ARTÍCULO

Fulgor de la contramemoria

Pre-Textos, Valencia
Trad. de Marisa Siguán y Eduardo Aznar
204 pp. 18 €
 

Que pensar contra uno mismo puede ser algo más que un mero ejercicio estético vino a confirmarlo el suicidio con el que Jean Améry, seudónimo del vienés Hans Mayer (1912-1978), puso en acto final la serena furia autodestructiva que siempre lo caracterizara. Sobre esa clase de coherencia, de hecho, ya había teorizado en un deslumbrante ensayo, publicado en España junto al resto de su escasa pero valiosísima producción intelectualA saber, el aludido Levantar la mano contra uno mismo, Valencia, Pre-Textos, 1998; además de Más allá de la culpa y la expiación, Valencia, Pre-Textos, 2001 (sobre la experiencia concentracionaria y el estatuto de la víctima del nazismo); Revuelta y resignación. Acerca del envejecer, Valencia, Pre-Textos, 2001, y la novela Lefeu o la demolición, Valencia, Pre-Textos, 2003.. Ahora, a modo de complemento imprescindible de una obra siempre penetrada de elementos personales, nos llega su libro más explícita y decantadamente autobiográfico, aun cuando no deje de constituir una memoria a su pesar y refleje, tanto en su forma como en sus temas, un poderoso brillo insurgente. Se trata de una autobiografía sin hechos, o donde los hechos aparecen oscurecidos por su aprehensión conceptual y por la experiencia misma del autor. Ya que esos hechos, en lo esencial, son conocidos, demasiado conocidos: el pasado siglo europeo y su catálogo de horrores. Más exactamente, Améry crece en la Austria rural, viaja a Viena, se refugia en Bélgica tras la anexión y es deportado por Francia primero, por los nazis después, y recluido en Berger-Belsen hasta la liberación aliada: una vida europea ejemplar. Por eso, la obra es «tanto una autobiografía como la biografía de una época», cuyos acontecimientos son mediados por el yo del autor (p. 27); no hay narración propiamente dicha. Y es la forma que adopta esa mediación la que imprime un sello único a esta exploración retrospectiva.
Tal forma no es otra que la indagación punitiva en el propio pasado, al modo de unas contramemorias en las que la construcción de la identidad resultante no proviene del clásico antagonismo con los demás, sino del exigente, casi perentorio enfrentamiento con uno mismo. Método cuya finalidad última es terapéutica: «Masoquismo, dicen los psicólogos. Prefiero autodemolición, pues después de ella se pueden recoger los escombros. Se libera espacio. Se puede construir un yo allí donde se ha derruido el antiguo» (p. 48). Aunque no queda claro que esta operación tenga éxito clínico, sí puede asegurarse la brillantez de su despliegue narrativo. Significativamente, el autor introduce, junto a la habitual primera persona del recuerdo, una tercera persona para el distanciamiento y una segunda para la interpelación crítica. Yo, tú, él: depuración máxima del mecanismo interno a toda meditación autobiográfica, donde quien se ha llegado a ser contempla y cuestiona a quien se era. De esta forma, si Scott Fitzgerald dijo aquello de que la vida es un proceso de demolición, aquí la memoria se encarga de derribar lo que pudiera quedar en pie. Y no es poco.
Sin embargo, existe una profunda coherencia en esta denegación, que la libra de toda sospecha de impostura. Toda ella está organizada en torno a la culpa que el autor experimenta, por su responsabilidad personal, ante el triunfo del nazismo; la reflexión es, ante todo, reflexión histórica que trata de vincular el ambiente intelectual a los sucesos políticos, para reconducir éstos al terreno de lo inteligible. Se acusa, así, de haber permanecido «necio y ciego», recluido primero en el bosque literal de la vida rural, después en el bosque teórico del positivismo vienés –ignorancia culpable para la que «lo sé, no puede haber perdón» (p. 52). No acepta ningún descargo, frente a la facilidad con que otros actores históricos se han desembarazado de su propia responsabilidad: hay siempre, afirma, un momento de libre elección. Y defiende la moralidad del hombre, díficil arte de lo posible, como único contrafuerte ante la trágica sinrazón de la historia. Es, de hecho, un deber del sujeto arrojado a ella: «Uno no tenía derecho a sobrevivir sin luchar». Y aplica sobre sí mismo un díctum de severa fuerza plástica, en el que reverbera el pesaje de los prisioneros nazis: «Contado, pesado. Hallado demasiado ligero» (p. 83). Una víctima que se niega su propia inocencia.
En consecuencia, la historia sólo puede contemplarse como una perpetua invitación al abismo colectivo. La seducción del irracionalismo tiene, para Améry, una explicación de orden casi psicológico: «La falta de sentido habla un lenguaje más poderoso que el sentido» (p. 74, en cursiva en el original); porque el sentido es aquello a lo que estamos primigeniamente acostumbrados. Al tiempo, el movimiento pendular de los hechos históricos trastorna los juicios intelectuales de una forma decisiva: el mismo irracionalismo que anticipa al fascismo será recuperado por la contracultura hippie. Su pregunta al respecto es muy pertinente y atañe a toda hermenéutica digna de tal nombre: «¿Conserva la historia del pensamiento lo que tiene de valor inherente, o por el contrario adquiere valor lo que ella conserva?» (p. 159). Y su respuesta, de una lucidez desencantada, es propia de un superviviente: «Lo que es correcto lo decide el presente respectivo: el hoy tiene siempre razón frente al ayer» (p. 160). Esta suerte de escepticismo combativo se trasluce también en su defensa del existencialismo, en la que se muestra demasiado indulgente con el Sartre político, y en su convencida refutación del estructuralismo, contra el que opone una vigorosa defensa del hombre fenomenológico frente a su fría sustitución por un mero concepto.
Es en el relato de sus expediciones a Alemania en la década de los sesenta, con todo, donde más desnuda emoción expresa un texto escrito con una prosa tensa y exigente. Si Bélgica, antes de la guerra, le había mostrado las bondades de una democracia formal que el marxismo obligatorio le había enseñado a despreciar, el milagro alemán de la posguerra le provoca algo parecido a un escándalo moral. Es cierto que la renovación del país se explica por la necesidad de sustituir el viejo espacio espiritual por un nuevo espacio físico, de modo que los alemanes «dejaban detrás de sí lo que uno no podía llevar consigo en el viaje de placer hacia los nuevos tiempos» (p. 151). Pero ¿no implica este ejercicio de transformismo el aligeramiento de una culpa inmitigable? Aquí Améry habla, ante todo, como víctima. Sin embargo, decide no protestar: la his­toria lo ha arrojado definitivamente fuera de sus márgenes. Ya sólo queda escribir, negarse a sí mismo sobre el papel –antes de hacerlo sobre la tierra–. 

01/08/2007

 
COMENTARIOS

m.martin 07/02/16 19:48
Muy bien la descripción que hace muy fácil y agradable la lectura.

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