ARTÍCULO

El divino fracaso

Edición de José Mª Barrera López, con la colaboración de Mª Cristina Guijarro Hernaiz Centro Cultural Generación del 27, Málaga, 1998
2 vols. 12.000 ptas.
 

UN FRENTE NECESARIO

Las épocas de transición tienen, en la historia de la literatura, su servidumbre y su grandeza. La primera resulta ante todo de su indefinición. En ellas mueren, o perviven con poca brillantez en un epigonismo tedioso, corrientes estéticas que tuvieron su mejor momento en el pasado inmediato, al mismo tiempo que se van dando las primeras manifestaciones de una renovación aún no cuajada, asumida por escritores en vías de formación. Desde ambos puntos de vista, el de lo que acaba y el de lo que se anuncia, esas épocas suelen carecer de los productos de calidad ante los cuales la tarea del investigador se ve halagada por el placer de la lectura.

Pero, al mismo tiempo, su grandeza les viene de la inmediatez con la que se exhiben en ellas los propósitos y los dogmas de la estética emergente, en obras primerizas aún no dotadas de la personalidad singular que en parte enmascara la dependencia con respecto al tiempo y al contexto. Y esas obras primerizas nos aportan, con la transparencia del tanteo y la impericia, el sustrato necesario para comprender el inmediato futuro.

Entre 1910 y 1925 se extiende una de esas épocas, la que separa el modernismo y la generación del 27 y presencia la recepción en España del vanguardismo anterior al superrealismo. Contó con numerosas revistas, entre Prometeo (1908) y Plural (1925), con una considerable cosecha de manifiestos y con dos docenas de poetas merecedores de atención, y no siempre únicamente por su valor documental, entre los que se movieron Ramón Gómez de la Serna y Vicente Huidobro, y con cuya obra alternó la juvenil de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges o Gerardo Diego, sin olvidar a Juan Larrea.

Con el precedente de las publicaciones ramonianas desde 1909, y coincidiendo con la llegada de Huidobro a Madrid en 1918, tiene lugar la fundación del ultraísmo, la manifestación, con voluntad y conciencia de movimiento literario, de ese primer vanguardismo español que preparó el camino del 27 y que fue el fenómeno distintivo, entre nosotros, del momento histórico que definieron en 1925 Guillermo de Torre (Literaturas europeas de vanguardia) y José Ortega y Gasset (La deshumanización del arte). La revista Grecia es uno de sus documentos primordiales, tradicionalmente innacesible fuera de colecciones privadas y objeto siempre de referencias de segunda mano. La aparición de este facsímil es, sin exageración ninguna, un verdadero acontecimiento, que hemos de agradecer a su preparador, el profesor Barrera López, y al director del Centro malagueño de la Generación del 27, Ignacio Caparrós, sin más reserva que el descuido tipográfico que dificulta la lectura de algunas de sus páginas (7 del n.º 3; 1 y 2 del 4; 3, 7, 8 y 9 del 10; 2 del 11; 18, 19, 22 y 23 del 14; 10 y 11 del 15; 11 del 17; 15 del 21 y del 24; 1, 2, 3, 9 y 13 del 26).

José M.ª Barrera, autor de numerosos estudios sobre Garfias, Borges, Salinas, Gerardo Diego, Guillén y Adriano del Valle, y coeditor en 1993 del facsímil de la revista Ultra, nos había anticipado su interés por Grecia en los volúmenes El ultraísmo de Sevilla (1987) y La revista «Grecia» y las primeras vanguardias (1997).

«GRECIA» Y EL GRUPO ULTRAÍSTA SEVILLANO

La iniciativa de la fundación de la revista se debió a Isaac del Vando-Villar y Adriano del Valle, a mediados de 1918, y el primer número apareció en octubre de ese año. La impresión fue siempre muy mediocre, secuela inevitable de la baratura en una imprenta de medio pelo cuya factura se sufragaba, sin duda, gracias a la abundante publicidad (hasta once páginas) que adorna los sucesivos números, y que ha adquirido, con el paso de los años, un enorme encanto para el lector de hoy. No puede decirse lo mismo de las faltas de ortografía generosamente hisopadas a lo largo de la colección, atribuibles tanto a la medianía cultural de los colaboradores –que, sin embargo, nunca se distinguieron por su modestia– como al descuido de los impresores.

