ARTÍCULO

Hablar desde los huesos

Anagrama, Barcelona
176 pp. 15 €
 

Esta novela es buena, muy buena, y si pienso en el jurado que le concedió el premio, estoy convencido de que ha sido con bastante certeza la mejor que concursó. Algo, sin embargo, me deja un mal sabor de boca al terminar de leerla: que no sea la gran novela que pudo haber sido. La enfermedad está protagonizada congruentemente por enfermos y médicos, en especial por dos enfermos y un médico, con el agravante de que el médico es hijo de uno de esos enfermos. Y es, además, un médico que ha cimentado su nombre y su prestigio en la «metodología de la transparencia»: nada de andar con mentiras piadosas al enfermo. Hasta que el enfermo es tu propio padre, y el diagnóstico es cáncer terminal inoperable, y eres tú quien tiene que decírselo.Tal es el dilema al que se enfrenta el doctor Andrés Miranda, y tal es el arranque de la novela. Lo malo es que el padre del doctor Miranda, viudo desde que el niño era muy pequeño, conoce a su hijo como si lo hubiese parido (valga la expresión), y anda todo el tiempo con la mosca detrás de la oreja, reclamando [= temiendo] la verdad que su hijo le escamotea. En cuanto al otro enfermo, Ernesto Durán, es un paciente atendido en su día por ese mismo doctor Miranda, quien lo dio por curado orgánicamente, y en vista de la insistencia del curado en seguir estando enfermo (según él), Miranda lo remite a una psicóloga. Pero Durán rechaza el tratamiento psicológico y pugna por regresar a los cuidados de Miranda, quien, por último, le ordena a su secretaria que no le pase más llamadas ni cartas ni mensajes del tozudo Durán. Durán insiste por la vía virtual, enviándole e-mails al doctor, que Karina, la secretaria, lee sin trasladárselos a su jefe. Hasta que llega un momento en que la pobre se apiada de esa persona y le contesta como si fuese el doctor Miranda.Ya lo dijo Graham Greene: la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y camina entre la gente, sin mala intención. Más, ya, no puedo ni debo contar de la trama; tan solo estas dos situaciones de partida, que luego se desarrollan a lo largo de la novela, sin trenzarse nunca, perfectamente autónomas ambas, ligadas nada más por la persona del doctor Miranda. Esta novela (que recomiendo fervorosamente) debe leerse sin más datos previos que los que acabo de mencionar. Diría más: el lector debe dejar a un lado, sin mirarlo, el texto de la contraportada, y que me perdonen en la editorial; por lo que se refiere a la trama: ese texto resulta excesivo, amén de confundir el nombre del protagonista. Barrera Tyszka es poeta. Pero, por dicha, no es un poeta metido a novelista, que de eso hay ya demasiado en la viña del Señor. No, Barrera Tyszka es poeta + novelista.Y al segundo se le nota el primero en la plasticidad del lenguaje, que a veces se aporcelana hasta dar en greguería: «el padre habla desde los huesos», «un nombre como Willmer, que suena a futuro, a norte», «el sol es un estetoscopio amarillo», «casi parece que la luz de la tarde impide que el ferry avance más deprisa», «los dioses mueren, no se enferman. Es su ventaja». Barrera Tyszka ha trabajado como «dialoguista» de telenovelas, y se le nota también en este desempeño como narrador. Sus diálogos están enhebrados con soltura y verosimilitud, siempre con la suficiente carga específica de las personas que hablan: son personajes que se diseñan en la mente del lector a través de sus propias palabras. No es tarea fácil, y a este caraqueño se diría que sí le sale fácil. Como también le sale lo de concluir la primera parte de la novela «en alto», igual que un capítulo crucial de un culebrón. Y Barrera Tyszka, al alimón con su esposa, Cristina Marcano, es también autor de una biografía de Chávez, de la que un crítico tan confiable como su compatriota Ibsen Martínez, asegura que es «lo más equilibrado y mejor averiguado que se ha escrito hasta ahora». Comento este aspecto porque ha habido señalamientos de que La enfermedad debe leerse en clave: el enfermo sería Venezuela, y la enfermedad, Chávez. No entro ni salgo en esa especulación, pero se me figuran ganas de lucirse inventando intenciones que nunca hubo. Aunque, desde luego, puedo errar como cualquier hijo de vecino. Leyendo esta novela me venía constantemente a la pantalla interna el recuerdo de Une morte très douce, de Simone de Beauvoir. Sin embargo, resistí la tentación de releerla y de compararla con el relato de Barrera Tyszka. Una novela, por muy buena que sea, y ésta lo es, no resistiría nunca el contraste con un texto memorialista de semejante calibre. Sería por demás injusto, pero con ello estoy apuntando a la posible flaqueza de La enfermedad, la que no le ha permitido ser, como dejé dicho nada más empezar, esa gran novela que podría haber sido. Y esa flaqueza es, a mi modo de ver, que su texto está podrido de literatura. En las 156 páginas de su texto se amontonan no menos de doce citas: Robert Burton, Arnoldo Kraus, Baudelaire,William Carlos Williams, Michel Foucault, Christa Wolff, Hans Küng y Walter Jens, Céline, Joseph Roth, Julio Ramón Ribeyro, Chéjov... Hay un momento en que el lector está tentado de interpelar al autor, de igual modo que en Niebla, de Unamuno, su protagonista Augusto Pérez interpela a don Miguel: «Ea, pues, ya está bien, don Alberto, ya está bien, ya estuvo suave, como dicen los mexicanos, guárdese el resto de las citas para algún ensayo, ¿sí?». En su cuento «Perros», publicado en España en Letras Libres, el narrador confiesa: «Hicieron un recorte de personal y yo quedé fuera. [...] Parece una seguidilla de palabras lisas. Sin vigor, sin crueldad. No es como decir usted tiene cáncer». No son palabras lisas, sin vigor ni crueldad, las de La enfermedad. Todo lo contrario. La novela atrapa, conmueve, hasta logra hacer que el lector sonría a veces: «Dejaron de verse de manera tan natural que Andrés llegó a pensar que su amistad también había sido una asignatura de la educación secundaria». O con «unos turistas alemanes, que siempre parecen un poco perdidos, como si alguien los hubiera engañado, como si Venezuela sólo fuera un error en la geografía, un traspié en el folleto de una agencia de viajes de Berlín». El doctor Miranda «sabe que la escritura es un recurso cobarde, que sólo se escribe por miedo», y Karina, su secretaria, sabe que «hay gente que sólo lee en las salas de espera». La enfermedad no es lectura de sala de espera, y escribirla supongo y deseo que no ha sido un recurso cobarde. Lo que hace que no termine de despegar de su propio texto y volar a incorporarse al imaginario imborrable del disco duro ­allá donde Pedro Páramo lleva de la mano al niño Aliosha, mientras madame Bovary coquetea con Oliveira­, es, por una parte, el lastre del corpus de citas y, por otra, el hecho incuestionable de que no hable desde los huesos, como el padre del doctor Miranda; de que a la par que la trama avanza y la situación se torna cada vez más angustiosamente humana, los personajes van haciéndose más y más literarios. La página final, no obstante, es muy hermosa.

01/11/2007

 
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