ARTÍCULO

Habitaciones de la escritura

Siruela, Madrid
178 pp. 15 €
 

Una de las fuentes documentales de la Historia es el inventario notarial. En la minuciosa enumeración de todo lo que se encontraba en la casa de alguien que había dejado este mundo, los rastreadores de la memoria podían reconstruir los pormenores de la vida cotidiana, los incidentes que aquejaron la salud del finado, la herencia que dejó a sus deudos o lo que acabó en la almoneda: las fotografías de una familia presuntamente feliz; los libros que obraron de lenitivo para su tedio; los lienzos que le alegraron la vista y ocultaron las manchas de humedad.
Desde la primera página de Rastros de nadie, Francisco Solano (La Aguilera, Burgos, 1952) despliega un poderoso aparato descriptivo como un notario que, con excelencia literaria, da fe de un microclima clausurado donde la sordidez de cada objeto compone «una memoria en ruinas, sagazmente disimulada para parecer una vivienda». Vemos a un hombre que pasea su mirada por la casa en que acaba de instalarse; o, más bien, el lugar que ha escogido con el propósito de reconocerse «en la corrosión» y leer mensajes cifrados en los desconches, hasta colegir la posibilidad de un crimen. Con la precisión de un registro notarial, nuestro anónimo inquilino enumera todo lo presente, pero percibe también lo que subyace en sus pesquisas. Además de los objetos agredidos por la dejadez y la vulgaridad de unos muebles que nadie quiso acarrear, husmea en el deteriorado somier con un sucio colchón de lana apelmazada: «Un lecho de matrimonio que absorbió las pasiones de la carne y fue refugio de remordimientos, dolor de espalda, enfermedades íntimas y vergonzosas». Advierte que su inventario material tal vez resulte «irrelevante, además de confuso»: lo que le importa de verdad «es el poso moral dejado por los anteriores inquilinos, el aire de notoria vejez que se interpone en los ojos cuando el sol rehúye entrar en la casa». Que nuestro anónimo protagonista haya decidido instalarse en un domicilio sombrío, entre unas paredes que presenciaron un hecho luctuoso; que haya preferido eso, en lugar de una vivienda moderna, obedece a la necesidad de absorber el olvido y reconstruir con palabras el material de los sueños. Con esos mimbres trenzará los recuerdos de su vida, sometida desde los primeros compases al desmoronamiento de los afectos.
Con prosa hipnótica y sólidos poderes literarios, Solano corrobora en Rastros de nadie las cualidades que se atribuyeron a sus obras anteriores: La noche mineral (1995), Una cabeza de rape (1997) y el libro de viaje Bajo las nubes de México (2001). El escritor y crítico literario burgalés demuestra una poderosa maquinación descriptora, sostenida por un léxico perfectamente engrasado en el artefacto narrativo. Su eficiente adjetivación abona a una prosa en la que este lector captó ecos del de Robbe-Grillet de La celosía y la capacidad de Juan Benet para recorrer con el lenguaje la memoria de las cosas. El inquilino del piso desvencijado no quiere dejar rastros, aunque convoque los recuerdos de una niñez triste y un matrimonio absurdo. Si sale a la calle, lo que contempla es pura enumeración, que sólo va a servirle para su alquimia de las palabras. En el exterior no ve un paisaje urbano; aprehende un texto en que se caligrafían los agravios de la existencia: «Pasear por una ciudad es estar sometido a las averiguaciones de la muerte». Como nuestro solitario no es nadie puede cambiar de identidad. Ese es, al fin y al cabo, el poder de la literatura: «Yo acumulo aquí palabras, amontono páginas con surcos negros, y si me pliego a su dictamen puedo ser lo que me proponga: el muchacho que no volverá jamás a la casa que lo vio nacer, el marido ignorante del matrimonio, el hombre que ausculta un crimen en la atmósfera de una casa alquilada». A medida que el relato llega a su conclusión, la mínima acción va dejando paso a la reflexión sobre el proceso de escribir.
Es entonces cuando la narración se trufa de ensayismo; como advierte el autor, «las palabras son herramientas cuyo valor, como las cartas de la baraja, dependen de las reglas del juego que decidamos jugar». Las personas del verbo han variado. El anónimo protagonista ha dejado de hablarnos en primera persona y Solano, haciendo uso de la omnisciencia, asume otra voz, la de un crítico que valora un manuscrito, Rastros de nadie, hallado en una caja de cartón dentro del armario que había dejado el anterior inquilino. Una agente literaria, Dolores, se la ha hecho llegar para que dé su opinión sobre el misterioso escrito. Se plantea la promoción de una posible obra maestra debido a su anonimato y la vieja cuestión entre el proceso de la escritura per se o la escritura con voluntad de ser publicada. «Una novela cuando se edita es una mercancía. Antes no es nada: es sueño. Convertir ese sueño en libro supone transformarlo en objeto de uso». En este capítulo, Solano establece dos tipos de escritor: el que escribe para su parroquia y sigue las leyes de la seducción comercial para alcanzar el éxito y ver su nombre en los manuales de literatura y aquel que no aspira a la posteridad y opta por «el trabajo anónimo del tiempo», entregándose a la autodisolución: en este segundo grupo se situaría el autor de Rastros de nadie. La valoración del crítico sobre lo leído ha ampliado la autoría del manuscrito con un texto que ha titulado Ríos secos colgando de las piedras.
Pero todavía nos queda una vuelta de tuerca. Un tercer capítulo escrito por Sebastián, el marido de la agente literaria, que viene a «complicar» la lectura y la escritura del primer y segundo textos. Tres voces que encarnan tres vecindades en la casa común de una escritura que no tiene autor. Muñecas rusas que van descubriendo rea­li­da­des o ficciones. Con solvencia forense, Francisco Solano ha diseccionado el organismo literario. Las palabras de un quimérico inquilino. Un anonimato que se diluirá en el olvido, como los significados van diluyéndose en cada una de las voces. Así lo anunciaba la frase de Marco Aurelio que sirve de pórtico a esta historia: «Aguardarás benévolo tu extinción o tu traslado».
Rastros de nadie se revela como una novela radicalmente moderna sobre la apropiación del discurso y la distribución de las máscaras. Como escribe Sebastián al crítico literario, su texto, anónimo, «se agrega naturalmente a una novela anónima, tal vez inacabada o que ha renunciado a la conclusión y enlaza con ella porque la misma novela lo genera». Después de unas cuantas verónicas de estilo impecable, Solano da la alternativa al lector para que se adentre en la espiral de las polisemias. Ya no viene de un okupa más en las habitaciones de la escritura. Nada más pertinente en los tiempos del cibertexto, arborescente e internetiano.

01/03/2007

 
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