ARTÍCULO

Héroes españoles en el infierno nazi

 

Mauthausen es un pequeño pueblo austríaco situado en un espléndido paraje cerca de la ciudad de Linz, entre colinas verdes y a orillas del Danubio. Pero su belleza resulta dolorosa y extraña. A pocos kilómetros de las casas pintadas en tonos pastel se elevan los muros del que fue uno de los campos de concentración más atroces de la época nazi, el KL-Mauthausen, cabeza de un complejo sistema penitenciario que se extendió por toda Austria y que llegó a albergar a cientos de miles de prisioneros, más de cien mil de ellos asesinados en alguna de sus dependencias entre 1938 y 1945. Un lugar al que las autoridades alemanas enviaban a quienes consideraban elementos irrecuperables, condenados a morir exhaustos por el trabajo y la penuria extrema. Los ciento ochenta y seis peldaños de la escalera que comunicaba la fortaleza central con la cantera de granito anexa, y que los presos debían subir cargados con pesadas piedras, simbolizan aquel horror. En Mauthausen acabó la mayor parte de los españoles capturados por la Alemania nazi. Después de haber luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil, muchos buscaron refugio en Francia, donde sufrieron el internamiento y el trabajo en compañías del ejército francés. Algunos de ellos iniciaron la resistencia tras la invasión alemana en 1940, pero la mayoría quedó enseguida a merced de la Wehrmacht, permaneció un tiempo en recintos para prisioneros de guerra y fue deportada después a Mauthausen, donde ingresaron algo más de siete mil y murieron cerca de cinco mil compatriotas. Aquel conjunto de rojos españoles, que portaban sobre la ropa el triángulo azul de los apátridas con una S encima, estaba formado por antifascistas de muy diversos orígenes ideológicos: anarquistas, socialistas, nacionalistas catalanes, republicanos de izquierda y comunistas. Sin embargo, actuó como un grupo compacto y dejó una huella indeleble en Mauthausen, que algunos supervivientes llaman todavía el campo de los españoles. Las noticias de lo que allí ocurrió han llegado a la opinión pública en España de forma lenta e intermitente. Primero, a través del goteo de testimonios que, con mayor o menor fortuna, se han publicado desde los años setenta hasta la actualidad, entre los cuales destacan, por su alcance, los del comunista Mariano Constante. En segundo término, mediante la divulgación de obras periodísticas, como la pionera de Montserrat Roig, Los catalanes en los campos nazis (1977-1978), y varios documentales elaborados para la televisión y emitidos en 2000. Poco se conoce aquí, en cambio, de las investigaciones realizadas por historiadores como Michel Fabréguet. Sin embargo, recientemente han visto la luz dos trabajos fundamentales, aunque de muy distinto carácter, acerca de los españoles en Mauthausen. El primero es la última y más completa aportación del principal especialista en el asunto, David Wingeate Pike, que lleva décadas siguiendo el rastro de los exiliados republicanos, en especial de los comunistas, a lo largo y ancho del mundo en guerra, y cuyo libro In the Service of Stalin. The Spanish Communists in Exile, 1939-1945 (1990) reservaba ya un amplio espacio a Mauthausen. El segundo título, elaborado por Benito Bermejo, sigue la biografía de uno de los protagonistas más relevantes de la historia, el fotógrafo Francisco Boix, y muestra una amplia selección de las imágenes tomadas en el propio campo, una fuente única para el conocimiento del nazismo. Cabría definir Españoles en elHolocausto como un compendio que reúne y ordena la información disponible sobre Mauthausen. Pike ofrece en él toda clase de detalles, desde los hechos que precedieron a la llegada de los internos hasta los caóticos días de la liberación y el destino posterior de los supervivientes, sin olvidar una minuciosa descripción del funcionamiento de la maquinaria criminal gobernada por los SS. Se trata de establecer los hechos con la mayor precisión posible, y el autor no duda en contrastar los documentos de archivo y los informes orales una y otra vez para extraer de ellos la versión más