ARTÍCULO

Lo feo y nosotros

Trad. de María Pons Irazazábal Lumen, Barcelona
454 pp. 45
 

Una de las autoridades más inesperadas que Umberto Eco cita a propósito de la fealdad es Karl Marx, en ese territorio tan contundente y malpensado como en la lucha de clases: «Lo que soy y lo que puedo no está determinado en modo alguno por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Por tanto, no soy feo, porque el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, queda anulado por el dinero». Las palabras de Marx, tomadas de sus Manuscritos económicos y filosó­fi­co de 1844, amplían de entrada (la cita está en la introducción de Historia de la fealdad) las perspectivas del libro, su­giriendo que el compacto y muy bien editado volumen no va a ser sólo, como parece, un objeto de refinado gusto, un coffee-table book destinado a mesitas de salón donde se sirve, en lugar del brevaje áspero y fuerte de los cafés Robusta, una destilación del más exclusivo grano Blue Mountain. La sugerencia es engañosa. Historia de la fealdad no es un ensayo, sino un prontuario en el que el comentador, a veces mero maestro de ceremonias, presenta y rememora, induciendo al lector, más que al pensamiento, a la mirada: el lujo principal son las estampas, y no sólo por su calidad. Eco, si es él responsable de la galería de figuras (y yo diría que sí), huye en cuanto puede de lo sabido, mezcla sin rubor a los maestros antiguos con los pompiers más bombásticos del si­glo XIX, la imaginería del tardobarroco meridional y los manuscritos iluminados (como el bellísimo Historie de Merlin del siglo XV), proponiendo, en la página 215, una bellísima tela del manierista Salviati, Las tres parcas, encima de la bruja que ofrece una manzana a Blancanieves en la película de Walt Disney. Es sólo un ejemplo, de los muchos que hay, del libre asociacionismo entre la low y la high culture tan peculiar –y estimulante– del autor italiano.
La historia de la fealdad está, así pues, mucho mejor expuesta para el ojo que para la mente, al igual que sucedía en el precedente volumen Historia de la belleza, que Lumen editó unos meses antes del que reseñamos. Libros complementarios y en algún epígrafe redundantes si se lee uno a continuación del otro, el examen exhaustivo del primero nos revela lo que el segundo omite: las páginas que conforman esta larga historia proceden, con adaptaciones y añadidos, de un cd-rom producido en el año 2002 por Motta On Line y «a cargo de Umberto Eco», aunque, sigue la minúscula nota explicativa encontrada en los créditos de Historia de la belleza, tan sólo la mitad de lo escrito se debe a Eco, siendo el resto, así como la amplia antología de textos, labor de Girolamo de Michele. Aclarado ese punto, el lector de Historia de la fealdad (donde no se especifica tal división del trabajo) será, quizá, más indulgente a la hora de disculpar las frecuentes banalidades de una exposición apresurada y superficial como la que, esta vez de la mano de Bajtin, ocupa un par de páginas en el capítulo v, subtitulado «Lo feo, lo cómico, lo obsceno», o la generalización tan sangrante que, en el ca­pí­tu­lo ii, lleva (¿a Eco, al Otro?) a escribir algo así: «En la li­teratura moderna son innumerables las variaciones sobre el triunfo de la muerte, y basta citar como ejemplo a Baudelaire y un texto reciente de DeLillo» (las chillonas negritas no son nuestras, sino de la obra).
No sorprenderá, por consiguiente, que esta abultada casa de citas que es la obra ofrezca sus mejores sorpresas entre las fuentes textuales, en las que, al igual que sucede con las visuales, adivinamos un gusto preponderantemente morboso y esquinado. Eco (seguramente él) nos recuerda en el capítulo iv de Historia de la fealdad que la latinidad clásica condenó el llamado estilo «asiático» (más tarde denominado «africano») en oposición al equilibrado estilo «ático», citándose a continuación las ásperas palabras de san Jerónimo contra las fealdades del exceso: «Existen hoy tantos escritores bárbaros y tantos discursos que resultan confusos debido a vicios de estilo que ya no se entiende ni quién habla ni de qué se habla. Todo se hincha y se deshincha como una serpiente enferma que se rompe al intentar enroscarse». Por fortuna, la historia de las artes se ha nutrido (e incluso atiborrado, diría yo) de todos los estilos, incluyendo los más enroscados y deletéreos, representados genéricamente por los decadentismos sucesivos, que en este libro relucen, con especiales brillos manieristas y simbolistas; el manierismo pictórico con las «figuras serpentinas» de tantas de sus ilustraciones, y el simbolismo literario de fines del siglo XIX con los numerosos ejemplos recogidos de lo que Oscar Wilde, con más delectación que sarcasmo, llamó precisamente la «prosa asiática» en su retrato del poeta, pintor, anticuario y falsificador asesino Thomas Griffiths Wainewright, al que dedica el magnífico ensayo «Pluma, lápiz y veneno (un estudio en verde)» dentro de su trascendental obra Intenciones.
