ARTÍCULO

Dos siglos de revolución

 

«L'évenement français tire son extraordinaire fascination dans l'histoire universelle à la fois de son succès et de son échec». Frases como esta, referidas a la Revolución francesa de 1789, incisivas, brillantes y de clara inspiración tocquevilliana concentran con frecuencia la atención del lector en los textos reunidos en esta antología (La Révolution à débat), todos ellos referidos a la que fue dedicación principal de la trayectoria historiográfica de François Furet. Los trabajos aparecieron originalmente en la revista francesa de controversia cultural Le Débat, entre 1980 y 1989, y han sido recopilados por su colega y amiga Mona Ozouf. Esta última es también especialista de la Revolución francesa, autora de una investigación famosa sobre La fête révolutionaire y el tipo de religión laica que trató de imponer la revolución. Mona Ozouf había coeditado ya con Furet algunos otros libros importantes referidos a la Francia revolucionariaLa obra más famosa fue Le Dictionnairecritique de la Révolution, Flammarion, 1988 (traducido en España por Alianza Editorial). Furet y Mona Ozouf fueron también coeditores de La Gironde et les Girondins, París, Payot, 1991, y Le siècle de l'avènement républicain, Gallimard, 1993.. El recuerdo del historiador desaparecido hace poco más de dos años ha llevado por otra parte a Mona Ozouf a publicar una nueva recopilación de artículos, en este caso los que, a lo largo de cerca de cuarenta años, firmó François Furet en Le Nouvel Observateur (Un itinéraire intellectuel). Esta última edición incluye no sólo diversos temas de historia, abordados a través del comentario de libros, sino también las opiniones de Furet sobre la evolución política francesa bajo la V República y los que dedicó a dos países por los que sentía un particular interés, los Estados Unidos (donde fue profesor en la Universidad de Chicago) e Israel. Ambos representaban a sus ojos proyectos de individuos libres dispuestos a vivir juntos conforme a un modo de gobierno racional.

Furet no se mostró nunca partidario de abordar directamente su evolución intelectual y política, sino que la dio a entender a través de sus escritos. Mona Ozouf no contribuye en nada por su lado a descorrer ese velo de reserva en la introducción que hace a la segunda de las antologías citadas. Tampoco nos proporciona información sobre la trayectoria profesional y académica de Furet. No obstante, los artículos políticos aparecidos originalmente en Le Nouvel Observateur y, en general, sus trabajos historiográficos sobre la Revolución francesa permiten describir a François Furet como un «renegado», dicho sea esto en la incomparable acepción marxista-leninista del adjetivo.

Nacido en 1927, de familia burguesa, Furet dio por bueno durante su juventud universitaria, justo al término de la Segunda Guerra mundial, que el antifascismo consecuente desembocaba intelectualmente en el marxismo y, políticamente, en la militancia dentro del partido comunista. Caben pocas dudas de que la política inspiró ampliamente su interés por el tema de la Revolución francesa y que se adentró en ella compartiendo los tópicos de lo que con el tiempo él mismo denominaría «vulgata marxista» y de la que llegaría a ser un crítico tan elegante como demoledor. Ahora bien, eso no impide que sus colaboraciones políticas en Le Nouvel Observateur muestren igualmente que, además de una intensa antipatía hacia De Gaulle y el gaullismo, a Furet le costó mucho trabajo, hasta bien entrados los años setenta, no dar a entender o afirmar directamente su pertenencia a la izquierda política. De modo que, aunque más tarde, su independencia y madurez de juicio se acentuaron en este terreno, nada indica que sus simpatías políticas se situaran en otro lugar que el de una genérica izquierda independiente. Una posición que no le impidió criticar sarcásticamente el oportunismo y el vacío ideológico al que había llegado el socialismo francés de Mitterrand tras el empacho ideológico de Mayo del 68 y la estrategia de alternativa al capitalismo de la Unión de la izquierda. Un vacío que él vio crecer lúcidamente en una Francia de la que desaparecían uno tras otro los referentes tradicionales de la izquierda y, también, del gaullismoFrançois Furet, Jacques Julliard y Pierre Rosanvallon, La République du centre, Calmann-Lévy, 1988..

