ARTÍCULO

Con letra roja

Urbana y Chicago, University of Illinois Press
 

En julio de 1936, un levantamiento militar que triunfó en sólo un tercio de España aproximadamente se vio enseguida transformado en una guerra civil de treinta meses de duración en la que los esfuerzos del general Franco contaron con la ayuda constante y decisiva de los gobiernos autoritarios de Italia, Alemania y Portugal. Su posterior victoria recibió también la importante asistencia de la diplomacia de los gobiernos de «apaciguamiento» británicos, del Vaticano y de muchos y poderosos intereses de bancos e industrias en Europa y en el hemisferio occidental. Entre tanto, desde finales de septiembre de 1936 hasta enero de 1939, la Unión Soviética auxilió y explotó a un tiempo a la República. Envió material médico y alimentos y ofreció acogida y escolarización de forma gratuita a miles de niños refugiados. Simultáneamente, vendió armas de diversa calidad a altos precios a cambio de aproximadamente las tres cuartas partes de las reservas nacionales españolas de oro, que se enviaron a Moscú en el otoño de 1936. En el curso de la propia Guerra Civil, y hasta la muerte del dictador en 1975, la mayor parte de la opinión mundial democrática y marxista ensalzó a la República española como la única entidad política que había ofrecido una resistencia activa a Hitler y a Mussolini antes de que la opción bélica elegida por Hitler obligara a las democracias y a la Unión Soviética a defenderse tanto a sí mismas como mutuamente: una política que los soviéticos habían buscado establecer sin éxito, en nombre de la «seguridad colectiva», entre finales de 1934 y mediados de 1939.
A lo largo de la Guerra Civil, y entre los exiliados políticos hasta mediados de los años sesenta, las discusiones y el liderazgo ideológicos incluyeron todo tipo de propuestas democráticas, marxistas y anarquistas. Pero la fuerza individual más poderosa, tanto en la zona republicana durante la Guerra Civil como en la oposición clandestina durante la dictadura de la posguerra fue, con mucho, el Partido Comunista. Los historiadores más conservadores han defendido sistemáticamente que el objetivo del Partido Comunista era nacionalizar toda la economía y la cultura política de España, transformar al país en el tipo de Estado satélite soviético que Stalin creó en Europa oriental después de la Segunda Guerra Mundial.
Pero lo cierto es que, durante la Guerra Civil, Stalin afirmó una y otra vez que España (y la mayor parte de Europa) no estaban preparadas para una revolución al estilo soviético, que la gran tarea de aquellos años era detener la agresión fascista, una empresa que requería a su vez la cooperación con los elementos democráticos de las clases medias. Los verdaderos problemas del Partido Comunista para los españoles no eran el peligro de una economía colectivizada, sino la cuestión del comportamiento del Partido Comunista soviético, y del español, hacia aquellos elementos de la población que no aceptaban de buena gana las respuestas del Partido Comunista, y el «consejo» soviético, en relación con los numerosos problemas prácticos de la aislada República, que no estaba recibiendo ninguna ayuda eficaz del mundo democrático, a excepción de México y de unos cuarenta a cincuenta mil voluntarios de ambos sexos y varias docenas de nacionalidades que se enrolaron en las Brigadas Internacionales como soldados, técnicos, conductores de camión, médicos y enfermeras.
Muchos libros sobre la Guerra Civil han estudiado los problemas que tuvieron los comunistas con el resto de los elementos que integraban el Gobierno republicano y con los consejeros soviéticos. El libro de Gina Hermann se ocupa de los problemas de destacados comunistas y compañeros de viaje españoles en el marco de sus propias relaciones con el conjunto de la sociedad española y de las reservas que abrigaron hacia las doctrinas y los métodos del estalinismo. Las seis personas que ha decidido analizar eran todas poseedoras de un gran talento y valor, y buscaban tanto ser leales comunistas como tratar cortésmente a sus colegas no comunistas. Todas ellas desempeñaron destacados papeles políticos o culturales tanto durante la Guerra Civil como en las décadas de oposición a la victoriosa dictadura de Franco.
