ARTÍCULO

Historia de las memorias históricas 
de España

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
768 pp. 30 €
 

 Frente a la «memoria histórica» oficial hic et nunc –para esquematizar y entendernos, esa memoria de la izquierda que el zapaterismo ha llevado hasta cierto punto a las páginas del BOE–, pero también frente al planteamiento historia versus memoria que, un tanto a la defensiva, han adoptado otros muchos teóricos e historiadores, Ricardo García Cárcel asume en esta voluminosa obra el reto de adoptar con todas sus consecuencias la formulación de «memoria histórica». Y con todas sus consecuencias quiere decir aquí en especial dos cosas: primero, un planteamiento crítico, que comporta a su vez algunos matices reseñables, que van desde la impugnación del presentismo o la refutación de la «conciencia adanista del tiempo histórico» hasta el rechazo tajante de la manipulación política (sectaria, aclaro, aunque sea una redundancia) que hoy se ha enseñoreado de nuestra vida pública y del debate en los media; en segundo lugar si, contra los tópicos perezosos y las visiones sesgadas, la memoria es «plural y oscilante», el autor nos invita a dar un paso al frente para asumir plenamente esa pluralidad, hablando así de «memorias históricas», memorias diversas, memorias enfrentadas incluso. O, también, dicho de otra manera, historias variopintas, historias oficiales e historias heterodoxas, historia como reconstrucción inteligible de un pasado, pero también como nostalgia y lamento de lo que pudo ser y no fue. Porque la historia de España –escribe García Cárcel– es en buena medida «el gran purgatorio de los sueños perdidos». 

