientras que los tremendos problemas económicos reciben sólo un tratamiento muy resumido. Los verdaderos logros de este libro radican en su investigación de la historia, las ideas y la sociedad rusa en su sentido más amplio. La historia de Rusia es similar a la de España en el sentido de que ha vivido tanto grandes desastres como grandes logros, aunque hace mucho tiempo que no puede compararse con la de ningún país occidental. La sociedad y la cultura rusas forman una cultura cristiana distinta que está estrechamente asociada con la civilización cristiana pero que no constituye una parte esencial de la misma. De hecho, pertenece a la civilización occidental en menor medida que una gran parte de Latinoamérica. Rusia ha disfrutado en ocasiones de un éxito extraordinario, verdaderamente asombroso. Entre los siglos XV y XVIII fue la única potencia no occidental que no sólo logró mantener su independencia frente a Occidente (y también frente a enemigos no occidentales), sino que no cesó de expandir su imperio adentrándose en territorios tanto europeos como asiáticos. En el siglo XVIII ya se había convertido en una gran potencia y en la generación posterior a 1815 (cuando las tropas rusas entraron en París) se erigió en el mayor poder militar del mundo, un estatus que en ciertos sentidos volvió a recuperar una vez más bajo el régimen comunista a partir de 1945. Al igual que España, Rusia hubo de hacer frente y combatir durante siglos la conquista de una civilización oriental y, por regla general, se vio incluso más afectada e influida que España por esa experiencia.Ya una potencia imperial en el siglo XVI, hubo de enfrentarse al hecho de que toda modernización futura procedía de Occidente, de modo que si los tres siglos anteriores se habían visto condicionados por el desafío mongol, el último medio milenio de historia rusa se ha visto condicionado por las sucesivas fases de reacción y ajuste ante los desafíos de modernización que llegaban de Occidente. En su clásico defectuoso La decadenciade Occidente, Oswald Spengler sostuvo que la clave de la historia rusa radicaba en lo que él denominó la «pseudomorfosis», esto es, el hecho de que las sucesivas fases de la historia rusa se dedicaran a llevar a cabo adaptaciones culturales e institucionales ante los grandes retos procedentes de culturas del exterior, pero que, en todo caso, y a pesar de algunos éxitos notables, estas transformaciones seguían siendo en sí mismas parcialmente extrañas, incompletas y no auténticas, lo que daba lugar a nuevas frustraciones y fracasos que se verían contrarrestados a continuación por una nueva fase de pseudomorfosis.Aunque Service no se refiere directamente a esta interpretación, es mucho lo que debe decirse ante una lectura así de la historia rusa.Todos los países y culturas están influidos por civilizaciones anteriores y por fuerzas externas, pero la experiencia de Rusia, como un importante miembro afiliado de Europa, aunque no plenamente incorporado, ha sido única. La religión y gran parte de la cultura y la institucionalización de la antigua Rusia fueron tomadas de Bizancio, y la cultura moscovita que había emergido en el siglo XVI era a un tiempo original y auténtica como un nuevo tipo de cultura, relacionada tanto con Bizancio como con Occidente, pero sin ser sinónima de ninguna de ellas. El resultado no fue una pseudomorfosis, sino la cristalización de una cultura rusa propia. El largo suplicio del «yugo mongol», sin embargo, produjo un resultado muy diferente del que se vivió en la España de la Reconquista. Mientras que los reinos españoles participaron plenamente en el desarrollo de las primeras instituciones occidentales, siendo incluso pioneros de algunas de ellas, el emergente despotismo moscovita imitó y absorbió al menos un número limitado de aspectos de las instituciones mongolas: esta fue la primera pseudomorfosis. Durante los siglos XVI y XVII adoptó ciertos aspectos de la nueva cultura militar occidental y siguió desarrollando su fuerza militar sin convertirse de ningún modo significativo un Estado occidental: la segunda pesudomorfosis. En el siglo XVIII había mostrado ser incapaz de seguir adaptándose hasta que Pedro el Grande impuso desde arriba una occidentalización parcial obligada, amplificada más tarde culturalmente por Catalina: la tercera pseudomorfosis. Esto hizo de Rusia durante un tiempo un poder militar dominante, pero no la transformó en absoluto en una sociedad occidental o moderna, de modo que la segunda mitad del siglo XIX requirió la «época reformista» de Alejandro II, que liberó a los siervos, introdujo el inicio de la liberalización política y el comienzo de una economía industrial: la cuarta pseudomorfosis. En algunos sentidos, Rusia volvió a hacer un rápido progreso, aunque fracasó a