verosímil. Como ha escrito en otro lugar, la historia sin fechas es pura leyenda. Esto proporciona al texto un valor indudable, aderezado con un estilo sobrio, sin concesiones al voyeurismo o a la pasión, algo encomiable cuando el tema se presta tan fácilmente al exceso. Pero, por otro lado, el apego a los datos no deja apenas sitio para reflexiones sobre cuestiones teóricas o conceptuales, como por ejemplo la definición y el empleo que aquí se hace del término Holocausto, normalmente reservado para el genocidio singular de los judíos y que exigiría, por tanto, mayores aclaraciones. Además, la abundancia de pormenores resta eficacia narrativa al relato, que se difumina con frecuencia en un mar de nombres o acontecimientos menudos. La síntesis bien armada de Bermejo ayudará al lector a orientarse en un territorio tan extenso e intrincado. Pike dibuja, pues, un exhaustivo retrato del Lager. Uno de sus aciertos consiste en no limitarse a mirar en exclusiva a las víctimas, sino en prestar atención también a los verdugos, una demanda frecuente de quienes han criticado la ausencia de actores concretos en muchos estudios sobre el espanto nacionalsocialista. Así, conocemos bastante bien a los SS, sabemos de su ascenso social gracias a la militancia nazi y de su escasa cultura, de su obsesión por las normas, de sus psicopatías y de su embrutecimiento. Por encima de todo consta la enorme crueldad que presidía el campo: no hubo en él asépticas operaciones letales, sino interminables noches de pie a temperaturas bajo cero, duchas heladas, golpes constantes, perros asesinos, espectáculos con torturas públicas, desfiles infamantes, trabajo agotador y hambre, mucha hambre. Allí se practicaba la inversión de valores que caracterizó al universo concentracionario : la Nochebuena se celebraba con ahorcamientos; la enfermería no servía para curar, sino para seleccionar a los que perecerían a continuación en la cámara de gas. «Mauthausen fue un infierno –resume Pike–, o al menos el más refinado intento de construir una sucursal del mismo en la tierra» (pág. 108). Aquel ambiente anulaba la voluntad individual y hacía imposible la rebelión. No obstante, algunos presos tejieron una red que procuraba la solidaridad entre ellos y buscaba la supervivencia. Y en esta tarea sobresalieron los españoles, maestros en el difícil arte de no sentirse solos y de protegerse frente al enemigo. Al principio sólo fue un intento de mantener la moral, después una organización secreta de resistencia dirigida por comunistas, auxiliados por camaradas de otras nacionalidades, cuyo primer objetivo era desplazar de los puestos privilegiados, los que hacían menos dura la existencia y facilitaban la ayuda a los demás, a los presos comunes para sustituirlos por presos políticos. Una estrategia que resultó un éxito y que, gracias también a sus habilidades profesionales, colocó a numerosos españoles en los servicios esenciales del campo y en lugares clave como el archivo policial y el laboratorio fotográfico, lo cual les permitió además, no sin arriesgar sus vidas, preservar el recuerdo de lo que allí acontecía. Podría pensarse que los Prominenten españoles se hallaban en esa problemática zona gris que Primo Lévi situó entre los verdugos y las víctimas, es decir, que pertenecían al sector de quienes colaboraron con los SS para salvarse y portaron ese sambenito hasta su muerte. Pero Pike despeja cualquier duda sobre la cuestión y se encarga de demostrar que fueron ante todo héroes, luchadores íntegros contra el fascismo. Se apoya en diversos testimonios para señalar dos rasgos básicos del colectivo español: su prestigio y su unidad. Múltiples testigos, al igual que el mismo autor, los vieron como hombres dignos que no abandonaban su actitud de «orgulloso estoicismo», capaces de mantener el ánimo, de comportarse de manera correcta en los episodios más tensos y hasta de ganarse cierto respeto por parte de los SS. Resulta complicado discernir qué había en estas percepciones de los estereotipos más frecuentes en la época sobre el carácter español y qué correspondía a las trazas de un conjunto de jóvenes