ARTÍCULO

De la contingencia, los valores y la guerra

Paidós, Barcelona
Trad. de Bernardo Moreno
296 pp. 20 €
 

Al traer al español el fresco de Hans Joas sobre las ofuscaciones modernas ante la violencia y la guerra, Paidós añade a su lista de prestigio una perla de excelente teoría social. El libro atiende los afanes de reinterpretación y reintegración de la vida ordinaria que desencadenan los trastornos de la violencia, e intenta abrir sitio al examen de las tendencias violentas, expulsadas al inframundo de lo irracional y lo atávico, lejos de los cuadros de la visión ilustrada del mundo... y del sentido común.
La obra del sociólogo muniqués es orgánica, incluso en esta monografía que integra una docena de trabajos diversos. Hay mucha rumia unitaria en ella. Sus escritos entregan claridad, pero no la refulgencia fácil que ensaya conquistas de superficie, fareando por doquier imágenes resultonas. No. Es claridad granjeada por décadas de tesonera incubación de una teoría de la vida colectiva y su gestión democrática, muy atenta a las trampas que nos hacemos al abordar lo social en su gran formato o en la filigrana de los aconteceres más nimios. Su sociología, de gran potencia de foco y facultad de modulación, se familiariza adrede con la contingencia de la actividad humana. Va muy en serio.Todo el libro rezuma su sentido de responsabilidad. Asoma en una vehemente voluntad de esclarecer las encrucijadas de lo violento con un análisis retenido y minucioso; pero también en la contundencia para dejar en cueros a algunos colegas, mercaderes del profetismo pinturero.
Reconoce Joas que fue su búsqueda de una teoría del cambio social capaz de ceñir la dura realidad del siglo XX la que le movió a explorar los arcanos de la violencia y las experiencias de guerra. Sus barbaries no encajan en el optimismo de las mentalidades y modelos de progreso. Por mucho que la de la modernización sea la teoría hegemónica, su progresismo evidencia una ineptitud crónica para comprender y explicar los cambios sociales en su abismal contingencia: el verdadero reto. La primera parte trata, así, de la «Modernidad de la guerra». Aunque sea el tema del segundo capítulo, y se llegue a él después de explorar «el sueño de una modernidad sin violencia», la idea, límpida, es la primera de la introducción: «Quien se tome en serio la historia de la violencia en el siglo XX difícilmente podrá creer en los mitos del progreso». El cúmulo de contrastes del primer tramo se cierra con los derrapes nacionalistas, casi simétricos, incluidos los de los sesudos sociólogos clásicos, travestidos en ideólogos de guerra cuando Europa ensordecía por los redobles del 14. Se trata de enfrentar las ufanas expectativas de avance irreversible hacia la paz –como las de las tradiciones liberales y socialistas– con la cruel realidad de guerra y violencia estatal en serie que transverberó el siglo. Si en la cosmovisión liberal las guerras son reliquias preilustradas, el marxismo aplaza las expectativas correspondientes hasta el orden nasciturus de la revolución, donde la libre asociación de productores dirimiría las diferencias en paz. El instinto teórico, que quiere de verdad saber, desenmascara tales interpretaciones, ciegas de progresismo feliciano: no le valen ni el moralismo bienintencionado de los pacifistas, con su inequívoca vertiente imperial (p. 60), ni la amoralidad cruda del «realismo» del poder político y su fuerza.
El autor depura esas expectativas voluntaristas a fuego lento, no vaya a ser que las grandes corrientes ideológicas de la política contemporánea tapujen la crónica dimensión violenta de la vida social, y nos dejen sin amparo en el siguiente episodio de su torbellino. Las alertas deben estar bien templadas por estos pagos si, como dice, «en pocos temas resultan tan expresivas las oscilaciones del interés público como en la cuestión de la guerra» (p. 16). Escuece, por ejemplo, que «durante la Guerra del Golfo, los sociólogos estuvieran más bien mudos» (p. 242). Por eso es oportuno concentrar las reflexiones del libro en las «posibles relaciones entre `guerras' y `valores'», pero no tomados en abstracto, sino «mediante el estudio particular de constelaciones históricas, en su mayoría bien concretas» (p. 15).