la hora de convertirse en una democracia liberal o de solucionar sus problemas sociales, y el sistema se vino abajo en la Primera Guerra Mundial, dando lugar al comunismo y a la construcción de la Unión Soviética: la quinta pseudomorfosis.Al igual que varias de sus predecesoras, la pseudomorfosis soviética logró temporalmente un gran poder militar pero tampoco consiguió producir una modernización doméstica capaz de mantenerse por sí misma. La nueva Rusia resultante ha luchado por introducir la democracia y la economía de mercado, sin lograr plenamente ni una cosa ni la otra: hasta ahora, la sexta pseudomorfosis. La sociedad y las instituciones rusas desde el siglo XV han estado siempre animadas por un especial paradigma o idea de unidad, misión y especial identidad religiosa o ideológica con pretensiones mesiánicas. Estas características, por supuesto, no han quedado restringidas a Rusia, sino que pueden encontrarse en varios períodos en la historia de España y en muchos otros países. Lo que es exclusivo de Rusia ha sido su persistencia en una u otra forma a lo largo de períodos históricos y culturales muy diferentes. Recientemente han sido estudiados en obras occidentales como Tim McDaniel, The Agony ofthe Russian Idea (1996), y Peter J. S. Duncan, Russian Messianism:Third Rome, Revolution, Communism and After (2000). Durante la pasada generación, el único país europeo en el que se han abordado cuestiones de identidad con una intensidad incluso mayor que en España ha sido Rusia. La década de los noventa, en particular, se entregó a un debate febril sobre estos temas, e incluso en una ocasión a un gran concurso nacional al mejor ensayo que presentara una definición y descripción de Rusia. La variedad de definiciones, opciones y programas presentados excedieron con mucho cualquier cosa que pueda encontrarse en España o en otros países, aunque la inmensa mayoría no tenía ni la más remota posibilidad de ser adoptado. Participaron la mayor parte de los políticos nacionales más destacados. Service señala que mientras que los políticos occidentales se dan a conocer mediante los discursos, las entrevistas y las apariciones televisivas, un número sorprendente de políticos rusos desde 1991 han publicado libros o panfletos que presentan su propia visión o definición de Rusia. Al igual que España y muchos otros países, Rusia pasó a ser un imperio antes que una nación. La diferencia es que antes de 1991 Rusia no había sido en ningún momento sencilla o fundamentalmente una nación. En el siglo XIX, los rusos integraban menos de la mitad de la población del imperio zarista y en el idioma ruso surgió un nuevo término para los súbditos zaristas. Mientras que los rusos étnicos son russkii, de ahí pasó a ser habitual referirse a la población más amplia, fueran rusos étnicos o no rusos, como rossiskii (adjetivo) o rossianie (sustantivo). Este término se aplicó al principio fundamentalmente a las minorías europeas, pero se extendió enormemente en el período soviético. Por aquel entonces los georgianos o los musulmanes de Asia Central podían considerarse rossiskii, pero esto no hizo nada por potenciar la identidad de los rusos étnicos como una nación específica. Su débil sentimiento de nación fue probablemente un factor significativo en la victoria bolchevique en la guerra civil. En teoría, la Unión Soviética se desarrolló como una federación interétnica, con gran cuidado de evitar cualquier expresión de «chauvinismo ruso». Esta siguió siendo la política oficial hasta el derrumbamiento final. La República Socialista Federada Soviética de Rusia fue siempre la república individual de mayor tamaño, con un territorio que abarcaba más de la mitad de la Unión Soviética, pero sus fronteras fueron modificadas arbitrariamente en numerosas ocasiones por el gobierno soviético y la propia RSFSR era un complejo Estado multiétnico, que contenía numerosos grupos étnicos y lingüísticos diferentes. Así, «Rusia» nunca emergió tampoco claramente como una entidad nacional unificada bajo el régimen soviético. Este fue uno de los objetivos fundamentales de Boris Yeltsin, último presidente de la RSFSR, al erigirse en la punta de lanza del desmembramiento de la Unión Soviética en 1991. Buscaba un Estado y una nación rusa independientes, un sistema político democrático para ella y el desarrollo de una economía próspera. Ninguno de estos objetivos se logró por completo. La RSFSR se convirtió en la Rossiskaya Federatsiya: literalmente, la Federación Pan-Rusa (más que rusa étnica), un Estado cuya Constitución de 1993 declaraba ser una unión de 89 «entidades iguales» dentro de una estructura federal. Entre ellas figuraban varias «repúblicas autónomas» étnicas («autónomas» como algo diferente de la Federación Rusa «soberana» e «independiente»), una