ARTÍCULO

Releer a Giordano Bruno

 

Hace poco más de cuatrocientos años, el 17 de febrero de 1600, Giordano Bruno, tras un largo proceso, moría condenado en la hoguera. En su caso participó, en 1593, el jesuita Roberto Bellarmino, más conocido por su intervención en otro proceso famoso, el de Galileo. Pero la similitud de ambos procesos va más allá de la participación en ellos de ciertas personas, y remite a una idea común: la hipótesis heliocéntrica es aceptada por la Iglesia siempre que sirva para explicar los fenómenos naturales, pero no si pretende afirmarse como verdadera. Galileo, sabido es, rectificó. Bruno, en cambio, eligió en cierto modo morir. Conminado a abjurar de su concepción copernicana del universo infinito y de su relación con la divinidad, Bruno se niega, dado que tal abjuración hubiese supuesto aceptar que la teología era la depositaria de la verdad también en cuestiones filosóficas y que, por tanto, la teología era superior a la filosofía. Y eso, para Bruno, no era una discusión meramente teórica, sino vital, ya que es a través de la filosofía como se alcanza la humana perfección. Una vida de filósofo es la que quiere Bruno para sí, y ésta, que supone comprender la muerte como un accidente necesario, nos puede hacer preferir la muerte a la vida si ésta deja de ser filosófica. A esta compleja personalidad está dedicado este nuevo libro de Miguel Ángel Granada, especialista en el Renacimiento y en concreto en Bruno, investigador reputado internacionalmente y que ha participado en la mayoría de los numerosos congresos sobre Bruno que se celebraron en el año 2000 con motivo de los cuatrocientos años de su muerte. Giordano Bruno. Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre es precisamente la combinación de las ponencias presentadas a esos congresos y de artículos ya publicados en revistas especializadas.

Hay una diferencia fundamental –vital– entre Bruno y Galileo, y la pregunta sobre qué nos ofrece hoy el pensamiento bruniano pasa por entender mejor esta diferencia. Parece, de entrada, anacrónico defender hoy las razones por las que se condenó a Galileo o a Bruno, y, de hecho, la propia Iglesia ya ha renegado de ellas, pero esto no significa que el Vaticano no se crea poseedor de la verdad y que, por tanto, en último extremo, la razón no deba subordinarse a ella. Acciones tan irracionales como las condenas a las que nos referimos suceden hoy en día en nombre de la religión. La cuestión es la misma antes que ahora, y consiste en la vinculación de la religión a la razón humana: ¿es aquélla mera expresión de espiritualidad y separable de las acciones bárbaras que se cometen en su nombre? ¿O más bien religión e irracionalidad están inevitablemente unidas y, por tanto, donde la religión triunfa la razón es obligada a ceder terreno? Esa es una de las preguntas que, sin ser abordada directamente, rodean el libro de Granada. En principio, Granada no se refiere explícitamente a la actualidad de Bruno, ni a la utilidad de su estudio para afrontar los problemas que nos acechan, sino que se limita a estudiarlo a fondo y con rigor, dejando al lector que saque sus propias conclusiones. No le interesa presentar la totalidad del pensamiento bruniano, sino solamente –nos dice en el prólogo– algunos aspectos importantes poco atendidos por la crítica de la concepción bruniana del universo infinito y homogéneo, y explicitar las implicaciones teológicas-filosóficas (y también políticas y sociales) de este universo infinito (págs. 11-12). Aspectos como la relación del pensamiento bruniano con Averroes, Maquiavelo o Nietzsche; la peculiar concepción bruniana del universo infinito y homogéneo; la crítica de Bruno a la colonización de América y al cristianismo en general, que pasa por una visión heterodoxa de la Biblia; y la perfección del hombre y la filosofía. Este mosaico, presentado como una colección de piezas sueltas aunque bien ensambladas por su autor, hace surgir del libro de Granada un Bruno aprovechable para el pensamiento actual. En él sobresalen tres afirmaciones que permiten responder positivamente a la pregunta de qué nos ofrece Bruno hoy. .

