ARTÍCULO

Apología del acuerdo

 

Sabiendo lo que los politólogos sostienen con frecuencia –que la prueba del algodón de que un sistema democrático está consolidado reside en su capacidad de soportar sin quebrantos la alternancia en el gobierno de partidos diferentes–, me he apuntado yo, modestamente, en ocasiones, a remedar tal reflexión añadiendo que, en realidad, la auténtica demostración de que la cultura de la alternancia ha calado no sólo en los hábitos políticos de quienes la practican sino también en sus espíritus se escenifica en un teatro diferente: en el del respeto y, ¿por qué no?, en el del aprecio, entre quienes se suceden en los cargos. Por ejemplo, y sobre todo, en el de presidente del Gobierno.
Si esto fuera así –y digamos como ejercicio imaginario que lo es–, la democracia española necesitaría andar aún un largo trecho para poder codearse con otras cuya madurez nadie discute. Suárez se fue a casa vilipendiado no sólo por su sucesor, sino también por su partido. González y Aznar llegaron a odiarse hasta un extremo que hace temer que ninguno de los dos lograra entender esa cosa tan elemental de que cualquier presidente del Gobierno empieza a dejar de serlo desde el día mismo en que lo eligen. En cuanto a Zapatero, de él podría decirse lo que de los tres mosqueteros, sólo que al revés: que, hablando de sus antecesores, practica el lema de todos contra uno y uno contra todos.
Esa sociedad poco ejemplar de mutuos desprecios que han constituido informalmente los políticos españoles que están o han pasado ya por la Moncloa –sociedad de la que sólo la tragedia personal y familiar ha conseguido liberar a Adolfo Suárez, cuya figura cuenta hoy con un aprecio general– contrasta, desde luego, con la práctica de otros países democráticos de larga tradición en los que la condición de sucedido y sucesor en la jefatura del Gobierno (condición que anticipa siempre una nueva tanda antes o después) no va necesariamente asociada a estos odios nuestros que, aunque españoles, son en realidad tan africanos. El día que Barack Obama, muerto de frío pero pleno de alegría, tomó posesión de la presidencia estadounidense todos pudimos ver la espontaneidad y simpatía con que George Bush (hijo) lo saludaba, en un contraejemplo que dice sobre la distancia entre la nuestra y aquella democracia mucho más que mil palabras.
El título del libro que ahora presenta Pedro González-Trevijano, catedrático y rector de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, entronca precisamente con esa cultura norteamericana que lleva a quien pierde y a quien gana las elecciones presidenciales a compartir la convicción común de que la unidad –perfectamente compatible con las diferencias irrenunciables de un sistema pluralista– resulta en algunas esferas esencial para sacar adelante al país, considerado por los dos grandes partidos como una empresa común. Por eso el discurso que al autor le gustaría escuchar, traspasado a esta España donde todo es gresca y descalificación, es similar al que, uno victorioso y el otro derrotado, expusieron respectivamente, tras las presidenciales, Obama y McCain llamando a la unidad para luchar contra los inmensos desafíos del futuro: «Creemos que los estadounidenses de todos los partidos quieren y necesitan que sus líderes se junten».
En El discurso que me gustaría escuchar hace Pedro González-Trevijano lo que ya había ensayado previamente en Entre güelfos y gibelinos: reunir los artículos publicados en varios diarios españoles (ABC, La Voz de Galicia y La Gaceta de los Negocios). Si en aquella ocasión fueron los de los años 2005 y 2006, son ahora los de 2007 y 2008, aunque en una y otra obras recopilatorias se mantienen, además de una impecable presentación editorial, típica de Trotta, las constantes del estilo del autor: su claridad, su pulcritud y su sólida cultura.
En esta nueva entrega puede comprobarse, sin embargo, que le ha pasado a González-Trevijano lo que a tantos españoles: que está mucho más preocupado ahora que hace tres o cuatro años. De hecho, pese a la gran variedad de temas que, con su soltura habitual, toca el autor en los doscientos textos que ahora nos ofrece, en la mayor parte de ellos late de uno u otro modo esa angustia que ha ido extendiéndose en el país por la forma en que la peor clase política que, en su conjunto, hemos tenido desde el inicio del proceso democrático ha decidido afrontar nuestra coyuntura más compleja de las últimas dos décadas. Por eso, el libro, más allá de la fugacidad de textos escritos para ser leídos de inmediato, conserva su vigencia: porque el autor reivindica en él de un modo permanente el valor cívico del acuerdo frente al incivismo de esta actual –pequeña y mísera– lucha política española.

01/07/2010

 
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