Y, en este sentido, cualquier examen riguroso del debate sobre las memorias históricas (capítulo primero) debe tomar en consideración no solo lo que realmente fue, sino cómo vivió –y cómo vive– cada generación el pasado, qué es lo que quiere recordarse y con qué sentido, o cómo se conjugan memoria e identidad para conformar una determinada imagen de la nación y de su trayectoria histórica. Ya no estamos en épocas propicias para el esencialismo, la metafísica o la ontología nacionales, sino más bien en un «tiempo líquido» en el que todo parece inventarse, hasta de modo discrecional o arbitrario: del ser de España hemos pasado así a la «invención» de los episodios históricos, incluso los más trascendentales. Para el autor, ambas interpretaciones constituirían extremos que deben superarse: la identidad, por ejemplo, es una construcción cultural que no viene impertérrita de un pasado remoto, pero que tampoco es una creación caprichosa o surgida de la nada. En otras palabras, «la alternativa al esencialismo y el inventivismo está en el constructivismo histórico» (p. 105).
Con este bagaje conceptual comienza un largo recorrido que toma como punto de partida, como no podía ser menos, «la ansiedad por los orígenes», es decir, el reconocimiento de los «primeros padres». Y, claro, ya aquí empiezan las disensiones interpretativas: ¿romanos, visigodos o indígenas? Ocioso es decir que la inclinación en uno u otro sentido dista mucho de ser una posición meramente erudita y tiene, por el contrario, fuertes implicaciones ideológicas, cuando no obedece lisa y llanamente al peso de unas posturas preconcebidas (completamente ahistóricas, por supuesto). Romanismo, goticismo o iberismo (y también celtismo) se presentan así como distintas opciones que van sucediéndose con distinto éxito a lo largo de los siglos. Por citar tan solo un dato revelador, estas últimas interpretaciones indigenistas vivirán un nuevo momento de esplendor con la eclosión de los nacionalismos periféricos, empeñados hasta la obsesión en encontrar raíces autóctonas o, en todo caso, deseosos de abrir una brecha en los criterios más habituales de españolidad. La mención de este debate sirve de gozne para introducirnos en un capítulo –el tercero– que se detiene en el examen de «los derechos históricos y los mitos fundacionales de la España plural».
¿Derechos o privilegios? Aunque la Constitución española habla ciertamente de «amparar» y «respetar» determinados «derechos históricos», es lícito, pertinente o hasta inevitable que el historiador se interrogue por la base de esos derechos y, aún más, se interese en especial por la utilización que las autodenominadas comunidades históricas hacen de esa supuesta legitimidad que pretenden anclar en un pasado intocable. Por supuesto, la interpretación de ese pasado tiene sus sacerdotes y hasta sus mitos, ritos y símbolos que conforman un pasado a la medida de las necesidades del presente. Se genera así una historia hemipléjica, una historia de derechos y hechos diferenciales, pero no de deberes y trayectoria en común de las regiones hispanas. García Cárcel examina en este contexto lo que llama «el eje», es decir, el problema de Castilla –en última instancia, más que su mitología, su papel en la «construcción de España»–, para pasar luego revista a los diversos «nacionalismos con historia», desde el hecho diferencial catalán (y cómo se ha interpretado en las distintas épocas) hasta la excepcionalidad vasca y navarra, con mención expresa en este último apartado a determinadas paradojas que hoy resultan políticamente incorrectas. Como, por ejemplo, recordar que a lo largo de los siglos xvi, xvii y xviii los vascos se veían como el prototipo de españolidad –los más auténticos, los mejores españoles– y que «el casticismo español encontró su quintaesencia en la identidad vasca». ¿Alguna relación con la actualidad? ¡Pues sí! «Con España, sin España o contra España, siempre desde la conciencia del privilegio» (p. 218).
Tras el repaso a otras visiones «periféricas» –la «marginalidad» gallega, el aragonesismo, el valencianismo...–, se entra de lleno en la formulación clásica de «España como problema», tema al que se dedican los dos capítulos siguientes. El planteamiento que interesa al autor es el del «choque de memorias» entre la perspectiva del Estado y la que desarrollan alternativamente los dos principales movimientos nacionalistas: el vasco y el catalán. Se trata, obvio es decirlo, de un panorama sumamente complejo, que empieza en la época contemporánea con la batalla entre fuerismo y liberalismo («tradición versus positivismo»), particularmente sensible en el ámbito vasco, mientras que en el marco catalán «la enfermedad del pasado» adopta otros caracteres, entre el «victimismo» y la «resiliencia», sin que pueda ignorarse en ningún caso la deriva ferozmente antiespañola que despunta en muchos momentos y que, en última instancia, aparece como el denominador común de ambas posiciones. De ahí que no pueda tampoco ocultarse un conflicto ideológico subyacente que dificulta la construcción de un pasado común en el que reconocerse. Por expresarlo en los términos archisabidos, son esas tópicas dos Españas (que aquí aparecen más bien como tres o hasta más): constatamos así, un tanto cansinamente, cómo el particularismo, la ausencia de miras y la intolerancia, entre otros males endémicos, mantienen a lo largo de los años un caldo de cultivo propicio al enfrentamiento cainita, el duelo goyesco a garrotazos o el consabido epitafio de Larra («Aquí yace media España»).
No es extraño por ello que la consecuencia inevitable de ese estado de cosas sea una profunda sensación de fracaso. Un paradigma –el del fracaso– que se expresa en distintas modulaciones, que muchas veces se niega a reconocerse con un énfasis impostado (del Imperio a la Hispanidad), pero que siempre aflora o termina dejando ver bajo sus faldones el inconfundible trasfondo pesimista de la reflexión política hispana. Es la literatura de la decadencia, ese ocaso interminable de España, lo «nunca visto» en la historia, que se renueva en cada coyuntura con los temas del momento, sea la pérdida de hegemonía, el desastre del 98 o la propia Guerra Civil. Como antes señalaba, es hasta cierto punto irrelevante la expresión específica de este «dolor hispano», desde la España enferma a la nación jibarizada, desde el patetismo al sarcasmo. Lo importante es la confluencia misma en el diagnóstico desde las más diversas posiciones, incluso desde perspectivas contrapuestas. Si hubo un optimismo republicano, pronto quedó sepultado bajo los escombros de la Guerra Civil. Y, como nos recuerda oportunamente García Cárcel, fueron en aquel momento los franquistas los que no dudaron en hacer uso de la memoria histórica para demonizar casi toda nuestra historia contemporánea –pero en especial la República– y construir su propia legitimidad. En todo caso, el autor reitera que el desengaño es siempre la sombra ominosa que marca el itinerario secular de España: la historia de España, escribe, «acaba pareciendo un carrusel de decepciones, la historia de los desencantados que se mueven entre la melancolía y el resentimiento» (p. 504).
Este libro se sitúa vehementemente entre quienes combaten la idea de la Transición como reino del olvido o resultado de un pacto de silencio. Por el contrario, considera que, si hubo un pacto, ese fue precisamente el contrario, el que supuso edificar un nuevo sistema de convivencia sobre la base de las enseñanzas del pasado, que se tuvieron muy presentes, no solo entre los profesionales –los historiadores–, sino también y sobre todo entre los políticos de los diversos partidos, los artífices mismos de la Transición. El resultado fue un país libre y moderno, homologable en su sistema político con los países de su entorno, pero también un país de memorias divididas: a las dos grandes ramas que brotan de esa escisión están dedicados los dos últimos capítulos. Por un lado, «la memoria autosatisfecha» que defiende el Imperio –ahora más «legítimo» que «glorioso»–, que sostiene una «épica resistencial» –sobre todo la resistencia contra el francés: los mitos de la Guerra de la Independencia– y que, debidamente reconvertido, no dudó en apuntarse a celebrar el quinto centenario del descubrimiento como «encuentro de culturas». Por otro lado, nuestra ya conocida «memoria doliente», la memoria de la decadencia, del fracaso, de los múltiples «noventa y ocho» de la historia hispana, de la leyenda negra, de los exilios. Pese a todo lo que España ha avanzado en términos objetivables, García Cárcel certifica que «el síndrome del fracaso sigue estando presente» y «sigue haciendo estragos» (p. 598), ahora referido no tanto a los viejos temas regeneracionistas cuanto al proceso de nacionalización española en una fase de nuestra historia en que el modelo autonómico parece presentar tendencias centrífugas imparables.
Culmina la obra con unas breves reflexiones finales acerca de «las Españas que no pudieron ser», un tema que, como ha quedado apuntado, había ido examinándose en las páginas anteriores en diferentes contextos. En efecto, entre el oficialismo y la memoria doliente se ha situado de forma obsesiva, en opinión del autor, un lamento de otra índole: el que recrea la España que algunos quisieron o soñaron y que no llegó a hacerse realidad. Los nacionalismos periféricos son hoy en día los grandes responsables de esa historia contrafactual pero, a fuer de sinceros, no son los únicos que han alimentado esa dinámica: el republicanismo, por ejemplo, señala García Cárcel, «ha nutrido especialmente el imaginario alternativo español». Aunque sea una verdad de Perogrullo, la historia es básicamente la realidad misma. No hay que perder de vista lo que pudo pasar, de acuerdo, pero siempre que no se olvide lo básico: que no pasó. Con estas atinadas consideraciones finales termina un largo trayecto por las historias de nuestra historia y por las memorias cambiantes de nuestro pasado, escrito con claridad en la forma y precisión en el contenido. Algunas simplificaciones o esquematizaciones quizá demasiado contundentes, aunque por otro lado probablemente inevitables en un recorrido de tan largo aliento, no pueden empañar la positiva consideración final del empeño.

01/10/2011

 
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