ARTÍCULO

Leopardi y los motivos del corazón

Trad. de José Luis Bernal, edición de Mariapía Lamberti y José Luis Bernal La Veleta, Ed. Comares, Granada, 1998
 

La más reciente crítica leopardiana revalida el sentido de los Cantos como macrotexto orgánico en el que cada composición y cada uno de sus elementos, contribuyen a construir un sistema riguroso de piezas interdependientes. Este valor queda ratificado a través del estudio sobre las variantes –realizado en profundidad por F. Gavazzeni en su edición de Rizzoli, Milán, 1998– de las dos versiones cuidadas y revisadas por Leopardi (Florencia, 1831, y Nápoles, 1835).

El proceso que lleva a cabo Leopardi en sus ediciones confirma el sentido proyectual del poemario, programado y desarrollado a partir de un potente entramado ideológico que se entrelaza y yuxtapone a las reflexiones que recogió en sus extensas anotaciones del Zibaldone, obra a la que se debe recurrir con frecuencia para encontrar el preámbulo conceptual, y tantas veces expresivo, de muchas de sus poesías.

Desde el punto de vista estructural, la sucesión de los poemas apenas atiende a la cronología de la composición; sin embargo, refleja de manera sistemática su contenido intelectual y estético. Las primeras poesías son canzoni en la línea cívico-política de la tradición petrarquista. En ellas Leopardi, por una parte, intenta revivir la alta función política y moral de la poesía y por otra, «modernizar» la forma.

Para llevar a cabo tal innovación, Leopardi elige, no obstante, un estilo latinizante que se ve inspirado no por un afán de clasicismo dieciochesco, sino por su convencimiento de que las formas herederas del latín son el mejor instrumento de renovación del género lírico, entendido como género de elevada retórica política y filosófica; de hecho, Leopardi considera el latín como fuente exclusiva de nuevos significados, la única lengua que puede, de forma lícita, enriquecer el idioma y la poesía.

Este grupo de canciones, además de valerse de un tono elevado y retórico, de latinismos y helenismos –no sólo en el plano léxico, sino sintáctico–, se caracteriza por una elaboradísima estructura métrica, en que la precisión del ritmo es uno de sus elementos más significativos. Desde el punto de vista temático, estos poemas remiten a una dimensión heroica de la vida, y exploran la condición del hombre a través de una mirada hacia atrás en busca de una época en que la humanidad hubiera estado más cerca de una forma de felicidad vinculada a la naturaleza. La búsqueda –que abarca Grecia, Roma, el mundo mítico y la época bíblica patriarcal– sólo sirve para constatar la perenne infelicidad del ser humano, que se ha alejado del estado natural desde el primer momento de la creación.

El pensamiento de Leopardi se orienta entonces hacia la contemplación de la infelicidad humana individual y la mirada se dirige a un pasado propio, intentando buscar la época de las ilusiones y de la esperanza en la memoria de las experiencias infantiles y juveniles. El poeta, que había traducido los idilios de Mosco de Siracusa, recrea este tipo de composición retomando en sus poemas el impulso poético del recuerdo. El estilo se hace más suave, abandona la rigidez retórica, pero no olvida la nobleza lingüística de los latinismos ni una sólida intertextualidad. La forma de la canción petrarquista se va adecuando a estrofas más libres o llega a anularse en el uso de endecasílabos blancos. El estilo se simplifica, pero no se pierde el tono sostenido que volverá a elevarse en las últimas composiciones filosóficas de la colección.

A la etapa de los idilios pertenecen también composiciones como «Consalvo», poema narrativo y romántico, que se mantiene dentro de la línea de reflexión sobre la felicidad que caracterizan este grupo de cantos, si bien propone como último reducto el amor, aunque sea huidizo, o, como en el canto «Alla sua donna», definitivamente inalcanzable.

El canto XIX «Al conte Carlo Pepoli» marca el punto a partir del que ya no tendrá cabida ninguna ilusión poética: inútil la «virtud» cantada con tanto énfasis retórico, inútil la vida y el arte, inútil la lúcida visión de la verdad. En este momento Leopardi deja de componer poesía y se dedica a la prosa filosófica, es el momento en que escribe las Operette morali. No obstante, la poesía regresa al cabo de dos años con el «poema central» de los cantos: «Il risorgimento», «versos verdaderamente a la antigua» –como Leopardi explica en una carta a su hermana Paolina, «con aquel corazón mío de hace tiempo»–. Esta vez la forma poética corresponde a una métrica «cantante» propia de las canzonette dieciochescas, homenaje a la tradición reciente y al Manzoni de los Inni sacri.

01/12/1998

 
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