ARTÍCULO

Memoria que inspira y transpira

Planeta, Barcelona
462 pp. 23 euros
 

Para empezar, geografía de las calles de Francisco González Ledesma. El barrio del Poble Sec limita al sur con el Paralelo, avenida que fue en su día Broadway barcelonés, emporio del ocio proletario: olor a puerto y ardor venéreo del Barrio Chino.Tiene el Poble Sec al norte la montaña de Montjuïc, con el castillo desde donde Espartero bombardeó Barcelona y donde fusilaron a Companys. Calles con nombres de navegante, como Magallanes, o Elkano; o de poeta (Cabanyes), donde nació Serrat; gente «que sua i penca i va al fútbol cada diumenge»; pisos que no superan los sesenta metros cuadrados. Habitados hoy por chinos y sudamericanos, cobijaron a la clase obrera que perforó el Metro y levantó la Exposición del 29. Andaluces y murcianos, en mezcolanza con el proletariado catalán: la fuerza de la CNT y del Lerroux que fue «emperador del Paralelo».
Periodista, abogado, novelista, González Ledesma vio la luz en 1927 en el número 22 de la calle Tapioles del Poble Sec; su escalera constituía un dramatis personae digno de Buero Vallejo, o de las viñetas del 13 de la Rue del Percebe. Si la literatura es inspiración y transpiración, González Ledesma rezuma sudores. Es un escritor realista y sentimental. O un sentimental que siente lógicamente, como dijo Camus. Historia de mis calles es la memoria personal de un solitario solidario, que vindica a los humillados y ofendidos, esas clases subalternas que cantó Raimon en Jo vinc d'un silenci. Ángeles con caras sucias y demonios del hambre. Densidad humana del Poble Sec: la galería que da a los patios traseros como espacio para tantear la vida. La galería, recuerda González Ledesma, «tenía su pedacito de sol racionado, su cola de nube fugitiva (no cabía una nube entera en nuestra cuadrícula de cielo), sus otras galerías donde las vecinas se dedicaban al chismorreo y al espionaje internacional, sus piernas de nenas que salían a tomar el aire, sus vecinos en pijama y sus gatos folladores». Allí trabajaba la madre dándole a la máquina de coser para sacar a la familia adelante; allí retumbaban las radios; allí tuvo el autor su salón de lectura, donde trasegó todo lo legible: de Los miserables de Hugo a la ironía chestertoniana; de las Rimas de Bécquer a la psicalipsis de quiosco. Sus calles podía haberlas pisado el mismísimo Jean Valjean.
Los franquistas entran en Barcelona ante un adolescente que ha visto ya demasiados muertos y pugna por un puñado de lentejas («las píldoras del doctor Negrín»).Tres soldados disparan sin nada que defender. A la República le quedaban dos atardeceres y su prestigio estaba irremediablemente dañado por el anticlericalismo y el descontrol del 36. Los tranvías vuelven a funcionar y los estraperlistas rematan opíparas cenas con mujeres que no han cenado. Calles injustas donde prosperan los meublés y chicas en pos del braguetazo: «Muchas de ellas eran menores. Lucían una sonrisa tímida, pero sus ojos veían sólo hacia atrás, y sus labios, que deberían haber transportado sueños, transportaban sólo hambres y dientes».
De esas miradas a la cruda realidad nacerán novelas como El expediente Barcelona o Las calles de nuestros padres, protagonizadas por el inspector Méndez, hijo de los barrios bajos que protege a las prostitutas y machaca a los violadores. Méndez transpiraba momentos vividos en Crónica sentimental en rojo, premio Planeta de 1984. Para contrarrestar la cartilla de racionamiento, González Ledesma se atiborró de sueños en su galería: en 1946 concurrió al Nadal con la novela Sombras viejas. Sólo había quince personas y, en el café, un solitario Josep Pla brinda una conversación sardónica al escritor adolescente: «Cuando supo que era aspirante al premio, me dio una serie de consejos (entre los que figuraba cambiar de cara y no tomarme las cosas tan en serio)».Al final ganó Gironella. Más allá de lo personal, la memoria de González Ledesma supone un valioso testimonio sobre la editorial Bruguera, donde trabajó de 1947 a 1966. Sin aquella Barcelona de hambre y represión no hubiera sido posible el enriquecimiento de Pantaleón y Francisco Bruguera. Maridaje de cinismo y oportunismo, Francisco Bruguera se situaba en la izquierda republicana y se vanagloriaba de emplear, que no de tener en nómina, a «rojos» represaliados: sin vacaciones, ni Seguridad Social. Junto a dibujantes como Cifé, Peñarroya, o Giner, González Ledesma conoció el destajo y se preguntó cómo es posible llenar viñetas de humor sin hacer nunca fiesta: «La editorial trabajaba el 18 de julio (día del Glorioso Alzamiento y fiesta nacional), el Jueves y Viernes Santo, siempre pasadas las nueve de la noche, el día de Año Nuevo y hasta el día de Navidad por la mañana». Lo más hiriente es el pretexto de Bruguera para esquilmar el asueto a sus trabajadores. Aduce que son «fiestas fascistas». El periodista Josep M. Lladó objeta: «Bueno, pues entonces, ¿por qué no hacemos fiesta el 14 de abril, día de la proclamación de la República?». El editor amenaza con echarlo.
De aquellos trabajos forzados con formato de tebeo y novela rosa dependían familias enteras, que ensobraban cromos o cortaban papel en el comedor de su casa. Bruguera explotaba el hambre y el miedo y ofrecía «una casa para toda la vida». González Ledesma y Víctor Mora, el creador del Capitán Trueno, se negaron a vivir «en aquel pozo del que no quedaría nada de nosotros [...] sólo quedarían unos registros de entrada y unas hojas de balance anual». El tacaño Bruguera fue el editor más rico de la España de la posguerra con su Pulgarcito, las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía, los amores de Corín Tellado y una pléyade de escritores-galeotes cuyo único lujo era un pseudónimo anglosajón; entre ellos, el propio González Ledesma, que en 1952 decidió ser Silver Kane. La primera novela policíaca germinó entre sombras: madrugada en el comedor, capítulos cerrados a la dudosa luz del amanecer: literatura de galerías y supervivencia, de la que vivió González Ledesma hasta los años sesenta como abogado de Bruguera. Harto de las arbitrariedades del patrón, probó suerte en el periodismo en El Correo Catalán y luego pasó a La Vanguardia. Toda su vida es una épica del esfuerzo, con rumor de rotativas y apresurado teclear de máquina de escribir. Pura transpiración, cuando la realidad rebosa por las costuras. La memoria de un hombre de izquierdas que no mitifica las ideologías y que cree en las personas, no en los partidos. Prefiere al estadista Tarradellas que al Pujol de coyunturas oportunistas; no se cree a la gauche divine y sus revoluciones de salón en Boccaccio, respeta algún renglón de la justicia social joseantoniana y le asquea el felipismo que se entrega a la corrupción voceando unos presuntos «cien años de honradez».
Historia de mis calles despide el olor de un tiempo y un país. Es un testimonio sobre el oficio de escribir, las interioridades del mundo editorial y las redacciones periodísticas. Una épica contra el olvido que, a la postre, es la muerte definitiva.

01/08/2006

 
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