Grecia se trasladó a Madrid desde el n.º 43, y allí feneció con un anodino extraordinario (n.º 50) dedicado a Sevilla, en noviembre de 1920. La disminución del espacio publicitario es notoria en los números madrileños, que incluso incluyen espacios en blanco con el angustioso rótulo de «disponible», y nos señalan la causa del óbito. Los ultraístas de Grecia se dieron también a conocer por medio de recitales, conferencias y «veladas» provocadoras en Sevilla y en Madrid, y colaboraron en otras revistas como Reflector, Tableros, Ultra, Horizonte o Alfar. Rafael Cansinos-Assens fue su guía y su mentor, y su firma aparece en cuarenta y una entregas. Los estrambóticos elogios que se prodigaban unos a otros los «griegos» son una de las más pintorescas constantes de la revista, coronados por los que merecía el maestro; Isaac del Vando escribe en la pág. 15 del n.º 8: «Con el prestigio de su magia nos llevará a todos sus discípulos para iniciarnos en el Nuevo Arte del cual es Cansinos el Gran Sacerdote, y está revestido litúrgicamente con u mitra azul, y bien ceñida su alba por el cíngulo lírico de los grandes martirios [...]. Porque algún día, oh, tú que eres divino y sencillo como David, una sevillana de ojos negros te reconocerá como a un verdadero Dios diciéndote: Evohé, Evohé, Evohé». A tan ardiente devoción respondía el gran sacerdote dando a Grecia sucesivos capítulos de su evangelio lírico en verso y prosa, y el constante sahumerio de la camada de micromamíferos que lo jaleaba hubo de producir en él un hábito de egolatría que, al no hallar satisfacción en la sociedad literaria madrileña, fue destilando ese prodigio de amargura, maldad y resentimiento que se titula La novela de un literato.

INDEFINICIÓN Y TANTEO

Grecia no se mostró desde el primer momento como el vehículo consciente de la renovación estética: su nombre es la mejor prueba. También la portada: un templo griego enmarcando una figura clásica, sustituida desde el n.º 14 por un ánfora, a la que se unió en el 17 –no sabemos si como signo futurista o como icono publicitario– un bidón de aceite de automóvil, creando un llamativo contraste entre tradición y novedad que permanece hasta los últimos números, decorados con las inconfundibles xilografías expresionistas de Norah Borges.

En los números 1, 4, 5, 6 y 7 tenemos traducciones de Anacreonte, Mosco, Catulo, Marcial y Horacio, debidas a Miguel Romero Martínez; en el 12, el compromiso se manifiesta en la traducción de un poema latino de Baudelaire, tras lo cual se clausuró la sección. Es igualmente sintomática de esa indecisión inicial la atención al modernismo y sus aledaños: Rubén (n. os 5, 7 y 13), Amado Nervo (4), Eduardo Marquina (13), Baudelaire (12), Verhaeren (15 y 17). En lo tocante a la obra de los colaboradores de Grecia hay asimismo mucho modernismo en la primera época de la revista. El artículo que abre el primer número, «Nuestras normas», de Adriano del Valle, va abundantemente trufado de pavos reales y cisnes, y no le falta la figura de Lohengrin ni el exotismo oriental. En los n. os 8 y 17 aparecen sendas odas a Rubén, de Rogelio Buendía y Adriano del Valle; el 13 contiene una a Colón, de Adriano también, en verso de dieciséis sílabas y con rimas agudas; el 10, una a Verlaine de Luis Felipe del Moral, soneto de versos de veintiuna sílabas. Rubén, Nervo, el Valle de Aromas de leyenda, el Juan Ramón de los «borradores silvestres», Bécquer, Baudelaire y Verlaine aparecen, no mejor que en Villaespesa, en una cosecha en la que destacan el «Epitalamio de los faroles» de Gerardo Diego (n.º 23) y «Avatar bizantino» de Juan González Olmedilla (14), junto a chuscadas como «El reloj del amor» de Rogelio Buendía, uno de cuyos fragmentos no me resisto a citar: «¡Oh, qué extraña afrodisia exhalaba tu ropa / y tu carne traslúcida de Sévres y cristal, / y qué ardiente ambrosía tenía la augusta copa / donde vertí, entre besos, todo el licor carnal! / Tú no decías nada, tú no decías nada... / tendida tú veías el mundo del revés... / En la higuera había una blanca estrella colgada / y tú me preguntaste: Príncipe, ¿qué hora es?». Al citado Buendía le propinaba Adriano del Valle, en el mismo número, el siguiente elogio: «Eres griego y agreste silvano / que das normas de luz con tu ejemplo» (n.º 3, pág. 4).