región autónoma, varios pequeños «distritos autónomos», una serie de ciudades declaradas de «importancia federal» y las diversas provincias. Durante sus primeros e idealistas años en el poder,Yeltsin promovió que las repúblicas y los distritos ejercieran una mayor autonomía, con el resultado de que varios de ellos abusaron de la oportunidad e hicieron virtualmente lo que les vino en gana, en parte más allá de cualquier control central. El ejemplo más extremo fue la república autónoma de Chechenia, cuyo separatismo y acciones agresivas han dado lugar a dos guerras brutales. Durante los últimos cinco años, el segundo presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin («Putinochet»), ha buscado restaurar una mayor autoridad central a costa de disminuir aún más lo que era ya una democracia muy limitada. Las partes quizá más útiles y originales del libro de Service son aquellos capítulos que tratan de la sociedad rusa y de sus actitudes y valores políticos y sociales. Su análisis revela una sociedad incierta, dividida, a menudo confundida y en ocasiones aparentemente apática. La población corriente de rusos étnicos quedó asombrada ante el derrumbamiento de la Unión Soviética, que nunca habían buscado, y miraron con incertidumbre las prácticas de la nueva democracia.Aunque querían reformas y mejoras, el ideal común habría sido una Unión Soviética más liberal y reformada, no una Federación Rusa democrática separada y solitaria. Los rusos étnicos también se muestran confundidos en torno a «Rusia» y «los rusos».Tienen un sentimiento genuino de identidad étnica nacional, pero mantienen dudas y divisiones sobre cuánto de esto habría de ser expresado políticamente. Ha habido todo tipo de nuevas organizaciones nacionalistas rusas desde 1991 (en un momento dado ascendían, aproximadamente, a cien diferentes), que iban de las comunistas a las más moderadas o a las neonazis. Ninguna ha conseguido acercarse a una pluralidad continuada, mucho menos una mayoría, de votos rusos. El mayor de los partidos nacionalistas es el Partido Comunista Ruso, que ya ha dejado de ser un auténtico partido comunista para convertirse en una formación nacionalista-socialista que defiende una economía mixta a la manera de la china. Service da crédito a Boris Yeltsin por sus intenciones sinceras y sus laudables objetivos, aunque en la práctica comprometió estos objetivos en un grado cada vez mayor. La disolución de la Unión Soviética y la introducción de la Federación Rusa se llevaron a cabo de un modo típicamente ruso por el propio jefe del Estado, desde la instancia más alta hacia abajo. Más tarde, según fueron aumentando las frustraciones,Yeltsin recurrió de manera creciente a una práctica rusa limitadamente estatista y acabó por colocar él mismo al nuevo presidente sin la más mínima participación popular. Service señala, sin embargo, que cuando Yeltsin decidió que le había llegado la hora de jubilarse, su dimisión el 31 de diciembre de 1991 se convirtió en la primera ocasión en toda la historia en que un jefe de Estado ruso renunciaba voluntariamente al poder.A pesar de los enormes fracasos y frustraciones, parecía que habían cambiado algunas cosas importantes. La Rusia contemporánea presenta a menudo un espectáculo deprimente y descorazonador, pero Service también resalta sus aspectos más positivos. El sistema totalitario más importante del mundo y su economía de mando han quedado desmantelados. Se ha introducido la primera democracia rusa, aunque existan severas limitaciones en su funcionamiento. Lo más importante, concluye Service, es la libertad otorgada al pueblo ruso, que ahora tiene potencialmente la oportunidad de vivir su propia vida con la mayor libertad jamás disfrutada por los rusos. En los últimos años, la esfera de la autonomía individual ha florecido mucho más que el sistema político y la economía. La vida personal y la familia han asumido una nueva importancia, como ha sucedido con todo tipo de iniciativas individuales, como los hobbies y las asociaciones independientes, por muy débiles que sean casi todas estas últimas. Es aquí, por encima de todo, donde Service encuentra la futura promesa de una nueva Rusia. Una de las metáforas más habituales para el futuro de Rusia, tanto en el siglo XIX como en el XXI, procede de la novela de Gogol Almas muertas, con su imagen de un carruaje fuera de control arrastrado por caballos salvajes y un destino incierto. Una Rusia pacífica, unificada y productiva dependerá de que sus gobernantes escuchen a su sociedad más de lo que lo han hecho en el pasado.Así, como escribe Service, «la única esperanza es que los cocheros empiecen a preguntar a los pasajeros qué ruta deben tomar».

 

Traducción de Luis Gago.

01/11/2005

 
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