ARTÍCULO

Soliloquio gay

Tusquets, Barcelona
306 pp. 18 €
 

Hace unos años, comentando con un catedrático de sociología el vertiginoso incremento del índice poblacional de homosexuales por metro cuadrado en nuestras ciudades, me decía que, si bien el sexo entre hombres es cosa más vieja que el oficio de ser puta, y no tanto, en cambio, como el deseo de la hembra por el macho y viceversa, para cuya refrendación se remitió nada menos que a las células procariotas, la replicación de ADN y la mitosis, asunto que ahora no viene al caso dilucidar, me decía el catedrático –prosigo– que el citado incremento de maricones («hasta maricón se puede decir con respeto y con cariño», se lee en la página 35 del libro que nos ocupa) era un rasgo común de aquellas sociedades cuya acelerada decadencia las sumía al borde de la extinción. Tiene su lógica y también su tropo: lo que se acaba, no se reproduce; la homosexualidad como metáfora de esta sociedad llamada del bienestar, a cuyo fin, o al menos catarsis, parece que asistimos. Es decir, que, históricamente, el auge y orgullo de lo que hoy simboliza la bandera arco iris es síntoma de las civilizaciones agónicas; sin que ello implique ningún otro tipo de juicio cuya interesante discusión –aunque revirtiendo, eso sí, en conclusiones sorprendentes– nos alejaría de la tarea en curso. Simplemente, señalo el hecho por esencial, definitorio y revelador; y porque el centro narrativo desde el cual se desenvuelve Ganas de hablar es, como en todos y cada uno de los libros de Eduardo Mendicutti, la homosexualidad, lo gay, el mariconeo puro y duro.
Sobre esta base, y sólo desde ella (me refiero a que temáticamente su literatura discrimina por sexo), va creando un círculo que encierra, sí, otros aspectos; todos ellos escritos y descritos con excelencia literaria. Si en California (2005) encontrábamos a un joven libertario caminando hacia una madurez comprometida, el protagonista de Ganas de hablar es el Cigala, un viejito salidorro que vive como si fuera mucho más viejo de lo que en realidad demuestra su agitado (¿histérico?) mundo interior. El Cigala ha hecho siempre la manicura; la Haute Manicure, dice él. Cuando su vida profesional alcanza el último tramo, recibe el reconocimiento del pleno municipal a sesenta años de trabajo: quieren darle su nombre a una calle. El problema surge cuando el Cigala se emperra en que sea la Calle Silencio, la del Santísimo Cristo del Silencio. Las fuerzas vivas del pueblo se rebelan entonces, acuciando con su oposición la neurótica sensibilidad del viejo. Ése es el punto de partida de Ganas de hablar, a partir del cual se desarrolla un soliloquio de tres centenares de páginas en el que se va dando cuenta de los motivos que mueven al Cigala, de su propia vida y de la de La Algaida. Al fin y al cabo, lo que se narra es el tránsito de una sociedad católica a otra de perfil laico, y se narra desde dentro, en pleno lapso de una cosa a la otra («ya está bien de que los curas y las beatas manden en este país», p. 126).
Para quien sepa verlo, y serán pocos, hay un nivel de índole conceptual que fundamenta la novela. La charla incesante del Cigala consigo mismo propone al lenguaje como báculo existencial. George Steiner escribe en Gramáticas de la creación: «Estamos cada vez menos entrenados para escucharnos ser, a pesar de que esta escucha podría ser la condición previa esencial para lo creativo». Y en Extraterritorial: «Si el lenguaje perdiera parte de su energía, el hombre se volvería menos humano». El Cigala conversa con su voz íntima y, así, el laicismo acaricia una espiritualidad humana que no atiende tanto a construcciones metafísicas como a la simple llaneza de lo que es cierto y lo que no, lo que es verdad y lo que es mentira, lo real y lo falso («A ti no te engañas, Cigala», p. 80; o «si uno no habla, la boca se queda quieta y va llenándose de todo lo malo que uno tiene por dentro», p. 166). El Cigala sabe quién es el Cigala y eso ya es mucho, dados los tiempos que vivimos.
