ARTÍCULO

Traducción y lenguaje

 

Todos los que nos hemos visto embarcados en la difícil tarea de la traducción, profesional o circunstancialmente, sabemos bien de la imperfección o incluso de la inconveniencia del resultado de nuestro trabajo; de tan lamentable circunstancia te das cuenta en el acto mismo de traducir. En un principio se trata de dificultades técnicas: palabras con diferentes campos semánticos, tiempos y modos verbales presentes en una de las lenguas y ausentes en la otra, estructuras sintácticas difícilmente reconciliables... Al enfrentarse a estas y parecidas dificultades, uno se da cuenta de inmediato de que su traducción no dice exactamente lo mismo que el «original»; ve el problema y no puede solucionarlo, porque la traducción, desde esta perspectiva, es un delicado sistema de equilibrios, de suerte que al precisar o refinar un aspecto, al margen de la fortuna que acompañe al intento, irremediablemente se desatienden o malogran otros. El traductor tiene que elegir, pues está claro que al pasar de una lengua a otra, de un texto a otro, algo se pierde y algo se conserva; la primera elección es qué conservar, la «letra» o el «sentido». El libro de Antonio Gómez Ramos, no en vano él mismo traductor experimentado de gran pericia y sutileza técnica, es buena prueba de que por detrás de los problemas técnicos hay profundos problemas filosóficos que merecen ser atendidos. La idea general del libro puede expresarse con relativa sencillez: se trata de aplicar el modelo hermenéutico gadameriano al problema de la traducción, pues, en principio, si traducir es trasladar un texto de una lengua a otra, en esta simple acción se condensan los elementos fundamentales de la experiencia hermenéutica tal y como ésta ha sido entendida por Gadamer: encuentro con lo extraño y su superación y apropiación. El mismo autor advierte que no se trata de un simple modelo ilustrativo o de un paradigma, pues el empeño de «traducir» el problema de la traducción a las categorías de la hermenéutica gadameriana exige determinada lectura de esta última: comprender hermenéuticamente la traducción requiere determinada comprensión de la hermenéutica, y viceversa. Se trata, por así decirlo, de una especie de círculo hermenéutico en el que la interpretación, tal como la entiende Gadamer, se ve condicionada por el «prejuicio» de entender de determinada manera el problema de la traducción, y ésta, a su vez, se ilumina hermenéuticamente. El círculo es fructífero. El libro de Antonio Gómez Ramos, digámoslo así, es mucho más que un estudio sobre la traducción, si bien el traductor «ingenuo» y sólo interesado por solucionar los problemas técnicos de su tarea haría bien en leerlo, aunque sólo sea por la sutileza extrema que el autor demuestra a la hora de traducir algunos términos particularmente problemáticos. En alguna medida, la traducción se presenta aquí como un punto, quizá el punto, en el que se entrecruzan todo un conjunto de problemas filosóficos que tienen que ver con el lenguaje. Al hilo (o «entre las líneas») de una rigurosa investigación sobre la traducción se plantea el problema filosófico por excelencia del siglo XX , el del lenguaje. De nuevo la situación del círculo hermenéutico: del lenguaje a la traducción y de la traducción al lenguaje.

Traducir es pasar de un idioma a otro; pero el problema de la traducción no es cómo efectuar este tránsito, sino «cómo puede existir un texto en muchas lenguas-idiomas» (pág. 63). Antonio Gómez Ramos recuerda que Goethe reclamaba la necesidad de reescribir la historia universal de tiempo en tiempo; lo mismo sucede en el caso de la traducción, donde también hay que retraducir de tiempo en tiempo, porque «traducir es una función del tiempo», y en esta medida, que es una medida «histórico-efectual», no hay ninguna traducción que sea canónica, porque toda traducción es «reescritura». No se trata de que haya un texto «original» en una lengua de partida que luego se reescribe en otra lengua de llegada, pues la misma idea de «original» es muy problemática. En todo texto, y muy particularmente en los poéticos, hay un exceso de sentido o un sentido que excede al texto, que pide ser traducido y que es, a la vez, intraducible, porque el «original» es la reiteración de otros muchos textos del pasado; es, en definitiva, un efecto de la historia: una traducción de otros textos. Es la traducción la que fija y determina el original, y no a la inversa; lo fija y lo determina históricamente, en el tiempo. El silencio del original requiere la compañía de la traducción, que crea un tiempo y un texto común; por eso «traducir es un acto de solidaridad, de unión de lo que está separado, de creación de un espacio común de diálogo» (pág. 123).

