ARTÍCULO

Las amenazas de la ciencia

KRK Ediciones, Oviedo
Trad. de Juan A. Canal y María Teresa Rodríguez
144 pp. 19,95 euros
 

Dédalo e Ícaro son aquí dos estereotipos del modo sabio o alocado en que la humanidad puede emplear la ciencia y la técnica. Dédalo, el artífice astuto, es un personaje mitológico de allá por el segundo milenio antes de nuestra era que fue arquitecto, escultor e inventor de ingenios mecánicos. Construyó un complejo palacio, el laberinto de Creta, para el rey Minos, quien acabó encerrándolo allí junto con su hijo Ícaro por algún lío que no hace al caso. Como es sabido, Dédalo fabricó dos pares de alas a partir de cera y plumas (¿de pollo?) con las que él y el chico huyeron volando por los aires a través de una ventana (es de suponer que el edificio tendría techo). El joven y atolondrado Ícaro se dejó llevar por la pasión aérea, se acercó al sol, echó a perder el pegamento de cera y se fue al agua, mientras que papá llegó hasta Sicilia en vuelo rasante.
Este pequeño libro, editado con elegancia y primor (buen papel e impresión, excelente cosido y encuadernación, cinta para marcar), recoge dos artículos publicados en 1923. En el primero de ellos, el famoso bioquímico y genetista John B. S. Haldane (1892-1964) ve a la humanidad más bien en la línea de Dédalo, mientras que en el segundo, el no menos notable filósofo Bertrand Russell (18721970) la ve más bien como una irremediable colección de ícaros.
En la época en que se compusieron estos escritos, Europa acababa de salir de la Primera Guerra y, antes de la Segunda, se debatía entre los intereses nacionales particulares y los proyectos de organizaciones mundiales de control pacífico de la guerra, el comercio y el derecho. Se daba, pues, una tensión entre las visiones optimistas y pesimistas acerca del uso pacífico y global de los avances científicos. Por un lado, proliferaban los conflictos territoriales entre las naciones (Vilna, Teschen, Fiume, Alta Silesia, Schleswig del Norte...) y las disputas por las reparaciones de guerra; pero, por otro, se daban pasos hacia el control de los conflictos armados y de los nacionalismos mediante organizaciones para la seguridad colectiva, como la Sociedad de Naciones (1920) o el Tribunal Internacional (1922).
En el caso de Haldane, la esperanza en la organización mundial del control humano sobre los recursos científicos y técnicos se fortalecía por su adhesión al comunismo marxista, antibelicista e internacionalista, que predicaba que el género humano podía ordenar racionalmente la sociedad en beneficio de todos y no sólo de una clase o país. La Segunda Internacional de los Lenin y Rosa Luxemburgo descreía del progreso gradual hacia el socialismo y estimaba que existía una suerte de necesidad histórica que llevaba inevitablemente a la revolución mundial con sus corolarios de paz universal y justicia social. La guerra europea dio al traste con esta Internacional, dividida entre belicistas y pacifistas, y dio lugar a la Tercera (1919), que con Stalin se convirtió en un medio de controlar los partidos comunistas en favor de la Unión Soviética, arruinando, de hecho, el internacionalismo. Para acabarlo de arreglar, las purgas de enemigos y amigos desanimaron a algunos admiradores de la «patria del socialismo», lo que se reforzó con las miserias del control arbitrario y estúpido de la cultura, como se puso de manifiesto con la exaltación del horticultor Trofim Lysenko y el envío a Siberia de un genetista decente como Nikolai Vavilov. Harto de todo ello y del belicismo británico, Haldane se dio de baja en el Partido, abandonó Inglaterra en 1957, se hizo ciudadano de la India y pasó a dirigir el Laboratorio de Genética y Biometría de Orissa.
La contribución de Haldane a este volumen procede de una conferencia un tanto errática llena de profecías sobre el futuro de la ciencia y la humanidad.Tras ochenta años bastante movidos política y científicamente, esas visiones ora perspicaces, ora estrambóticas le dan un aire de charla informal en el pub. Pero en tales intentos de clarividencia subyace un esquema no articulado explícitamente que se podría tildar de optimismo dialéctico, según el cual la historia sigue su marcha ineluctable a través de conflictos cuya superación representa un progreso.Así, la ciencia es una caja de cerillas en manos de un niño (como Ícaro) que puede ponernos al borde de la extinción, como ocurre con la guerra moderna. Pero justamente esa antítesis de la humanidad se resuelve en una nueva formación social que anula el peligro, cual sería un mundo sin división de clases, naciones ni sexos. El progreso industrial con propiedad privada genera la guerra basada en la ciencia y la industria incompatible con el propio progreso económico, por lo que (si no perecemos) dará lugar al socialismo pacífico mundial. De ahí que la guerra europea sea uno de esos momentos antitéticos y lúgubres que preceden a la aurora.
