ARTÍCULO

Nuevas memorias del subsuelo

Anagrama, Barcelona, 1998
Trad. de Joaquín Jordá
238 págs.
Anagrama, Barcelona, 1998
Trad. de Ana Mª Moix y Ana Becciú
176 págs.
 

Antes de morir, en 1996, y como consecuencia de un absurdo accidente de carretera, el que siempre diseñó la muerte en sus libros como una de las más nobles, retóricas, poéticas y sagradas artes y prácticas de lo literario, Gesualdo Bufalino, publicó en su país un último libro, Tommaso y el fotógrafo ciego, ahora traducido a nuestro idioma. La novela, inmediatamente, se colocaría entre las mejores de su producción, como La perorata del apestado o Argos el ciego, que ya lo habían situado sin discusión ninguna entre uno de los mejores autores de nuestro tiempo. Pero a la vez se presentaba en cierto modo también como una especie de compendio de sus obsesiones y en general de todo lo que era y había sido a lo largo de su carrera su idea de la escritura.

Y en ello por supuesto se encerraba de nuevo lo que allí eran dos claros homenajes literarios, los únicos que Bufalino entendía como representantes legítimos de la materia y el ser humano. No en vano una de sus frases preferidas era la de Mallarmé que decía: «Todo existe para acabar desembocando en un libro». Es decir, por un lado, estaba la gran sombra protectora, la gran parodia dedicada a Dostoievski y sus Apuntes del subsuelo, homenajeado por Bufalino (L'uomo del sottosuolo) en su Dizionario dei personaggi di romanzo, que como él mismo decía era el personaje que antecedía directamente al hombre-insecto retratado por Kafka, que más tarde revolucionaría la literatura de nuestro siglo. Bufalino introducirá como broma la primera frase del libro de Dostoievski («en este mundo no hay nada que no sea suplencia») como punto de partida de la novela que siempre está escribiendo mentalmente un oscuro periodista, Tommaso, que un día abandona todo y «se exilia», espiando y observando las vidas ajenas, el mundo superior, desde el semisótano de un gran edificio, donde ha escogido recluirse: «Soy un hombre enfermo..., soy un hombre maligno», resonará en esa fría caverna, entre platónica y dostoievskiana.

El otro gran homenaje o parodia encubierta será, por supuesto, Gadda y su a la vez parodia genial que en su día hizo de ese monstruo inaprensible llamado realidad, y de esa bestia intranscribible llamada lenguaje, en Quer pasticciaccio brutto di Via Merulana. Maestro en una invención propia e inimitable que alguien llamó «la novela policiaca metafísica», de los jeroglíficos, de los roman à clef o rompecabezas llenos de pistas y claves a seguir, continuo experimentador y vocacional practicante de diversiones de papel y sobre el papel, forjador compulsivo de juegos semánticos, verbales y literarios, no siempre captables por el lector medio, o incluso por el más avisado, perdido en un mar de citas invisibles y por lo tanto no catalogables en una primera mirada, como muy bien recordará su traductor, Joaquín Jordá, uno de sus mejores conocedores («era paradójico y enternecedor que su escritura oscura se resistiera a no ser entendida del todo»), Bufalino siempre iba más allá, dando el do de pecho con el lenguaje y su muy sólida, personal y más que fundamentada idea de la literatura. Una idea que defendía por igual a Proust, Gómez de la Serna o Tolstoi. Siempre criticándose y evaluándose con ironía dentro de los textos, y en este más que en ninguno, su ardor de filósofo y lingüista, de amante refinado de los placeres y la belleza y a la vez de masoquista inclemente a merced de los más variados insomnios y desasosiegos, su objetivo, como él mismo dirá en el libro ahora traducido, no era otro que «vencer la angustia con la euforia del estilo».

Un libro este, Tommaso y el fotógrafo ciego, en el que como Carlo Emilio Gadda que encerró todo «un pastelear entre lo alto y lo bajo, entre la crónica de sucesos y la Academia de la Lengua» en una Roma de los años cincuenta y en un vulgar edificio («¡Ese Grand Guignol increíble en que has transformado una comunidad como la nuestra... tan decente, tan burguesa! ¡La has convertido en una guarida de excéntricos y facinerosos!», volverá a parodiar un personaje de Bufalino) donde la trama o metáfora de la corriente de la vida caminaba siempre unida a la multiplicidad de voces que la describían, del mismo modo Bufalino utilizaba la ficción de la realidad como un nuevo guiño suyo en su cruzada contra el realismo. Eso sí, partiendo obligatoriamente a la vez de él, como reconocía con ironía: «Mi reino está hecho de embustes y de sueños. La realidad me sirve como mero pretexto... Aunque, por desgracia, yo no sea Honoré de Balzac». Sus tramas complicadas, sus barrocas figuraciones, sus múltiples redes tendidas en favor del desarrollo de esos nudos, mostraban a la vez el absurdo de la captación de esa realidad, con toda su desnudez: «Pero ¿dónde está el límite entre la norma y lo absurdo en las tramas de la vida? ¿No ves lo sorprendentes que resultan los hechos cuando uno se los imagina y, al contrario, lo naturales que acaban por ser en el momento en que ocurren?».

