ARTÍCULO

Los porqués de la lectura

M. P. Palomero, F. Borrajo y C. García Ohlrich Taurus, Madrid, 1998
Trad. de María Barberán
580 págs. 4.300 ptas.
 

Por alguna extraña razón, muchos autores sienten la necesidad de explicar a quien lee sus obras cuándo, cómo y por qué decidieron escribirlas. Éste es un gesto reiterado por antiguos y modernos, y en él se alcanza a oír, mezclado con algo de soberbia literaria, el tópico clásico que aconsejaba mostrarse pudoroso ante el auditorio para atraerse su benevolencia.

La inclemencia inusual del verano ginebrino de 1816 y una velada en la Villa Deodati son presentados por Mary Wollstonecraft Shelley como el primer escenario de su espectral Frankenstein, or the modern Prometheus. Los lectores de la segunda edición de Amor de perdição. Memórias de una familia saben de inmediato que Camilo Castelo Branco escribió la novela en apenas quince días, los más atormentados de su vida, y que lo hizo en la cárcel de la Relação de Oporto, donde estuvo recluido en 1861 por sus amores con Ana Plácido. También Giacomo Casanova, en Histoire de ma fuite des prisons de la République de Venise qu'on appelle les Plombs (1787) comienza por explicar el cuándo y el porqué de su escritura. Y las razones que ofrece son tan singulares como lo era él mismo.

Dice Casanova que decidió convertirse en escritor cuando, con la edad, perdió los dientes. Sin dientes no podía pronunciar correctamente las consonantes y, por tanto, ya no podía seguir narrando de viva voz sus múltiples aventuras a cuantos se lo rogaban. El caballero libertino y achacoso observa que «el hombre puede prescindir de ellos», de los dientes, «para escribir, pero son necesarios para hablar y para convencer» Giacomo Casanova: Mi fuga de las prisiones de Venecia. Traducción de José Luis Checa Cremades. Valdemar, Madrid, 1996, pág. 11. . Sólo para no pecar de descortés con quienes se interesaban por su vida, resolvió escribir y publicar uno de sus capítulos más curiosos, el relato de la huida de los Plomos de Venecia.

La confesión de Casanova ilustra muy bien el paso de la narración oral a la escritura y revela además la vitalidad de lo oral en una época que creíamos dominada por la tipografía, más de tres siglos después de su irrupción en Europa. Pero no abandonemos todavía al caballero veneciano en su oscura prisión entre canales, porque en ella, para soportar mejor el paso del tiempo, se dedicó a leer.

No le fue permitido disponer ni de su Petrarca, ni de su Ariosto, ni de su Plutarco, ni tampoco de los otros libros, folletos y manuscritos, como la Clavícula de Salomón, que le habían sido requisados en su habitación en le fondamenta Nove. En cambio, el signore Cavalli, secretario del Santo Oficio de la República Serenísima, le entregó algunos títulos de naturaleza bien distinta, entre los que destacaba la Mística ciudad de Dios y vida de la Virgen manifestada por ella misma, de sor María de Jesús, la célebre monja de Ágreda. Casanova afirma haberlo leído de un tirón y de sorpresa en sorpresa, admirado ante la fuerza extravagante de un libro que califica de obra maestra.

El caballero se las vio con la Mística ciudad de Dios y salió vencedor de los carceleros, del libro y de su autora. A aquéllos los detesta como a patanes, pero a ésta no puede dejar de admirarla en su obra, como si se descubriese ante otra exquisita forma de seducción, cuya estrategia era distinta de la suya, pero no menos capaz de fascinar y de levantar pasiones. Quizá por ello, durante su viaje a España de 1767, yendo de Pamplona a Madrid, al pasar por Ágreda, el libertino rendiría homenaje a la monja y visitaría el convento donde se había escrito aquella obra maestra.

Para confusión de los carceleros que intentaban catequizarlo, Casanova apunta que la obra de la visionaria española, «muy lejos de aumentar o de excitar en mi ánimo un fervor o un celo religioso, alimentó dentro de mí la tentación de tachar de fábula todo lo que habitualmente tenemos por místico o dogmático» Ídem, pág. 34. . No obstante, reconoce que otros lectores, enfrentados al turbión poderoso de la escritura de sor María, podrían obtener frutos opuestos a la ratificación escéptica que en él había provocado. En suma, Casanova leyó como lo que era y nada más.

