ARTÍCULO

Laudes hispaniae

 

Nada más abrir la primera página del libro que nos propone un recorrido por la cultura española, en la primera frase del prólogo, hay toda una declaración de intenciones que nos ilustra meridianamente acerca del designio del autor y el significado de la obra. No necesita glosa alguna: «Sorprende que en un país tan propenso a la invención de pasados falsos haya tan poco amor, tan poco respeto, por las huellas verdaderas del ayer. Aquí a veces no dura nada». ¿Nada? No llegamos a avanzar diez líneas sin que se matice en sentido negativo: «Duran y quedan los prejuicios, las ideas más necias, las tradiciones más sonrojantes, convertidas ahora en intocables rasgos de cultura ancestral».
Frente a esta tendencia, beneficiada por la corrección política al uso, que hoy parece dominante o que se muestra vocinglera (particularismo, exaltación de la diferencia, retórica de las raíces), García de Cortázar nos invita a un reposado «viaje contra el olvido» para ponderar todo aquello que nos es común: un viaje en el espacio, la geografía –concretamente, un paseo por las más señeras ciudades españolas–, pero también una excursión en el tiempo –desde el Medievo hasta nuestros días–. Y todo ello (conviene enfatizarlo para encuadrar adecuadamente tanto al autor como a la obra) con la determinación patente de recrear la cultura española, entendida como nuestro verdadero patrimonio, en la más profunda acepción del adjetivo y del sustantivo: cabría decir, en flagrante antítesis con tanta «tradición construida» en su nivel más pedestre (una mistificación del pasado para encubrir la vaciedad y demagogia del presente), que aquélla, la cultura común ribeteada de una pátina secular, es el auténtico tesoro del que disponemos, aunque no sepamos o queramos ser plenamente conscientes de ello.
En el otro libro que nos va ocupar –reconocido, es de justicia adelantarlo, con el último Premio Nacional de Historia–, García de Cortázar efectúa un periplo por el arte español (entendido, como luego especificaremos, con gran amplitud de miras), que puede parecer en principio convergente en sus objetivos últimos con el texto antes citado, pero que resulta muy distinto en su materialización concreta. Pero ahora me interesa subrayar la similitud de propósito en la línea que acaba de exponerse, constituyendo nuevamente las palabras del autor en los compases iniciales la manifestación más decidida, y hasta rotunda, de ese combativo espíritu que le anima.
Así, contra «la historia doliente y desengañada que secó parte de nuestras viejas raíces y espacios de libertad», frente a la «España amortajada» de la tradición noventayochista, quiere aparecer en estas páginas una España plural, una sociedad democrática, una nación moderna y, por encima de todo, un país fuerte y vibrante que mira sin complejos al futuro desde un presente abierto y sobre un rico pasado que no sólo no debe avergonzarnos, sino que debe asumirse sin complejos: críticamente, sí, pero también –¿por qué no?– con orgullo. No son palabras que generen hoy día muchas muestras de entusiasmo en el debate público, ni siquiera apoyos más o menos matizados en nuestro establishment cultural, dominado por un pensamiento político que rema en sentido contrario (españolismo rancio frente a nacionalismos periféricos progresistas), pero el eco de tales propuestas de García de Cortázar y, sobre todo, el éxito de sus obras, que tanto molesta en determinados medios, debería llevarnos a la conclusión de que son más compartidas de lo que a menudo se confiesa.
En efecto, como acaba de aludirse, es frecuente que muchos especialistas e historiadores de nuestro país traten con displicencia, cuando no con franco desprecio, este tipo de obras. No hay en ellas, desde luego, planteamientos que abran nuevas vías a la investigación historiográfica ni aportaciones que satisfagan al erudito, pero efectuar este cargo es tan absurdo como descalificar los best sellers de Stephen Hawking por sus simplificaciones del Big Bang y los agujeros negros. Del mismo modo que el científico inglés ha hecho accesibles para el gran público nociones complejas en torno al espacio y el tiempo, el historiador español ha conseguido que amplias capas de la población no especializada, simplemente con una mínima curiosidad, se acerquen a una disciplina que aparecía como antipática, anclada en una escolástica de fechas, datos y cifras –la historia escolar de reyes y batallas–, o sujeta luego por un nuevo corsé de fuerzas suprapersonales y estructuras rígidas como resultado de la influencia marxista. No sólo en estas obras que ahora nos ocupan, sino desde hace ya bastante tiempo, García de Cortázar no escribe para sus colegas ni se atiene a las reglas académicas: se dirige al gran público, lo asume con todas sus consecuencias y, como resultado de ello, su escritura ha ganado en plasticidad, inmediatez y capacidad de evocación. Con la mayor naturalidad, introduce múltiples referencias novelísticas, se recrea en el color local, intercala poesías, cuenta anécdotas o relaciona, si llega el caso, un personaje español con otro japonés, o compara la realidad con su mitificación, considerando con razón que de ambos factores pueden sacarse enseñanzas provechosas.