Es el gran motivo del libro, sobre el que regresa la tercera parte con el lema «La guerra y la violencia en la teoría social».Allí las maniobras de vuelo alto rizan y se adentran en picado en debates políticos y éticos bien precisos, ajustando cuentas con la cantamañanía crónica de la ciencia social que calla o parlotea descuidadamente. Destaca el seco descarte de la descripción que Beck ofrece de la nuestra como «sociedad del riesgo». A esa querencia por generalizaciones atrevidas, que enseguida decreta «cambios de época», le falta el rigor exigible en la ciencia. Pero tampoco le tiembla el pulso ante su admirado Bauman, cuando, al desplegar su inteligencia analítica de nuestra trémula convivencia globalizada, dispara el decretazo de una «era de completa incertidumbre»: «Veo bastante certeza a mi alrededor», replica un Joas nada proclive a veleidades.
La cosa no siempre va, pues, de guerras, aunque éstas siempre interesaron –así en Simmel– como paradigmas de «situaciones absolutas». Hay mucha situación de todo «vuelta al aire» que exige cautelas semejantes: esa violencia gratuita y casi lúdica del daño porque sí, el Berlín del muro derrumbado hacia el oeste, con un proyecto de integración que fracasará (como la democracia alemana) si sus pasos, sus nuevos abismos de libertad abierta, no aciertan a integrar al este; aquel Vietnam del horror, aún vivo como una fiera en quienes, «además de sentirse traicionados», se sienten «culpables por haber sobrevivido». Son estos temas de la segunda parte, dedicada al «Después de la guerra», y con el interés de quintaesenciar la mejor investigación disponible sobre el pálpito de las ignoradas aspiraciones y movimientos democráticos en el Berlín este posbélico; o de formular, más allá de los tipos de explicación intentados, la pregunta que sitúa bien la posibilidad de explicar y aprender de la caída (¿derrumbamiento?) del muro, y aprovecharla incluso para explorar la efectiva capacidad de aprendizaje de las sociedades avanzadas, etc. Asuntos todos de muchas entradas y aristas, como en cualquier situación convivencial: las realidades se decantan imprevisibles en su contingencia y desencadenan efectos siempre ajenos al control individual, que desafían a la tarea constantemente pendiente de formación de la voluntad colectiva. Sin embargo, Joas muestra que sobre todos esos cuadros, la investigación bien hecha, que él reúne y maneja admirablemente, ha tenido y tendrá siempre mucho que decir. ¿Qué se sabe sobre cómo eran en realidad los movimientos democráticos «ossis» en Berlín? ¿Qué se ha llegado a conocer sobre la experiencia y la socialización de los soldados de Vietnam? ¿Qué riqueza arrojan las investigaciones solventes sobre los estallidos violentos y el terrorismo organizado?
En todo esto, la tersura y la brevedad de los capítulos resulta engañosa. Hay licor de mucho empaque, y su paladeo requiere calma, mucha calma. Es el «trabajo del concepto». Por eso al leer a Joas la atención debe regresar, despaciosa, a preámbulos y corolarios donde el decir aprieta su enjundia. Es la misma tensión semántica, tan sintética, que subyace en los recodos de los capítulos, rebosantes de contenido y de criterio, que sedimentan riadas de investigación bien digerida, aunque la elegancia discursiva del teórico de raza lo disimule. De ahí la censura que merecen traducciones pobres y confusas como la presente. El alarde de claridad se pierde en sus bardales. En frecuentes embrollos sintácticos, sí, pero también en oscuros agujeros léxicos.Así, la idea de la pérdida de barreras morales en las prácticas bélicas se hunde como «desmoralización» de la guerra, las raíces «decisivas» (de la caída del muro) se vuelven «correspondientes», o la experiencia de la propia formación o de la formación de uno mismo (Selbstbildung) se lía también, extrañamente, como experiencia de «autovínculo».Y, así, el prejuicio estúpido de que en alemán no se piensa ni se escribe claramente, venga a engordar.
