ARTÍCULO

Gaya Nuño, un narrador inesperado

705 + 873 págs.
2 volúmenes, Biblioteca Castro, Fundación José Antonio de Castro, Madrid
 

Se da en la crítica la contumacia, acaso resabio académico, de considerar que un escritor no puede ni debe desarrollar dos actividades simultáneas o sucesivamente; me refiero a su relación con los géneros literarios, no a las actividades profesionales extraliterarias, que sí están admitidas, dado lo poco que gana el escritor, y son, por tanto, innumerables los escritores catedráticos, médicos, funcionarios, ingenieros, farmacéuticos (antes proliferaban los pertenecientes al Cuerpo General de Policía y, en general, los llamados escritores de fin de semana o de domingo (más bien, ahora, de fin de semana, ya que estamos en una socialdemocracia). Se admite malamente, como a regañadientes, que un novelista sea a la vez dramaturgo, o un dramaturgo poeta lírico, aunque escriba teatro en verso y sea, en efecto, un gran poeta, como Calderón de la Barca. Pero si Lope de Vega es dramaturgo, deben considerarse sus novelas como obra menor. Cervantes era novelista; escribió su teatro y su poesía para entretenerse. No se acaba de reconocer del todo el teatro de Pérez Galdós porque don Benito era, como se sabe, novelista. Todo esto obedece al afán clasificatorio, muy propio de los profesores de literatura. Un caso singular es el de Thomas Hardy, que empezó escribiendo novelas y, después de abandonar el cultivo de ese género, se dedicó a la poesía. De modo que puede hablarse de un Thomas Hardy novelista y de un Thomas Hardy poeta, sin que el novelista interfiera en el poeta ni el poeta en el novelista, al menos cronológicamente. Otro caso sería que poesía y novela o teatro y ensayo fueran mezclados. Que un crítico notable, y generalmente reconocido como tal, sea a la vez un estimable narrador, descontrola mucho.

Este es el caso de Juan Antonio Gaya Nuño, historiador y crítico de arte, autor, entre otras obras, de El románico en la provincia de Soria, La pintura románica en Castilla y La pintura española fuera de España. Además, es autor de El santero de San Saturio, libro muy bello, de reflexiones, captaciones paisajísticas, cuadros costumbristas y excelente prosa, que, al estar publicado en la divulgada Colección Austral, seguramente fue el más popular de sus libros, y figuraba como una obra excepcional y un tanto extravagante al lado de las contribuciones a la historia del arte de su autor.

Mas hoy, después de la publicación de los dos tomos de Obras completas en la Biblioteca Castro, de la Fundación José Antonio Castro, no podemos seguir considerando a Gaya Nuño sólo como un ilustre historiador y crítico de arte, y escritor de fin de semana cuando escribe El santero de San Saturio o Tratado de mendicidad. Es también un narrador, con obra publicada, al margen de los libros profesionales, y numerosa obra inédita; como escribe Consolación Baranda en el prólogo al segundo tomo de estas Obras completas (que recoge la obra inédita): «Se sabía de la existencia de escritos literarios –cuentos y algún poema– no publicados en vida del autor; lo que seguramente nadie podía imaginar es que el volumen de obra inédita fuese de tal magnitud». De esa magnitud proporciona una idea tan sólo cuantitativa el hecho de que el tomo de los inéditos supera las setecientas páginas. Y es que Gaya Nuño tenía la buena costumbre de guardarlo todo, con lo que, a lo largo de treinta años, había acumulado una documentación ingente, que hubieron de ordenar y clasificar los autores del Legado Bibliográfico Juan Antonio Gaya Nuño: «Documentos oficiales o bancarios, apuntes para conferencias, billetes, entradas, un gran número de cartas remitidas por las personalidades más relevantes del mundo de la cultura, recortes de críticas y comentarios de prensa sobre Gaya Nuño y su mujer; baste decir que se conserva incluso el material para la preparación de las oposiciones nunca realizadas a causa de la guerra y los apuntes de balística, armamento (con fecha del 1 de septiembre de 1938) y otras materias utilizadas por el autor durante la guerra civil», enumera Consolación Baranda. No deja de resultar raro que hombre tan ordenado no hubiera fechado todos sus escritos. El segundo volumen, por ser exhaustivo, incluye un par de cuentos a los que el autor no había puesto título (al primero lo titulan «Hace tiempo que tengo deseos de matar a alguien», por ser ésta la frase con que se abre, y al otro «El bromazo»), y hasta un relato incompleto: tan incompleto que no sólo acaba en una frase sin terminar, sino con una palabra a medio hacer: «Pude comprobar que, aparte de los vascos y de los madrileños recién ll...». De modo que esos presos vascos y madrileños de indeciso destino, en este cuento no acabaron de llegar.

Estos dos volúmenes reúnen los escritos literarios o, si se quiere, la obra no profesional de Gaya Nuño, dedicándose el primero a la obra publicada y el segundo a la inédita, como ya se ha dicho; y son del máximo interés, no sólo por el valor literario de las obras que contienen, sino porque también, en gran medida, pueden ser considerados como novedades, ya que las obras publicadas no despertaron gran eco en el momento de su aparición y hoy se encuentran difícilmente, y respecto a las inéditas, son primicias, aunque Consolación Baranda apunta misteriosamente al comienzo de su introducción que «los relatos de este vo,lumen son inéditos, pero no desconocidos». Yo supongo que para la mayoría de los lectores, como para este crítico, tales relatos inéditos eran desconocidos hasta el momento en que dejaron de ser inéditos.

