ARTÍCULO

El giro cultural

 

Las recientes generaciones de historiadores españoles han ganado progresivamente en sofisticación y cosmopolitismo en sus aproximaciones al pasado. Influidos por tendencias procedentes de Europa y Norteamérica, muchos han mostrado un interés por las ciencias sociales, especialmente la sociología y la antropología. Estas disciplinas, unidas a la teoría literaria, han promovido una «nueva» historia cultural que goza ahora de popularidad entre muchos estudiosos occidentales en el campo de las humanidades. La historiogra­fía de la Guerra Civil española ha comenzado a desplazarse de su enfoque tradicional en personas famosas, instituciones y partidos políticos para pasar a explorar identidades grupales, mitos y memorias colectivas, todo ello de un carácter más amorfo.
La rica y sugerente obra de Rafael Cruz sobre el año 1936 en España constituye un espléndido ejemplo de este cambio. Cruz maneja la información brindada por un profundo conocimiento de la literatura estadounidense y europea, tanto histórica como relativa a las ciencias sociales. El autor sitúa el conflicto español en perspectiva afirmando que los veintiocho regímenes «democráticos» que habían existido en Europa en 1920 habían quedado reducidos a doce en 1938. La mayoría de los gobiernos europeos habían sustituido la política pluralista por una exclusiva «identidad colectiva» basada en la nación o, en el caso español, «el pueblo». Para la izquierda, el pueblo eran las masas explotadas; para la derecha, los católicos perseguidos. El Estado republicano emprendió la exclusión de los católicos de la comunidad nacional, pero fracasó a la hora de construir una «cultura» republicana que pudiera reem­plazar o incluso subor­di­nar a la religiosa tradicional. La batalla entre «identidades colectivas amenazadas» fue una causa fundamental de la guerra civil entre «comunidades» religiosas y anticlericales. Cada una de ellas mostraba una activa –y en ocasiones violenta– intolerancia hacia la otra.
Valiéndose del lenguaje de la teoría cultural, Cruz señala que tanto la izquierda como la derecha «inventaron» Asturias. En otras palabras, después de octubre de 1934 y especialmente durante la campaña electoral de febrero de 1936, la derecha exageró la violencia y el alcance de la rebelión para cohesionar a sus partidarios e inha­bi­li­tar a la izquierda para participar en la esfera pública. Con objeto de unificar a sus propios votantes, la izquierda se hizo eco de esta «invención» de Asturias resaltando su victimización durante lo que calificó de «bienio negro». Cruz realiza una sólida contribución al establecer que la mayor parte de las víctimas de la violencia mortal durante la República fueron obreros o izquierdistas, que superaron con mucho en número a patrones y derechistas.
Al igual que la mayoría de los historiadores de los años treinta de más talento, la interpretación de la década que hace Cruz está informada por una historia comparativa que subraya las semejanzas entre España y el resto de Europa, especialmente Francia y PortugalSobre 1936, véase también Javier Ugarte, La nueva Covadonga insurgente: Orígenes sociales y culturales de la sublevación de 1936 en Navarra y el País Vasco, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.. Las diferencias entre España y Francia son probablemente, sin embargo, más importantes que las semejanzas que resalta el autor. En 1936 ni las vidas ni los derechos de propiedad se vieron amenazados en Francia en la medida en que sucedió en España. El nivel de violencia política en España era considerablemente mayor que en Francia. La revolución de Asturias, que Cruz equipara a la revuelta parisina del 6 de febrero de 1934, se cobró mil doscientas vidas, por sólo veintinueve de los disturbios franceses. Las huelgas francesas se solucionaban con relativa rapidez, y los obreros, por regla general, respetaban la propiedad, mientras que las huelgas españolas persistían durante meses y, como indica Cruz, con frecuencia daban lugar a ataques a la propiedad privada. Las ocupaciones por parte de campesinos pobres, que polarizaron la opinión pública en España, estuvieron ausentes por completo en Francia. Las diferencias políticas entre un Frente Popular moderado francés y su homólogo español más revolucionario fueron igualmente profundasStanley G. Payne, The Collapse of the Spanish Republic, 1933-1936: Origins of the Civil War, New Haven y Londres, Yale University Press, 2006, pp. 292-293 (hay traducción española, El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-1936), trad. de M.ª Pilar López, Madrid, La Esfera de los Libros, 2006).. Finalmente, al contrario que sus equivalentes españoles, la mayor parte de la oposición derechista francesa permaneció comprometida con la democracia parlamentaria.
Cruz debería haber complementado quizá sus comparaciones con la República portuguesa del siglo xx y el Frente Popular francés incorporando referencias a las revoluciones decimonónicas de 1848 en Europa central y la Comuna de París de 1871. Al igual que en las revoluciones alemanas fallidas de 1848, la Segunda República de 1931 hubo de hacer frente a un sinfín de problemas que otras naciones europeas con economías mucho más fuertes que la española tardarían muchas décadas en resolver. Las cuestiones de la reforma de la tierra para los campesinos, el bienestar social para los proletarios, la separación de iglesia y Estado, la subordinación de los militares al gobierno civil y la definición de la nación en relación con los nacionalismos regionales se encontraban todos en la agenda sobrecargada de la Segunda República. Para complicar aún más las cosas, la República española fue incapaz de restablecer el orden tras la revolución de Asturias con la misma eficacia que la Tercera República francesa lo había hecho tras la Comuna de París. Se trataba de asuntos no tanto culturales como políticos y sociales, y un énfasis en la historia cultural tiende a desdeñar la base material para la revolución tanto por parte de la burguesía española, que temía por sus propiedades, como de los proletarios, que apenas tenían ninguna. Así, soy algo escéptico sobre la afirmación de que la «creación de miedo» irracional y tendenciosa de la derecha (p. 191) fue la principal responsable del ataque de los militares al gobierno republicano. Como señala astutamente Cruz, una gran parte de los militares concebían su misión como un aseguramiento del orden público, una tarea en la que, desde su punto de vista, el gobierno había fracasado por completo.
