ARTÍCULO

Guía de perplejos

Síntesis, Madrid
266 pp. 18,50 euros
 

No todos los títulos, aunque fidedignos, reflejan adecuadamente el contenido de un libro. De alguna manera, es lo que sucede con la última obra de Benigno Pendás, académico riguroso y firma habitual del periodismo político nacional. Y sucede porque nunca llega a cumplirse la amenaza de aridez sistemática que parece implícita en su título. Todo lo contrario: estamos ante un ágil y a la vez completo análisis de la teoría política contemporánea, proyectada sobre la realidad y hacia el futuro. Tal es, efectivamente, el propósito del autor: sobrevolar la provincia de la Teoría Política –y hacerlo en relación con la praxis social– para desbrozarla y señalar en ella lo sustancial, en detrimento de lo superfluo. No es un propósito menor, ni una tarea sencilla, pero se cumple con brillantez. Naturalmente, no puede escribirse sobre casi todo y hacerlo profundamente en menos de trescientas páginas. Pero esta cualidad panorámica, en realidad, viene a demostrar que el ejercicio del periodismo puede tener consecuencias virtuosas sobre el teórico, y no siempre al contrario: la obra es clara y precisa, cuando podría ser confusa y desmañada. Más que un libro para eruditos, es un libro para ciudadanos, esto es, para aquella parte de la opinión pública que quiere comprender por qué el mundo es como es, por qué no puede ser como querríamos, qué ideas subyacen a sus actores y movimientos políticos. Nada más, nada menos.
Sin embargo, conviene aclarar que no se trata de una obra puramente descriptiva, sino que –como la propia teoría política en que se inscribe– posee una indudable dimensión prescriptiva. Dicho de otra manera, no se limita a indicar lo que la teoría política dice, sino que al tiempo posee una clara postura acerca de lo que debería decir. O mejor aún: de la orientación que le convendría seguir si no desea crear un hiato insalvable con lo que, en todo caso, acaece en el mundo. Y, a tal efecto, hay que empezar por comprender que la teoría política no puede elaborarse en una torre de marfil, para lamentar después su desencuentro con la realidad: «La política no es geometría» (p. 7). Sus conceptos no se sostienen en el vacío, sino que viven en la sociedad de la que surgen; a juicio del autor, no es de extrañar que los mejores frutos de la teoría provengan de sus intentos por dar sentido a la experiencia práctica. Es la vieja premisa maquiaveliana acerca de la inutilidad de la utopía y la preferencia por la realidad, aquí traducida como prevención ante los diseños racionales, que ignoran que el mundo no siempre ofrece el mejor material de construcción: «No existe (ni ha exis­tido, ni existirá nunca) el ciudadano ­ideal» (p. 9). Esta prudencia, de raigambre clásica y liberal antes que conservadora, comporta una franca defensa de lo bueno conocido: una sociedad liberal que debe ser defendida del vacío relativista. Si hay aquí un programa normativo, por tanto, es la renovación de la tradición ilustrada frente a su malbaratamiento posmoderno.
Esta razonable defensa del reformismo sobre el experimentalismo imprime su sello a una obra de estructura sencilla e inobjetable. Primero, un análisis del funcionamiento de las instituciones políticas; después, una indagación en el estado y perspectivas de tres grandes bloques políticos: izquierda, derecha y extremismos antipolíticos. Dentro de cada una de estas áreas temáticas, a su vez, se atiende tanto al sustento teórico como a la realidad práctica: de Rawls a Blair, de Nozick a Aznar, de Strauss a Cheney. Y dentro de esa realidad, se incluyen consideraciones sociológicas y reflexiones sobre la política internacional, incluidos el terrorismo y el nacionalismo, mientras que el Estado y el demos subyacen –como preocupaciones esenciales– al conjunto. Se diría, en fin, que no falta ninguno de los asuntos que dan forma a nuestra común realidad política.
Además de por su amplitud de mi­ras y por la desenvoltura con que Pendás se mueve entre un sinfín de nombres propios y propuestas teóricas, la calidad del estudio se sostiene sobre el conocimiento que el autor posee del pensamiento clásico y su intuición para establecer conexiones no siempre evidentes. Por ejemplo, que el comunitarismo bebe de Aristóteles y tiene más que ver con el conservadurismo que con una izquierda que –con su defensa del multiculturalismo y la diferencia– ha querido abanderarlo. Sobre todo –reflejo de la prudencia antes mencionada– se subraya la incapacidad de la Teoría Política para hacer predicciones y la dificultad para insertar aparentes hallazgos abstractos en una realidad, institucional y antropológica, obstinadamente compleja. Y esto afecta por igual a un Pettit y a un Hayek. Así, se articula aquí una convincente defensa del parlamentarismo contemporáneo como el único posible, a pesar de sus defectos; se duda de la democracia deliberativa y del republicanismo, a la vista de la ciudadanía realmente existente; o discute que el Estado-nación se encuentre en quiebra ante el avance de la globalización.
Y la complejidad va de la mano de la paradoja. Se sirve aquí en fórmulas sugestivas, que aciertan a comprimir un universo familiar, pero desconcertante: globalización sin cosmopolitas, nacionalismo sin ciudadanos, patriotismo sin héroes; incluso, rebelión sin revolución. Son los extraños frutos de la modernidad. Ante los mismos, el autor recomienda cautela institucional y –tanto a la izquierda como a la derecha– dar prioridad al realismo moderado sobre la construcción racionalista del mundo. Tal como dice en relación con la izquierda, hay que elegir: «reformismo inteligente o ilusiones sin sentido» (p. 110). Ya hemos padecido bastantes espejismos.
Hay aspectos discutibles, como es lógico. Nos movemos en un terreno en el que las discrepancias son naturales. Hablar de izquierda posmoderna y derecha moderna tiene sentido teórico, pero se compadece mal con el rigor sociológico: o todos somos posmodernos, o nadie lo es. Y en esa misma línea, el autor habla de una sociedad posliberal, sin que quede demasiado claro por qué, menos aún cuando, en algún momento, se lee que el liberalismo es acaso la práctica dominante de nuestras sociedades (p. 16). Tampoco está claro que nuestra globalización carezca de cosmopolitas, aunque ciertamente éstos parecen estar más en proceso de formación que abundar ya entre no­so­tros. Finalmente, las reflexiones últimas en torno al Nuevo Orden Mundial que se dibuja en el horizonte son interesantes, pero no iluminadoras. No podía ser de otra manera: como advierte el propio autor, el científico de la política no puede ser un profeta. Aunque justo es decir que Pendás no lo intenta. Simplemente, se enfrenta a un desafío formidable con unas armas que no son las del polemista conspicuo ni las del especialista incontinente, sino las del ensayista riguroso. Y el resultado es una muestra de su probada madurez intelectual: una magnífica guía para perplejos en la sociedad global. 

 

01/05/2008

 
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