Bertrand Russell fue un personaje no menos comprometido con el internacionalismo y la paz. Junto con Albert Einstein promovió en 1957 el movimiento Pugwash contra el uso bélico de la ciencia y a favor de la conservación del medio y el desarrollo económico general. Creó el Comité de los Cien para el desarme nuclear e incitó a las masas a la desobediencia civil, organizando en 1960 manifestaciones y sentadas que, a sus ochenta y ocho años, lo llevaron a la cárcel junto con su señora.Ya superados los noventa años, colaboró con las Naciones Unidas en la crisis de los misiles de Cuba y en la guerra chino-india, intervino en las indagaciones sobre el asesinato de Kennedy y se opuso a la guerra de Vietnam con el Tribunal Internacional de los Crímenes de Guerra (junto con Sartre y Deutscher). Pero, aunque en el pacifismo e internacionalismo coincidía con Haldane, no era optimista sino pesimista; no era comunista, sino individualista y aun anarquista.
En su escrito de respuesta a Haldane deja de lado las profecías para centrarse en la crítica a su esquema de progreso moral cuasi automático como resultado de las contradicciones producidas por el avance técnico. En su concepto, este avance siempre promueve el poder de los grupos dominantes sin que tienda esencialmente a hacer feliz a la humanidad. Por consiguiente, no podemos confiar en que el desarrollo científico produzca justicia, sino que la reforma política y moral ha de promoverse independientemente, porque no es un corolario de aquél. La racionalidad científica es distinta de la racionalidad moral, pues mientras la primera florece que es un primor, ésta se arrastra en un estado lamentable. Así, vemos cómo las naciones desarrolladas usan la ciencia para apoderarse de la riqueza extranjera mediante el poderío militar, mientras que en cada nación los grupos dominantes usan la ciencia para uniformar y domesticar a sus ciudadanos mediante la propaganda, la educación, los medios de comunicación, la medicina y la eugenesia. Repárese en que Russell escribía estas cosas poco antes del nazismo y el estalinismo y bastante antes de Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley o de 1984 (1949) de George Orwell.
Frente a Haldane y al optimismo victoriano, Russell se malicia que nuestra naturaleza, esto es, nuestros instintos y pasiones, proceden del pleistoceno y no tienen arreglo, por lo que la manera de atacar el problema es crear instituciones sociales que mantengan a raya el egoísmo, la agresividad y la maldad. Sería deseable el gobierno mundial de un solo grupo dirigido tal vez, señala con desmayo, por los Estados Unidos, aunque «a la vista de la esterilidad del Imperio Romano, al fin y al cabo sería preferible el colapso de nuestra civilización». El uso de la ciencia y la técnica exige un control moral casi imposible de lograr, pues «sólo la bondad puede salvar el mundo, y aun sabiendo cómo producir bondad no lo haríamos a menos que fuésemos ya bondadosos». Pero Russell era un pesimista optimista a juzgar por los esfuerzos que hizo para la creación de organizaciones e instituciones pacifistas internacionales.
Por más que estos problemas tan viejos sigan siendo demasiado actuales, el libro tiene, con todo, un aire inevitablemente obsoleto al no poder analizar lo que ha venido ocurriendo en los últimos ochenta años. Pero al margen de la siniestra seriedad del problema moral, el lector puede disfrutar de las anticipaciones científicas de Haldane con la falsa superioridad que da la visión retrospectiva. Por ejemplo, la física dará energía eólica y solar barata que nos proporcionará hidrógeno líquido fácil de almacenar para compensar el agotamiento de los combustibles fósiles. La química creará un planeta lleno de fábricas y jardines cuando la agricultura desaparezca por la síntesis industrial de azúcares, almidones y proteínas, mientras que el mar se tornará rojo (como quería Homero) por la siembra de algas fijadoras de nitrógeno creadas en el laboratorio. Gracias a ello, los besugos y langostinos fluirán continuamente a nuestros frigoríficos. La biología permitirá la fecundación y gestación in vitro y liberará a las mujeres de parir, triturando las diferencias sociales basadas en el sexo. La eugenesia seleccionará a un reducido grupo de reproductores mundiales, con lo que tendremos muchos violinistas y pocos carteristas. La psicología hará algunas cosas buenas con el inconsciente (que no se especifican), y el espiritismo experimental tal vez nos ponga en comunicación con los espíritus del otro mundo para desmayo del Papa y los cristianos dogmáticos.
Dado que los problemas técnicos y morales planteados por la ciencia siguen aquí, este volumen ya caduco nos recuerda que otros más listos que nosotros se ocuparon de ellos hace tiempo y trataron de afrontarlos con decisiones vitales de un altruismo y coraje moral difíciles de igualar.

 

01/04/2006

 
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