ARTÍCULO

Gilgamesh y la guerra de los mundos

 

Escribo esto bastante tiempo antes de que ustedes puedan leerlo. Entramos, según se afirma constantemente desde los medios escritos y audiovisuales, en una semana «crucial», «decisiva». Las palabras se gastan: desde el pasado otoño, cuando los Estados Unidos comenzaron a desplegar su perentoria máquina de guerra en Oriente Próximo, casi no ha habido semana que no lo fuera. Ahora, con un nuevo Armagedón (Apocalipsis, 16:16) a la vuelta de la esquina (tal vez cuando estén leyendo esto), necesitaríamos otros términos más precisos y urgentes.

Los intereses geoestratégicos solos no bastan para explicar ninguna guerra. También cuenta la hubris, algo mucho más personal y tan antiguo como ellos. A los pocos días del 11 de septiembre, cuando el mundo todavía no había salido del estupor y de la rabia (no todo: hubo quien lo festejó), George Walker Bush, investido definitivamente de ese sentido de misión tan suyo que le lleva a convertirse en uno de esos «guerreros que en su ánimo añoran el combate», según nos los describe Homero, nos anunció que la lucha contra el terrorismo duraría una generación y «quizá más». Escribo esto mientras la Europa en que hemos creído presenta fisuras preocupantes, se invierten las alianzas «naturales», Hussein sigue jugando con los plazos y las armas, y pocas horas después de enterarme de que el gobierno del querido líder Kim Jong Il, uno de los últimos genuinos estalinistas de este planeta, sigue efectuando experimentos con misiles en el mar del Japón. A lo peor los rogue states (unos más que otros, al parecer) terminan constatando tras esta guerra que, para evitar el ataque preventivo, lo mejor es seguirse armando. De manera que los «puntos calientes» se calientan hasta temperaturas que hacía tiempo que no se conocían. Y en las guerras sólo se sabe cómo se entra.

Algunos sacaron a relucir el libro de Huntington y hablaron de choque de civilizaciones, como si se tratara de una guerra entre mundos lejanos. Pero eso no existe. En el fondo –y a pesar de la antigua fanfarria nacionalista– todas las guerras que hasta la fecha hemos conocido son variaciones sobre el viejo tema de la guerra civil. Esenin, el gran poeta ruso, escribió que para la felicidad este planeta esuna pobre morada. Pero es la única que tenemos: lo que aquí ocurra –sobre todo ahora, cuando todos estamos más cerca que nunca– sucede en nuestra propia casa, en nuestra única civilización.

Una civilización que, por ejemplo, tuvo en el Poema de Gilgamesh su primera gran manifestación literaria. Vuelto a leer ahora, cuando sobre el escenario en que fue inicialmente concebido hace casi cinco mil años se cierne la primera catástrofe bélica del nuevo milenio, sorprende por su carácter fundacional, por la profundidad con que sus temas y motivos han fecundado el imaginario literario de pueblos que se formaron mucho después. La unidad de nuestra común civilización está cimentada en narrativas, mitos, leyendas más poderosas que las guerras: en el principio hubo alguien que contaba historias.

Hubo probablemente un Gilgamesh histórico que gobernó como sátrapa sobre la ciudad-estado de Uruk (luego Erek, ahora Warka), en Mesopotamia meridional, hacia 2750 antes de nuestra era. Los siglos lo divinizaron, entró a formar parte del folclore, y sus gestas fueron transformadas en leyendas que se transmitieron de boca a oreja. Más tarde algunos fragmentos de esos cuentos fueron fijados en lengua sumeria en tablillas elaboradas en las edduba o casas de escritura, donde se enseñaba a unos pocos el nuevo milagro que multiplicaba el recuerdo y confería poder a quienes sabían utilizarlo. Hacia finales del segundo milenio, en lo que se llama período paleobabilonio, aquellos fragmentos se refundieron con otras leyendas y fueron fijados en lengua acadia, que era semita, difundiéndose posteriormente entre los hurritas, los hititas y buena parte de Palestina y el Creciente Fértil. La versión «final» de la epopeya –la que hoy podemos leer– proviene de doce tablillas en distinto estado de conservación encontradas en 1853 entre las ruinas de la biblioteca de Asurbanipal (669-633), en Nínive (hoy Mosul). E incluso tenemos el nombre del compilador: un escriba o sacerdote asirio que vivió entre los siglos IX y VII y cuyo nombre era Sin-liqi-unnini. La historia de Gilgamesh, compuesta de fragmentos, necesitó dos mil años para fraguar su estructura definitiva y su hilo conductor.

Cuando los primeros fragmentos fueron descifrados por George Smith en 1872, lo que llamó más la atención fue la similitud del texto del diluvio universal del poema con el bíblico. Desde sir James George Frazer sabemos que ha habido diluvios universales en todas las culturas. También lo encontramos en el Popol-Vuh, en el Timeo platónico, o en el folclore de pueblos que vivieron muy al margen de lo que se ha llamado cultura occidental y que no tuvieron conocimiento de la viejísima epopeya sumeria. Pero el Poema de Gilgamesh (estupenda edición y versión de Federico Lara Peinado en editorial Tecnos) fue, sin duda, conocido y transmitido en el mundo antiguo. La historia del rey Gilgamesh (el hombre urbano) y su amigo –y, primero, rival– Enkidu (el hombre natural) prefigura la de las grandes parejas viriles, empezando por la de Aquiles y Patroclo. El viaje de Gilgamesh, que también puede ser considerado un ancestro de Prometeo, a la morada de Utnapishtim anticipa el viaje al submundo, un motivo literario que encontramos desde el Hades de la Iliada o la Eneida hasta el Seol bíblico o el Infierno dantesco. Las hazañas de Gilgamesh tienen un aire de familia (lejano y sutil) con las de Odiseo, incluso la lucha con el gigante Humbaba –el guardián de los tan preciados cedros– podría ser el lejano modelo del encuentro con el cíclope.

¿Hay sólo transmisión más o menos directa o, más bien, un sustrato mítico, como quería Jung, ínsito en nuestra naturaleza? En cualquier caso, el verdadero hilo conductor –y eso es lo que le da al poema su carácter absolutamente intemporal y, por tanto, también moderno–, es la búsqueda de la inmortalidad. Tras las hazañas compartidas, Enkidu es castigado por los dioses, que le envían la enfermedad y la muerte. Durante siete días y seis noches, «hasta que un gusano cayó de su nariz», Gilgamesh sostiene el cadáver de su amigo, incapaz de aceptar su muerte. Y luego, cuando la certeza de su propia mortalidad se apodera de su conciencia exclama: «El miedo se ha metido en mis entrañas». Es entonces cuando decide acudir a Utnapishtim, superviviente del Diluvio (él fue el que construyó la primera Arca), único mortal a quien ha sido concedido el privilegio de vivir eternamente. El resto del poema es la historia de su fracaso y de la posterior aceptación de lo inevitable: los hombres mueren, definitivamente. Y, como completó Camus milenios más tarde, no son felices. Quizás a Gilgamesh, el héroe (dos tercios dios y untercio hombre), le hubiera valido la pena olvidar su cuita metafísica y seguir el consejo de Siduri, la bruja tabernera: Llénate el vientre / Goza de día y de noche / Cada día celebra una alegre fiesta [...] / Y deléitate con tu mujer, abrazándola. / ¡Esaes la tarea de la humanidad!

Gilgamesh, uno de los nuestros: su huella está en el imaginario de cuantos combaten, cualquiera que sea el bando.

01/04/2003

 
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