De esta pequeña anécdota dieciochesca, a las historias del libro al uso quizá sólo les interesarían dos cosas: el contenido de la pequeña biblioteca del caballero, para cuantificarlo y sumarlo al de otros personajes, y qué versión concreta de los escritos de la monja de Ágreda pudo caer en sus manos en Venecia. En cambio, estas historias no explicarán la tardía decisión de escribir de Casanova, ni la presencia de ciertos manuscritos en su reducida biblioteca, ni sobre todo, su concepción de los lectores, no como receptores pasivos, sino como intérpretes activos.

Dos rasgos han dominado la historia del libro durante mucho tiempo. En primer lugar, el interés por lo mensurable: por la cuantificación tanto de las lecturas como de la fortuna editorial del libro y de los distintos centros tipográficos. Por otra parte, la historia del libro ha estado marcada por el actualismo historiográfico del siglo XIX y de buena parte del XX. Se trataba de delinear la trayectoria del libro hasta sus triunfos contemporáneos. Los historiadores del libro han sido, valga la expresión, hagiógrafos de la materia que estudiaban; han sido devotos –bibliólatras o al menos bibliódulosPara una visión histórica de los peligros del exceso de libros, véase el reciente Fernando Rodríguez de la Flor: Biblioclasmo. Por una práctica crítica de la lecto-escritura. Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, Salamanca, 1997. del libro reverenciado. Si el libro moderno que ellos conocían era un producto impreso, de gran tirada, objeto de una lectura silenciosa e individual, agente difusor de la modernización o vehículo privilegiado de la cultura, ésa era la realidad cuya historia había que trazar. Lo importante no era saber cómo se leía en el siglo XV, sino qué había sucedido entonces para que cinco siglos después leamos como lo hacemos.

Sin dejar de reconocer los méritos de las historiografías cuantitativa y tipobibliográfica, que han permitido cartografiar el vasto y complejo universo del libro, Guglielmo Cavallo y Roger Chartier reclaman, en esta Historia de la lectura, un nuevo modelo en el contexto de la nueva historia cultural. En primer lugar, domina en este modelo un interés por el punto de vista del lector (frente a los del autor y el libro, antes omnipotentes), en la línea de los estudios de la recepción. Además, se estudia el status de la escritura en relación con lo oral y lo visual, concediendo a palabras e imágenes una capacidad comunicativa con valor autónomo y reconociendo la realidad de la copia manuscrita frente a la impresa después de la aparición de la tipografía. Y por último, los usos, prácticas y comunidades de interpretación desplazan a las cantidades y su reflejo social como objeto del análisis histórico.

Puesta bajo la autoridad de Donald F. McKanzie y de Michel de Certeau Véase el capítulo que Roger Chartier le dedica en Au bord de la falaise. L'histoire entre certitudes et inquiétude. Albin Michel, París, 1998, págs. 161-171 (Stratégies et tactiques. De Certeau et les «arts de faire»). , la Historia de la lectura dirigida por Cavallo y Chartier reúne lo más representativo de la renovación historiográfica en este campo. Sus diversas colaboraciones abordan desde los lectores de Grecia y Roma (Jesper Svenbro, G. Cavallo) hasta los nuevos lectores (mujeres, niños y obreros) del siglo XIX o la lectura electrónica de nuestros días (M. Lyons, A. Petrucci), pasando por los lectores y lecturas medievales (M. Parkes, J. Hamesse, P. Saenger, R. Bonfil) y modernos (A. Grafton, J.-F. Gilmont, D. Julia, R. Chartier, R. Wittmann).

Lo que esta obra pretende en último término es recuperar la historicidad de la lectura, reconocer no ya el cómo han leído épocas distintas y dentro de ellas ciertos grupos sociales, sino el porqué de esas prácticas diferentes. Pero ese interés por lo sincrónico no implica renunciar a la diacronía. El énfasis en la percepción propia de cada momento histórico no está reñido con la reconstrucción de una larga evolución en la cual se incardinan los diferentes modos de leer.

En Pretérito imperfecto, Carlos Castilla del Pino recuerda los nombres de algunos niños de su barrio con los que solía jugar antes de entrar en un internado en 1932. Entre ellos, había dos hermanos, hijos de una comadrona y un alfarero anarquistas, a los que se menciona como los Orteguita Bru; uno de ellos se llamaba Gutenberg Barcelona, Tusquets, 1997, pág. 23.. Que unos anarquistas andaluces llamaran así a uno de sus hijos tiene que ver con la difusión entre el movimiento libertario del mito de Johannes Gutenberg como adalid del progreso y de la libertad del género humano. Para decepción de aquellos entusiastas anarquistas, hoy día tienden a relativizarse los efectos reales de la llamada revolución de la imprenta en tiempos de su inventor. La imprenta incunable no se puso al servicio de innovaciones intelectuales, sino que, por el contrario, sirvió para reafirmar el peso de las grandes auctoritates clásicas y medievales. Con sus tipos móviles y sus tintas oleaginosas, la imprenta le disputó el mercado de la copia sobre papel a un sistema de escribanos profesionales, debido a los menores costes de la reproducción mecánica. Pero aunque las prensas moguntinas no se hicieron para liberar al género humano de la ignorancia y la tiranía, como creían los padres de Gutenberg Ortega Bru, hay que reconocer que entre el período de los incunables y la época contemporánea existen vinculaciones: existe una tradición que los lectores de distintas épocas perciben.

