ARTÍCULO

Fronteras coloniales, estados africanos y africanos de frontera

Biblioteca de Estudios Africanos, Bellaterra, Barcelona, 1998
Trad. Francisco Ramos
366 págs.
 

Los temas del África subsahariana han sido asunto marginal para la academia y la opinión pública occidental, y más en aquellos países como el nuestro en los que la historia colonial en África apenas juega papel alguno en las imágenes colectivas. El interés por el continente vecino se circunscribe al puramente humanitario, o aparece ligado a la preocupación por la supuesta «oleada» de inmigrantes del sur en nuestro reducto europeo. Ello explica que sea en África, más que en cualquier otro lugar, donde los tópicos sean la norma cuando se intentan explicar los sucesos que llegan a los teletipos.

Existe, no obstante, un esfuerzo cada vez mayor por estudiar y comprender las sociedades africanas. Si el final de la guerra fría ha desplazado a África como área de interés geoestratégico internacional, ha suscitado, por otra parte, una genuina curiosidad por las sociedades y los procesos políticos y económicos del continente, más allá de las disciplinas típicamente africanistas como la antropología o la historia colonial. En España, grupos como el Centre d'Estudis Africans en Cataluña están elevando el nivel de análisis de las cuestiones africanas, y se está asistiendo al surgimiento de otras iniciativas como la que provoca esta reseña. Nos referimos al riesgo que ha asumido Edicions Bellaterra de Barcelona con la creación de una colección de textos en castellano sobre África subsahariana. La «Biblioteca de Estudios Africanos» pretende, según sus editores, publicar libros con un carácter riguroso y crítico, de autores africanos y no africanos, y llenar así un evidente vacío editorial en nuestro país. No podemos dejar de saludar con expectación este proyecto y desear que el mercado de la cultura y la información les sea propicio.

El segundo número de esta colección aborda uno de los temas más típicos y tópicos cuando se trata de África: el de las fronteras estatales. Es bien sabido que los europeos se repartieron entre sí el continente africano a finales del siglo pasado, a partir de unas divisiones que reflejaban más las relaciones de poder entre las viejas potencias occidentales que las que se daban entre los africanos. También es sabido que las actuales fronteras de los modernos estados subsaharianos coinciden, básicamente, con aquellas delimitaciones coloniales, existiendo un pacto entre los gobernantes africanos, que sancionó la Organización para la Unidad Africana, que establece la continuidad y el respeto mutuo de dichas fronteras. Es recurrente en los últimos tiempos hacer referencia a esta «extravagancia» como la causa de muchos de los conflictos y miserias del continente, y las soluciones que se plantean se refieren, en consecuencia, a la modificación de aquellas fronteras que daría una respuesta, se dice, a las divisiones culturales y étnicas.

El conjunto de trabajos que recoge Fronteras africanas, fruto de una conferencia organizada en 1993 por el Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Edimburgo, tienen en común el intento de deconstrucción y problematización de este «mito fronterizo africano». El primero que lo hace es Simon Katzenellenbogen, cuando discute el lugar común de que fue la Conferencia de Berlín de 18841885 la que fijó las fronteras coloniales y estableció el criterio de la ocupación efectiva como rector del reparto europeo de África. Para este autor la conferencia sólo tuvo como efecto duradero el reconocimiento del Estado Independiente del Congo. La división del continente se llevó a cabo a través de acuerdos bilaterales entre las potencias europeas, en función de la percepción que éstas tenían «de sus intereses económicos, políticos y estratégicos a corto plazo». Los africanos, por su parte, se limitaron a constituir el sujeto pasivo de esta operación, siendo «dividido y agrupado arbitrariamente por aquellas fronteras» (pág. 68).

Esta creencia en el nulo papel de los africanos en la creación de sus fronteras es a la vez matizada en el magnífico artículo de Paul Nugent, quien, con una actitud en cierta medida provocadora, mantiene que las «líneas autóctonas de demarcación» se tuvieron en consideración al menos en las ocasiones en que la incoherencia de las fronteras trazadas con regla y compás fue revisada por las potencias coloniales. Más allá de estos casos contados, las fronteras coloniales no sólo provocaron «agravios», sino también oportunidades para aquellas poblaciones y autoridades menores que se vieron liberadas de la clase dominante anterior cuando ésta «caía» del otro lado de la frontera: «En general, la partición colonial probablemente benefició a tantas autoridades políticas como desposeyó» (pág. 87). Las demarcaciones artificiosamente establecidas crearon al mismo tiempo realidades sociales fronterizas y conjuntos de intereses con las que contó el colonizador para sustentar su poder, y que se mantuvieron una vez desaparecido éste.

