ARTÍCULO

George Eliot: El hermano Jacob

 

Hay momentos, dentro de la Historia de la Literatura, en que pequeñas obras obtienen grandes resultados. Cuando hablo de pequeñez me refiero a la extensión, no al tamaño de la ambición, aunque es bien cierto que, en el terreno de la narración, las obras de gran aliento suelen coincidir con la necesidad de grandes despliegues y largos desarrollos. Por otra parte, la ambición ha de corresponderse con la intención del autor, tanto si se propone hacer una epopeya como si busca una graciosa historia moral y un tanto cáustica y cínica. George Eliot no se arredró jamás ante las dificultades de volumen, y buena muestra de ello es su obra maestra, Middlemarch, pero no la única. De hecho, el gusto por la extensión que manifiesta la autora y que es también deudor de la novelística de la época, hace mirar a muchos, si no con recelo, sí con alguna displicencia, piezas cortas como ésta que comentamos o como El velo alzado, publicado en español en esta misma editorial. El hermano Jacob se publicó en 1860, es decir, dentro de la primera parte de su producción literaria, de cierto regusto localista aún no plenamente fecundado por el poderoso aliento que la llevaría a la madurez y la gloria literarias. El hermano Jacob es una fábula moral. No es irrelevante que sea La Fontaine quien abre el libro y lo cierto es que posee características adecuadas al género: una exposición limpia, clara y didáctica; un desarrollo breve en tres actos, cada uno de los cuales marca un momento decisivo en una acción bien determinada, sin entretenerse en rellenar espacios porque resulta innecesario; una exposición, nudo y desenlace que pautan el pecado, el beneficio obtenido y la debida corrección. Todo ello para... ¿para qué? Aquí es donde se produce la variante y la sorpresa: el relato no tiene moraleja; o, para ser más precisos, sí la tiene, puesto que se trata de una fábula moral, al menos de manera implícita, pero carece de importancia. No es la moraleja el punto de llegada, el final del viaje de este texto. Desde el principio, el tono de la escritura advierte inequívocamente al lector –hablamos de lo que se denomina el «pacto con el lector»– que la propia apariencia fabulesca de la nouvelle se compadece perfectamente con un subtono de animosa soltura propia del relato de un suceso humorístico. Me permito reproducir la frase que abre el libro: «Entre las múltiples fatalidades que pueden acompañar a la flor del deseo juvenil tal vez no se haya tomado en suficiente consideración la de optar ciegamente por la dedicación profesional a la pastelería». Semejante declaración despeja toda duda acerca del talante con el que la autora aborda el relato. David Faux, el protagonista de esta historia, es un muchacho «de gran actividad mental y, por encima de todo, dotado de ingenio» que, por un error de apreciación en las expectativas que le proporcionaba su animosa pero estrecha visión inicial del mundo, decide dedicarse a la pastelería y, de hecho, se convierte en un buen pastelero hasta que descubre la escasa relevancia social que este oficio tiene, socialmente hablando. Como es un joven ambicioso, pronto llega a la conclusión de que, no teniendo un futuro interesante a la vista en su propia tierra, pero considerándose él a sí mismo un individuo de talento y distinto al común de los de su clase, empieza a considerar la posibilidad de emigrar al continente americano –un continente que, según su información, está lleno de negros, lo que le ayudará a destacar más fácilmente– para hacer fortuna. El problema que se le presenta entonces, y que dará curso dramático a esta historia, es que carece de dinero para hacer frente al viaje y al tiempo necesario de adaptación que le llevará instalarse allende los mares. La manera de hacerse con el dinero será el pecado de esta moraleja, dinero que, inopinadamente, se presenta con un añadido: su hermano Jacob, un idiota que se pega a él en el momento más inoportuno y al que se ve obligado a dar esquinazo de forma artera y cobarde. En la segunda parte, transcurridos seis años de la desaparición de David Faux de su pueblo y su familia, asistimos a la inauguración de un negocio de pastelería y repostería en la plaza del mercado de Grimsworth. La tienda del señor Freely causa sensación, en primer lugar, entre la chiquillería, que contempla embobada tanto el escaparate como al confitero, al que consideran la misma figura gloriosa que, en su día, el pequeño David Faux admiró hasta el extremo de decidirse a aprender el oficio. Luego cala entre el público adulto que, a