Atender a la creatividad de la acción en el análisis del cambio social, y de su dimensión violenta y guerrera en concreto, no es, como advierte Joas, sobrevalorar las posibilidades colectivas de control del cambio social o caer en una ingenua visión armonizadora de las relaciones entre acción individual y acción colectiva. Para él, la consecuencia correcta de una teoría de la acción abierta a la capacidad creativa de las personas presente en los procesos colectivos es una teoría del cambio que se tome radicalmente en serio la contingencia de los procesos histórico-sociales. No se trata, pues, en absoluto de cualquier fruslera tentación de proyectar la creatividad a los grandes sujetos colectivos o convertirla en esperanza de un aproblemático incremento de las libertades (p. 31).Y esto despunta en todos los análisis históricos del violento siglo XX y sus herencias.
Ya lo había dicho Joas en su obra más sistemática: «Sólo la pérdida de la fe ingenua en el progreso permite la apertura del futuro histórico, la situación de riesgo y la responsabilidad de la acción presente» (Die Kreativität des Handelns, p. 364). Insistía en la importancia del problema de la génesis de los vínculos valorativos, tanto para comprender en el terreno empírico la transformación de valores como para la teoría sociológica, especialmente para sus exploraciones del cambio social y de la configuración de las identidades. Su personal enfoque de ese asunto le había llevado a desarrollar un punto de vista alternativo, después de explorar a fondo las dificultades insalvables con las que en este punto se estrellan las teorías racionalistas (utilitarias) y normativistas. La propuesta, nacida de su teoría de la creatividad de la acción, sostiene que el establecimiento de los vínculos que nos comprometen con los valores se produce, tanto en el plano personal como en el colectivo, con ocasión de las experiencias de formación de la propia persona (y del colectivo), y con las de autotrascendencia; con las experiencias que marcan la constitución de la identidad personal y la de los colectivos. La «autotrascendencia» de la que habla significa la apertura de las fronteras simbólicas de la identidad (véase Die Entstehung der Werte).
Son advertencias que aprietan la tuerca del significado social, interactivo y pleno de las autodeterminaciones. Arrancan del dinamismo en la construcción de la identidad que encierra la noción de sí mismo, la gran aportación meadiana que Joas reaviva como nadie. No es casual, pues, su opción por la violencia en la guerra al encarar la «sociología del presente». Es difícil encontrar un terreno más riscoso y propicio que los abismos de las decisiones de vida y muerte en los contextos de guerra.Ahí sí que entran en macabra danza el hermoso lanzarse por los valores más sagrados y los horrores de la guerra.Y, claro, acaban cobrando espléndido sentido las referencias al «efecto creador de identidad» de las experiencias violentas cuando se habla de los traumas de Vietnam o del vandalismo gratuito en espiral que rompe con el tabú de la violencia; también las observaciones sobre los efectos de causación circular y de autoorganización (reproductora y autolegitimadora), imparables por la voluntad de los contendientes, que producen las acciones terroristas y las reacciones represivas de los Estados o el terrorismo estatal.
Pero la riqueza más espléndida está en las reflexiones sobre el propio efecto autorreferido de producción de sentido que se da en los contextos de acción colectiva. Hay que explorar cómo definen las colectividades los propios problemas o situaciones que abordan, cómo crean sus propios motivos e identidades, cómo configuran relaciones sociales y comunidades nuevas, cómo dan pie a cambios identitarios profundos (como la conversión, la regeneración o el envilecimiento), cómo producen símbolos de gran enganche afectivo y pueden dejar vínculos cargados y capaces de configurar biografías enteras (p. 34). Este tipo de movimiento atencional revela su fecundidad en otros análisis bien trabados, como el del problema de si las ideas nacionalistas y probélicas en que acabó cayendo la mayoría de los clásicos de la sociología fueron resultado de convicciones previas o simplemente era una vertiente del abanico de posibilidades interpretativas que se hizo efectiva en la situación excepcional de guerra.
