ARTÍCULO

Una historia ya no tan oculta: guerra civil y primer franquismo

Crítica, Barcelona
Trad. de Teófilo Lozoya
356 págs. 4.000 ptas.
Alianza, Madrid
536 págs. 2.885 ptas.
Marcial Pons, Ediciones de Historia, Madrid-Barcelona
529 págs. 4.500 ptas.
Taurus, Madrid
Trad. de Irene Cifuentes de Castro
470 págs. 2.788 ptas.
 

El pasado no está muerto ni enterrado; las conspiraciones interesadas que promueven los olvidos acaban, con el tiempo, fracasando; es más, el pasado ni siquiera está pasado, como advierte una sentencia de Faulkner, un novelista obsesionado en reflotar mundos perdidos: «The past is never dead it is not even past». Varias publicaciones han coincidido, en pocos meses, en atender y replantear temas claves sobre la guerra civil española y sobre esa primera década del franquismo que discurre entre 1936 y 1945, el período más dramático y violento de la reciente historia española, pero no el más desconocido, ni tan silenciado y sellado por la memoria, como entienden algunos. De hecho, todos estos libros aparecen en colecciones editoriales (Alianza, Taurus, Península...) que atienden una demanda lectora más amplia que la de los historiadores profesionales. Al mismo tiempo se han editado ciertos estudios dirigidos a ámbitos más restringidos, el número 33 de la revista Ayer sobre el primer franquismo, un monográfico de la Revista de Occidente sobre ideología y cultura en la España de los vencedores (1939-1945), investigaciones sobre la represión en Valencia o en Cataluña, sobre el maquis en Aragón..., todo ello tras el éxito editorial del libro sobre las Víctimas de la guerra civil que coordinó Santos Juliá el año pasado.

De modo que comienza a dejar de tener sentido esa tópica justificación de algunos historiadores, en el sentido de que penetran en ignotos territorios con el benéfico propósito de recuperar pasados todavía sellados por no se sabe qué intereses o intenciones. Es el caso del hispanista británico M. Richard, que se sigue remontando «al pacto del olvido» que condicionó la transición política a la democracia, presunto causante de las insuficiencias o limitaciones de la historiografía española vista desde fuera, por mucho que recurra a Vázquez Montalbán para afirmar que en la España democrática se ha recuperado muy poco de la memoria oculta (sólo que la cita de referencia es de 1987). También Preston tiene que remontarse al cincuenta aniversario de la guerra civil, hace casi tres lustros, y al rechazo del gobierno socialista a conmemorarla, para detectar «una reticencia en las Universidades a la hora de explicar la historia del período de la guerra y la posguerra, una clara renuencia a publicar trabajos que de alguna manera pudieran contribuir a reabrir viejas heridas».

En todo caso, no es esa hoy la situación, ni en las aulas ni en la investigación; docentes y estudiosos hace mucho que no padecen ningún efecto del «pacto del olvido», si es que lo padecieron alguna vez. La historiografía española va actuando sobre la memoria histórica de los españoles como una gota malaya, lenta y pacientemente, a través del cine (escaso), del mercado editorial o del sistema educativo. Pues si alguien se toma la molestia de valorar los libros de texto de la Historia de España que se está generalizando en 2º de Bachillerato, observará que las interpretaciones sobre la guerra civil y el franquismo no escamotean el pasado, ni juzgan con equidistancia a la España «rebelde» y a la republicana, ni olvidan esa «represión que vino a ser el holocausto español», en palabras del propio Preston. En definitiva, no hay que confundir las virtudes políticas –la «reconciliación», tan tempranamente propuesta por el PCE––, con las categorías historiográficas, que han desplegado su propio recorrido entre buena parte de los docentes y los investigadores españoles en las dos últimas décadas.

