ARTÍCULO

África y la mitología del estado

Alianza Universidad, Madrid, 1997
Trad. de Carlo A. Caranci
440 págs.
 

Las obras aquí reseñadas son libros de historia de África: historia que se declara como tal en el caso del de Roland Oliver y Anthony Atmore, e historia como análisis del presente en el caso del de Christopher Clapham. De historia como antídoto o, para los irremediablemente contagiados, profilaxis contra el pesimismo antropológico superficial y etnocéntrico que considera que hay algo intrínseco a los africanos que les fuerza a matarse de tanto en tanto, contra el esencialismo del nada cambia ni nada puede cambiar en la realidad africana y de historia como corroboración palpable de la modesta verdad del viejo dicho «de aquellas aguas, estos lodos».

El libro de Oliver y Atmore, del que, antes que nada, cabe destacar la cuidadosa y exhaustiva labor de su traductor Carlo A. Caranci, es un manual de historia de África estructurado canónicamente por áreas geográficas y con una narrativa cronológica. La virtud de comenzar la narración en 1800 y no como en otros casos en la Conferencia de Berlín de 1885, es lo que permite atisbar, sin remontarse demasiado atrás en el tiempo, la historicidad propia de las sociedades africanas, que en muchos casos queda oculta cuando la narración comienza con el reparto colonial: ni África era terranulius, ni la colonización fue un drama donde los europeos eran elementos activos y los africanos puros sujetos pasivos, ni África nació para el mundo en los años sesenta cuando se generaliza el proceso descolonizador. Por el contrario, las sociedades africanas –como todas las sociedades que en el mundo han sido– protagonizaron, como sujetos y víctimas, su propia historia, y, en definitiva, deben ser consideradas, como afirma JeanFrançois Bayart, creadoras de su propia modernidad.

Esta lectura de historia permite al menos detectar otros dos rasgos pertinentes para orientarnos en el mundo africano. En primer lugar, la importancia del contacto externo para la conformación de las sociedades africanas. El continente oscuro lo era sólo, juegos de palabras de mal gusto aparte, para los comerciantes, misioneros y geógrafos europeos, pues lejos de ser un enigma impenetrable y cerrado, África ha sido siempre un continente abierto; y cabe decir que también vulnerable, a las influencias e intercambios con el mundo exterior, Clapham, recogiendo la idea de Bayart, nos habla de la esencial externalidad de las sociedades africanas. En segundo lugar, que de estas externalidades, la que quizás haya tenido más trascendencia para el África contemporánea haya sido la importación de la rigidez. Frente a la fluidez que caracterizaba a las sociedades africanas precoloniales –fluidez territorial y migratoria, fluidez en las identidades étnicas y fluidez en la distribución/asignación de la autoridad–, la colonización fijó fronteras divisorias, vinculó a los pueblos a determinados espacios territoriales, clasificó y, por tanto, inmovilizó las identidades étnicas y estructuró y congeló la autoridad, desde el jefe de aldea hasta el gobernador colonial. El estado poscolonial es el heredero fracasado de esta historia de rigidificación, de esta solidificación de la fluidez del mundo africano.

Estos tres rasgos de las sociedades africanas –rigidez inducida/forzada de las relaciones entre identidades étnicas, territorios y autoridades, externalidad de las relaciones sociales africanas e historicidad propia de sus pueblos y sociedades– nos remiten a los que podrían denominar los tres relatos más influyentes sobre los estados africanos y sus relaciones internacionales: The Black Man's Burden. TheCurse of the Nation State, de Basil DavidsonLondres, Jemes Curry, 1992.; Quasi States: Sovereingty,International Relations and the ThirdWorld, de Robert H. JacksonCambridge, Cambridge University Press, 1990., y L'Etat en Afrique. La politique du ventre de Jean-François BayartParís, Libraire Arthème Fayard, 1989., ninguno de los cuales, y volvemos sobre lo mismo, ha sido traducido al castellano. En su libro, Christopher Clapham va asumiendo estos relatos uno a uno. Parte de la constitución de los estados poscoloniales, o como diría Davidson, la cristalización de una división continental por la cual cientos de pueblos quedan atrapados en unas docenas de estados territoriales; prosigue con lo que Jackson calificó como régimen de soberanía negativa o estatalidad jurídica, por el que los estados africanos eran reconocidos por el sistema internacional aun careciendo de los atributos de la estatalidad empírica, para acabar con el relato de Bayart en el que el estado en África ha dejado de ser una estructura exógena, puesto que sus fundamentos autóctonos y la reapropiación de las estructuras de origen colonial le conceden su propia historicidad.

En realidad podríamos decir que éste que comentamos es un libro sobre la crisis de la mitología del estado: es decir, sobre lo inadecuado de aquella concepción, que las relaciones internacionales heredaron de sus progenitores juristas, por la cual al estado se le supone una única voz en el concierto internacional –el estado es aquel que puede firmar tratados– y un control monopólico sobre el territorio, sobre la administración y sobre la violencia. La brecha entre esta mitología y la realidad de los estados africanos fue ampliándose en los años setenta y ochenta hasta dar lugar a la crisis generalizada del estado en África que hemos vivido en estos últimos años. Y sin embargo el sistema internacional seguía profundamente anclado en esta mitología del estado, en ese régimen de soberanía negativa o de estatalidad jurídica. Así la Guerra Fría; la desvinculación de la legitimidad internacional de la legitimidad interna, es decir, de la capacidad efectiva de los gobiernos de asentarse, como diría David BeethamThe Legimitacy of Power, Londres, Macmillan, 1991., en el reconocimiento por parte de la población de su derecho a gobernar y en su competencia para proporcionar los bienes propios de la estatalidad; unas posibilidades económicas no del todo desfavorables, y la inercia legitimadora de la descolonización, proporcionaron a los estados africanos una tregua histórica. Esta tregua concluyó en los años noventa por el efecto combinado de la revuelta de las sociedades africanas, el empeoramiento de la situación económica en los años ochenta y los cambios en el sistema internacional.

En este sentido el trabajo de Clapham aumenta en interés conforme avanzamos en su lectura, y es en su capítulo final donde esa mitología del estado se nos aparece definitivamente como tal. Las relaciones internacionales de los estados africanos están bifurcadas, por un lado, en lo que el autor denomina la privatización de la política exterior y, por otro, en su definitiva externalidad en forma de tutela política y económica ejercida por los países donantes y las instituciones de la familia de Naciones Unidas. Ni hay una sola voz del estado, sino una pluralidad de voces que hablan a través de las fronteras, ni esas voces representan a esa mítica totalidad nacional territorial, ni las decisiones sobre los principales parámetros políticos y económicos son soberanas, sino fruto, en muchos casos, de un diktat exterior.

De esta manera, la combinación de las lecturas de los libros aquí reseñados, que se nos ofrece como un relato histórico que nos lleva hasta las claves del presente, puede lograr que nuestro acercamiento a los problemas y a las esperanzas africanas adquieran un sesgo más historicista y menos espasmódico que el enfoque al uso. Pero además, a aquellos que trabajamos con el difícil y escurridizo material conocido como relaciones internacionales, nos proporciona instrumentos con los que remendar una disciplina –las relaciones internacionales– con urgentes necesidades de reparación.

01/09/1997

 
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