Y aquí nos encontramos con una de las cuestiones más habituales cuando se habla de África: el de las posibles consecuencias negativas que ha tenido la continuidad e inmutabilidad de unas fronteras artificiosas y marcadas por agentes extraños a los intereses africanos. Lo que sorprende, paradójicamente, es la capacidad de permanencia que han demostrado las fronteras en el África independiente, y las pocas, casi inexistentes, reivindicaciones y disputas fronterizas o movimientos irredentistas más allá de los conflictos eritreo, somalí o senegalés. Por su parte, Ieuan Griffiths pone de manifiesto el carácter permeable de las fronteras africanas, a través de las cuales la población transcurre, migra, comercia, realiza contrabando, huye, organiza guerrillas y en cuyo entorno, habita, en cierta manera, al margen de la estructura del estado pero disfrutando de las ventajas de dos mundos. Los débiles gobiernos africanos contemporáneos son incapaces, menos aún que sus predecesores coloniales, de controlar el tránsito de personas y mercancías de un estado a otro.

Es así como las fronteras se convierten, más que en líneas perfectamente delimitadas, en canales de comunicación y en espacios de relaciones sociales, no siempre pacíficas, en los que hallan un ámbito común el contrabandista, el pastor, el pequeño comerciante o el guerrillero. Las fronteras pueden proporcionar un espacio en el que surjan nuevas formas de organización social, especialmente propicias en épocas de conflicto, como los fenómenos que describen en sus colaboraciones Paul Richards sobre el desierto entre Liberia y Sierra Leona y Heike Schmidt sobre el este de Zimbabue. Grupos de población enteros atraviesan las fronteras como modo de escapar de crisis medioambientales o persecuciones políticas, de tal manera que colocan a África en el continente con mayor número de refugiados en los cómputos internacionales. Precisamente A. Essuman Johnson se refiere al problema de la definición del estatuto de refugiado en África y la actitud de los gobiernos (concretamente el ghanés) ante el mismo.

Uno de los grupos que más problemas plantean a los estados africanos y su objetivo de fijar la población al territorio, son las comunidades de pastores. A ellos dedican sus trabajos Katherine Homewood y Roger Blench, que nos muestran algunos fracasos de los intentos oficiales de asentar a las poblaciones migrantes, así como las peculiares relaciones de los pastores con las fronteras. Pero por las fronteras no sólo transcurren personas, animales y mercancías, sino también enfermedades, y éste es el tema de los capítulos de Marynez Lyons, Gordon R. Scott y B. M. Gerard.

La permeabilidad de las fronteras africanas ha llevado a sugerir la supervivencia de tradicionales zonas de comercio, así como de dinámicas comunales precoloniales, que no se han visto afectadas por la colonización ni la independencia y existen al margen del estado moderno y sus elementos definitorios, como son las fronteras. Sin embargo una cosa es que las fronteras no cumplan la función de control y regulación que se esperaría en un estado eficaz, y otra es que sean fenómenos inexistentes para los africanos. Precisamente, si las fronteras suponen áreas de oportunidades, canales de comunicación, posibilidades de pasar de uno a otro lado es porque existen, aunque constituyan realidades muy diferentes a las que dan a entender las líneas dibujadas en un mapa. Y no obstante, la existencia de esas líneas, que pretenden diferenciar unas comunidades estatales de otras, promueven de alguna manera la aparición de identidades diferenciadas, que se solapan en el tiempo y en el espacio con otras identidades ajenas a la idea moderna de nación. La realidad fronteriza africana, aunque heredera de aquella arbitraria partición imperialista, es todo menos irrelevante, en la medida en que las poblaciones y los estados hacen uso de ella y de las oportunidades que les brindan.

No sólo se trata de oportunidades: como nos muestra Christopher Clapham, las fronteras son también instrumentos políticos y motivos de conflicto, como en el Cuerno de África donde las relaciones regionales y la formación de los estados africanos han girado en torno a las diferentes concepciones del espacio y las fronteras. Ante este panorama, proponer «soluciones» es cuando menos inevitable para un libro sobre fronteras africanas. La mayor parte de nuestros autores que a ello se animan rechazan por imposible una redefinición de las fronteras a partir del criterio de hacer coincidir comunidades étnicas con territorios diferenciados, que multiplicaría los kilómetros de barreras no vigilados. La estructura social y espacial de África hace muy difícil distinguir actualmente, como probablemente lo haya sido siempre, territorios culturalmente homogéneos. Más bien se inclinan por sugerir que los estados debieran secundar a sus propias poblaciones fronterizas, difuminando en lo posible la parcelación estatal, colaborando para una mayor integración económica y regional –que atenuaría las diferencias sociales culpables de las migraciones más trágicas– y reduciendo los controles fronterizos. Todo lo cual redundaría en beneficio de las gentes y los intercambios comerciales, mientras que reduciría las posibilidades de un tráfico ilegal. Se opta, pues, por una concepción ambigua y no definida a priori de las sociedades africanas, para las que el espacio se contempla de un modo más flexible, movedizo y plural, como ámbito de tránsito tanto como de asentamiento, de intercambio como de producción, de definición comunitaria como de indefinición social.

01/11/1998

 
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