Las seis escribieron memorias y la autora señala que una parte esencial de la solicitud para convertirse en miembro del Partido Comunista era presentar una detallada autobiografía en la que se indicaran los orígenes de la conversión al marxismo. La tarea resultaba relativamente fácil para los obreros y campesinos que procedían de familias pobres, y que podían relacionar directamente su elección política con lo que habían visto y vivido ya a modo de explotación en las sociedades «feudales» (agrícolas) y «capitalistas» (industriales) existentes a comienzos del siglo xx. Esto resultaba más difícil para personas de origen burgués, de las que se esperaba que documentaran de forma convincente el rechazo de sus privilegiados entornos familiares. En las masivas purgas estalinistas del período comprendido entre agosto de 1936 y finales de 1938 (idéntico período al de la Guerra Civil española), muchos funcionarios soviéticos de origen burgués fueron deportados al gulag o ejecutados por no materializar supuestamente el rechazo de los estándares burgueses contenidos en su solicitud de afiliación al Partido Comunista.
En el caso del libro recensionado, la autora ha leído con gran minuciosidad los escritos autobiográficos de Dolores Ibárruri («La Pasionaria»); de Jorge Semprún, demasiado joven para haber combatido en la Guerra Civil, pero una figura clave en el maquis francés, en la resistencia dentro del campo de concentración de Buchenwald y en las actividades clandestinas del Partido Comunista de España durante los años cincuenta; de Rafael Alberti y María Teresa León, quizá los representantes culturales más activos de la resistencia republicana en el mundo exterior durante la Guerra Civil, y las memorias que el comunista catalán Tomás Pàmies escribió para su hija, junto con las reflexiones de esta última sobre las palabras de su padre recién fallecido y la exposición de sus propias experiencias como una de las dirigentes más activas en la zona republicana.
Como señala la propia autora, las memorias son significativas por sus omisiones casi tanto como por sus contenidos. La Pasionaria y Rafael Alberti no tienen nada que decir sobre las sangrientas purgas estalinistas que estaban horrorizando a todos los no estalinistas y seguramente poniendo a prueba las almas de un gran número de fieles comunistas. Sus memorias constituyen la mejor defensa que puede hacerse del estalinismo tanto en su modo de gobernar la Unión Soviética como en la ayuda militar y los «consejos» políticos ofrecidos a los dirigentes republicanos. Tampoco tienen nada que decir sobre las actividades llevadas a cabo por la policía secreta soviética sin consultar al Gobierno republicano, actividades que quedaron profusamente documentadas por la prensa mundial. Alberti afirmó que su viaje a la Unión Soviética en 1937 lo había transformado y la Pasionaria nunca expresó ninguna valoración negativa sobre el proceder soviético.
Gracias a su propia peripecia vital, a su carismática personalidad y a su astucia política, la Pasionaria se convirtió en una importante figura mundial no sólo como defensora de la República española atacada por los fascistas, sino como una líder en la batalla por los derechos de las mujeres. Tanto por sus discursos como por la literatura del Partido Comunista, todo el mundo sabía que era hija de una familia muy pobre de mineros, que ella y su marido se encontraban entre los primeros asturianos que se afiliaron al recién fundado Partido Comunista en 1919, que cuatro de sus seis hijos habían muerto por malnutrición y falta de atención médica, que en 1935, tras recibir una invitación soviética, había enviado a sus dos hijos supervivientes a Rusia para que fueran atendidos y educados en aquel país. Sus discursos de los años de la guerra resaltaban como nunca se había hecho anteriormente en la historia de España la importancia del trabajo y los sacrificios de las mujeres para las causas sociales progresistas. Cuando su hijo Rubén volvió de la Unión Soviética para combatir en la Batalla del Ebro, regresando más tarde a la Unión Soviética para morir en la defensa de Stalingrado, se convirtió en una heroína y madre venerada religiosamente. En un país con más de un milenio de fuerte tradición católica romana, muchas personas compararon instintivamente su situación con la de la Virgen María y su hijo crucificado.
Por citar directamente del texto de Gina Hermann: «Las ingeniosas manipulaciones de la Pasionaria de diversos discursos sobre la maternidad tuvieron éxito por dos motivos importantes. En primer lugar, al utilizar la maternidad como la base de su política identitaria, Pasionaria se situó cerca de abrazar las mismas ideologías conservadoras –fascismo, catolicismo, monarquismo– que había pensado desmantelar. En segundo lugar, Pasionaria, las Gandhi [Indira y Sonia] y las Madres [de la Plaza de Mayo de Buenos Aires] hicieron gala por igual de una refundición intencionada entre las muertes de sus hijos y la “ausencia” fingida de sus maridos: esto es, cada una de ellas utiliza las trágicas muertes de sus hijos con objeto de actuar como una viuda, una situación valorada en las fantasías militares nacionalistas. [...] A pesar del hecho de que muy al comienzo de su carrera política ella hubiera dejado a su marido (al igual que hizo Indira Gandhi) por un amante, Ibárruri representó con total convicción a la proverbial viuda que está de duelo del sur de Europa» (pp. 35-36).