antifascistas, cuyo extremo opuesto en Mauthausen encarnaban al parecer los polacos. A la vez, los españoles constituían un grupo con identidad bien definida y una sólida cohesión interna, pese a las variadas procedencias geográficas de sus miembros –predominaban los catalanes–y a las ocasionales disputas entre comunistas y no comunistas. Las experiencias compartidas en la Guerra Civil y la inmediata posguerra explican parcialmente la firmeza de su solidaridad nacional, la más notable del campo, aunque su «amor ilimitado a España» (Hans Marsálek) no dejará de sorprender a quienes hablan con aplomo de la débil nacionalización de los españoles en la época contemporánea. Ambos libros se adentran asimismo en otro de los grandes temas vinculados a las tragedias del siglo XX : la destilación y los usos de la memoria. David Wingeate Pike subraya con toda razón el daño que causan los testigos que tergiversan lo ocurrido y dan con sus mentiras argumentos a los revisionistas interesados en presentar Mauthausen como una prisión aceptable. Es el caso de alguno de los oficiales norteamericanos que liberaron el campo y, sobre todo, del prolífico Mariano Constante, que se atribuyó un papel desmedido en la resistencia. Pike prefiere otros guías, como Juan de Diego, un republicano catalán de prodigiosa memoria y responsable del salvamento de buena parte de la información referida a los españoles que pasaron por Mauthausen. En general, el autor vierte acusaciones muy serias contra los dirigentes comunistas que exageraron las dimensiones de la organización militar clandestina y falsearon los hechos en su beneficio exclusivo, hasta el punto de inventar la supuesta liberación del campo por parte de los propios prisioneros y una batalla final con los SS. Si el Partido Comunista no hubiera convertido la historia en mitología, afirma Pike, se habrían evitado muchas polémicas. Lo curioso es que los historiadores reproducen los enfrentamientos que han dividido a los supervivientes, y lo hacen a propósito de una de las fuentes más valiosas que se conservan, las fotografías tomadas en Mauthausen por los SS y por Francisco Boix, el material fotográfico más importante que se conoce de un campo alemán. Las imágenes, muy bien reproducidas en la obra de Bermejo, recogen retratos de identificación de los presos, visitas de los altos mandos nacional-socialistas y diferentes actividades, incluidas ceremonias y ejecuciones, aparte de los últimos momentos, cuando las tropas aliadas se encontraron una gran pancarta en la entrada con el lema «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras». Las discrepancias surgen a la hora de asignar los méritos en el rescate de las instantáneas. Pike se alinea con uno de los internos que trabajaron en el revelado, Antonio García, que escondió cientos de copias y acusó a Boix de robárselas para después, en connivencia con el aparato comunista, transformarse en testigo estrella en el juicio de Núremberg. García terminó acusado de trotskista, cobarde y desafecto. Bermejo, en cambio, resta credibilidad a García y cree que Boix salvó miles de negativos y que nunca fue tratado como un héroe por el PCE. A pesar de sus esfuerzos por acercarse a la verdad, ambos autores prolongan la pugna política por la memoria y se ven envueltos en sus traicioneros pliegues. En cualquier caso, los dos libros suponen, de maneras distintas, sendas aproximaciones historiográficas solventes a un capítulo muy significativo de la historia de los españoles en el siglo XX. Hoy, España está metida en debates sobre su pasado que acogen todo tipo de panfletos indocumentados y partidistas, por lo que conviene difundir trabajos de investigación como éstos. Ninguneados por las autoridades franquistas y arrastrados por la marea de la guerra mundial, aquellos republicanos, héroes o no, sufrieron uno de los regímenes criminales más terribles que puedan imaginarse. No hace falta que fueran demócratas sin tacha para recordar su peripecia bajo el totalitarismo nazi. Son, inevitablemente, parte de nosotros.

01/03/2004

 
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