ARTÍCULO

Pesada digestión

RBA Libros, Barcelona
208 pp. 13,46 euros
 

Resulta complejo –y permítaseme que comience mi reseña con una obviedad de este cariz– llegar a entender por qué determinadas novelas reciben un respaldo mediático como la que nos ocupa, si no es –y sigo sin inventar la pólvora– por quien la firma –redactor de El País y asiduo colaborador de la Cadena Ser, amén de escritor en ciernes– o por una serie de circunstancias azarosas cuales son el estreno, en fecha coincidente con la publicación de Gordo, de un espectáculo teatral de título homónimo, salvo porque los kilos acaban por acumularse en fémina y no en varón. Aparte de estos dos extremos, que en rigor nada tienen que ver con lo literario, poco o nada aporta esta novela, más digna de ser denominada con un nuevo marbete que añadir al no poco poblado de la terminología literaria. Porque de divertimento, y sólo a ratos, podríamos tildar este híbrido entre libro de autoayuda y novelita rosa por entregas.
En lo primero cumple buena función, pues no faltan situaciones de reconocimiento, salpimentadas aquí y allá, donde todos aquellos que padecen sobrepeso pueden ver purgados sus no escasos padecimientos, reales, a buena fe. Así las cosas, no podían ser obviadas las visitas a una boutique de alto standing donde nuestro Monchón –que así se llama el protagonista– se siente repudiado por no caber en una talla menor a la 66, así como la consecuente caída en los infiernos de las «tallas grandes» de El Corte Inglés; tampoco, claro está, las reconvenciones de todos aquellos que se preocupan por la salud del «fuertote» –buen surtido de eufemismos le son despachados al lector– y sus continuos intentos, siempre infructuosos, por insertarse en los espinosos senderos de las dietas, yogur y quesito de Burgos incluidos.Y es que no desde otra perspectiva que la del manual de la autoflagelación pueden ser entendidos los títulos que presiden cada uno de los dieciocho capítulos, a saber: «Tortilla de patatas», «Puré de verduras», «Helado de plátano y turrón», «Melón», «Huevos estrellados», «Naranjas», «Yogur», «Filetes a la plancha» y, en fin, para qué seguir con el menú.
Más turba, con todo, la peligrosa inserción de Gordo en el más apolillado folletín, asunto que niega toda posible redención por vía de la risa, liberadora –Nietzsche dixit–, aun siendo burda, como la que toca. Ruiz Mantilla se permite –y no en pocas ocasiones– comentarios sardónicos respecto de la imaginería excluyente, por no decir estéticamente sectaria, del cine estadounidense, en diversos arranques que constituyen, a no dudarlo mucho, las líneas más lúcidas salidas de su pluma. Por el contrario, la novela acaba por servirse, uno tras otro, de todos y cada uno de los tópicos que pretendían evitarse. Cómo interpretar, si no, esa fábula a lo Pretty Woman según la cual Monchón encuentra a su media naranja, a la que, no lo olvidemos, conquista tras haberle hecho degustar varias delicatessen, a mayor gloria de su exquisito paladar, y después de haberle abierto las puertas, hasta entonces cerradas –y bien cerradas– de la ópera, gracias a las notas armónicas y nunca bien ponderadas de La Bohème. La sonrisa complaciente deviene en hastío cuando el narrador se permite, sin encomendarse a Dios ni al diablo, describir las reacciones de la neófita en el bel canto a medida que relata, paso por paso, el argumento de la ópera de Puccini.Y cómo comulgar con ruedas de molinos quijotescos, pues de tales dimensiones –desproporcionadamente ridículas– cabe definir la entrega amorosa de este buen Monchón entre las piernas de su redentora, mientras recuerda el regusto de la grasa del jamón entre sus dientes, la acidez desbordante del sorbete de limón y, por qué no, la espuma del mejor champagne, todo ello tamizado por la «trompeta poderosísima» de Miles Davis. ¿Quién da más?
A la pareja integrada por Monchón y Julia, también entradita en kilos (por si alguien lo dudaba), se suma un reducido elenco de segundones que no rebasan la categoría de caricaturas. El ejemplo más evidente es Juan, amigo homosexual del primero, en el cual se condensan los tópicos más manidos sobre el colectivo rosa, desde su pasión por Chueca, las camisas y los complementos de diseño, hasta su especial sensibilidad para captar los estados del alma del avezado crítico gastronómico. El extremo de esta vertiginosa caída en lo anecdótico y, en consecuencia, en lo insustancial, bien puede estar representada en la visita de nuestro gordo, acompañado por su alma gemela, a un club de «osos» sito en el popular barrio madrileño, con la previsible escena de exhibición promiscua y caza bestial que parece consustancial a los degustadores de su mismo sexo.
Pero la culminación de este despropósito late en una de las líneas subyacentes del relato. Monchón, acomplejado por su oronda figura, sufre una alucinación transitoria en virtud de la cual ve desaparecer, de manera progresiva, diversas partes de su cuerpo. Pareciera que, consciente del nulo empaque de su propuesta, Ruiz Mantilla hubiera querido mechar su obra de un cierto tufo cortazariano, abortado de raíz cuando nuestro particular gordito recupera la visión de su cuerpo en los estertores del orgasmo proporcionado por su hembra salvadora. No mucho más puede argüirse, insisto, en torno a este divertimento de medio pelo, aderezado por delicias culinarias con distinto grado de sofisticación. Valga como catarsis de grupo, si se quiere, pero no como muestra de buena literatura.Tan solo es de desear que otros –pongo por caso, los flacos o los calvos– se abstengan.

 

01/04/2006

 
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