Resulta que esos historiadores españoles de hoy, presuntamente afectados por el síndrome de una transición construida sobre el olvido y represora de la memoria, parten de una perspectiva no sólo distinta, sino bien contraria, como acierta a expresar inadvertidamente A. Bahamonde en el prólogo al libro de J. Cervera sobre el Madrid en guerra: «Parece mentira que un tema, como es el de la guerra civil, tan intensamente tratado por la historiografía, todavía tenga lugares por explorar y nuevo valor añadido por generar». Para unos el conocimiento de los aspectos más conflictivos del pasado nacional español es abundante, aunque siempre insuficiente y provisional, mientras que otros siguen aprestándose, como antaño, a corregir lo que ven como una escasez anormal. Bienvenidos sean unos y otros, puesto que entre todos ese conocimiento del pasado se amplía y la gota malaya que los historiadores profesionales aplican sobre la memoria histórica colectiva sigue actuando en la misma dirección.

El libro de Richards es un apasionado alegato contra los tiempos de oprobio y humillación del primer franquismo, desde el verano del 36 hasta el final de la guerra mundial, una tesis doctoral dirigida por Preston, publicada en inglés en 1998 y que toma prestado el título de la venerable novela de Luis Martín Santos. Sostiene que el cierre y la autarquía de la economía española no fue tanto una respuesta a las condiciones de aislamiento político y diplomático del régimen, como una estrategia deliberada de los vencedores de la guerra civil, para lo cual no faltan precedentes en el terreno de la política económica del primer tercio del siglo XX , ni tampoco investigaciones recientes que coincidan en la misma apreciación. La ambición mayor del joven hispanista británico consiste en ampliar el concepto de autarquía al terreno ideológico, político y cultural, entendiendo que su dimensión económica era sólo una parte de un programa de «autosuficiencia» más amplio que los vencedores aplicaron conscientemente con el objetivo de aislar a la sociedad, de «encastillar a España»; fue el conjunto de la nación el que se reconstituía como un espacio cerrado, aislado, «purificado» de contactos, intercambios y diálogos, económicos, como es sabido, pero también políticos, ideológicos y culturales, como también es sabido.

Y no le faltan fuentes de todo tipo para describir y reproducir la retórica del discurso simbólico franquista, un discurso alucinado reconstruido a través de una gran pluralidad de textos, del propio Franco, de la prensa, de los voceros más cualificados del régimen, de los obispos, de los psiquiatras adictos como Vallejo Nájera o López Ibor o de los ejercicios espirituales de la Iglesia militante. El resultado es tan útil como efectista, pero no proporciona, en su conjunto, una imagen desconocida de la sociedad española en la guerra y en la inmediata posguerra, aunque constituye un vigoroso relato para quienes desconozcan este período. La primera parte del libro atiende más a lo que el régimen dice que a lo que realmente hace. La segunda parte se centra más en describir la dura y penosa vida cotidiana de la mayoría de la población, vinculando las dificultades económicas para la subsistencia con la represión política y opresión moral de los vencidos, de modo que el racionamiento y el estraperlo vienen interpretados como un medio más de control político y social, añadido a los más expeditivos de la cárcel o el fusilamiento: la escasez fue utilizada como un medio de control de la población y el racionamiento se convirtió en un medio de represión más. Un buen relato, pero que dista algo de constituir, como afirma Preston en el prólogo, «el libro más completo, perspicaz y emotivo sobre la represión franquista publicado hasta la fecha», sin que tampoco esté fundamentada la percepción de su autor de que muchas investigaciones sobre la represión franquista se reduzcan a un «recuento de bajas», sin analizar sus motivaciones ideológicas, sociales y políticas (pág. 29).