El título de la voluminosa autobiografía de María Teresa León establece el tono predominante del texto: Memoria de la melancolía. Ella se enorgullece del rechazo que sintió en su niñez hacia las virtudes burguesas y militares. Recuerda con gran cariño la influencia de su tío, el gran filólogo Ramón Menéndez Pidal, y la de su esposa, María Goyri, una de las primeras mujeres españolas que obtuvo un doctorado universitario. Disfrutó de los primeros años de la República y especialmente de su trabajo para crear un teatro popular con actores obreros y campesinos y con obras que trataban de las experiencias de la clase trabajadora. Pero los capítulos sobre la Guerra Civil y sus secuelas son predominantemente melancólicos. Ella y su marido fueron la pareja de intelectuales más famosa en la España republicana. Visitaban constantemente el frente y ofrecían lecturas poéticas. Viajaron sin cesar a congresos internacionales organizados para apoyar a la causa republicana durante la guerra. Conocían a todos los que eran alguien en el mundo de los intelectuales de izquierda y mantuvieron esos contactos en las décadas posteriores a la Guerra Civil. El destino de muchos rusos a los que había conocido como consejeros soviéticos durante la guerra no cesó de entristecerla siempre que se enteraba de su exilio, su muerte o su simple «desaparición» en los años cuarenta. Varios pasajes de sus memorias indican que existió muy poca intimidad entre marido y mujer después de los primeros años de su matrimonio. En relación con el estalinismo, la diferencia entre ellos es que ella reconocía los crímenes en términos humanos y éticos, sin rechazar la revolución que había brindado educación y oportunidades a las clases trabajadoras y el esfuerzo bélico que había supuesto el principal elemento en la derrota de Hitler. Las memorias de su marido pasan de largo por las purgas guardando silencio.
Intelectualmente, los volúmenes de memorias más impresionantes son los de los Pàmies, padre e hija, y el de Jorge Semprún en su Autobiografía de Federico Sánchez. Los dos Pàmies fueron comunistas inusuales en el sentido de que nunca renunciaron al derecho de tener opiniones propias. El padre no ocultó jamás su admiración por las organizaciones revolucionarias no estalinistas a las que había pertenecido –el Bloque Obrero y Campesino de Joaquín Maurin y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) encabezado por Andreu Nin– y la hija se critica amargamente a sí misma por no reconocer en la época, durante la propia Guerra Civil, las grandes injusticias cometidas con elementos no políticos en Cataluña y la falsedad de las confesiones en las purgas de los juicios de Moscú y, más tarde, Praga. En cuanto a Jorge Semprún, analiza en la persona de Federico Sánchez los numerosos juicios erróneos de los dirigentes comunistas exiliados en relación con la verdadera situación interna de España durante los años cincuenta.
Finalmente, algunas consideraciones sobre las características generales de Written in Red. Las autobiografías de importantes figuras comunistas son especialmente importantes porque las historias escritas oficialmente de los partidos tienden a presentar un tono impersonal, muy dependiente de fórmulas «dialécticas» que se supone que explican por sí mismas las decisiones del partido. Con la gran excepción, por supuesto, del propio Stalin, en torno al cual se desarrolló de manera muy consciente un «culto a la personalidad», Gina Hermann ha aplicado a la interpretación de las seis personas que ha elegido muchas teorías de la crítica deconstruccionista y de destacados filósofos y psicólogos como Foucault, Bajtin, Julia Kristeva, Frederic Jameson y muchos otros. He leído relativamente poco de ellos, pero confío en que las referencias de Hermann a estos autores serán de gran interés para los lectores de estos brillantes intelectuales del siglo xx. Finalmente, la autora ha incluido numerosas y extensas citas de obras escritas en castellano, francés y catalán, seguidas de sus propias traducciones. Estas últimas son excelentes y puedo asegurar a los potenciales lectores que no se desenvuelvan con fluidez en esas lenguas que pueden confiar plenamente en su precisión. 

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros
 

01/05/2011

 
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