la displicencia inicial (¿cómo va a dar salida a tanto producto perecedero?), contemplan cómo poco a poco esos productos van acreditándose y siendo incorporados a sus mesas. Esto crea un trastorno de no pequeña importancia pues, en efecto, si un comerciante vende a las amas de casa los productos que éstas se ocupaban de hornear hasta ese momento, las señoras empezarán a estar más ociosas de lo conveniente. Como es natural, las opiniones se dividen, pero una mayoría acepta la novedad y el señor Freely acaba siendo acogido en el pueblo de Grimsworth aunque no se sepa mucho de él –aunque no haya referencias sobre su pasado–, si bien él se ocupa de ir dejando comentarios aquí y allá, bien sobre sus actividades en la Indias Occidentales, bien sobre la honorabilidad de sus antepasados, lo que siembra la idea de una herencia social muy razonable. Una vez instalado, el señor Freely decidirá poner manos a la obra de instalarse definitivamente en el cogollo social de Grimsworth mediante el consabido y oportuno matrimonio. La tercera parte, naturalmente, cuenta cómo el señor Freely es descubierto por Jacob el idiota, resultando ser el mismo David Faux de la primera parte. La aparición de Jacob es como un desastre de la naturaleza y todo el tinglado de David se viene abajo y esta vez sí que desaparece sin que vuelva a saberse más de él porque la novela se termina. No tema el lector pensando que el relato de la anécdota le ha reventado la lectura. Lo verdaderamente interesante de esta nouvelle es, justamente, la transparencia con que sucede todo, la maestría con que su autora juega con las cartas sobre la mesa: vueltas de cara y a la vista del público. Jacob, el hermano idiota de David Faux, es la Némesis de este relato. En realidad, el desastre se produce desde el primer momento, cuando David decide robar el dinero a su madre para emprender la aventura de la Indias Occidentales llenas de negros. Pero, atención, no se trata de un castigo por el pecado de hurto cometido, lo que remontaría la historia a las alturas de castigo divino, sino que es el propio David Faux quien se busca la ruina, lo cual sitúa hermosamente la Némesis en el territorio de los asuntos de los hombres y lejos de los dioses. David es ingenioso y astuto, pero no es un espíritu fuerte sino débil, un hombre lleno de aspiraciones que, a la hora de infringir un código de conducta para hacerse con lo que necesita, actúa, sí, pero en el ámbito familiar: «Tomar algo que pertenece a tu madre no es robo: ella no te denunciará». El carácter y modo de comportamiento está admirablemente reflejado en este comentario que se hace a sí mismo. Y David, que combina la decisión con la torpeza, es pusilánime, teme a su hermano idiota y es sorprendido por éste con las manos en la masa, como se dice vulgarmente. Jacob no entiende el delito, no entra en su pobre mente, pero sabe que son las monedas de su madre y no olvida que la suma de las monedas y su hermano se convierten en la puerta de acceso a las delicias dulces que tanto aprecia; el chantaje no está en su mente sino en la de David y el astuto e ingenioso David demuestra no poseer largura suficiente como para comprender que esa fijación es la peor huella que podía dejar tras de sí. Un carácter de otro tipo hubiera recompuesto la situación y acechado una nueva ocasión, esta vez escarmentado, pero David se aturulla y, sin saberlo, sella su destino por su propia mano y con su propia decisión. El segundo punto de importancia en la construcción de este relato es el descaro. En todo momento, George Eliot está dejando a la vista la trama del asunto. El mejor ejemplo lo tenemos en la segunda parte o capítulo del libro. En todo momento se refiere al señor Freely como señor Freely. Deja caer algunos detalles que nos conducen en una sola dirección, como, por ejemplo la referencia a la Indias Occidentales (de hecho, así comienza el capítulo: «Hacía ya seis años de la partida de David Faux rumbo a las Indias Occidentales cuando se dijo que la tienda vacante en la plaza del mercado de Grimworth la había ocupado un hombre de tez cetrina y corbata beige»). Será el único momento en todo el capítulo en el que se mencione a David Faux, pero estratégicamente es un reconocimiento implícito. Hay más detalles: las referencias a la tez cetrina, la boca sin labios, los andares medio patizambos..., todas están dispuestas para que la mente del lector dé por hecho que Freely es el nombre de la nueva personalidad escogida por Faux. Pero ella –Eliot– no lo dice. ¿Trata de despistarnos? En modo alguno: nos está proponiendo un