ARTÍCULO

Lazos de sangre

Alfaguara, Madrid
226 pp. 17,50 €
 

Josefina Aldecoa nunca se ha mostrado demasiado partidaria de hablar de una literatura femenina, aunque admite el marbete siempre y cuando el sustantivo siga siendo lo sustancial, sin verse desplazado por un adjetivo que, en principio, sólo indica o acota una parcela de la literatura, sin mayores repercusiones. Asimismo, la escritora leonesa reconoce que, junto a los grandes personajes femeninos creados por los novelistas del siglo XIX –Enma Bovary, Ana Karenina, Anita Ozores o Fortunata–, pocos podemos alinear en esa primera fila de entre los creados por las escritoras, aunque yo no me olvidaría de los de Austen y las Brönte. Y, sin embargo, pese a que las escritoras no suelen trabajar con esos grandes arquetipos, cuyos conflictos nacen más del choque entre sentimiento o inclinación personal y moral social, sino que lo hacen con criaturas sencillas, bastante normales y corrientes, sus personajes interesan al lector precisamente por ese fondo de vida personal, por los pequeños conflictos que se expresan y examinan desde la interioridad íntima y que, en gran medida, son los que afectan al común de los mortales. Justamente de esas filas intrahistóricas y periféricas (la España rural del primer tercio del pasado siglo) extrajo Josefina Aldecoa una criatura que, al destacarla y llevarla al primer plano del relato, narrando los mil pormenores de su vida y de su existencia, y mostrando los rincones de su alma a través de un finísimo dibujo cuajado de emociones y sensaciones, la autora desveló todo el potencial heroico y trágico de una mujer aparentemente sencilla y a la que el paso del tiempo fue agigantando. Hablo, naturalmente, de la maestra Gabriela, que protagoniza la Trilogía de la memoria.
Hermanas, la última novela de Aldecoa, mantiene curiosas relaciones fraternales con alguna de sus anteriores novelas, bien sea a partir de rasgos pertenecientes al perfil y la psicología de los personajes, bien a partir de elementos estrictamente narrativos. Una parte de esta nueva historia aldecoana parece arrancar del primer proyecto de la autora, cuando en una novela sobre la mujer que iba a titularse La enredadera (pero cuya historia no se correspondía con la de la obra que acabaría titulándose así), pensaba trabajar con un prototipo femenino muy concreto: la mujer que vive a espaldas del marido en todos los aspectos, que depende de él y se aferra a él y acaba asfixiándole con sus exigencias de todo tipo.
Este modelo de mujer es el que ahora Josefina Aldecoa desarrolla en Hermanas a partir de la figura de Clara de Arzaga y Ramírez de Albia, una señora perteneciente a la alta burguesía santanderina, madre de dos hijas, Isabel y Ana, a quienes intenta educar para que sean dignas sucesoras del papel y los valores que ella encarna en su reducido círculo social. Durante los «años de crisálida» ambas hermanas, muy diferentes entre sí físicamente, viven en un mundo sin roces ni fisuras, de buen gusto y refinamiento, casi encerradas en el caserón familiar que tiene mucho de fortaleza, en cuyo jardín encontrarán un espacio de libertad que por las noches se prolonga en el dormitorio que comparten, espacio de confidencias. En esos años, Isabel y Ana crean para sí un círculo de afectos impenetrable que, sin embargo, se verá afectado por el paso del tiempo, cuando cada una de ellas madure y de¬sarro¬lle una personalidad propia, un proceso agravado por la trágica y temprana muerte del padre, a la que sigue el derrumbe, deterioro y dramático final de su esposa Clara, que se suicida.
Es a partir de este momento cuando el estrecho afecto fraternal forjado en la infancia se verá puesto a prueba a través de una serie de acontecimientos y de los conflictos nacidos a partir de las diferencias irreductibles existentes entre ambas hermanas: Isabel elegirá la libertad y la independencia, será médico y trabajará en África y Asia, totalmente entregada a su vocación. Ana se casará con su primo, un joven diplomático que asume la tarea de proteger a la, en apariencia, más vulnerable de las dos hermanas, pese a lo predecible del desastre de tal unión, de la que nacerán dos hermanas gemelas, María y Teresa. El final de Ana es similar al de su madre Clara, pero sus hijas, educadas lejos de la madre y del mundo que ella representa, no heredarán esas «taras». Hay además otro elemento en la intriga (que no desvelaré) que viene a reforzar esta pequeña tesis que Josefina Aldecoa encierra en su novela: la importancia de la educación recibida y del ambiente en que se ha crecido, además de la voluntad y la libertad personal, en la forja de un carácter y de un destino.
La historia de Hermanas tiene una cronología muy dilatada. La primera estampa se enmarca en el verano de 1954 y la última en las navidades de 1990. No todos los pliegues de este abanico temporal se desarrollan con igual detalle y profundidad, y en esas elipsis (a veces muy extensas y abruptas) y en ciertas peripecias excesivamente confiadas a la casualidad es donde por momentos flaquea esta novela, cuyas páginas brillan en el retrato de esos dos tipos de mujer, en el análisis de las conductas y de los errores y aciertos que continuamente cometemos, en la expresión de los sentimientos y a la hora de devanar la madeja de emociones que se enreda a la vida.

01/12/2008

 
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