En la estela modernista se encuentran también los notables cuentos de Luis Mosquera, afines a D'Annunzio, a Huysmans y al Valle de las Sonatas y Flor de santidad en su fórmula de decadentismo, erotismo morboso y perversidad femenina: véase «Aquella Eulalia» (n.º 1), donde una mujer deja a su enamorado con dos palmos de... narices mientras se confía a la lengua de su gata.

ULTRAÍSMO Y VANGUARDIA

Cabe preguntarse qué significaban ambos términos en el cenáculo de Cansinos a fines de 1918 y comienzos de 1919, más allá de un impreciso afán de novedad y del eco confuso de las campanas transpirenaicas y los cascabeles huidobrianos y ramonianos. La primera aparición de la palabra «Ultra» en las páginas de Grecia se produce en el n.º 5 (5 de diciembre de 1918); bajo el epígrafe «Poemas del Ultra» se insertan tres de Cansinos, al menos desconcertantes, como más abajo comentaré. El n.º 7 dedica media página a Huidobro, bajo la rúbrica «De la nueva lírica», junto a los horrendos ripios de Evaristo Correa Calderón («Elogio de los senos en flor»), un cuento de Adriano del Valle («La sirena de mármol») afín a los de Mosquera, una traducción de Horacio, unos aforismos de Rubén y un poema ultramodernista («El alma melancólica de Carmen») firmado «René Borgia». En el n.º 6, Isaac del Vando publica, como «Salmos del Ultra», un par de peregrinas prosas; la primera podría haber sido entendida como un repudio del sentimentalismo si no concluyera que «los poetas seguiremos ofreciendo holocausto, por [sic] saecula saeculorum, a la Luna»; la segunda es un canto lácteo a la madre, junto a la cual se imagina el poeta representado en un cuadro de Perugino.

Con todo, la nómina de los colaboradores de Grecia es nutrida y sustanciosa: Mauricio Bacarisse, Xavier Bóveda, Rogelio Buendía, César A. Comet, Antonio Espina, Pedro Luis de Gálvez, Pedro Garfias, Joaquín de la Escosura, Claudio de la Torre, Rafael Lasso de la Vega, Eugenio Montes, Eliodoro Puche, José M.ª Quiroga Pla, Pedro Raida, José Rivas Panedas, Miguel Romero Martínez, Adriano del Valle, Isaac del Vando Villar... Huidobro aparece en seis números; Ramón en cuatro; Guillermo de Torre en veintidós, a partir del 16; Borges en diez, a partir del 37; Jacobo Sureda en dos; Salvat-Papasseit en cuatro; en uno solo Joan Pérez Jorba y Tomás Morales.

Los más asiduos poetas del 27 fueron Gerardo Diego (dieciséis números desde el 16) y Juan Larrea (doce desde el 19). Dámaso Alonso (con el seudónimo «Ángel Cándiz»), Vicente Aleixandre («Alejandro G. de Pruneda») y Federico García Lorca figuran una sola vez en el índice de Grecia.

