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ARTÍCULO

Georg Simmel, entre la moda y el olvido

Traducción de Genoveva Dieterich Alba, Barcelona
222 págs. 2.995 ptas.
 

Con el gran esmero y cuidado al que nos tiene ya acostumbrados, la editorial Alba nos presenta de nuevo estos viejos textos de Georg Simmel, uno de los padres fundadores de la sociología moderna. La selección de los artículos proviene de un libro en el que Simmel recogía en 1911, bajo el título Philosophische Kultur. Gesammelte Essays, una serie de escritos suyos de los seis años precedentes. Una traducción completa de este libro fue publicada hace una década en nuestro país por la editorial Península, elevando a título general del libro el primero de los artículos (Sobre la aventura) e incluyendo como epílogo la caracterización que Jürgen Habermas hacía de Simmel como intérprete de su época. Nos encontramos ahora –supongo que agotada la completa edición anterior– con una selección de textos bajo el título general del último de los artículos que Simmel había recogido en su momento para ofrecernos sus pinceladas de «Cultura filosófica». La selección no es, desde luego, caprichosa. Además de la introducción escrita por Simmel en 1911, la editorial Alba nos ofrece los dos artículos de psicología filosófica –«La aventura» (1910) y «La moda» (1905)– los relacionados con la filosofía simmeliana de los sexos –«Lo relativo y lo absoluto en el problema de los sexos» (1911) y «La coquetería» (1909)–, así como dos artículos fundamentales del año 1911 sobre filosofía de la cultura: «El concepto y la tragedia de la cultura» y «Cultura femenina». Fuera de la selección han quedado los ensayos sobre estética, los relativos a la personalidad artística de Miguel Ángel o de Rodin y dos escritos sobre filosofía de la religión. Tres de estos ensayos tienen una larga tradición en castellano, ya que fueron publicados en los años veinte gracias a la labor infatigable de Ortega y Gasset en su Revista de Occidente y además se recogieron con algún artículo más en un libro con el mismo título que el presente publicado en México por Espasa-Calpe a finales de los años treinta y que vio la luz en sucesivas reediciones hasta la década de los sesenta. Y según documentó Raquel Osborne en un artículo de la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, los viejos textos de Simmel en torno a la «Cultura femenina» han sido objeto de múltiples lecturas en nuestro país. Al menos en esto, nos adelantamos varias décadas a la discusión anglosajona sobre el mismo tema, discusión que no empezó hasta que a mediados de los ochenta fueran traducidos al inglés algunos de estos artículos de Simmel bajo el título general On Women, Sexuality and Love. Sólo quisiera referirme brevemente a tres aspectos del pensamiento de Simmel relacionados con los contenidos del libro que comento. En primer lugar, una palabra sobre la moda. Simmel es un pionero en el análisis sociológico de la moda. En el diagnóstico que realiza sobre la modernidad, se produce el salto desde el «paradigma de la producción» –al que había estado ligada toda la sociología– hacia el «paradigma del consumo»: la sociedad ya no se articulará tanto desde la perspectiva del mundo del trabajo y de la producción, como desde la perspectiva del consumo de bienes y servicios. Simmel analiza la influencia de la economía monetaria en el desarrollo de nuevos estilos de vida (incluso le pertenece la acuñación del concepto de estilo de vida), así como en la constitución de un nuevo tipo de individuo proclive al consumo masivo de mercancías. En este contexto, el análisis simmeliano de la moda parte de la constatación de la doble función de la moda en la sociedad: sirve tanto para unir al grupo de individuos partidario de la nueva moda como para diferenciarlos de los otros individuos y grupos, satisface la cohesión del individuo con su grupo y la necesidad de diferenciación respecto a otros grupos o clases sociales. La moda une al individuo con su grupo de iguales, es imitación de un modelo grupal dado y satisface así la necesidad de apoyo social del individuo, conduciéndole por el mismo camino que a todos. Pero la moda también significa el cierre de un grupo frente a los demás situados arriba o abajo en la escala social, la diferenciación respecto a «los de afuera», satisface la necesidad de destacarse, de distinguirse, de diferenciarse. La moda cohesiona a los individuos y los diferencia al mismo tiempo. Por otro lado, acomodarse a la moda puede servir al individuo como máscara exterior tras la que se oculta para mantener un espacio más intimo de libertad. Seguir los dictados de la moda, acoplarse a los mandatos de lo colectivo, acatar las normas de la época puede tener la consecuencia de anular la individualidad, pero también ofrece a las personas la posibilidad de ocultarse tras la máscara de un perfecto cumplimiento