En primer lugar, se afirma el dominio de la razón sobre la fe. Granada quiere dejar claro que Bruno no sólo defiende la separación entre filosofía y teología, algo que mantienen muchos otros autores del siglo XVI , sino también la primacía de la primera sobre la segunda, esto es, la primacía de la vía del conocimiento frente a la de la creencia. En el capítulo dedicado al averroísmo de Giordano Bruno es patente la influencia de Averroes en la concepción que tiene el Nolano de la filosofía, que le lleva a defender su independencia y su carácter profesional (pág. 21). Bruno pretende conducirse con la razón por delante y organizar toda la vida según ella, y esto supone para quien así lo haga salir de las tinieblas para alcanzar la luz. Dios tiene que ser también objeto de la razón, y la religión es, como ya había planteado Maquiavelo, un aparato de estado que transmite una serie de valores a aquellos que no poseen conocimiento. De este modo, si la razón nos lleva a un universo infinito y homogéneo, sin arriba ni abajo y sin principio ni fin, hay que colegir que la religión está equivocada. Pero eso no significa eliminar a Dios. La filosofía, entendida en su sentido clásico de contemplatio, es contemplación de Dios, aunque ya no se trata del Dios cristiano, sino de la divinidad expresada, explicada o manifiesta en la naturaleza infinita (pág. 322). Estamos ante un Dios no trascendente en la línea que desarrollará más tarde Spinoza, y ese inmanentismo es el que explica por qué es importante la observación de la naturaleza, ya que es a través de ella como accedemos a Dios. La religión, pues, debe ser racional, y esto significa que la filosofía, para Bruno, contiene una teología. El libro de Granada nos muestra claramente, pues, que con Bruno se va más allá de la posición averroísta de la independencia de la filosofía, ya que se exige que ésta rija y ordene a la religión, religión que, si es verdadera, no puede ir en contra de la razón.

En segundo lugar, queda claro en el libro de Granada que la primacía de la filosofía sobre la religión no se produce para Bruno sólo en el ámbito teórico, sino también en el práctico, por cuanto que la teoría no tiene sentido si no va ligada a la praxis, implicándola. La vera filosofia, que se opone a la imagen falsa y engañosa de la filosofía, el pedantismo, es una empresa heroica e intelectual que conduce a la perfección del hombre. La filosofía evita los temores y es guía de la verdadera moralidad, por lo que no supone solamente contemplación sino también una praxis acorde con ella. Lo que Bruno propone, nos dice Granada, es la perfección del hombre a través del conocimiento, conocimiento de la naturaleza que nos lleva, entre otras cosas, a no temer a la muerte. El filósofo no desea especialmente vivir ni morir, conservarse ni disolverse, puesto que ha abandonado la visión del compuesto y contempla las cosas sub specie aeternitatis . Dicho de otra manera, el conocimiento de cómo es el mundo implica un cambio de perspectiva que comporta una tranquilidad de espíritu y una comunión con la naturaleza. Entendemos mejor, pues, por qué Bruno escoge la muerte: abjurar suponía renegar de la vida filosófica, y este es el mayor temor del filósofo, puesto que implica contradecir el pensamiento con la acción. No es de extrañar que, después de oír cómo se dicta sentencia de muerte contra él, Bruno, según se dice, responda: «Más tembláis vosotros al pronunciar la sentencia que yo al escucharla».

Empero, y en tercer lugar, Granada nos recuerda que para Bruno la filosofía es minoritaria. Contra el pedantismo que pretende la filosofía para todos, el Nolano sostiene que pocos son los que pueden acceder al conocimiento, y que precisamente para el vulgo es útil la religión. Frente al filósofo figura una masa de attoniti, atónitos estupefactos, ignorantes y miedosos, aquellos que no pueden alcanzar el conocimiento y que viven inmersos en la superstición. Para ellos existe la religión y por ende otra forma de comunión con Dios distinta de la racional y, por tanto, falsa y menos deseable. Granada incide a menudo en la beligerancia de Bruno respecto del cristianismo: la comunión con la divinidad a través de Cristo no es una vía filosófica, sino un invento, una ilusión de atónitos. Pero, nos recuerda Granada, es una vía que Bruno no quiere eliminar aunque sea ficticia (pág. 309). No todo puede ser explicado a todo el mundo, así que habrá que conformarse como mínimo con que la filosofía tenga un espacio de libertad y de autonomía, y que la religión lleve a cabo eficazmente su tarea de reguladora social. Y, aunque Bruno no lo explicite, su convencimiento de la superioridad de la vía del conocimiento respecto de la de los atónitos lleva a pensar que la situación ideal consistiría en que la filosofía dirija a la religión y ésta se subordine del todo a aquélla, esto es, que la religión se racionalice en su base aunque deba mantener ciertas formas vulgares.