En cuanto al lenguaje, emplea un habla rica en gracejo gaditano, que arrastra en su riada palabras que nos harán acudir al diccionario y localismos difíciles de encontrar en algún lado (mamajudas, babilandri, jartible, pipijierve, pitijopo). Rescate léxico que Mendicutti realiza desde la naturalidad y que ya ejerció en El palomo cojo o Una mala noche la tiene cualquiera. Técnicamente, el parlatorio que el protagonista se trae tiene mucho de experimental. Ni cuando está acompañado se oyen otras voces que no sea la suya. Los demás son eco que resuena en él; percibimos sólo el efecto que esas intervenciones causan en su soliloquio, pero no a ellas. De este modo, el monólogo refleja lo cotidiano, la memoria y los pensamientos del Cigala, pero también lo externo excluido de todo aquello que no sea la subjetividad del individuo. La sensación que crea es de una soledad aplastante. Vemos al Cigala y únicamente al Cigala; y se nos hace minúsculo, conmovedor en su pequeñez infinita. Podemos perfectamente imaginarlo sobre un escenario yermo, divagando en voz alta, solo. Una triste silla le acompaña, vacía; y él, habla que te habla («pensando como un molinillo, con el pensamiento rodando por su cuenta», p. 165), se demuestra sensible y retorcido, viejito manso o perturbada insoportable, remilgado y putón, iconoclasta y creyente, generoso, egoísta, mariconazo y hombre.
Realzando el aislamiento, el Cigala vive con su muda, enajenada y paralítica hermana Antonia, alma vegetativa que es objeto y a menudo origen de sus divagaciones. Ello sirve al autor para contar los hechos que han marcado la infancia y juventud de su protagonista y, de paso, la de todas esas notables de La Algaida a quienes hace la manicura. La voz del Cigala es entonces la voz de una abuela redicha chismorreando en las vidas ajenas con la memoria de un bibliotecario y la acritud del rencor de clase. Condena la hipocresía de las señoras bien y, sin embargo, las copia en gestos y ademanes. Purita Mansero, Cecilia López de Aramburu o la marquesa de Torreantigua retratan una época pasada de esplendor y miseria del señoritismo andaluz, contrapuesta a las fatigas de los curritos de a pie como el Cigala; pero éste, sin embargo, no puede sustraerse a la envidia que le causan sus modales, sus vestidos, su educación e, incluso, su desdén.
La doblez o estado bipolar del anciano destaca en su relación con la Iglesia, a la que detesta y necesita a un tiempo, y cuya representación simbólica encarna el padre Pelayo, cura moderno con quien el Cigala no sabe si confesarse o tirársele a la entrepierna. En su papel de incitador y provocativo, lo que en la calle se conoce por calientapollas, el sacerdote Pelayo no parece real, por más que la realidad podría avalar esa verosimilitud; y el Cigala, atribulado de deseo, causará grima según a quién («que cura más raro eres, Pelayo; en vez de manosear a los chiquillos, te lías a poner en ascuas a un anciano», p. 137). A estas alturas de la modernidad, está claro que entre curas y homosexuales existe un contubernio no general aunque sí muy extendido, pero, por el regodeo tontuelo y morboso, la entrada y desarrollo del cura Pelayo en la novela es más una fantasía personal del autor que un acierto literario; lo mismo sucede con el desmirlado, irrespetuoso y pubescente hecho de que al Cigala le exciten sexualmente los asesinos de ETA cuando los ve en el telediario («es que a mí con los terroristas me pasa como con tu bragueta, Pelayo [...] los guapos que son los joiosporculo, y deseguida me da un apuro tremendo», p. 137). Pero este vaivén, en fin, entre atracción y rechazo es una constante del remordimiento homosexual, y origen del regomello que late en el fondo de su desesperación. El sombreado corresponde, pues, con el retrato de un gay. Y este retrato viene a completarlo la relación con el padre, de la que el Cigala nos va haciendo poco a poco partícipes: niño sarasa + padre bestia = dolor. Para sobrevivir, la reacción del hijo sólo puede ser radical: exhibirse. De ahí la pluma.
En este caso, la pluma de Eduardo Mendicutti ha vuelto a dejar constancia de que lo suyo es escribir buenos libros gays.

01/06/2009

 
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