ARTÍCULO

Una nueva Historia General de España para nuestro tiempo

Crítica/Marcial Pons, Barcelona/Madrid
Crítica/Marcial Pons, Barcelona/Madrid
768 PP. 33 €
Crítica/Marcial Pons, Barcelona/Madrid
572 pp. 33 €
Crítica/Marcial Pons, Barcelona/Madrid
526 pp. 33 €
 

Aunque cabe preguntarse sobre el sentido actual de las historias nacionales, en tiempos de desnaturalización y desmontaje de cánones, tan firmes hasta ahora como el de las literaturas nacionales o tantos otros, el veterano género de narrar y explicar el pasado de las sociedades ajustándolo al marco territorial del Estado nacional sigue siendo extraordinariamente resistente, y aun necesario, así en España como en Europa.
La historia, las historias, de España han venido siendo, pero sólo desde hace siglo y medio aproximadamente, un objeto preferente de investigación y prácticas historiográficas, y se constituyeron en una disciplina académica universitaria. Una historia nacional tiene también una segunda dimensión: atender tanto a las demandas culturales y sociales de los ciudadanos para disponer de un relato integrador de un pasado común como a las cambiantes necesidades legitimadoras del poder y de las instituciones. Y, paralelamente, el relato del pasado de la nación ha sido y es una importante pieza del sistema educativo general que pretende socializar valores y creencias comunes.
La Historia de España, desde estas tres dimensiones, es un género relativamente reciente, que remonta su genealogía a esa primera Historia General de España, cuyos tomos fuera escribiendo y editando don Modesto Lafuente desde 1850, a partir de la cual se constituye la historiografía nacional entre nosotros; nacional y nacionalista, por cuanto rescataba un pasado imaginario cuyo protagonista habría sido la nación, una nación que posee un pasado inmemorial, que resucitó tras su larga desaparición medieval y que ha definido para sus habitantes un carácter nacional establecido desde un remoto pasado.
En cualquier caso, las historias nacionales son productos estrictamente contemporáneos que se configuran como poderosos instrumentos educativos, universitarios, investigadores y culturales a partir de la constitución de las naciones modernas y de la construcción de unos nuevos Estados liberales cuyo programa se desplegó nacionalizando todas las variables de la realidad social y cultural, desde el mercado y la economía a la política, desde los bienes de la Iglesia hasta el propio relato del pasado.
Desde otra perspectiva más precisa, las historias de España son un producto cultural del siglo XX, por cuanto la profesión de historiador, definida en España sólo desde comienzos del siglo XX, apenas cuenta con poco más de cien años de historia, y en esa primera generación de profesionales de la historia se encontraban los nombres de Rafael Altamira, Deleito, Menéndez Pidal, Carande, Sánchez-Albornoz, Bosch-Gimpera..., orgullosos de hacer una historia «objetiva y científica» y, a la vez, de ser unos nuevos «maestros de la historia nacional» que, al igual que científicos como Cajal, adoptaban la misión de impulsar la educación y la regeneración políticas de la nación.
Si saltamos por encima de la historia oficial franquista, que eliminó durante décadas la tradición historiográfica liberal, llegamos a territorios más cercanos, tanto como el de 1973, año en que se publicó el primer volumen de la Historia de España dirigida por Miguel Artola, La burguesía revolucionaria, 1808-1869, envuelto en una reproducción del fusilamiento de Torrijos que era todo un manifiesto en aquellos precisos momentos epigonales de la dictadura. Los seis volúmenes de la Historia de España de Alfaguara constituyeron la obra de referencia fundamental en los años setenta, desde el ámbito universitario y educativo hasta el político y cultural.