En cuanto a la vanguardia extranjera, Max Jacob y Francis Picabia participan en cuatro números, desde el 8 y el 28 respectivamente; Pierre Reverdy en cinco desde el 10; Guillaume Apollinaire en siete desde el 11. Entre los números 14 y 36 se van incorporando –por el orden en que los cito– Marinetti, Jules Romains, Philippe Soupault, Blaise Cendrars, Tristan Tzara, Paul Dermé, André Salmon, Georges Ribemont-Dessaignes, Jean Cocteau, Pierre-Albert Birot, Louis Aragon y André Breton.

LOS MANIFIESTOS DE «GRECIA»

En el n.º 5 aparecieron los tres «poemas del Ultra» de Cansinos que cité más arriba. Descontadas las faltas de ortografía y la torpeza expresiva, me parecen un eco de la visión dinámica de la modernidad urbana que aportaron el unanimismo, el dramatismo, el paroxismo y el futurismo, en el clima de efervescencia en sintonía con el espíritu de los nuevos tiempos, y de búsqueda de la novedad psíquica y expresiva, que estudió Michel Décaudin en su clásica obra La crise des valeurs symbolistes. El tercero de esos poemas, «El nuevo arte», bautiza dicho arte como «Ultra» y lo define como «cantar este deslumbramiento / que me torna atónito y ávido», al cual se han referido ya los dos anteriores en términos que hacen suponer que Cansinos estaba al tanto de la percepción simultaneísta –en el futurismo, en Robert Delaunay, en Cendrars– de la ciudad tecnificada. Con todo, estos poemas, que deben considerarse manifiestos en el pleno sentido de la palabra, no aportan un contenido original para el ismo que proclaman. La misma indefinición y falta de originalidad caracteriza los restantes manifiestos aparecidos en Grecia y los del ultraísmo en general.

La necesidad de un arte nuevo y la asunción del adanismo y la discontinuidad cultural antipasatista se nos proponen en el manifiesto colectivo (Bóveda, Comet, Garfias, Rivas Panedas, De Torre) del n.º 11 (15 de marzo de 1919) o en «Al margen de la moderna estética» de Borges (n.º 39, 31 de enero de 1920). Nos traen otros ecos futuristas y dadaístas Juan González Olmedilla («Mosaico», 10 de junio de 1919; «La epopeya del Ultra. Gesta primera», 20 de marzo de 1920) o Isaac del Vando («Manifiesto ultraísta», 30 de junio de 1919; «El arte nuevo y el cadáver que conserva la piel», 1 de junio de 1920). Si para don Isaac, Valle o Azorín han usurpado el rango literario que corresponde a los ultraístas, el segundo de los textos citados de don Juan tiene el interés de ser anticipo de los actos de violencia iconoclasta que se relatan en las páginas de Lola, en 1927.

La voluntad de distanciarse del futurismo –absurda, pues está en contradicción con el pensamiento teórico y con el aporte poético de Grecia– aparece en «La nueva lírica y la revista Cervantes» (1 de abril de 1919) de Adriano del Valle, con la guinda de una exaltación de Cansinos que remacha Pedro Luis de Gálvez al afirmar que Apollinaire y Marinetti no fueron más que juanbautistas del maestro («Cuartillas», 20 de mayo de 1919). La crónica de actos colectivos o el entusiasta balance de la trayectoria del grupo y el movimiento, están presentes en «La fiesta del Ultra» de Garfias (20 de junio de 1919), «El triunfo del utraísmo» de Vando (12 de octubre de 1919) y «La plenitud del utraísmo» del mismo (1 de noviembre de 1920).

Para el final he dejado los dos textos programáticos de mayor interés en la colección de Grecia: «Instrucciones para leer a los poetas ultraístas» de Cansinos (n.º 41, 29 de febrero de 1920) y «Manifiesto vertical» de Guillermo de Torre (encarte del n.º 50 y último, 1 de noviembre de 1920).