externo de las normas del grupo, «comprando con ello toda la libertad que es capaz de deparar la vida y pudiéndose concentrar tanto mejor en lo que es para ellas íntimo y esencial». Característica de Simmel es siempre esta doble mirada sobre los fenómenos sociales, mirada que va siempre más allá de la superficie de las cosas para iluminar las dos caras de todo suceso histórico. En segundo lugar, la tragedia de lacultura. Para Simmel la cultura habita en el dualismo entre la vida subjetiva que es incesante, pero temporalmente finita, y sus contenidos que, una vez creados, son inamovibles y válidos al margen del tiempo. La cultura vive en el dualismo entre sujeto y objeto, entre la producción por el espíritu subjetivo o individual de numerosas figuras que siguen existiendo de manera autónoma e independiente del alma que las ha creado, así como de cualquier otra alma que las acepta o rechaza. Simmel define la cultura como «el camino del alma hacia sí misma», como la salida individual del mundo de la naturaleza para participar en el mundo de la cultura objetiva. La cultura tiene estas dos vertientes que Simmel expresa en términos hegelianos: espíritu objetivo que consiste en las objetivaciones producidas en último término a partir de las realizaciones de los propios individuos, y espíritu subjetivo o formación de un alma que asciende de la naturaleza a la cultura. Pero este contraste entre sujeto y objeto, entre cultura subjetiva y cultura objetiva se encuentra inevitablemente con el riesgo, la paradoja o la tragedia –de las tres maneras es caracterizada por Simmel– de que la cultura objetiva se independice respecto a los individuos que, sin embargo, son quienes la han realizado. Las esferas de valor cultural acaban independizándose de quienes las han producido, se tornan objetivas y determinan la vida y la actividad de los propios individuos productores de ellas así como de las siguientes generaciones: es el triunfo de la cultura objetiva. Y esto ocurre en todas las esferas de la vida, tanto en la producción económica como en el arte, la religión, la ciencia, la técnica o la expresión lingüística. La cultura objetiva acaba imponiéndose trágicamente sobre la conciencia individual. Por último, en las reflexiones de Simmel sobre la cultura femenina encontramos una cierta ambivalencia. Por un lado, sus denuncias de vivir en un mundo que ha masculinizado las categorías de pensamiento, en el que «el lenguaje y los conceptos se orientan preponderantemente por el ser masculino» pueden sonar progresistas, teniendo en cuenta la época en que fueron expresadas. Lo mismo ocurre con su idea de que la mujer, al poseer en su propia constitución instrumentos de conocimiento que el hombre no posee, podría realizar contribuciones específicas a la cultura objetiva, por ejemplo en los terrenos de la medicina, de la ciencia histórica, de la literatura o de las artes visuales. Desde la premisa de que a un ser diferente corresponde un conocimiento diferente, la psique femenina podría hacer contribuciones específicas en los campos culturales señalados y en otros diferentes. Y sin embargo, Simmel acaba abogando por «los dos terrenos de la creación femenina que son, o pasan por ser, culturalmente relevantes en grado sumo: la casa y la influencia de las mujeres sobre los hombres». Las ideas de Simmel podrían haber sido útiles a ciertos posteriores feminismos de la diferencia, pero ya fueron contestadas en su propio tiempo por las feministas partidarias de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Nada menos que Marianne Weber saltó a la palestra para rebatir públicamente las tesis de Simmel, con quien le unían por otra parte lazos de amistad. Aun reconociendo los esfuerzos de Simmel para situar a las mujeres en un lugar más alto, en el que encarnan esferas valorativas propias, Marianne Weber rechazó tajantemente la argucia machista de colocar a la mujer en un lugar privilegiado para perpetuar a continuación su papel secundario en la sociedad. Desde una perspectiva igualitaria, afirmó la capacidad de la mujer para hacer aportaciones a la ciencia y a todas las esferas de la cultura objetiva: no hay diferencias ontológicas entre varón y mujer, sino sólo históricas y psicológicas. Desde la época de esta polémica las mujeres no han dejado de trascender aquel «particular destino femenino» al que parecían abocadas y sus contribuciones a la producción cultural asombrarían hoy al mismísimo Simmel. Y sin embargo, resulta una burla del destino que los ensayos de Simmel hayan sido publicados tan reiteradamente en castellano, mientras que permanecen inéditas en nuestra lengua las inteligentes respuestas de Marianne Weber. Ojalá la misma editorial Alba nos ofrezca otro cuidado libro con la propuesta igualitaria que daría a conocer un importante momento del feminismo alemán.

01/04/2000

 
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