Esta Historia de la lectura hace hincapié en esa tradición de la lectura que, a través de todas sus transformaciones, conserva un mismo instrumento: el texto como libro y su interpretación leída. Del rollo griego a la pantalla electrónica, pasando por el códice y el libro impreso, distintas sociedades han leído de forma diversa y por distintas razones, pero siempre han leído, convirtiendo en texto hechos, ideas y afectos para preservar su memoria y comunicar sus efectos. La materialidad del libro ha sido el soporte que ha permitido los variados usos y prácticas de la lectura a lo largo del tiempo; esta Historia de la lectura rastrea su evolución milenaria desde la Grecia arcaica hasta nuestros días.

La huella de la bibliografía material de raigambre anglosajona se deja sentir a lo largo de toda la obra. El libro es considerado como un objeto construido, con una estructura determinada que afecta a los lectores y encauza la interpretación del texto. No es lo mismo leer el folio de un códice medieval, donde las glosas envuelven, casi amenazantes, el texto central, que dejar discurrir la mirada por las líneas de una página impresa, con pequeñas y ordenadas notas a pie de página. El análisis material obliga también a observar las adiciones que los lectores aportan al texto: marcas de propiedad, escolios, índices propios, tachaduras, signaturas, tejuelos, etc. De este modo, la materialidad del libro revela cómo la estructura de un volumen o la composición de sus páginas determinan el sentido, y en esto el libro se impone al lector. Pero por otra parte, esa materialidad atiende a la libertad del lector para apropiarse del libro y para alterarlo, para interpretarlo y darle un sentido distinto del esperado. De esa materialidad, en fin, dependen otras circunstancias estudiadas en esta Historia de la lectura: los modos de la lectura (silenciosa, en voz alta o susurrada); los útiles de lectura y los lugares de los libros, sin olvidar los usos de leer en soledad o en comunidad; el status concedido al conjunto de libros reunidos, capaz de representar la grandeza de su propietario o incluso la propia universalidad.

La obra dirigida por Cavallo y Chartier nos propone una visión general de la lectura desde la Antigüedad al presente, basada en el análisis de su evolución material. Pero al mismo tiempo, nos ofrece un conjunto de trabajos monográficos que revela la historicidad de la lectura, describiendo sus diferencias y haciéndonos ver, al dilucidar el porqué de esta o aquella maneras de leer, cómo funciona una sociedad en toda su complejidad. En suma, esta Historia de la lectura nos muestra que cada tiempo histórico ha leído sus libros como lo que era o como lo que pretendía ser. Los ha atesorado, los ha reprobado, los ha convertido en instrumento de poder o en símbolo de liberación, se ha dejado vencer por ellos o los ha vencido, y a veces todo ello al mismo tiempo.

Buena parte del mes de mayo de 1572, Antonio Gracián Dantisco la ocupó, como solía, despachando la abundante correspondencia de Felipe II en materias de librería. Oportunamente mostró al monarca unas monedas que había enviado Alvar Gómez de Castro; escribió a Ambrosio de Morales sobre su viaje a Compostela; continuó las diligencias para la impresión de las obras de San Isidoro; inspeccionó los cofres que contenían los papeles del difunto Juan Páez de Castro. El día 3 recibió el mandato de leer el librillo manuscrito que un tal Pedro de Treviño había hecho llegar a Felipe II. Dos días después, cumplido ya el deber de la lectura, el secretario real dio cuenta a su majestad «de lo que era», y el rey le ordenó quemarlo de inmediato. Gracián no se contentó con reducirlo a cenizas, sino que, como apunta en su Diurnal, «echéle atado en un canto al Tajo». La anécdota tiene esa elocuencia que sólo alcanzan los relatos crueles. Nada sabemos sobre la personalidad del autor ni sobre el contenido del librillo, nada más que su triste fin de cuerpo ahogado. También éste pertenece con toda justicia a la historia del libro y de la lectura en el mundo occidental.

01/02/1999

 
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