Los años ochenta aportarían la publicación de los doce volúmenes de la Historia de España que dirigió Manuel Tuñón de Lara para la editorial Labor, convocando, desde su condición de exiliado retornado y representante de una tradición de historia democrática y socialista, a un amplio elenco de colaboradores de variada extracción: jóvenes e hispanistas, además de profesionales y académicos reconocidos. Simultáneamente, José María Jover impulsaba y renovaba con fuerza la Historia de España de Espasa Calpe, fundada en 1927 por Ramón Menéndez Pidal, cuyos más de cuarenta volúmenes a cargo de centenares de autores han seguido publicándose hasta hoy. En la escritura de la historia, como en la cultura en general, la transición comenzó pronto.
El proyecto concebido por Marcial Pons y Crítica, avalado por el reconocido prestigio de ambas editoriales, de elaborar en doce volúmenes una nueva Historia de España se sitúa, por muchas razones, al final de este recorrido y se inserta en la referida tradición historiográfica, optando por una fórmula intermedia entre los manuales de autoría individual, frecuentados desde los años noventa entre nosotros para la época contemporánea (Sánchez Jiménez, Tusell, Bahamonde, Fusi y Santos Juliá, entre otros) y las grandes colecciones de autoría múltiple y concepción más dispersa.
Es, por tanto, un proyecto colectivo, pero caracterizado por la pretensión común de «ofrecer una obra que represente lo que un grupo de historiadores de comienzos del siglo XXI piensa de la sociedad en la que viven», como se escribe en la introducción general que reproduce cada volumen. Por tanto, la obra parte de una concepción de la escritura de la historia de España que, si no unitaria, sí es hoy lo suficientemente común y compartida como para intentar abordar un relato coherente del pasado escrito a la altura historiográfica de nuestro tiempo y pensado desde un largo horizonte de experiencia para la mejor comprensión del presente.
Tanto los directores de la colección, Josep Fontana y Ramón Villares, como los otros trece autores de la colección son reconocidos investigadores y profesores de la universidad española y, aunque no pertenecen a una misma escuela disciplinar, sí componen un grupo generacional definido. Todos ellos se proponen «establecer una visión de conjunto del pasado histórico español inspirada en la renovación historiográfica que se ha producido en España desde los años setenta, que sea digna heredera de la tradición democrática y progresista que inspiraba obras como las de Altamira, Artola, Tuñón, Vilar o Vicens». La presente Historia de España se inserta, pues, en la más lejana tradición de la historiografía nacional española, que despegó con los primeros historiadores profesionales y liberales de principios de siglo (Altamira), así como en la más cercana investigación y manualística surgida al margen y en contra de la historiografía oficial de la dictadura, ya desde dentro del franquismo (Vicens, Artola, Jover), ya desde su exterior europeo (Vilar, Tuñón, Carr).
Recrear y adaptar esa tradición desde el presente supone plantearse el reto de dar cuenta de las profundas y extensas transformaciones plasmadas en las investigaciones de los historiadores españoles en las últimas décadas, caracterizadas, hacia atrás, por enlazar con la tradición liberal y, hacia delante, por adoptar toda clase de transferencias culturales e historiográficas para recuperar el terreno perdido durante las décadas de la dictadura, además de integrar nuevas, o no plenamente desarrolladas en su momento, perspectivas temáticas y metodológicas.
El programa común a los volúmenes que integran esta nueva Historia de España tiene diversos objetivos: ocuparse del proceso de construcción de una nueva ciudadanía activa, sujeto histórico que ha ido ocupando el puesto que ostentara anteriormente la clase social; destacar «el papel de la política y de la cultura», difuminando la atención prestada a las estructuras económicas y sociales; dar cabida a la historia de la mujer, sin que, acertadamente, se le dedique por ello un volumen específico; y resaltar la dimensión europea del pasado español, una premisa general de todo el conjunto y el objeto propio del volumen 11 de la serie, España y Europa (a cargo de José Luis García Delgado, Juan Pablo Fusi y José Manuel Sánchez Ron), que llegó a las librerías en otoño de 2008. Se encuentra en preparación el volumen 12, que habrá de cerrar la colección, anunciado como una reflexión transversal sobre un tema tan actual en la historiografía y en el espacio público como es el de «Historia y memoria» (José Álvarez Junco), al igual que Tony Judt reflexionó en su balance epigonal sobre la posguerra europea: «Desde la casa de los muertos. Un ensayo sobre la memoria europea contemporánea» es el título del epílogo de su libro Postguerra (Madrid, Taurus, 2006).