Pero volvamos al asunto central de la Revolución de 1789. Furet destaca en ella dos aspectos, estrechamente ligados, que le llaman poderosamente la atención. Uno es que, al imponerse una ruptura radical con el pasado, el problema puramente teórico hasta ese momento de cómo pasar del «estado de naturaleza» a un orden político basado en el «contrato social» entre voluntades individuales arrancadas de toda referencia al orden estamental anterior pasó a convertirse en un problema práctico, que la Revolución trató de resolver sin conseguirlo. La manifestación más nítida de ese fracaso político fue la rápida sucesión de regímenes políticos entre 1789 y 1804. Sucesión que se repitió en plazos más largos entre 1814, al final de las guerras napoleónicas, y 1875, cuando se cerró el largo proceso constituyente que asentó la Tercera República. Durante ochenta años largos los franceses vieron sucederse, primero a velocidad de vértigo, más lentamente después, todo el repertorio de las formas políticas contemporáneas. Primero fue la monarquía constitucional con la que Luis XVI sobrevivió todavía tres años a la abolición del absolutismo y del orden «feudal» en aquel impresionante verano de 1789. Una Monarquía constitucional que reeditaron en forma limitada los hermanos de Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X y, más tarde, en forma constitucional pura, Luis Felipe de Orleans, entre 1814 y 1848. La República revolucionaria y la dictadura terrorista jacobina de 1792 a 1794 trató de resurgir con la insurrección de junio de 1848 y todavía con la Comuna de París de 1871. La República que sólo muy piadosamente puede llamarse «constitucional» del Thermidor, entre 1794 a 1799, reapareció en un clima de sofocante sentimentalismo democrático en 1848 y trató en vano de consolidarse, dada la mayoría monárquica de la Asamblea Nacional, entre esa fecha y 1851. La República «consular» y el Imperio bonapartista, en fin, fueron implantados y reimplantados por tío y sobrino, Napoleón I y Napoleón III, respectivamente, de 1799 a 1804/14 y, de nuevo, de 1851/52 a 1870.

La metodología que Furet emplea para esclarecer el significado de esta larga inestabilidad es la de la historia política y la de la historia de las ideas estrechamente asociadas. Lejos de todo relativismo cultural, y luego de su etapa de formación marxista y de una aproximación posterior a la historia cuantitativaLos principales trabajos metodológicos de Furet están agrupados en L'atelier de l'histoire, Flammarion, 1982., las ideas tienen para Furet una lógica propia que surte efecto en medio de circunstancias históricas imposibles de controlar totalmente y en las que operan también las consecuencias no queridas de las mismas ideas puestas en juego políticamente. Destaca en ese recurso a la historia de las ideas su diálogo constante con el legado historiográfico de los grandes historiadores de la revolución del siglo XIX . A la vista de cómo ha sucumbido 1917 ante 1789, Furet se muestra convencido de que aquéllos contaban con mejores herramientas intelectuales para comprender transformaciones como la 1789 que sus contemporáneos influidos por el marxismo. De este modo, Burke, Tocqueville, Quinet, Michelet, Constant, Madame de Staël y Guizot se convierten en los referentes privilegiados de la propia reflexión furetiana sobre los entresijos de la Francia revolucionaria y en los auténticos pilares en los que se basó su ofensiva contra la «vulgata marxista», representada especialmente por Albert SoboulFuret dedicó a la historiografía del XIX sobre la Revolución francesa dos libros importantes: La gauche et la révolution au milieu du XIXe siècle, Hachette, 1986, y Marx etla Révolution française, Flammarion, 1986..