Los teóricos de raza no se sienten inseguros ante los recolectores de datos cuando éstos, desde el mareo de sus montañas de información, patalean sus invectivas contra el supuesto desapego empírico de la gran teoría (esa ciega). Las pataletas les dejan impávidos. Los cogen en su laborioso y continuo viaje de ida y vuelta en busca del sentido de las realidades complejas y de las posibles fórmulas para relanzar los proyectos de convivencia más allá de su insuficiente realidad actual; demasiado ocupados con sus conceptos de alta intensidad, ubérrimos de vida remansada y sujeta a cuidada y paciente observación. Es el caso del trabajo con ese tercer modelo, el atento a la creatividad de la acción, que Joas propone frente a los habituales de la acción racional y de la acción normativamente orientada. Hace ver que, cuando se aplica al estudio de la violencia, éste aborda, al menos, dos cuestiones que de otra manera quedarían sin resolver. Por un lado, la de «cómo emplear las normas y los valores en situaciones de acción concretas» y, por otro, «la cuestión acerca del surgimiento de los valores orientados a la acción propiamente dicha». Destacan sus advertencias –vedadas a los otros planteamientos– de que las situaciones «obligan» a decisiones creativas en el terreno de la orientación hacia valores (no se «deducen» formulariamente) y de que los compromisos con los valores no llegan por propia voluntad, sino que se producen motivados por fuertes experiencias afectivas (p. 255).
Los modelos tradicionales enmudecen cuando se trata de saber cuándo irrumpe la violencia y de conocer la dinámica interna de los hechos violentos o de su propagación (que convierte «un hecho aislado en una ola»).Abordan las tensiones estructurales y suponen que en algún momento deberían convertirse en acciones colectivas, pero el propio discurrir del acontecimiento violento aparece en ellos como algo secundario. La atención a las situaciones de acción que propugna Joas es más cauta: «No debemos considerar el descontento por las disfunciones sociales o determinadas posturas respecto a determinadas categorías de ciudadanos como una especie de paso previo para la disposición a la violencia». Incluso del descontento o del prejuicio pueden seguirse muchas cosas, pero no necesariamente una acción violenta.Y a la inversa: muchos actos violentos se caracterizan por la indiferencia gratuita en la elección de la víctima. Por eso, «para la explicación de los fenómenos de la violencia colectiva y espontánea puede ser fructífero reparar, al menos, en la dinámica del surgimiento y desarrollo de las acciones» (p. 254).
Joas enfatiza, por tanto, los procesos que en principio no pueden derivarse de disposiciones psíquicas o de situaciones sociales problemáticas. Y advierte especialmente que, cuando no miramos con sesgo de homo oeconomicus, un escenario de acción donde el actor racionaliza las metas, los valores y las consecuencias aparecen como una representación imaginaria, exótica.Así se disipa de un plumazo cualquier tentación racionalista de pensar que las acciones violentas «deben» considerarse como «acciones racionales» bien calculadas o, si no, como desviaciones irracionales que arrancan de una orientación fanática hacia algún valor, de un descontrol afectivo o de la reproducción de una tendencia violenta. Aunque pueda haber piadosas razones morales para cultivar ese discurso maniqueo, no parece que, para un propósito serio de análisis, sea provechosa la opción de proyectar una trama valorativa sobre el campo de las múltiples manifestaciones de la acción, incluidas, por supuesto, las marcadas por la violencia. Lo que hay que hacer, en cambio, es, como prescribe el autor, atender a los actos violentos con las mismas categorías y los procedimientos que empleamos para dar cuenta de los logros de la creatividad humana. Bien mirado, dirá Joas, si aplicamos el rasero de la racionalidad entendida como una economía de medios para lograr fines, las diferencias «racionales» entre creatividad y violencia desaparecen.
Los luceros no abundan, y la mirada reflexiva de Joas sobre la violencia y las guerras que sellaron la experiencia ética de su generación entrega criterio para encarar hondos problemas de las democracias. Hace diez años, otro libro europeo de inusual consistencia argumentativa, que maduró cerca de Joas –Sociología de la modernidad, de Peter Wagner–, pasó casi inadvertido, en parte por las telarañas de una traducción atragantada. Éste cimenta más esa sociología de la modernidad presente que se tentaba. Hans Joas ha probado el potencial analítico de su teoría de la acción colectiva, abierta a la creatividad y a la contingencia, disponiéndonos a paliar con ella una gran fisura de la sociología y de la Ilustración, ciegas ante la violencia y la guerra.

01/08/2006

 
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