Estas Obras completas nos presentan a un Gaya Nuño narrador. Como a Zamora Vicente, a Gaya Nuño le gustaba escribir cuentos que poco o nada tuvieran que ver con sus otras ocupaciones, aunque sí con su vida: algunos de los cuentos son claramente autobiográficos, como «Los trenes» y «Mi final de la guerra», y sobre otros muchos relatos planea el recuerdo sombrío de la guerra civil y de la consiguiente cárcel. Gaya Nuño se revela como uno de los buenos narradores de la pasada guerra civil. Leyendo sus relatos de guerra y postguerra me vino a la memoria, tal vez inconscientemente, la narrativa bélica de Max Aub. Gaya Nuño contempló la postguerra desde la cárcel y Aub desde el exilio. Al terminar la guerra y no haber podido poner la frontera por medio entre su persona y los vencedores, fue condenado a veinte años, de los que cumplió cuatro, y todo aquello le dejó muy malhumorado.

Gaya Nuño empieza a publicar libros de creación literaria en 1953, año en que aparece El santero de San Saturio, simultaneando esta nueva faceta con su actividad reconocida de historiador, crítico, investigador y editor de libros de arte. Posteriormente publica Tratado de mendicidad (1962), Historia del cautivo (prudentemente editada en México en 1966), Los gatos salvajes (1968) y Los monstruos prestigiosos (1971). Todos estos libros, junto con los cuentos «Robo en el museo» y «El sistema métrico trinal», constituyen el primer volumen. Se trata de un material suficiente para dar la talla de Gaya Nuño como narrador. Sería lástima que el meritorio empeño de estas Obras completas no tuviera la repercusión debida y se continuara sin tener en cuenta a Gaya Nuño como narrador, que era lo que a él realmente le interesaba ser para la posteridad, según se desprende de la muy explícita y muy significativa introducción al Tratado de mendicidad, donde confiesa, con comprensible amargura, y después de haber citado las virtudes de Aldous Huxley, Mauriac, Valle-Inclán y Faulkner: «No me parece imposible, dentro de mis alcances, lograr alguna soberbia novela aproximable a la envidiable calidad dicha, pero las circunstancias y los tiempos no son propicios a su consecución»; añadiendo, a renglón seguido: «No lo intentaré, pues. Será preferible hacer un nuevo libro estrafalario, de los que no son ensayo, ni novela, etc. A los diez años del anterior (El santero de San Saturio), entre uno y otro he dado a luz no sé cuántos dedicados a estética, crítica e historia del arte, procurando en los tales calidad y claridad, estilo y buena prosa, pero inútilmente. Esos libros no cuentan como producción de un escritor».

«No cuentan como producción de un escritor»: es decir, trabajo perdido. Y lo que cuenta, es aquello que la crítica no considera. El drama creador de Gaya Nuño dota de profunda simpatía humana a este escritor que triunfaba con lo que consideraba material perecedero y que no fue reconocido como debiera en lo perdurable. Sin duda alguna, le hubiera encantado ver reunida en estos dos magníficos tomos su obra importante, la verdaderamente literaria, la que, según él, hace al escritor y lo justifica como tal.

Lo que no sé es si podemos considerar todo el material incluido en el primer tomo de estas Obras completas como narrativo. El santero de San Saturio lo es, pese a su carácter misceláneo (con razón decía Pío Baroja que la novela es un saco donde cabe todo); aunque el propio Gaya Nuño lo define, mucho mejor, como «el primero de mis libros estrafalarios». El segundo es el Tratado de mendicidad, obra notabilísima, sugestiva, erudita y brillante. Pero aquí el crítico de arte no escribe una narración, sino un ensayo sobre un asunto muy ajeno a los que solía tratar habitualmente. Tratado de mendicidad no es, desde luego, un ensayo académico, grave y espeso, sino todo lo contrario, un ensayo literario, a la inglesa, donde las sugestiones importan más que las afirmaciones, y donde el espacio está abierto para que vuele la imaginación, e incluso cabe en él un cuento, «De lo que contesció a la muchacha mendiga que casó con pintor abstracto», muy divertido, además. Se nota que Tratado de mendicidad es de esos libros que se escriben con gusto y con mimo, con reposo y complacencia, y de ese modo es imposible que el lector no disfrute.

También podría tener carácter ensayístico su peculiar tratado de zoología Los monstruos prestigiosos, si no fuera porque el autor, en lugar de ensayos breves, escribió cuentos. La primera entrega de esta obra abarca el centauro, el basilisco, el águila de dos cabezas (con la inevitable referencia a la obra de ese título, de Jean Cocteau), la medusa y la sirena; el segundo tomo incluye más «monstruos prestigiosos»: la hidra, el dragón, el cancerbero, etc. El criterio del editor me parece discutible, ya que es claro que se trata de la misma obra que se publica con igual título en el primer tomo. ¿Por qué publicar los cuentos de un mismo ciclo en tomos separados, sólo porque unos hayan sido publicados y los otros sean inéditos?

Historia del cautivo, subtitulada «Episodios Nacionales», es una novela que toma prestado el título a Cervantes; relación que oportunamente establece el autor: «Otro tanto que al cautivo de Miguel de Cervantes le ocurre al mío...», no sea que lo acusen de plagio, cosa tan de moda hoy, e incrementa, con amplitud y brío, nuestra no muy abundante literatura sobre las guerras de África (Alarcón, Sender, Díaz Fernández, etc.). Mientras, los cuentos de Los gatos salvajes se sitúan en la guerra de aquí o en sus inmediatas consecuencias, la postguerra, divididos en dos bloques, bélico y postbélico. Estas Obras completas nos proporcionan una dimensión literaria de Gaya Nuño nueva y muy atractiva. De no haber sido un buen crítico de arte, hubiera sido un gran narrador: la prueba está en estos dos volúmenes, bella, sobria, elegantemente impresos.

01/08/2001

 
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