ARTÍCULO

Gregorio Marañón: médico, humanista, liberal

 

 Como dice Juan Pablo Fusi en el ajustado prólogo, Marañón fue «un acontecimiento», entendiendo por tal «algo que le sucedió a la sociedad española del siglo XX». Y ese acontecimiento –conviene enfatizarlo, como bien hace el prologuista– no fue una mera eventualidad, sino el resultado de, al menos, dos características decisivas del protagonista: su talento profesional y su «prodigiosa» capacidad de trabajo. Es verdad que lo primero que sorprende al curioso que se aproxima al insigne médico es lo abultado de su obra escrita, cifrada en ciento veinticinco libros, alrededor de mil ochocientos artículos y cerca de doscientos cincuenta prólogos. Debe tenerse en cuenta además que buena parte de esa producción es trabajo de investigación, no mera divulgación y, en todo caso, no puede perderse de vista que el tiempo dedicado a esa vasta obra tuvo que compatibilizarse con otras actividades de nuestro prohombre, entre las cuales estaba –muy prioritariamente– el ejercicio de la medicina pública y privada, amén de otras importaciones realizaciones en la administración sanitaria.

Admitiendo, pues, lo más evidente, que estamos ante una figura excepcional, el historiador no tiene más remedio que apresurarse a señalar complementariamente que el célebre doctor es también el fruto o, mejor aún, la expresión más acabada de un estado de cosas imperante en la España del primer tercio del siglo xx. Por una vez, reconozcámoslo francamente, esa situación no presentaba los tintes sombríos tan característicos de nuestra historia, sino todo lo contrario, aunque siempre podrá argüirse que esta nueva ilustración que conocemos como «edad de plata» de nuestra cultura no fue a la postre más que otro breve paréntesis entre dos períodos oscurantistas. Pero, en fin, sin meternos ahora en tales disquisiciones interpretativas, debemos simplemente ponderar que hay que acercarse e interpretar a Marañón en un contexto que presenta, a mi entender, dos notas esenciales, inextricablemente unidas: por un lado, una efectiva europeización de nuestras letras, de nuestra ciencia y de la cultura en general, que se traduce en que, por primera vez, de un modo sistemático y auspiciado por los poderes públicos –Junta para Ampliación de Estudios–, la élite española viaja al extranjero, habla idiomas y se forma en los más avanzados centros de los países europeos del entorno; en segundo lugar, y en buena medida como consecuencia de ello, nos encontramos con dos o tres generaciones de españoles verdaderamente brillantes, que pueden competir sin desdoro con las grandes estrellas europeas que habían constituido una referencia inalcanzable de modo secular.
Si ambos rasgos son importantes en líneas generales, lo son más y se convierten en decisivos si hablamos de la investigación científica que, como es sabido, requiere una continuidad, una puesta al día, unas infraestructuras y una labor de equipo que, tradicionalmente, habían brillado por su ausencia en estos lares. La apatía de la sociedad española en este ámbito y el desinterés de las minorías gobernantes reducían la esforzada labor de animosos innovadores –de Peral a Torres Quevedo, por citar dos casos arquetípicos y no remontarnos a un pasado más lejano– a la condición de efímeros chispazos de luz en un océano de tinieblas o, por expresarlo en unos términos caros a la época que tratamos, unos quijotes en una meseta de pancistas. Ahora no, porque si bien puede presentarse hasta cierto punto la silueta de un Ramón y Cajal con los atributos de esa excepcionalidad, no es menos cierto que en la época en que vive Marañón, la nómina de grandes científicos y, aun en mayor medida, de grandes médicos, forma un conjunto cuya importancia no puede ser de modo alguno discutida. Sin necesidad de desgranar ahora una tediosa lista de nombres señeros, baste admitir simplemente en aras de la brevedad la afirmación que explícitamente se hace en las páginas que comentamos: las ciencias médicas representan en esta fase histórica una de las expresiones más indiscutibles de la europeización (en el sentido antes expuesto) de la sociedad hispana.