Quizá quepa pensar o fantasear un lenguaje en el que, como sucedía en la oralidad pura de las encinas de Dodona o en esa lengua adánica soñada por Benjamin, palabra y cosa sean indiscernibles; mas luego vino Babel, metáfora de una pérdida y añoranza de un tiempo en el que el decir se identificaba sin más con el sentido y la verdad, hoy ausentes para siempre, pero «reescribibles» o recuperables como traducción. Lo que se reescribe y se recupera, lo que en definitiva se traduce, no es el Original (así, con mayúscula), sino su pérdida y su ausencia, pero también, y esto es lo decisivo, las distintas fases y los distintos momentos que históricamente, en el sentido de la historia-efecto gadameriana (¿hegeliana?) ha adoptado la conciencia de esa pérdida y de esa ausencia. Se traduce la añoranza de un Original que nunca existió: «La reescritura del original no es su reflejo. Marca, más bien, su ausencia [...]. En definitiva, toda reflexión sobre el traducir es un enfrentamiento a ese desequilibrio, un intento de restauración, o de restitución de lo perdido» (pág. 131).

O lo que es lo mismo: la concepción instrumentalista y burocrática del lenguaje reprime la pregunta por la traducción como problema filosófico, pues en ella el lenguaje es cosa y no posibilidad, cerrazón y no apertura, aceptación de lo dado y no búsqueda, en una palabra: materia sólida que no fluye. Posibilidad, apertura, búsqueda y fluidez que se ponen de manifiesto en la investigación hermenéutica sobre la traducción, pues si ésta «pone a dialogar unas lenguas con otras» (pág. 180) es porque las lenguas, ni sincrónica ni diacrónicamente, dicen todo, pero dicen lo que no dicen: esos silencios y esos huecos que uno percibe de inmediato y casi intuitivamente cuando se pone a traducir y se da cuenta de que, aun tratándose de la misma palabra, una lengua, al decir algo, deja mucho sin decir, tanto la lengua a la que se traduce como la lengua desde la que se traduce. Da igual, ambas dejan espacios vacíos en los que habita (el lenguaje no como «herramienta», sino como «casa») la capacidad generadora del lenguaje y su enérgeia constitutiva.

El algún momento de su libro, Antonio Gómez Ramos señala que, en la escritura, «el silencio adquiere una realidad gráfica en el blanco entre las líneas» (pág. 189). Una traducción perfecta respetaría no sólo esos blancos, sino incluso los huecos entre las palabras. Ante la irrealizabilidad de tal empeño, en ocasiones, recuerda el autor, se recurre al ardid de publicar el texto en las dos lenguas; aunque se trata de una medida que algunos lectores pueden agradecer, no soluciona el problema de la traducción, sino que más bien lo pone de manifiesto de manera gráfica. El espléndido trabajo de Antonio Gómez Ramos investiga este espacio entre las dos lenguas, que invita, hospeda y acoge a una lengua en la otra: «Un ejercicio de hospedaje en el que el traductor permanece fuera de sí mismo al atender al decoro que exigen los rituales de los otros; ejecuta la diplomática convención de la ficción verosímil –un ritual que es aceptado por todos–, para que se anuncie algo verdadero, que ninguno de los rituales aún conoce» (pág. 221).

01/12/2001

 
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