El otro referente metodológico del trabajo historiográfico de Furet es el análisis comparado del caso revolucionario francés con el inglés de 1688 y el de la independencia norteamericana. Referencias a las que se añade la atención especial que prestó a las relaciones –eminentemente políticas– entre las revoluciones francesa y rusa de 1917. Con todo ese bagaje, Furet profundiza en el análisis de los motivos de la fragilidad del vínculo político e institucional surgido de la gran conmoción de 1789. Esa debilidad obedecía, en primer término, a la ya mencionada dificultad de reconstruir de abajo arriba el Estado desde la volatilidad de las libres voluntades individuales. Pero, aun así, resulta evidente para Furet el contraste entre la estabilidad básica de los regímenes constitucionales inglés y norteamericano y el hecho de que, desde Mirabeau a Bonaparte, pasando por el propio Robespierre, todas las grandes figuras de la política revolucionaria francesa se enfrentaran en vano al desafío de poner término a la revolución en una forma política capaz de equilibrar sus contenidos. Pesó mucho en esa situación la ruptura radical con el pasado que se impuso con la transformación de los Estados Generales en Asamblea Constituyente y el paso acelerado a un tipo de política dominada abrumadoramente por la ideologíaSobre las características del primero de los procesos constituyentes de Francia, François Furet publicó con Ran Hálevi, La Monarchie républicaine, Fayard, 1996.. En ese punto se centró precisamente la crítica de Burke a la revolución, pues, para él –como para Luis XVI– el Antiguo Régimen conservaba en Francia suficientes elementos valiosos como para que estos pudieran ser reequilibrados en beneficio de la libertad. Furet prefiere no obstante en este punto el diagnóstico negativo de alguien tan consciente de sus raíces aristocráticas como Tocqueville, para quien el absolutismo monárquico había vaciado de contenido las instituciones del Antiguo Régimen y aislado la Monarquía de la nación. El gobierno centralizado será el único elemento con futuro dentro de ese vacío, que la revolución desarrollará hasta sus últimas consecuencias. Fue la aceptación de esa administración por parte de los sucesivos regímenes políticos la que permitió a Francia soportar tal dosis de inestabilidad política.

Furet se opone, sin embargo, a una acentuación excesiva de la continuidad entre el Antiguo Régimen y la Revolución, en la que abundaron los principales historiadores de la Restauración borbónica a partir de 1814, entre los que destaca Guizot. Ese exceso de continuismo lleva a hacer inexplicable la inestabilidad política subsiguiente a 1789 y a convertir la dictadura jacobina y el terror en meras aberraciones temporales, justificables pese a todo por la necesidad de hacer frente a la agresión contrarrevolucionaria del extranjero. Furet saca en este punto a relucir a Quinet, un republicano opuesto al liberalismo monárquico de Guizot, para quien la influencia del Antiguo Régimen sobre la Revolución, lejos de justificarla, explica su fracaso. Los revolucionarios no fueron capaces de generar un tipo de legitimidad comparable a aquella con la que el catolicismo había sabido rodear al Antiguo Régimen y recurrieron a la dictadura y al terror para imponerse a la mayoría de la nación, de forma tal que, a Quinet, Robespierre le recordaba principalmente al cardenal Richelieu, el gran arquitecto del absolutismo. No obstante, si lo que Furet valora en el análisis histórico de Quinet es su capacidad para dar de lado los tópicos apologéticos sobre el jacobinismo y el terror, encuentra que fue Michelet, el cantor por excelencia de la revolución como hazaña del pueblo encarnando la nación, quien captó mejor aspectos esenciales del período jacobino. Aspectos que, lejos de reeditar el pasado, apuntaban a un futuro radicalmente nuevo. Michelet destaca la desmovilización prácticamente total a la que había llegado la opinión pública en relación al proceso revolucionario, puesta de manifiesto en la bajísima participación habida en las elecciones para la Convención revolucionaria, pese a efectuarse por primera vez mediante sufragio universal masculino. En esas circunstancias, marcadas también por la satisfacción del campesinado por el acceso a la propiedad de la tierra, Michelet explica la implantación y el triunfo provisional de la dictadura jacobina gracias a la organización a escala nacional de sus clubes, coordinados por el de París, que hizo de ellos la primera versión de lo que sería posteriormente la vanguardia revolucionaria de Lenin. La importancia de este último problema llevó a Furet a reivindicar la importancia de la reelaboración sociológica de estos análisis de Michelet por cuenta de Augustin Cochin, un historiador muerto prematuramente durante la Primera Guerra Mundial, y del que Furet admira su capacidad para poner de manifiesto, de acuerdo con las pautas de la sociología de Durkheim, la habilidad manipuladora de los clubes y organizaciones revolucionarias para que las nuevas instituciones representativas adoptaran, con apariencia de espontaneidad, las pautas ideológicas propugnadas por los militantes revolucionarios.