El libro editado por Preston sobre La República asediada refleja de modo más amplio los avances y la continuidad del tradicional interés de la historiografía británica por «el reñidero español». E. Moradiellos documenta lo tempranamente que en Gran Bretaña se construyó una moderada imagen de Franco como un «general apacible», cuyo objetivo sería instalar una «dictadura militar liberal», según despachos confidenciales ya del verano del 36. Los deseos y el interés diplomático, alentados por un anticomunismo instintivo, confundieron una realidad que se aclaró definitivamente en el otoño de 1939. Las colaboraciones de Preston, sobre la intervención italiana y la aventura española de Mussolini, añaden documentación e información, pero no demasiadas novedades interpretativas a lo ya establecido por I. Saz (1986) y otros, lo que también sucede con las páginas dedicadas por C. Leitz a la intervención de la Alemania nazi en relación con los estudios de A. Viñas (1974).

La supeditación de la política de la URSS hacia el estado republicano en guerra a la necesidad de asegurarse una alianza militar con las potencias occidentales frente al nazismo puede ser mejor explicada, pero tampoco es un tema nuevo (D. Smyth), al igual que sucede cuando se subrayan los obstáculos y perjuicios que la cultura anarquista supuso para la política que representó el gobierno Negrín desde mayo de 1937 (C. Ealham). Muchos autores han insistido en que los experimentos colectivistas no contribuyeron a la eficacia política y militar del estado republicano. H. Graham se ocupa de un asunto de interés, como es el de los mecanismos de movilización política de la población en la España republicana; el éxito del PCE, a partir de mediados del 37, no se debe a la llegada de la vital ayuda soviética, pero quizás la clave del mismo no se encuentre solamente en «el fracaso del movimiento socialista español para elaborar un discurso y unos medios de movilización de masas» (pág. 191). Otras colaboraciones demuestran que el equipamiento militar de la república, incluido el armamento soviético, dejaban mucho que desear, insistiendo en la indudable repercusión de la política de no intervención en el desenlace de la guerra (G. Howson); el recientemente fallecido H. R. Southworth escribe un último y enérgico alegato contra B. Bolloten, y R. A. Stradling nos proporciona un curioso relato sobre las vicisitudes de los irlandeses en la guerra civil española, elaborado expresamente desde «la admiración a los voluntarios de ambos bandos» (pág. 122).

Más consistentes y nuevas aportaciones se encuentran en el libro de Javier Cervera, una tesis doctoral elaborada durante los años noventa que desempolva abundante documentación, incluidos numerosos testimonios orales, y se centra acertadamente en un espacio urbano y político tan importante como fue Madrid durante la guerra civil. Es también una historia de Madrid en momentos tan cruciales y excepcionales, así como una historia de la vida cotidiana en la retaguardia, algo que supo transmitir en su momento aquella película de J. Chávarri Las bicicletas son para el verano (1984). La «ciudad resistente», más atendida por los historiadores, es el punto de partida de una reconstrucción de la derrota de los sublevados y de un minucioso seguimiento a los primeros estallidos de violencia, la localización y funcionamiento de las «checas», la situación en las cárceles, los paseos y las sacas de presos, como la controvertida de Paracuellos y Torrejón, que dejó un balance de 2.000 asesinados. El gobierno de Largo Caballero comenzó a controlar el orden público y al autor le parecen «aventuradas e injustas» las acusaciones hechas contra Santiago Carrillo, puesto que de sus datos se desprende la evidencia de que, a partir de mediados de noviembre, «las disposiciones del Consejero de Orden Público sí consiguieron en gran medida el propósito que perseguían: eliminar, en lo posible, la práctica de los paseos» (pág. 74).

