ARTÍCULO

Invitación a la danza

 

Hace ya varios años, Peter Burke por tomar una referencia clásica, conocida por todos nos justificó teóricamente que no sólo puede hacerse historia de las ideas (en el sentido habitual de ideas estructuradas como teorías o doctrinas), sino también historia de los sentimientos, de los recuerdos e incluso de algunas manifestaciones más difícilmente encasillables de la cultura humana, como los sueños, las metáforas, los gestos o hasta los chistes. De hecho, en el libro al que me refiero –Formas de historia cultural– hay más de un capítulo estrechamente emparentado con el volumen que ahora nos va a ocupar, como el que estudia lo cómico en la Italia moderna o, aún más claramente, el dedicado a la celebración del carnaval, desde los orígenes europeos a su acomodación en el Nuevo Mundo, y muy especialmente en BrasilVéase Peter Burke, Formas de historia cultural, trad. de Belén Urrutia, Madrid, Alianza, 2006, pp. 191-206. (La primera edición en castellano de esta obra es del año 2000).. No me resisto a recordar al lector otra obra que, traducida por esos mismos años, en este caso 2001, tuvo un relativo eco: El llanto. Historia cultural de las lágrimas, de Tom Lutz. En este estudio, Lutz hablaba de una amplísima panoplia de lágrimas, tanto por sus orígenes como por sus significados: lágrimas de placer, de gracia y heroísmo; de venganza, seducción, escape y empatía; culturas de duelo, con plañideras profesionales, y también lágrimas de ficción... Pero sobre todo insistía en lo que podríamos denominar la función social de las lágrimas: «las lágrimas no son sólo el exceso espontáneo de una emoción que surge, sino una respuesta a expectativas sociales»Tom Lutz, El llanto. Historia cultural de las lágrimas, trad. de Eunice Cortés, Madrid, Taurus, 2001, p. 267..
Traigo a colación esas mínimas referencias, muy recientes y por ello fácilmente accesibles para el lector interesado, como pórtico elemental para introducirnos en esta Historia de la alegría que nos propone la polígrafa norteamericana Barbara Ehrenreich. Aquí también se habla, casi en exclusiva, de la dimensión social (o más exactamente cultural, en el sentido etnográfico) de ese sentimiento, asumiendo como punto de partida que la alegría se funde y se confunde necesaria e inevitablemente con sus manifestaciones externas y, muy especialmente, con las exteriorizaciones colectivas. Se trata, desde luego, de una opción legítima, pero ciertamente discutible. No hay más que acudir, por ejemplo, al María Moliner para hallar que la alegría se vincula, en primer lugar, a algo concreto que le pasa a alguien, siempre en singular, como un «suceso favorable» o la «obtención de algo», y luego deriva en su segunda acepción a los matices de euforia o estado de ánimo habitual «del que se siente bien en la vida». Es cierto, sin embargo, que el DRAE vincula desde su primera entrada la alegría a los «signos exteriores», y luego insiste en la misma línea en las «palabras, gestos o actos con que se expresa el júbilo». Siguiendo a Covarrubias, el Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas considera que «la alegría está siempre acompañada de manifestaciones externas», factor que la distingue precisamente del gozo, que es un contento interior. En el párrafo siguiente se insiste, por si hubiera quedado alguna duda, que estamos ante «un sentimiento expansivo, que impulsa al movimiento»José Antonio Marina y Marisa López Penas, Diccionario de los sentimientos, Barcelona, Anagrama, 2000, p. 292.. No puede haber caracterización que cuadre mejor al espíritu y a la letra de lo que nos plantea Ehrenreich en este ensayo.
En efecto, sostiene la autora –sin entrar en muchas disquisiciones teóricas–, que hay dos rasgos fundamentales y característicos de la alegría, en contraposición a su antítesis, el estado melancólico: mientras éste tiende a la inmovilidad y al recogimiento, la primera propicia el dinamismo y lleva casi a la ostentación; en segundo lugar, frente a la dimensión individual e introspectiva de la pesadumbre, la alegría se manifiesta habitualmente en un sentido que trasciende la mera individualidad: quien está alegre no suele conformarse con vivir sosegadamente su euforia, quiere festejar y compartir, bien con sus próximos, bien con la colectividad. De ahí que, en sus formas habituales, la alegría se convierta en su propia celebración, en la vertiente de ceremonias establecidas o en forma de simples improvisaciones, pero siempre como bailes, cantos, danzas y otras fiestas por el estilo. Esa es la razón, precisamente, de que tales exhibiciones sean tan ajenas (tan extrañas, tan grotescas incluso) a quien no comparte ese estado anímico. Ehrenreich toma como punto de partida de su reflexión dicha extrañeza y la hace extensiva a nuestra cultura contemporánea, a lo que llamamos –para entendernos– civilización occidental, aquejada en su opinión de un exceso de contención, de un férreo control del cuerpo, de una antinatural represión de los instintos o, incluso, como dirá más adelante, de una propensión casi suicida hacia el abatimiento y la melancolía.
