ARTÍCULO

Goya visto por Hughes

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
Trad. de Caspar Hodgkinson y Victoria Malet
478 pp. 34,90 €
 

Robert Hughes no es cualquiera. Nació en Australia en 1938, pero ha vivido en Europa y América desde 1964, y está considerado como uno de los críticos de arte más importantes y más leídos en lengua inglesa. Ha trabajado como crítico de arte en la revista Time durante casi toda su vida, y sus crónicas y críticas punzantes, encumbrando a algunos pintores y arremetiendo contra otros, le dieron fama. Fue también director de muchos documentales para la BBC y son millones los espectadores que tuvieron en el Reino Unido, Estados Unidos y Australia. Sus Visiones americanas sobre arte y arquitectura obtuvieron un gran éxito, y la Academia Británica de Cine y Televisión le reconoció con el Premio Richard Dimbleby. En el año 2000 The Sunday Times le nombró escritor del año, premio concedido anteriormente a figuras de la talla de Anthony Burgess y Salman Rushdie. Es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias.

A Hughes le enganchó Goya muy pronto, como veremos más adelante. Pero fue un malhadado y casi mortal accidente de coche en su tierra natal,Australia, lo que le hizo identificarse y penetrar en el mundo misterioso, contradictorio, poliédrico y genial del pintor aragonés. El propio Robert Hughes afirma que «el escritor que no sabe del miedo, la desesperación y el dolor» no puede conocer de verdad a Goya. Hughes, maltrecho y casi inmóvil por el accidente, dicta –suponemos– un libro donde queda recogida la simbiosis entre el escritor y el pintor, así como su fascinación por los extremos de tormento y ansiedad goyescos: entiende que ellos guardan el verdadero meollo de la experiencia humana. Para Hughes, la más extraordinaria hazaña de Goya fue su manera de representar el dolor. Opina que justamente por ella recibió poco reconocimiento durante su vida, si bien ahora han cambiado las tornas y Goya conoce el aprecio de generaciones «más ensangrentadas». Nos lo muestra también como un esforzado enemigo de la duda paralizadora: cerca de los ochenta años aún afirmaba que no tenía ni vista ni mano, que le faltaba todo, pero le quedaba la voluntad: todo un credo.

Hughes era un adolescente cuando compró una copia del grabado El sueñode la razón produce monstruos. Cuando vio en libros otras reproducciones de Los caprichos y Los desastres de la guerra se asombró «del sentido trágico que un artista pudo reflejar en pequeñas hojas de papel». Llega a decir que no hay artista del siglo XX que pudiera «ser tan elocuente al reflejar el desastre humano» y se pregunta cómo pudo Goya alcanzar tal elocuencia. Imbrica la vida del pintor en el complejo –como poco– período de la historia de España que le tocó vivir. En sus ochenta y dos años de vida nuestro artista tuvo tiempo de conocer los reinados de Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y María Luisa de Parma, José Bonaparte y la vuelta de Fernando VII: ahí es nada. Menos del segundo Borbón –FernandoVI– y de Pepe Botella, de todos los demás soberanos nos dejó Goya rastros memorables al retratarlos.

El libro acompaña su prosa viva y aguda –a veces realmente divertida– de abundantes y bien seleccionadas ilustraciones para mostrar hasta qué punto fue Goya un artista múltiple, capaz de todo en todos los géneros: del retrato a los cuadros de devoción, los bodegones, frescos, dibujos y las cuatros series de grabados. Curiosamente, Hughes pasa por alto la íntima amistad que Goya mantuvo con Martín Zapater, su amigo de la infancia –con quien sin duda tuvo la relación afectiva más intensa de su vida– y no se detiene en su correspondencia ni en las encendidas frases homoeróticas que Goya escribe a su amigo del alma. Sin embargo, profundiza en la personalidad de sus retratados más célebres: los duques de Osuna, el infante don Luis de Borbón, Jovellanos, los reyes Carlos IV y María Luisa, con una dura crítica a su reinado incluida.
Y, desde luego, la duquesa de Alba. Una figura ya fatalmente unida a la de Goya merced a los espléndidos retratos del Palacio de Liria de Madrid y la Hispanic Society de Nueva York.Y también, claro, por el morbo incesante de Las majas. Hughes niega que fuese ella quien posó como modelo.Y recuerda que, fuese quien fuese, la Maja desnuda es el primer desnudo femenino en la historia de la pintura occidental que muestra los rizos púbicos.

Hughes pone empeño en resultar didáctico: explica bien la técnica empleada por don Francisco en la obra grabada, empezando por Los caprichos, y señala las diferencias entre la técnica del aguafuerte y la del aguatinta. En virtud de la mezcla de ambas –que Goya aprendió de Bartolomé Sureda y que ya antes había practicado Rembrandt– consigue esa inconfundible «negritud profunda, densa, misteriosa en la que las figuras se recortan con tremenda solidez y aplomo, y al mismo tiempo parecen extrañas apariciones; es una oscuridad en la que se pierden los detalles, de tal modo que nuestra mirada retiene estados de ánimo antes que una descripción del mundo real». Hughes opina que «esos efectos deben su intensidad al medio del aguatinta, y sin él es improbable que Goya los hubiera conseguido». Al hablar de Los caprichos, Hughes recuerda el significado castellano de la palabra capricho y su derivación etimológica a partir de los capricci italianos o los caprices franceses. Goya no fue el primero en dar este apelativo a sus obras, pero Hughes señala que hasta entonces el vocablo había hecho referencia a fantasías arquitectónicas pobladas por figuras de ensueño, escenas festivas o misteriosas, como aquellos capricci de Tiepolo que Goya conocía bien. De modo que fue Goya el primer artista en emplear la palabra capricho para referirse a «imágenes provistas de intención crítica, de una vena y un propósito de denuncia», en palabras de la especialista Priscilla E. Muller.

Es muy probable que Robert Hughes haya encontrado una especie de terapia en su decisión de escribir sobre Goya. El resultado, en cualquier caso, es un libro tan apasionado como bien documentado que se suma a la buena bibliografía existente y ayuda a entender un poco mejor el misterio de muchas caras que fue Francisco de Goya.

01/02/2006

 
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