El gobierno republicano no consiguió nunca mantener el control de la retaguardia con la contundencia que Franco aplicó a la suya, y es esa «ciudad clandestina», existente desde el primer día pero cuyo grosor se espesó progresivamente hasta el final de la guerra, el tema principal de una narración bien articulada que tampoco se olvida de la «ciudad pasiva». Los madrileños podían ser «derrotistas» que sembraban el desánimo con sinceridad o cálculo, manifiestamente «desafectos» a la República, o, añadido a lo anterior, espías e informadores de Franco y «quintacolumnistas» convencidos. La consulta de 12.000 sumarios instruidos por los Tribunales Populares de Madrid permite casi poner nombres y apellidos a esta ciudad clandestina que se extendía por los subterráneos de la vida política oficial, establecer una clasificación social y política de sus componentes, y describir las organizaciones, funcionamiento y actividades de la «quinta columna». Según testimonios de los propios quintacolumnistas, las organizaciones de la CNT eran las más permeables a la infiltración para obtener información. Por otra parte, a fines del 36, unos diez mil madrileños se encontraban refugiados en embajadas y sedes diplomáticas. El golpe casadista y la creciente actividad de la quinta columna cierran este Madrid en guerra, temas mejor tratados e insertados en el volumen general que el autor publicó posteriormente junto con A. Bahamonde. En todo caso, el cuartel del «Generalísimo» estaba perfectamente informado de la situación en el Madrid del final de la guerra; Casado tenía a su lado oficiales de la quinta columna, igual que los profesores Luis de Sosa y Antonio Martínez Santa Olalla, pertenecientes a la Falange Clandestina, estaban próximos a Besteiro, en vísperas de iniciar su carrera académica en el «nuevo Estado».

Un capítulo breve y sorprendente se ocupa de la presencia de las mujeres en la quinta columna; una joven falangista de 19 años, María Paz Unciti, fue asesinada en uno de los «paseos» de las primeras semanas de la guerra, y dio nombre al «Auxilio Azul María Paz», una organización dirigida por su hermana Carina que llegó a agrupar, mediante un complejo sistema de células triangulares, a unas 6.000 mujeres quintacolumnistas, de tal modo que, aunque algunas de ellas llegaron a ser detenidas, «la organización clandestina más eficiente y mejor organizada de la quinta columna madrileña» nunca fue desmantelada.

Contra esa «invisibilidad histórica» de las mujeres, más acusada en el bando y en el estado franquista, se orienta la obra de Mary Nash sobre las mujeres republicanas en la guerra civil. El libro es una versión revisada de una edición anterior, publicada en 1995 y dirigida al público estadounidense. Su autora conoce muy bien tanto los contenidos como las claves teóricas de la historia de género y ha contribuido individual y colectivamente a la recuperación de la visibilidad histórica de las mujeres en la España contemporánea, como demuestra un capítulo previo que resume la situación y evolución de estos estudios desde mediados del siglo XIX hasta la guerra civil. Rojas constituye una espléndida síntesis temática sobre la presencia pública y las experiencias colectivas sociales y culturales de las mujeres en la España republicana y el complejo juego de identidades como antifascistas, como revolucionarias o como mujeres que se desplegó en la situación excepcional de la guerra civil. Estudia las organizaciones femeninas más importantes, la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA), auspiciada y dirigida por el PCE y «Mujeres libres», una organización anarquista que acertó a expresar mejor una conciencia de género como respuesta a la subordinación femenina. Tras las primeras imágenes heroicas e idealizadas de la miliciana en las trincheras, la marcha de la guerra, la necesidad de un ejército regular, y las propias organizaciones femeninas, reconducen la función de la mujer hacia la dimensión de «heroína de la retaguardia», madre que tiene hijos o maridos en el frente, que trabaja, que sostiene la moral de los combatientes, cuya presencia pública y actividad política es necesaria. La guerra fue una experiencia liberadora para las mujeres, rompió con su habitual aislamiento de la vida pública y de la política, su actividad fue decisiva en la retaguardia, «las mujeres republicanas, como colectivo social, ganaron un terreno significativo al mejorar su condición de género y abrieron nuevas perspectivas en sus opciones sociales, laborales y personales. No obstante, este progreso tuvo lugar dentro del contexto global de la limitación de los roles de género». Fue la represión de la dictadura franquista la que cerró brutalmente el camino de las mujeres hacia la emancipación, la que las devolvió, autoritaria y temporalmente, a la esfera de lo doméstico y al silencio.