Un jovencísimo Gregorio Marañón amplió estudios durante una breve pero decisiva fase en Alemania con Paul Ehrlich y, luego, establecido ya en Madrid, nunca perdió los contactos profesionales con los más destacados investigadores mundiales. Crecido y educado en el seno de una familia culta y acomodada, que contaba entre los amigos familiares a lo más granado de la intelectualidad española de la época –Menéndez Pelayo, Galdós, Pereda–, el joven médico siempre se movió en un círculo selecto de artistas, literatos, científicos y altos dirigentes políticos, de Unamuno a Zuloaga, de Pérez de Ayala a Romanones. Casado con Dolores Moya –uno de los principales puntales de su vida, si no el mayor–, Marañón mostró desde el principio una gran sensibilidad social (su llamada de atención sobre las Hurdes) y una temprana vocación política, entendida no al modo del militante encuadrado en un partido, sino a la manera orteguiana de intelectual llamado a participar en la res publica desde una perspectiva crítica y menos deudora de la gestión cotidiana. Era por ello inevitable que el inicial distanciamiento con el gran filósofo terminara –ya a mediados de los años veinte– en una convergencia de intereses y planteamientos que llevarían al médico y al pensador a convertirse en referencias básicas de la sociedad española de la época.
En dichas circunstancias, aquel compromiso social derivaba en una toma de postura política que los propios acontecimientos conducían inexorablemente a la radicalización: dicho en plata, la opción monárquica por la solución dictatorial –Primo de Rivera– condenaba a la propia Corona y obligaba a los disidentes a ser republicanos a fuer de liberales. Marañón, un intelectual con tibias simpatías socialistas, no hizo más que seguir el trayecto que condujo al grueso de la intelligentsia hispana a trabajar por la República. Es verdad que, como cabeza destacada de aquel movimiento, se encontró pronto señalado por unos y otros, con todos los inconvenientes de estar en el punto de mira en un ambiente cada vez más enrarecido. Así, el estallido de la Guerra Civil lo pilló, como a Ortega y a varios de sus mejores colegas, en una tierra de nadie –la llamada tercera España– que no podía tener acomodo en la fratricida España real. Sospechoso para ambos bandos, no tuvo más remedio que seguir el camino de tantos españoles a lo largo de la historia: el duro exilio. Profundamente anticomunista por la experiencia vivida, le tocó luego, en la última parte de su vida, transigir con el franquismo como «mal menor» y preservar hasta el final de su vida, en su comportamiento y producción intelectual, el espíritu liberal que siempre fue una de las constantes en su teoría y praxis.
López Vega, buen conocedor de la obra de Marañón –como ya había mostrado en anteriores trabajos parciales–, emprende aquí la tarea de resumir (son cerca de cuatrocientas cincuenta páginas más unas ochenta de notas) la prolífica trayectoria del famoso doctor con ejemplar claridad y patente tono didáctico. A pesar de que se trata de la reconversión de una tesis doctoral, el volumen está muy conscientemente dirigido a un público amplio, razón que ha llevado muy probablemente a prescindir de una relación bibliográfica ordenada al final (que el especialista echa en falta). De hecho, esa opción generalista puede también explicar que se haya preferido dedicar más páginas al Marañón ensayista o historiador que al doctor Marañón propiamente dicho, del mismo modo que se privilegia en general su faceta de personaje público por encima del análisis de sus actividades investigadoras o especializadas, sin que falte en todo caso puntual información acerca de estas últimas. 
El propio subtítulo del estudio –«Radiografía de un liberal»– muestra hasta qué punto el autor ha asumido como determinante una de las facetas posibles de don Gregorio. Habría que señalar, por otra parte, como era previsible con los antecedentes apuntados, que López Vega se muestra escasamente crítico con su personaje, incluso en aquellos aspectos que tradicionalmente son más controvertidos, como sus opiniones acerca de la sexualidad, el papel de la mujer o la propia dictadura franquista: el Marañón que emerge de estas páginas resulta un hombre admirable en su bonhomía, su trabajo y su patriotismo. Entiéndanse estas apreciaciones no tanto en el sentido de señalar reparos a una obra diáfana –al fin y al cabo, quien esto escribe también considera al doctor una personalidad subyugante– como en la obligación del reseñista de advertir al lector de que se enfrenta básicamente a una biografía hagiográfica y tradicional, que sigue un escrupuloso orden cronológico estructurado en cuatro grandes bloques: Juventud (1877-1922), Plenitud (1923-1936), Desconcierto (1936-1942) y Posibilismo (1942-1960). Estamos, en definitiva, ante una sólida semblanza, que será de utilidad para todo aquel que quiera obtener una valoración global de uno de los intelectuales más influyentes de la España de la primera mitad del siglo XX.

01/11/2011

 
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