Cansinos, tras comparar las oscuridades respectivas del ultraísmo, del simbolismo, de Mallarmé y Góngora, basa la singularidad de la nueva poesía en la sugerencia sin ilación discursiva: «Los modernos poetas, cuya lírica evoluciona paralelamente al cubismo pictórico, pretenden extremar la posibilidad de sugestión haciéndola múltiple. Obtienen la imagen duple [sic] o triple, como flores polipétalas, mediante una más alta presión en sus invernaderos».

Para Guillermo de Torre, el arte joven se basa en la psicología entusiasta y dinámica, el asentimiento al presente tecnológico, el rechazo del pasado, del realismo y del sentimentalismo. Ese espíritu, que se ha manifestado en forma de futurismo, vorticismo, vibracionismo, nunismo, cubismo, creacionismo, expresionismo, dadaísmo, cine y reivindicación del arte negro, tiene sus síntesis en el ultraísmo, «una escuadrilla aviónica de espíritus porveniristas que exultan impávidos en su tangencialidad solar».

LA CREACIÓN LITERARIA EN «GRECIA»

La serie de «poemas del Ultra» de Cansinos se va devanando a lo largo de las sucesivas entregas de la revista, en versos de expresión y factura convencional que apuntan, más que a la vanguardia, a los temas del malditismo y la sordidez urbana que tan certeramente plasmó Alejandro Sawa en Iluminaciones en la sombra. A partir del n.º 22 (20 de junio de 1919), y con el seudónimo de «Juan Las», Cansinos pasa a los «lirogramas», textos de frase corta y suelta, con antenas, reflectores y anuncios luminosos: esa asunción a ultranza de la modernidad que estalla en los poemas crispados de Guillermo de Torre que anticipan su libro Hélices de 1923, y que procede del futurismo, muy presente en las páginas de Grecia con su cortejo de aviones, locomotoras, automóviles, tranvías e hilos telegráficos, con sus consignas de vitalismo antipasatista, sus cantos al presente tecnológico y sus sartas de onomatopeyas. A la cacharrería futurista se unen el irredentismo y la agresividad de Dadá, tan falsos e impostados como los ocasionales olés a la Revolución Rusa. Ese cóctel empieza a manifestarse en el «Scherzo ultraísta» de Miguel Romero Martínez (n.º 13, 15 de abril de 1919), la primera manifestación inequívoca en Grecia del sucursalismo poético ultraísta.

No faltan, por supuesto, caligramas, haikús, greguerías y experimentos de poesía visual, entre los cuales destacan «En el infierno de una noche» de Isaac del Vando y «El futuro nido» de Pedro Raida (n. os 31 y 33, 30 de octubre y 20 de noviembre de 1919). Y no es infrecuente que la discontinuidad tipográfica enmascare poemas del todo convencionales, como «Mercedes» de Pedro Raida (n.º 34, 30 de noviembre de 1919).

Gerardo Diego expuso en «Creacionismo» (n.º 19, 20 de junio de 1919) la insustancial poética de Huidobro; Rivas Panedas se aproximó en «Móvil auroral» (n.º 15, 10 de mayo de 1919) a las simultaneidades metropolitanas del futurismo; Rogelio Buendía abordó en «Sentimentalidad» (n.º 44, 15 de junio de 1920) uno de los tópicos del espíritu vanguardista: el rechazo del neorromanticismo; Borges anduvo, en «Himno al mar» (n.º 37, 31 de diciembre de 1919) por los derroteros de la Oda marítima de Pessoa.

En cuanto a la prosa de vanguardia, la tenemos firmada por Borges (n.º 41), Gerardo Diego (46) o Ramón Gómez de la Serna (45, 47 a 49).

Un balance totalmente negativo del ultraísmo y de Grecia sería injusto e históricamente absurdo. A pesar de la falta de originalidad doctrinal y de calidad literaria, ambos trajeron a España vientos de novedad estética que poco después, superados el mimetismo y la confusión, afluirían a la gran literatura de los años veinte y treinta.

01/01/1999

 
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