Si el presente determina contemplar la historia de los ciudadanos españoles desde la integración, presente y pasada, en Europa y en el mundo, obliga y aconseja tener en cuenta en no menor medida el notorio desarrollo y la presencia pública de las historiografías territoriales de las distintas comunidades autónomas, autopercibidas como regiones, como nacionalidades o como naciones. El proyecto editorial en curso se sitúa en un prudente punto medio, pues de lo que se trata es de «ofrecer, por la vía del relato histórico, una visión de la España actual, de ordenación política plural en su forma de Estado y de entusiasta apertura al exterior en sus comportamientos económicos, sociales y culturales», todo lo cual parece garantizado por la procedencia y biografías de los directores y de los autores, e incluso por el simbolismo que representa el acuerdo de colaboración entre dos potentes editoriales de Madrid y de Barcelona.
Desde mediados del siglo pasado, al menos, en la práctica historiográfica normalizada, la nación ha pasado a ser más un escenario útil o necesario para narrar y explicar la historia que el protagonista central de la misma. De modo que, si bien el sujeto del relato sigue siendo España, «hay una voluntad decidida de superar las posiciones nacionalistas o esencialistas que tanto han caracterizado el discurso historiográfico español en el siglo XX», así como un afán de subrayar la diversidad de culturas y comportamientos en el seno de esas sociedades organizadas por el Estado moderno, por el imperio o por los reinos medievales. Los directores de la colección conceden en los primeros párrafos de su introducción la condición primigenia de Historia de España a la venerable del padre Mariana de 1592, olvidando que utilizamos por inercia la traducción fácil de un título latino: Historia de rebus Hispaniarum, cuyo significado era diferente, como no se le escapa a un buen conocedor de la Antigüedad, Plácido Domingo, que ha decidido rotular el primer volumen de la serie de Crítica/Marcial Pons (aún pendiente de publicación) Hispania antigua, manteniendo así la vieja acepción geográfica del término, que era también la del padre Mariana.
Es por ello que España, ese sujeto inevitable como marco y escenario en el título general de la colección, puede eludirse en la concepción de los volúmenes particulares: de la España medieval se pasa a Los reinos medievales (Eduardo Manzano); la España de los Austrias se convierte en Monarquía e Imperio (Antonio Miguel Bernal, publicado en 2007) y en El siglo del barroco (Pablo Fernández Albaladejo), la España de los Borbones en Reformismo e Ilustración (Pedro Ruiz Torres, comentado más abajo). Los volúmenes de esta nueva Historia de España tienen el propósito, y el previsible destino, de suceder, sustituir y actualizar los manuales y las síntesis precedentes, además de atender tanto a las necesidades de los especialistas como a las demandas de un público más amplio y extenso que el de los profesionales de hoy o de mañana.
Presentadas las líneas generales del proyecto editorial en marcha, toca ahora comentar tres de los cinco volúmenes publicados hasta el momento, que se ocupan de una época contemporánea que quedará completa cuando salgan de la imprenta el dedicado a La Restauración (Ramón Villares y Javier Moreno Luzón) y el que tratará de La dictadura de Franco (Borja de Riquer). El peso de la historia contemporánea, tan visible como intencionado, lleva a dedicar al relato desde el Setecientos hasta el presente el doble de volúmenes, ocho, que al resto del pasado antiguo, medieval y moderno, organizado en los cuatro primeros, una estructura que para algunos resultará desproporcionada. Una vez que aparezcan todos los volúmenes previstos habrá oportunidad de valorar críticamente los resultados concretos de aquellas intenciones expresadas en la introducción general.