Con ello nos situamos en la pista de despegue del recorrido histórico que nos aguarda en las páginas que siguen. No estamos ante un mero rastreo de las manifestaciones de alegría en nuestra historia y en otras sociedades, sino ante un ensayo militante (a veces, machaconamente militante) que, frente al solipsismo y la pesadumbre del homo faber, reivindica el juego, el carnaval, los «rituales extáticos», las festividades comunitarias, las actividades placenteras, la «efervescencia colectiva» y todo lo que suponga recreación social del jolgorio. Para la autora, hablamos de un ingrediente fundamental e irrenunciable de la condición humana, que sólo una concepción errada de la moral y la psicología han podido –con mucho esfuerzo, dicho sea de paso– silenciar (y nunca erradicar del todo, como dirá en los capítulos finales). La lucha por enterrar esa inclinación natural al festejo colectivo es en buena medida el leitmotiv del esquemático repaso cronológico que Ehrenreich realiza a continuación. Y he dicho esquemático con toda la intención, porque en la contemplación de los siglos más lejanos la mirada y la pluma de la autora adolecen de superficialidad y de generalizaciones inasumibles (baste citar la imprecisión de conceptos y la frivolidad expositiva de las páginas 85-88 y siguientes, en la descripción de la Iglesia medieval y la «creación del carnaval»).
Interpretaciones sesgadas, vacuidades o, en el mejor de los casos, simplificaciones excesivas, siguen pespunteando el texto en los capítulos siguientes, quitando fuerza a la argumentación y convirtiéndola en un alegato diletante, sin capacidad de convicción. Es una lástima, porque no andamos sobrados de ensayos de esta índolePermítaseme recordar que por estas mismas fechas ha aparecido Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, del también norteamericano Eric G. Wilson (trad. de Amado Diéguez, Madrid, Taurus, 2008), tan sugestivo en su título como decepcionante en su desarrollo., y porque el tema en sí es apasionante y merecía un mejor tratamiento y, sobre todo, un más docto cicerone. Como era previsible, cuando llega a la modernidad, Ehrenreich asume sin mayores problemas y sin atender a matices la famosa tesis weberiana acerca de la ética del protestantismo que, en su caso, queda asociado al «capitalismo industrial» para que, de consuno, convengan en «la destrucción del carnaval y otras festividades» (p. 107). Hay insinuaciones interesantes, como la relación entre la represión de actividades festivas y las nuevas necesidades como, por ejemplo, la formación de grandes ejércitos disciplinados, pero se malogran por la tendencia de la autora al empleo de la brocha gorda en la descripción de ambientes o al tiralíneas para esquematizar procesos que resultan mucho más complejos de lo que aquí se pretende. Así, por seguir en el mismo apartado, este punto se resuelve vinculando directamente «el calvinismo y la depresión» (p. 147).
No puede faltar el ramalazo progresista, en la onda de la corrección política tan genuinamente norteamericana, que lleva a la contraposición maniquea entre los males de nuestra civilización y la autenticidad de poblaciones que desconocen –para su bien, claro– la frustración occidental. La misma tónica continúa al llegar a los siglos más cercanos, siempre destellos o intuiciones que no terminan de cuajar por una implementación deficiente. En la Revolución Francesa, sostiene Ehrenreich, se ensamblan los elementos que conformarán los espectáculos nacionalistas venideros: marchas, desfiles, himnos, concentraciones multitudinarias. La autora contempla esa parafernalia (incluso en su vertiente abiertamente militarista) como una resurrección del carnaval, ahora con un sentido muy diferente: no espontáneo, sino al servicio de unas élites que manipulan la necesidad de participación de las masas. Estos «espectáculos nacionalistas», que encuentran en las grandes concentraciones fascistas de las décadas de 1920 y 1930 uno de sus momentos culminantes, constituyeron «un triste sustituto de las tradicionales reuniones festivas a las que reemplazaron» (p. 204). Los dos últimos capítulos se salvan en buena parte de los defectos señalados porque abordan facetas –el rock y el deporte– que la autora parece conocer mejor. La consideración de ambos como un resurgir de actitudes y experiencias carnavalescas no ofrece grandes reparos. En las páginas finales, la autora reitera que las celebraciones colectivas –las experiencias extáticas– constituyen casi una exigencia de la naturaleza humana y, por ello mismo, pagamos un precio muy alto –como ocurre en nuestra civilización– por reprimirlas. Como tesis, claro está, es defendible pero, a todo esto, nos hemos quedado a dos velas quienes esperábamos una «historia de la alegría».

01/03/2009

 
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