A. Bahamonde y el ya citado J. Cervera nos entregan una ambiciosa investigación en la nueva colección de libros de historia de Marcial Pons, una referencia historiográfica necesaria a partir de ahora para comprender el cuándo y el cómo finalizó la guerra civil española. Su propósito y su método consisten en observar las raíces y evolución de una serie de procesos simultáneos e interrelacionados: el escenario internacional (Múnich, Sudetes) y los intereses y políticas diplomáticas de las potencias europeas, la marcha militar de la guerra (batalla del Ebro, ofensiva sobre Cataluña), las estrategias diplomáticas del gobierno de Burgos ante Londres, París, Roma y Berlín, la móvil situación de la política y de la opinión pública en Madrid y en el centro controlado por el gobierno republicano, los intentos y posibilidades de mediación internacional, el proyecto negrinista de «resistir es vencer» y las razones del «partido de la paz» que lleva a la pendiente del drama final de la sublevación de Casado.

Un alarde archivístico y documental sustenta la conexión de todas estas variables explicativas. La primera parte trata de la dimensión diplomática del conflicto, integrando la abundante bibliografía sobre el tema, la consulta de colecciones documentales publicadas y la aportación de abundantes informes confidenciales republicanos, del gobierno de Burgos, del Quai d'Orsay y del Foreign Office; es también una historia pormenorizada de la circulación de la información entre gobiernos y cancillerías. El gobierno de Londres no tenía ningún interés, ni tampoco simpatía, en un gobierno republicano dirigido por Negrín con el apoyo comunista, y además pronto se dieron cuenta de que Franco, que insistía reiteradamente en sus promesas de permanecer neutral en caso de conflicto europeo, no iba a aceptar más que una rendición sin condiciones. La política de apaciguamiento hacia la Alemania nazi, la presión sobre la diplomacia francesa y las derrotas del ejército republicano conducen a que Francia y Gran Bretaña reconozcan al gobierno de Burgos en febrero de 1937.

Con anterioridad se había ido definiendo, sobre todo en el Madrid republicano, el «partido de la paz», el proyecto antinegrinista a cuya cabecera se encontraban el presidente de la República, Prieto, Marcelino Domingo o Besteiro, una estrategia hacia la que se inclinará también buena parte de la cúspide militar tras la derrota del Ebro. Más vigor narrativo tiene la segunda parte del libro, en la que se aborda la descripción del complejo proceso que conduce al golpe del coronel Casado, una renovación en marzo del 39 de la guerra intestina en el seno de la República, ya ensayada en Barcelona en mayo del 37, ahora con un no desdeñable balance de unos 15.000 ó 20.000 muertos. El gobierno de Burgos tenía un perfecto conocimiento de lo que sucedía en Madrid y sus intereses, entrar en un Madrid libre de comunistas y entregado por militares, coincidían con los de quienes apoyaban el golpe militar de Casado. Los autores demuestran la confluencia de los planes del general Franco con los del coronel sublevado demostrando cómo un mes antes de que éste se hiciera con el poder ya había entrado en contacto directo con aquél a través de los agentes de la quinta columna madrileña: «Recalcamos, y es una hipótesis básica de este libro, lo pertinente del término connivencia para definir las relaciones entre Franco y Casado» (pág. 398), ratificada por el hecho de que cuando la victoria rotunda y la rendición absoluta sustituyeron a cualquier proyecto de paz con condiciones, sólo a Casado se le permitió y se le preparó la salida de España. La victoria negó cualquier tipo de clemencia y los hechos certificaron el fracaso del «partido de la paz». La resistencia a ultranza de negrinistas y comunistas resultó más legitimada históricamente con el estallido de la guerra europea en otoño, aunque también se debiera al claro convencimiento de algunos de que la represión que se avecinaba no se iba a detener en ninguna frontera política o ideológica de lo que fue la España republicana.

01/09/2000

 
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