Josep Fontana construye un relato con prosa ágil y brillante sobre el período 1808-1868, sustentado en el minucioso conocimiento y la abrumadora información con los que ha investigado y publicado, desde hace cuatro décadas, en torno a la quiebra de la monarquía absoluta y del Antiguo Régimen y el despliegue de la revolución liberal. Su propia obra y trayectoria investigadora facilitan la maestría con la que puede combinar y relacionar los acontecimientos y las estructuras en un relato cuyo eje es la historia política, pero bien sustentada y eficazmente relacionada con las estructuras económicas y con los actores sociales de la época, dado el saber que el autor ha venido acumulando sobre el funcionamiento de la vieja y de la nueva economía, la situación del campesinado, los efectos de los primeros procesos industrializadores, las fuentes y la bibliografía del período.
La síntesis que elabora Fontana sobre la España liberal incurre en algunas deudas atribuibles, precisamente, a su experiencia como historiador y al gran conocimiento del marco temporal que resume y reorganiza en su volumen. De ahí que en su relato pueda percibirse la ausencia de diversas y recientes revisiones del liberalismo y del primer republicanismo, del análisis de sus discursos y lenguajes políticos, de sus diferenciaciones internas, de las nuevas maneras de abordar la cultura política liberal y, en todo caso, de las visiones y debates incorporados por la historiografía de las últimas décadas. La deuda lo es, asimismo, con las pretensiones explicitadas en la introducción general a la obra, pues es poco también lo que se refleja de la prometida presencia de la historia de las mujeres, por ejemplo, a cuya mayor visibilidad contribuyen algunos estudios recientes. Tampoco encuentra repercursión la historiografía más actual y la atención preferente que presta al nuevo sujeto histórico de la ciudadanía y de los derechos individuales.
Discípulo de Vicens y de Vilar, maestro de generaciones de profesores e investigadores de historia, Fontana nos explica su propio enfoque, ya hace tiempo consagrado, en cuyo haber se encuentran interpretaciones –hoy más discutidas o dudosas que cuando fueron formuladas–, según las cuales la revolución liberal resultó «traicionada» (1840-1844); fue seguida de una auténtica «contrarrevolución» moderada (que debía dejar escaso espacio a la más real del carlismo); el liberalismo fue, tras 1854, «autoritario»; «falseada» la revolución de 1868; la Primera República, «frustrada»; «desengañado» el movimiento obrero, etc. Se afirma, en consecuencia, la debilidad del proceso de nacionalización española (p. 413), reforzada con el curioso argumento de que un buen síntoma de la misma sería la intensa y rápida difusión del internacionalismo en el movimiento obrero español a partir de 1868. Son herencias e inercias de una visión excesivamente negativa del pasado nacional que conviene tener en cuenta, a la vez que se disfruta de la agilidad de la prosa y de la eficacia de la síntesis histórica.
Julián Casanova es el autor del volumen que se ocupa de los ocho años comprendidos entre dos primaveras tan distintas como la de 1931 y 1939, un período, el de la República y la Guerra Civil, que conoce muy bien pues, como él mismo escribe, «lo que ofrezco en este libro es una historia de la República y de la Guerra Civil basada en mis investigaciones» (p. XX), así como en una ingente y reciente bibliografía. El resultado constituye un relato eficaz y bien escrito, en el que también se manifiestan las dotes de comunicador de su autor.
Pero el libro tiene más de monografía o, mejor, de dos síntesis superpuestas, una sobre los años republicanos y otra, más extensa aún que la primera, sobre la Guerra Civil, que de un manual convencional que se proponga organizar equilibradamente los contenidos y las diversas investigaciones desarrolladas sobre los mismos. De hecho, la brevedad del ámbito cronológico impide la atención a temas y problemas de medio y largo plazo y determina que el relato se construya sobre acontecimientos, principalmente políticos, razonablemente bien explicados e interpretados, lo cual no hace necesario integrar otras perspectivas o miradas historiográficas, de la historia económica a la cultural, del análisis del lenguaje a los estudios de género. La trayectoria investigadora del autor garantiza la eficaz narración y explicación de las causas de las protestas sociales, de los problemas de orden público, o de la cuestión religiosa, en el escenario republicano de los años treinta.