La colección editada por Julio Aróstegui y François Godicheau presenta otra historia cultural informada comparativamente. Se centra en la memoria de la Guerra Civil como un «trauma colectivo», al igual que la derrota francesa de 1940 y la posterior ocupación. El ensayo principal de Marie-Claire Lavabre intenta acabar gradualmente con la distinción de Pierre Nora entre memoria (mitos y/o historia oficial) e historia (historia crítica o «científica»)Pierre Nora, «Between Memory and History», en Pierre Nora (ed.), Realms of Memory, Rethinking the French Past, trad. ing. Arthur Goldhammer, Columbia University Press, Nueva York, 1996, vol. 1, pp. 1-23.. Sigue al influyente sociólogo Maurice Halbwachs, quien defendió que los colectivos utilizan las memorias individuales para sus propios propósitos. Aróstegui sostiene que la Guerra Civil, «el hecho central» de la historia española del siglo xx, cons­tituyó un «hecho traumático colectivo». Aróstegui lleva razón, sin duda, al afirmar que la guerra ha traumatizado a varias generaciones de españoles, pero es posible que exagere su condición de «guerra de exterminio», ya que los porcentajes de muertos y heridos fueron considerablemente inferiores en España que, por ejemplo, en las guerras civiles británica, estadounidense, rusa o griega.
En consonancia con la eliminación de la distinción entre historia y memoria, Pablo Sánchez León se propone echar por tierra los intentos de conseguir «objetividad» por parte de los historiadores y señala que los estudiosos son simplemente portavoces de una identidad colectiva. Para Sánchez León, Jaime Vicens Vives y otros defensores de las perspectivas de los Annales fueron, en efecto, colaboradores de los franquistas que querían que la historiografía española pasara a ser menos política (de ser así, este intento de despolitizar la profesión histórica fue –dadas algunas de las contribuciones contenidas en este volumen– un rotundo fracaso). Mi propio trabajo sobre la Guerra Civil se convierte en representativo de «la ortodoxia neoutilitarista» dominante en ciertos «círcu­los académicos anglosajones», una interpretación que habría dejado perplejos a mis padres, que hablaban yiddish. La afirmación de Sánchez León de que los historiadores han adoptado ingenuamente una postura «objetiva» es ahistórica y desdeña cómo han luchado contra este problema durante décadas, si no siglosPara una crítica de la historiografía posmoderna, véase Richard J. Evans, In Defense of History, Nueva York, Norton, 2000, y Arthur Marwick, The New Nature of History: Knowledge, Evidence, Language, Chicago, Lyceum Books, 2001.. Su argumento de que los historiadores representan el interés de grupos dominantes subestima el pluralismo de la profesión y debilita en última instancia su propia pretensión de analizar la historiografía con imparcialidad. Su negación de la creatividad individual remeda las formas deterministas de historia social que él mismo critica.
La preocupación de la historia cultural por el lenguaje hace que François Godicheau contribuya con un sugerente ensayo sobre la batalla de nombres: Cruzada, guerra antifascista y, en fin, guerra civil. Defiende que esta última denominación «fue consagrada como portadora de una misión de paz y reconciliación», un juicio estimulante pero discutible. Michael Richards afirma que la distinción entre «historia» y «memoria» es falsa. En su caso, esta fusión es realmente cierta, ya que ofrece una visión sentimental de la República como una época en la que obreros y campesinos aceptaron libremente el «trabajo manual digno». Alberto Reig Tapia examina de un modo revelador la historia y la teoría de los mitos políticos. Para Reig, los mitos son la casi exclusiva propiedad de la derecha, especialmente Ricardo de la Cierva, el objetivo principal de su polémica marcadamente personal. Resulta irónico, pero De la Cierva y Reig comparten ciertas semejanzas similares. Ambos son esencialmente historiadores políticos y ambos son proclives a la hipérbole. De la Cierva defiende incondicionalmente el pronunciamiento; Reig lo demuele como «un puro y simple genocidio» (p. 227).
El espléndido ensayo de Paloma Aguilar explora los motivos tras el acuerdo al que llegaron los políticos durante la Transición para no instrumentalizar la memoria de la Guerra Civil (el pacto de silencio) y los de­sa­fíos posteriores a que hubo de hacer frente este consenso de la élite. Walther Bernecker firma un excelente artículo sobre cómo la República Democrática Alemana distorsionó la memoria de la Guerra Civil y favoreció una mitología marxista ortodoxa de las Brigadas Internacionales.
La sección final introduce a los historiadores franceses de la memoria. Henry Rousso es el autor de un texto soberbio sobre cómo el Holocausto se ha convertido recientemente en «un símbolo de todas las víctimas del siglo». Olivier Wieviorka se pregunta si 1940-1945 fue realmente una guerra civil francesa y Fabrice Virgili explora los recuerdos traumáticos de las veinte mil mujeres rapadas colaboracio­nistas al final de la Segunda Guerra Mundial.
Estos dos libros muestran que los historiadores de la Guerra Civil española han roto finalmente con la historia política e institucional tradicional que ha dominado durante tanto tiempo el tema. Aunque refrescante, esta nueva apertura no debilitará las virtudes tradicionales de la disciplina: la formación de hipótesis teóricamente informadas, la investigación de fuentes primarias y el examen juicioso de las pruebas. 

Traducción de Luis Gago

01/02/2007

 
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