ARTÍCULO

Contra el oprobio

Planeta, Barcelona, 1998.
378 págs. .2.400 ptas.
El País-Aguilar, Madrid, 1998.
281 págs. 2.600 ptas.
 

Una vez recuperada en Chile la democracia representativa, queda lo más difícil: la reconciliación. Frente a ésta se yergue el oprobio: el silencio, la negación de la memoria, la tentación de eludir toda responsabilidad. En el camino hemos aprendido algo: no hay transición legítima a la democracia si nos afanamos en no asumir que toda dictadura supone una quiebra moral. ¿Cómo reconquistar realmente el ámbito de los derechos, las virtudes cívicas y la dignidad de las víctimas? Sin paz no hay democracia y sin democracia no hay paz, pero ¿pueden ambas ser resultado de un pacto injusto? Es decir, democracia a cambio de amnistía jurídica y política para los dictadores; paz a cambio del indulto a los verdugos. Inmediatamente nos planteamos: ¿quiénes son los firmantes de este contrato?, ¿representaba alguien a las víctimas?, ¿hasta dónde alcanza el pacto?, etc. Otra cosa sabemos: la democracia no se aviene con la amnesia y el derecho tampoco con una más que dudosa raison d'état. Por tanto, no parece que sea buen modelo de transición aquel que garantiza la ausencia de castigo, o mejor dicho, el que deposita la justicia exclusivamente en manos de Dios.

Las obras que comentamos aquí se remontan al día del golpe de las FFAA de Chile contra el régimen constitucional de Salvador Allende: el 11 de septiembre de 1973. Probado está que la ultraderecha chilena, a partir del momento en que la Unidad Popular gana las elecciones (4-970), comienza a orquestar una serie de intervenciones desestabilizadoras con el fin de hacer inviable el gobierno. También es cierto que las FFAA chilenas, a diferencia del resto del Cono Sur, no tenían vocación golpista y que, a la vez, la derecha conservadora y la democracia cristiana se movían en los parámetros constitucionales. Y es verdad que, aunque minoritaria, existía una ultraizquierda vociferante e irresponsable que abrigaba la ilusión de trasladar la revolución cubana a Chile. A todo esto, hay que sumarle el contexto internacional de la guerra fría y que, como afirma Henry Kissinger en su reciente obra, desde la Doctrina Monroe hacia adelante, con respecto a América Latina, «la política exterior de los Estados Unidos consistiría en no tener una política exterior»Henry Kissinger, Diplomacia, Ediciones B, Barcelona, 1998, págs. 37-38.. Este es el cuadro social y político al que se enfrenta Salvador Allende. El programa básico de gobierno de la Unidad Popular propugnaba, como se sabe, un reformismo fuerte: no ser un mero agente corrector de los aspectos más brutales del capitalismo, es decir, socializar los medios de producción, distribución y cambio y, en política exterior, denunciar la bipolarización del mundo y rechazar el intervencionismo de EEUU en América Latina. No obstante, Allende lideraba este programa asumiendo el difícil desafío de abrir el camino al socialismo en democracia, pluralismo y libertad. En múltiples ocasiones Salvador Allende afirma solemnemente su determinación de desarrollar la democracia y el Estado de derecho hasta el final. Si garantizaba la no interrupción del sistema democrático, ¿por qué la derecha se coaliga con los altos mandos de las FFAA con el fin de derrocar un régimen de gobierno constitucional? ¿Qué era lo que estaba en juego? ¿Era razonable el miedo de la derecha conservadora y liberal a la revolución allendista?

Estos son los interrogantes que, por distintos caminos, tratan de resolver ambas obras. No obstante, existe una importante diferencia entre ellas: la obra de Soto se presenta como un «relato indesmentible» de lo ocurrido, para lo cual aporta, por un lado, una base de documentos y, por otro, los testimonios de quienes estaban el día del golpe en el Palacio de la Moneda y que, por fortuna, salvaron su vida, entre las cuales se encuentra el autor; en cambio, el escrito de Dorfman no tiene una pretensión tan objetivista sino que es más bien una obra autobiográfica, íntima, fruto de la propia angustia vital que le genera la sensación de fracaso. En la actualidad Dorfman y Soto viven fuera de Chile: en EEUU y en España respectivamente. Sin duda, ambos tienen en común el seguir siendo aún hoy rehenes de Augusto Pinochet, como todos aquellos que confiaron en la Unidad Popular.

El relato de Óscar Soto nos ofrece una descripción de los hechos en tres tiempos: los últimos meses del gobierno de Allende, la batalla de la Moneda y lo que vino después. Además se añaden trece documentos que recorren este proceso convulsivo: alocuciones de Allende, el programa de gobierno de la Unidad Popular, etc. Asimismo, Soto incorpora en el capítulo dedicado a la batalla de la Moneda las conversaciones que mantuvieron los golpistas en la mañana del 11 de septiembre. Ahí oímos decir a Pinochet: «Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país (se refiere a Allende y a sus allegados) y el avión se cae, viejo, cuando vaya volando». Esta fue la norma de comportamiento de los golpistas: traición a la constitución e ignominia exacerbada. No obstante, creo que al escrito de Soto le habría venido bien un epílogo: juzgar si la polarización de la sociedad chilena era inevitable, es decir, si la revolución democrática, tal como la conducía la izquierda chilena, supo o no medir los tiempos políticos y, por tanto, si supieron contextualizar las reformas en el marco histórico.

Quien no elude estas cuestiones es Ariel Dorfman. Y, en paralelo, nos narra con gran valentía y honradez cómo fue construyendo su identidad política y personal. Nos encontramos a un hombre que nos desvela la fragilidad de nuestras convicciones, la sensación de no tener tierra motivada por múltiples exilios, la insensatez de los nacionalismos, la insoportable candidez de la rebelión del 68 en Berkeley y, fundamentalmente, la frustrada experiencia de la revolución democrática chilena. Es, a todas luces, la reflexión de quien se sabe en la provisionalidad, de quien, a pesar de cargar con más preguntas que respuestas, quiere ganarle terreno a la esperanza. La izquierda, asevera Dorfman, cometió muchos errores, algunos imperdonables (la tentación totalitaria, el fanatismo, el paternalismo estatalista, etc.), pero hay algo que él jamás le reprochará al joven revolucionario que fue: nunca le dirá que se equivocó al rebelarse. La razón de la rebelión –la razón de los pobres, de los marginados, de la justicia, de la emancipación, de la verdadera libertad– no ha perdido sentido. Y, sin embargo, ahora nos interrogamos si realmente podemos volvernos a soñar como alternativa. O dicho más crudamente: ¿nos merecíamos esto? Es en este punto donde la obra de Dorfman parece flaquear, pues, en varias ocasiones da la impresión de querer evitar la pregunta: ¿qué podemos esperar de la democracia liberal? Deseando el Norte, sí; pero ¿para qué?

01/02/1999

 
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