Una vez dicho todo eso, puede el lector habitual de García de Cortázar asomarse a la lectura de estas nuevas entregas en su trayectoria con la confianza, que no se verá defraudada en lo más mínimo, de encontrar el mismo tratamiento asequible de la historia, el mismo tono amable y, lo que es más importante para ese público, la misma amenidad en ese deambular por nuestro pasado. Por lo que respecta al contenido propiamente dicho, la Historia de España desde el arte destaca especialmente por la profusión de reproducciones, hasta el punto de que las fotografías de monumentos, cuadros, mapas, ciudades, calles y lugares emblemáticos en general tienen tanto o más protagonismo que el propio texto, que se somete a las ilustraciones y se ve reducido de modo sistemático a una glosa sucinta de las imágenes. Como ya se ha advertido, no es propiamente un tratado o manual de arte, ni una síntesis convencional de nuestro decurso secular, sino una aproximación, como el mismo autor declara, que huye del academicismo expositivo y tiene siempre en cuenta al lector, para no abrumarlo con una catarata de nombres y datos. Aquí se va a lo esencial, a las grandes líneas, a riesgo de una simplificación que se asume como peaje inevitable en una obra de estas características. Porque, pese a su grosor, este volumen no puede ser –y no trata de ser– más que una incitación a la lectura de otras obras y una invitación a profundizar en las diversas expresiones y manifestaciones del arte hispano.
La Breve historia de la cultura en España tiene, en cambio, el empaque y el formato de lo que suele entenderse como ensayo histórico. No es que no haya ilustraciones –al contrario, son muy abundantes–, pero ahora son ya sólo eso en sentido literal, es decir, elementos que desempeñan la función de ilustrar o aclarar un texto que tiene siempre un papel preponderante. No ha perdido García de Cortázar en esta nueva aportación su patente voluntad de romper moldes y transitar por un camino original. Se lo ha propuesto en esta ocasión aunando la Geografía y la Historia de un modo más concreto. Con una división en cinco bloques más o menos clásicos –Edad Media, Austrias y siglos XVIII, XIX y XX–, cada capítulo dentro de ellos queda anclado a una ciudad, que se convierte en el símbolo o representación de un movimiento artístico, una corriente cultural, uno de nuestros genios o simplemente un estado de ánimo colectivo.
Así, por ejemplo, abre el turno Santiago de Compostela asociada al románico, del mismo modo que Granada se vincula al Renacimiento o Ávila a la mística; Sevilla y Madrid se hermanan con las dos grandes genialidades pictóricas, Velázquez y Goya; Málaga aparece vinculada al Romanticismo, no ya sólo al usual sino también al de las luchas fratricidas del siglo XIX, con la sombra de Torrijos y sus compañeros antes de morir fusilados; Mallorca aparece unida al modernismo, mientras que Barcelona surge un tanto más desdibujada, con un pie algo forzado en el «paso triste de la paz» de la posguerra. Por supuesto, y como ya se deduce de lo dicho, la asociación entre urbes y momentos históricos es discutible y en ocasiones constituye inevitablemente algo arbitrario, pues ninguna población queda anclada para siempre en una época ni ninguna de ellas tiene el monopolio o exclusiva de un movimiento cultural. Pero esto no deja de ser una cuestión coyuntural y secundaria, dado que es evidente que el autor se sirve de las susodichas capitales como perchas intercambiables, esto es, como soportes físicos (en su plasmación concreta de barrios, edificios o monumentos fácilmente reconocibles) que recogen, moldean y representan etapas características del devenir cultural hispano.
Desde aquella ya lejana Breve historia de España que no ha dejado de reeditarse y renovarse, García de Cortázar ha conseguido instalarse en una línea de divulgación que ha contado con el beneplácito y hasta el entusiasmo del gran público, casi en la misma medida que le ha valido una cierta inquina de la historiografía establecida, que no termina de ver con buenos ojos el éxito de ventas ni el protagonismo mediático. La resuelta toma de posición del autor en el conflicto vasco y su postura en contra de la disgregación particularista (en la cultura, la enseñanza y la política en general) de los nacionalismos periféricos no han hecho más que enconar posturas, hasta el punto de que la mera reseña de sus obras queda determinada ya por los apriorismos de unos y otros. Permítanme, sin embargo, terminar con una reflexión elemental y por ello mismo creo que indiscutible: guste más o menos, García de Cortázar ha desempeñado en los últimos años un papel fundamental en el acercamiento de la historia al gran público. Había una necesidad, una demanda social y nuestro autor ha sabido responder a ella. Nadie ha logrado hacerle sombra en esa tarea.

01/10/2009

 
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