Por su parte, Nadia Fusini es una conocida ensayista y escritora italiana, que aparte de su especialidad en literatura inglesa, y en concreto como estudiosa shakesperiana, ha traspasado siempre esos límites escuetos para dedicarse a las más variadas materias e inspiraciones como lo demuestran sus libros Due.La passione del legame in Kafka (1988), B. & B. Beckett & Bacon (1994), La luminosa. Genealogia diFedra (1990) o esos bellísimos, penetrantes y nada miméticos acercamientos a varias escritoras reunidos en Nomi (1986). Allí, analizadas desde un punto básico que las definía (Karen Blixen o la pérdida; Mary Shelley, el dolor; Elizabeth Bishop o la reticencia; Emily Dickinson, la elipsis), ofrecía el rostro más cercano de algunas voces femeninas que cambiaron la literatura moderna. Vida y obra, carácter del creador y energía creativa, para Nadia Fusini, se unían de forma inextricable, «también porque el alma de la obra no es después de todo muy diferente del aliento vital del artista, cuya pulsación de respiro traspasa el enunciado. Ese aliento articula una forma, crea una voz, más voces».

También en la primera novela que Nadia Fusini publicaría en su país, Italia, en1996, ahora traducida, de forma notable, por Ana M.ª Moix y Ana Becciú, como Su boca más que nada prefería, obra que obtuvo un resonante éxito de crítica y público en el momento de su aparición, esta autora volvía a insistir en ese «aliento vital» que articula toda una forma, un estilo, que crea una voz. Libro emocionante y de un vitalismo extremo, físico, casi febril, es sobre todo un libro de amor doloroso, apasionado, prohibido, traicionado, autopunitivo, por un ser que se fue, el propio padre de la protagonista, y el que le daba verdadera referencia, consistencia y sentido a su vida cedida y otorgada: «Ahora que papá no está, ya no sé dónde está mi lugar, ni quién soy. Se ha ido quien deseaba que yo viviese, quien había deseado que yo existiera y me amaba», dirá la pequeña Nadia, que decide dejarse morir de hambre poco a poco, como una santa o como una poseída por el demonio. Nadia, la protagonista, rememora, con la voz de entonces y con el mismo desgarro y desconcierto, una adolescencia destructora e infeliz, de frágiles y sensibles equilibrios que sin cesar se desmoronan, hasta hacerla caer en la anorexia, en la más absoluta soledad en una familia que ha quedado reducida a unos «extraños», que son su hermano y una madre fría y estricta que jamás la ha abrazado. Pero con la narración de su vida, Nadia también homenajeaba a esos hombres y mujeres, héroes melancólicos y desconocidos, perdidos en la marea sin nombre de la Historia, que se quedaban «sin destino», vencidos por indescifrables poderes, despreciados por su terca y obstinada debilidad: «Sin ellos la vida sería inhumana. Tal vez no sean auténticos héroes pero son locos que entrarán en el reino de los cielos». El loco, el casi héroe en este caso, provenía de una historia de rostro conocido y familiar en la Italia de la posguerra. Valiente y ardoroso partisano en la lucha contra el fascismo, al acabar la contienda renunciaría también a ceder al otro ciego autoritarismo al que se entregaban sin pestañear sus compañeros comunistas. Nadia niña, con su voz intacta de aquellos años, libre del pudor y las oscuridades que cohíben y disfrazan la mente adulta, se deja llevar por sus recuerdos, mientras un rosario de doctores y psiquiatras la intentan sacar de su obcecada voluntad de morir, quizá tan sólo para hacer rabiar y sufrir a su madre, que piensa que es su «lucha personal contra ella», o más bien, como la propia Nadia cree, para entregarse y acercarse cada vez más a su padre («él iba perdiendo vida, yo peso»).

Construida sobre la base de un triángulo amoroso, el de dos mujeres, madre e hija, que se disputan al marido y padre de cada una de ellas respectivamente, este libro roza todo el tiempo, sin nombrarlos, temas tabú, como el incesto, en el atormentado y casi imposible núcleo celular que es la familia. O lo que es lo mismo: una lucha a muerte, un odio y a la vez un amor mucho más fuerte e irracional, que la joven Nadia ha conocido desde el mismo momento de nacer con una condena. La condena que significará a lo largo de su existencia el pánico a no existir, a ser excluido, a sentirse rechazado, a no ser amado suficientemente.

01/03/1998

 
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