ARTÍCULO

Lecciones de repaso

 

El veintisiete, el grupo poético, la generación o las generaciones del 27 o del 25 no dejan de ofrecer materia para la reflexión y para el debate. Estas dos obras, como tantas otras antes, apuntan con denominaciones distintas al mismo período de nuestra literatura, pero –menos mal– ya no dedican sino algunos comentarios marginales a la elección de la fecha con la que identificar aquella congregación de autores, o a la disputa interminable acerca del método de las generaciones y su validez historiográfica. Dan por sentado que escribir la historia de época tan espléndida comporta tanto acudir a esas etiquetas y a las demás convenciones de uso común, pese a su carácter inexacto o discutible, como aportar otros conceptos útiles para su comprensión, aunque su despliegue revela luego los alcances y los límites de las definiciones corrientes.

Las dos obras repasan el período y buscan elucidar sus poéticas, pero parten de supuestos doctrinales y perspectivas diversas para su revisión, además de desarrollar también sus argumentos de modos muy diferentes. El veintisiete en vanguardia es una sólida monografía que, pese a lo que sugiere su título, ni se ciñe al grupo poético al que conviene en bautizar con aquel número ni mucho menos a su relación con la vanguardia. En lo que a este aspecto afecta, Miguel Ángel García acepta lo que ya establecieron otros estudios, en particular los de Andrés Soria Olmedo: que el grupo del veintisiete adoptó las propuestas vanguardistas para integrarlas en una poética constructiva, que no excluyó la relectura de los clásicos ni las aportaciones de la lírica popular. Se propone, como apunta el subtítulo, una «lectura histórica» de ese fenómeno peculiar, que busca integrarlo en procesos sociales e ideológicos más amplios: los esfuerzos modernizadores de los intelectuales españoles del primer tercio del siglo XX, en particular, y la constitución de las poéticas moderna y contemporánea como marco general.

Para llevarla a cabo, acude a tradiciones literarias europeas como las de los románticos alemanes o los simbolistas franceses, presta particular atención en la segunda mitad del libro a la raíz y desarrollos foráneos de formas como el poema en prosa o el verso libre, y argumenta a partir de las largas sombras filosóficas de Kant, Husserl, Nietzsche y Ortega, que las reúne a todas. La lectura que propone se apoya sobre todo en el legado teórico de Marx y estudia los textos producidos durante la época, en tanto que expresan la ideología dominante. Engrana todo ello, además, con las reflexiones filosóficas que ha suscitado el desarrollo de la sociedad burguesa al menos desde el siglo XVIII . El grupo poético español es sólo un factor más, entre otros, de esa revisión.

El resultado es una explicación sugerente de por qué los intelectuales de aquel país atrasado, que se afanaban por construir el edificio cultural de la modernidad con formas y conceptos de variada raíz, recurrieron a nociones como pureza o deshumanización. Por algo la obra obtuvo el Premio de Investigación Literaria Gerardo Diego en su primera convocatoria. Articula un discurso a menudo convincente, aunque la elección de sus argumentos parece en ocasiones más basada en la lógica de sus presupuestos que en la materia de que se ocupa: glosa ampliamente las figuras de Vallejo y Neruda, por ejemplo, pero apenas atiende a dos poetas del período particularmente afectos a la reflexión filosófica, Machado y Prados. A veces también desorienta por su excesiva frondosidad: amalgama autores y referencias en largos párrafos asentados sobre el andamiaje de notas al pie a menudo aún más extensas. Su carácter académico salta a la vista y hasta estorba a la lectura en algunas de esas notas, verdaderas ristras bibliográficas acerca de alguno de los muchos asuntos que roza. (Tal abundancia, por cierto, subraya la falta, insólita en obra de este alcance y carácter, de una bibliografía final o aun de un índice onomástico, que hubiera tornado más amable y hacedera la consulta.) Por fortuna, su sintaxis es ágil y a sus reflexiones no les falta el condimento estimulante de la convicción.

El propósito y tenor de La estéticade las generaciones de 1925 es otro. John Crispin revisa y reconsidera datos ya conocidos acerca de la época con el propósito de subrayar los puntos de contacto y hasta la comunidad entre las razones de escritores y artistas. Poetas, pintores, músicos, dramaturgos, cineastas y arquitectos usaron durante unos años, sobre todo a partir de ese 1925, términos idénticos o muy similares en sus reflexiones, colaboraron en proyectos comunes o se prestaron ayuda y apoyo crítico. Aquellos protagonistas de lo que se dio en llamar «Arte Nuevo», señala el autor, «eran muy conscientes de que existían aspiraciones y objetivos comunes» entre ellos (pág. 14), que él trata de dilucidar. Ese es el punto de partida de un repaso a obras y comentarios críticos de la época menos interesado en ofrecer informaciones novedosas que en su comprensión conjunta.

Crispin señala puntualmente las coincidencias conceptuales de aquellos creadores de artes diversas, que conjugaron el influjo vivificador del cubismo o de su primo hermano el creacionismo con el estudio de la tradición y un popularismo que, en los años de la República y de la guerra civil, se demostró herramienta apropiada para un compromiso de circunstancias. Todos ellos, por un tiempo, hablaron de desterrar «la literatura» (incluso en pintura o música), de depurar, de deshumanizar, de retornar a los clásicos, fueran éstos Lope o Scarlatti; conceptos imbricados que configuraban un arte intuitivo, recreador pero no mimético. Entiende que esa comunidad pervivió incluso cuando la guerra obligó al compromiso y que no se puede hablar de giro o ruptura en el momento de la «rehumanización» o del nuevo romanticismo. Su lectura es, por tanto, un sobrevuelo, y la anima la voluntad de comprender el esfuerzo conjunto de toda una generación de creadores, empeñados en poner su país al día.

La obra está organizada, en consecuencia, como una revisión desembarazada y escueta, que prescinde casi por completo de notas y reduce las referencias bibliográficas a paréntesis mínimos. La lógica es la de una monografía, pero el procedimiento es casi el de un manual, que se atiene a lo esencial y selecciona estrictamente lo significativo. El riesgo de esta aproximación es el de errar en la selección de los datos relevantes: así, las glosas de algunos textos poéticos parecen demasiado previsibles; en cambio, los comentarios acerca de algunas representaciones teatrales o acerca del pabellón español en la Exposición Universal de París en 1937, en el que concurrieron artistas de campos diversos (págs. 208-214), son esclarecedores. Hay, por otro lado, explicaciones que no cabe callar, so pena de inducir a error: por ejemplo, anotar que también Dámaso Alonso publicó en Grecia un poemilla bajo el seudónimo de Ángel Cándiz (pág. 33), sin indicar que lo hizo para embromar a los esforzados innovadores del Ultra, resulta engañoso.

La estética de las generaciones de1925 se lee con facilidad e interés y no le faltan virtudes como revisión general del período. Es por ello lástima notable que la tachonen defectos de expresión que debía enmendar una revisión elemental: algún término que no se aviene al uso castellano (ese «controversial», pág. 25), faltas de concordancia (págs. 28, 82, 113, 120, 209) y otros tropiezos sintácticos (págs. 31, 53, 58, 88, 127, 147...), además de citas atribuidas erróneamente (a Torre lo que es de Diego, pág. 28) o que no están claramente delimitadas como tales (págs. 88, 114). Tales descuidos no deberían ensombrecer el esfuerzo divulgador de un estudioso y de una editorial reconocida en el campo del hispanismo.

01/06/2002

 
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