juego humorístico en el que va implícita la advertencia de que nos está contando una fábula tan evidente que convierte la propia evidencia en un arte. En otras palabras, logra un efecto milagroso: ser sugerente siendo evidente. La transparencia deja todo a la vista, pero su calidad, su finura, es la que comporta la sugerencia. No sé si al lector esto le impresionará, pero debo decir que a cualquier escritor verdadero debería dejarlo muerto de admiración y, si como yo creo, el auténtico gran lector es un re-creador, le acabará afectando de igual modo. Sin duda es el género elegido el que ayuda a conseguir este efecto, pero, a diferencia de las fábulas morales clásicas, que pueden ser joviales mas no netamente humorísticas, el humor de que hace gala la autora, socarrón y bien afinado, es, en este caso, una apelación a la inteligencia cómplice del lector. La justeza de expresión y la claridad de dicción son la vía por la que transcurre ese humor: todo lo que se dice es ajustado y sugerente, como esta descripción de la jovencita a la que Freely pretende desposar: «En conjunto era pequeña, redonda y tan pulcra como una margarita doble rosa y blanca; y con la misma falta de malicia». Hay, por así decirlo, dos corrientes de humor; una, la que se corresponde con las observaciones normales, como esta que acabo de citar, y otra que es como un estado de ánimo global, el de la autora concibiendo y contando la historia, el que baña la propia fábula. Cuando entramos en la tercera parte, la partida está jugada. Los acontecimientos se precipitan sobre David Faux –todavía Freely– sin que éste acierte a afrontarlos; su ingenio es desbordado y lo único que poco a poco comprende, como si se tratara de una fatalidad, es que toda su ficción se derrumba sobre su cabeza. La aparición de Jacob está perfectamente ligada a su desaparición al final de la primera parte; se diría que, transcurridos seis años, David vuelve a la secuencia inicial para continuar soportando la dependencia de Jacob, una dependencia que sólo se sustenta en la idiotez del hermano, una idiotez que supera al mediocre ingenio y astucia de que se ha valido el pobre David para construir lo más parecido al castillo de sus sueños y también lo más parecido a su endeble posición en la vida. Lo que devuelve a Jacob, sin embargo, es una muestra de la pequeñez de ambición y pensamiento de David: todo cuanto ha conseguido construir a su favor y que está a punto de convertirse en éxito se viene abajo por causa de su carácter, tal y como sucediera en la parte inicial. En realidad –he aquí la excelente construcción del artificio– se repite, con la variante del tiempo transcurrido, la misma escena –la misma decisión, la misma poquedad de alma, la misma presencia de la circunstancia importuna encarnada por el idiota– que da cuerpo y fin a la primera parte. Hay un elemento más. Al término de la fábula, Jacob se convierte en la Némesis de David, que huye y desaparece para siempre. ¿Qué queda? La respuesta a esta pregunta contiene, en mi opinión, un aspecto más de esta sencilla mas no simple historia: hay en todo el libro una crítica no por bienhumorada menos sarcástica de la costumbres sociales de la época. Desde la cuestión del puesto que un repostero –negocio, recuerdo, inédito en Grimsworth– debe ocupar en la escala social (¿a la altura de los pañeros y tenderos o, por el contrario, de los carniceros y los panaderos?) hasta el inquietante fenómeno de que la fabricación de los manjares más caprichosos pasase, por causa del negocio de Freely, de las manos de las doncellas y amas de casa, en el seno de la familia, a convertirse en una especialidad comercial que vaciaba en parte de contenido la función hogareña de estas últimas dejando sus mentes libres para otras dedicaciones... quizá temibles para los cabezas de familia. Porque, al final, huido Freely/Faux, todo vuelve a su lugar. La Némesis es sólo para él, pero eso queda en su alma y en su malparado espíritu. Para la provinciana gente de la villa, el impostor ha pagado por su impostura. Las conclusiones morales que deben extraerse de la historia se extraen, aunque el lector no pueda evitar una sonrisa de satisfacción que no se debe precisamente al triunfo del orden sino al carácter cáustico y hasta cínico que le imprime la autora; y, por último, vemos que el paréntesis se cierra, la pequeña ciudad vuelve a su propio seno, las mujeres a su papel de señoras de la cocina y la bendita eternidad de la clase rural vuelve a instalarse en Grimsworth.

01/05/2004

 
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