Estos tres aspectos, si bien forman parte de la incipiente modernidad que vive Bruno en el siglo XVI , no se dan hoy. La razón no ha conseguido imponerse. Aunque con la modernidad se consolida la separación entre razón y fe, la vía cartesiana, que es la que ha dominado, supone mantener abierto un ámbito de no racionalidad. La fe también es autónoma, y puede llegar a esferas que la razón no alcanza. El proyecto ilustrado no se ha llevado a cabo aún, puesto que al separar sin primacía fe y razón se reduce el alcance de esta última, razón instrumental que deja a otros la tarea reguladora y orientadora de la vida del hombre. No es extraño, pues, el pesimismo de Lacan, para quien nunca se producirá el triunfo del conocimiento, derrotado siempre frente a la religión. Bruno, en cambio, es más atrevido, por cuanto que, ligando conocimiento y acción a la manera clásica, pretende que la vida del hombre sólo puede alcanzar la perfección a través de la comprensión del mundo. El proyecto bruniano es tan exigente que la modernidad que ha triunfado no ha sido la suya, sino una cierta interpretación de la cartesiana, más cómoda. Ello es así, quizás, por la tercera característica que antes reseñábamos. La universalidad de la razón encaja mejor con la Europa democrática que el elitismo del Nolano. Como Maquiavelo, Spinoza, Schopenhauer o Nietzsche entre otros, es un filósofo maldito o, como se diría hoy, políticamente incorrecto, pero su lectura, precisamente por ello, se hace ahora necesaria, porque nos sitúa frente a la difícil conciliación entre el elitismo del conocimiento, la regulación social a través de la razón y la base democrática del sistema social. La democracia ideal se consigue en la medida que todos los miembros de un Estado se rijan por la razón y persigan el bien común, de modo que, como pretendía Rousseau, la voluntad de cada uno coincida con la voluntad general. No hace falta recordar al lector que esta democracia no se produce, y que la que encontramos en los países europeos está basada más en pasiones que en razones . Precisamente por ello está en crisis, y el reto consiste en religar razón y democracia, conocimiento e igualdad.

En cualquier caso, la de Bruno es una figura siempre presente. Su coherencia, su exigencia de una vida perfecta a partir de la filosofía, esto es, de la razón, es la que le lleva a aceptar la muerte antes que renunciar a su propio ser como tal. Eligió la muerte a la vida y murió como filósofo (pág. 59). Como filósofo es Miguel Ángel Granada, pensador poco mediático pero de gran prestigio, miembro del equipo internacional editor de las obras completas de Giordano Bruno (Les Belles Lettres, París), presidente del Centro Internazionale di Studi Bruniani Giovanni Aquilecchia, e investigador siempre inquieto que ha publicado dos libros más en el año 2002 (La cosmologie infinitiste de Giordano Bruno , París, 2002; y Sferesolide e cielo fluido. Momenti del dibattito cosmologico nella seconda metà del Cinquecento , Milán, 2002). Cualquier estudio de Granada es una buena aproximación al tema que trata, ya sea Maquiavelo, Ficino, Bacon o el Renacimiento en general. Y, por supuesto, Bruno, sobre el que Granada ha escrito este libro, que permite sin duda conocer más y mejor al Nolano al tiempo que se muestra como un buen instrumento para pensar con Bruno algunos problemas que nos acechan. Quizás la mayor virtud de un libro sobre un pensador sea que, al acabar, el lector tenga ganas de leer o releer sus escritos y que éstos sirvan eventualmente como espejo del presente. Y, en este caso, después de leer el libro de Granada, no solamente apetece abordar o volver a Bruno, sino que este regreso se presenta como una necesidad.

01/01/2003

 
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