A no dudar, el capítulo más satisfactorio de Historia de la fealdad es el viii, titulado «Brujería, satanismo, sadismo». Escueto en la argumentación, pero particularmente agradecido en las citas, se trata de la parte donde Eco (¿o habría que hablar de su alter eco?) planea y resume mejor, ilustra con ­atinado rebuscamiento (y señalo el ­voluptuoso y para mí desconocido Martirio de Santa Inés del pintor del ­siglo XVII Francesco del Cairo, perteneciente a la colección del escenógrafo y director teatral Pier Luigi Pizzi) y expande sus argumentos con una rica selección de citas donde conviven sin aparente desequilibrio Ian Fleming, el Marqués de Sade, François Villon y hasta el propio Eco, en un largo fragmento tomado de su novela La isla del día de antes.
El libro llega a ser, con todo, original y no sólo ingenioso cuando el autor, sea quien fuere en cada capítulo, desciende de las alturas de lo demoníaco, lo monstruoso y lo mitológico y se hace la pregunta cercana: no tanto qué es lo feo como qué es un feo, o cómo somos de feos los seres humanos corrientes, o qué es feo para nosotros. De ahí la pertinencia de la cita inicial de Marx, que releída al final de las cuatrocientas cincuenta páginas del volumen cobra un sentido superior al económico: no hay nadie demasiado feo para las circunstancias o cotizaciones del mundo, y siempre queda la esperanza de que un feo de hoy resulte –para el gusto de mañana– más bueno que un pan. «Feo de situación»: ésa es la ocurrente fórmula que sirve al deslizante autor de Historia de la fealdad para ampliar, al comienzo del capítulo XI, llamado «Lo siniestro», las coordenadas de la fealdad, apuntando no ya a la mujer barbuda de las ferias, los centauros priápicos de la Antigüedad o las criaturas más desaforadas de la zoología fantástica, sino a las ocasiones cotidianas, los espacios comunes y los seres «normales» a los que un accidente, un desliz inexplicable o una inocua suma de desmesuras hacen amenazantes, desestabilizadores o terribles. Pero tampoco el lector hallará, tras esos enunciados, disquisiciones muy enriquecedoras sobre el Unheimliche freudiano: la labor de síntesis se la tiene que hacer cada cual pasando las páginas y viendo el correspondiente cuadro de Balthus, el grabado científico de Frobenius o el fotograma de El mago de Oz.
Las páginas 392 y 393 de Historia de la fealdad son mis preferidas. En la número par, una casi irreconocible (por enguapecida, por delgada) Mae West mira desafiante a la cámara fotográfica bajo una sombrero que reta a todas las leyes de la gravitación (por no hablar de la moderación). En la impar, Eco, o su «narciso», producen el efecto más vertiginoso del libro gracias a una pequeña lista de grandes errores judiciales en la causa de lo bello. Bajo el epígrafe «Para ellos eran feos», se trata de nuevo de una antología de citas, esta vez convocadas no en funciones de autoridad o ilu­minación, sino para el escarnio. Una sentenciosa de 1955, escrita por un anónimo informante editorial del manuscrito de la Lolita de Nabokov: «Una novela que contiene algunos pasajes bellamente escritos pero es excesivamente nauseabunda [...]. Recomiendo olvidarla durante mil años». Y tres proféticas, firmadas éstas; la del com­po­sitor Louis Spohr después de oír la primera interpretación pública de la Quinta Sinfonía de Beethoven, «una orgía de estruendo y de vulgaridad», y dos más, nada menos que de Zola: «Dentro de cien años, Las flores del mal se recordará sólo como una curiosidad», y, refiriéndose a Cézanne, «probablemente tenía dotes de gran pintor, pero le ha faltado voluntad para llegar a serlo».
De este modo tan impávido y a la vez tan maligno, quien sea responsable de esa página 393 establece el corolario de la historia de la fealdad y abre para nosotros el futuro de nuestros errores; la vía de una decrepitud tal vez remediable, si no en el físico, al menos en la química de nuestras emociones estéticas. 

 

01/06/2008

 
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