Programar uno de los doce volúmenes de una historia general de España sobre una etapa que no llega a ocupar una década temporal constituye un buen reflejo del sobredimensionamiento que la República y la Guerra Civil tienen hoy tanto en la investigación histórica como en la opinión pública. Probablemente el paso del tiempo historiográfico vaya suavizando este protagonismo temporal y temático, en la medida en que el conjunto de la sociedad española vaya asumiendo un relato más común y compartido sobre la particular «brutalización de la política» que en forma de guerra civil padeció la sociedad española de modo pionero. Entonces será el momento de colocar, y explicar, la Segunda República como término de un largo proceso de modernización y de democratización, y la Guerra Civil al lado de la dictadura franquista como su causa central, desmontando esa perversa relación causa-efecto entre la República y la guerra que, si no para los especialistas y profesionales, sí que sigue formando parte de una extensa opinión ciudadana.
Más novedades nos ofrece, en cambio, la síntesis que sobre el siglo XVIII, bajo el título de Reformismo e Ilustración, construye Pedro Ruiz Torres, historiador que parte de un buen conocimiento de algunos aspectos de la centuria, como el funcionamiento del sistema señorial, la situación del campesinado y el papel y función de la nobleza, pero que debe recurrir a una amplia bibliografía, de clásicos y de modernos, para dominar y organizar una explicación global del tiempo transcurrido entre 1700 y 1808, esforzándose por integrar las perspectivas historiográficas y las investigaciones más recientes.
El volumen se ajusta mejor a los propósitos generales de la colección y el autor procura evitar el tradicional esquema tripartito (estructura económica y social, política e instituciones, y cultura) visible en otras síntesis seculares y se plantea «relacionar en momentos sucesivos esos y otros ámbitos en uno o varios capítulos, con el fin de destacar la evolución social y cultural entendida de un modo amplio» (p. XVII), un intento de historia social de la política y de la cultura no desgajada de la evolución económica y de las condiciones de vida material.
Es perceptible el esfuerzo por organizar una arquitectura que incluya una buena descripción del funcionamiento del Antiguo Régimen, subrayando cuidadosamente las diferencias y diversidades inherentes al mismo, atendiendo a la función y situación de la monarquía, la nobleza, la Iglesia, el campesinado y las oligarquías urbanas. La bóveda del tejado de la síntesis de Pedro Ruiz se encuentra en el cuarto capítulo, descriptivo de la economía, la sociedad y la fiscalidad a mediados de siglo, una de cuyas vertientes atiende más a la explicación del orden político y social del Antiguo Régimen durante la primera mitad del Setecientos, mientras que la otra se ocupa de la emergencia de conflictos (motines de 1766), de los presupuestos y propuestas de los ilustrados, y de la pendiente hacia la imposibilidad de la reforma y la apertura de la crisis del viejo sistema. Su relato tampoco olvida la dimensión transatlántica de la monarquía hispánica, abordada en el tercer capítulo, y encuentra un destacado espacio para explicar el pensamiento ilustrado desde los presupuestos que la historia cultural e intelectual viene estableciendo e incorporando a la escritura de la historia. El resultado va mucho más allá de las propias investigaciones del autor, y puede funcionar como un buen manual que supere las síntesis anteriores sobre el período.
La biografía profesional y la concepción historiográfica de cada autor probablemente personalice y diferencie cada uno de los volúmenes más allá de los propósitos comunes de esa introducción general que se repite en todos ellos para facilitar su venta individualizada. En todo caso, el proyecto emprendido por la iniciativa editorial de Marcial Pons y de Crítica se propone ser la obra de una generación, para una generación, y está destinado a ocupar un lugar destacado en el mercado cultural de los manuales y síntesis de Historia de España.

01/04/2009

 
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