Furet prestó también una atención preferente a otro de los ingredientes fundamentales del jacobinismo: su actitud hacia la religión. Aspecto que explica la muy diferente relación de las revoluciones inglesa y norteamericana, por una parte, y la francesa por otra, con la herencia cristiana. Mientras en la tradición anglosajona la política revolucionaria del constitucionalismo moderno se justificó con argumentos religiosos, las tendencias más radicales de la Revolución francesa oscilaron entre la descristianización y la introducción fallida del culto alternativo del Ser Supremo, que impulsó Robespierre frente a la opción del ateísmo. La razón de la incompatibilidad entre religión y política en el caso francés obedece, para Furet, a la sacralización de esta última y al entendimiento de la revolución como un instrumento redentor capaz de bajar el cielo a la tierra. Un dispositivo revolucionario de estas características se muestra siempre dispuesto a comenzar de nuevo el ciclo del cambio radical partiendo de cero, pues no hay proyecto revolucionario cuya mayor dosis de extremismo no se justifique si lo que se propone alcanzar es el objetivo que los jacobinos persiguieron recurriendo incluso a la guillotina: la transparencia total entre los intereses individuales y comunitarios; la disolución del egoísmo individual en el celo patriótico. Este es un análisis en el que Furet lleva a cotas incomparablemente más perspicaces los atisbos un tanto ingenuos que pueden encontrarse en el texto, con todo importante, de Benjamin Constant, «La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos». Constant atribuye en él la experiencia del jacobinismo al deseo alucinado de restablecer los rigores de la virtud republicana greco-latina en una sociedad cuya división del trabajo lo hacía imposibleEstas cuestiones y el análisis de la obra de Cochin los desarrolló Furet en una de sus obras más conocidas e importantes, Penser la Révolution française (versión española de 1980 en Petrel)..

La historia de cómo se sucedieron la cascada de regímenes políticos citados más arriba, a la luz de estos y otros argumentos de fondo mencionados hasta aquí, la contó Furet en su obra más brillante y ambiciosa: La Révolution (1770-1880)Hachette, 1988. Las ilustraciones y comentarios que acompañan la magnífica edición original de esta obra muestra la gran habilidad conceptual que caracteriza al autor sin detrimento del mérito literario. La historia de la Revolución, limitada al período 1789-1799, la habían contado juntos François Furet y Denis Richet en La Révolution française, Hachette, 1965. De esta última hay una versión española en Rialp, 1988.. Da cuenta en ella también de cómo la Tercera República logró poner fin –no sin una sensación generalizada de precariedad que se prolongó durante toda su larga historia de casi setenta años– a los otros ochenta precedentes de cambios políticos. La clave consistió en entender y limitar la democracia a mera instancia de legitimación de las instituciones del liberalismo en forma de república parlamentaria y bicameral, lo cual descartaba cualquier proyecto comunitario integral y reconocía las exigencias del individualismo moderno. La Tercera República constituyó así el fruto de la convergencia del liberalismo monárquico, el denominado orleanismo, con un republicanismo moderado que, bajo el imperio de Napoleón III, había sustituido a Rousseau y Robespierre por Comte y Gambetta. Una confluencia que el antiguo primer ministro de Luis Felipe y fundador de la Tercera República, Adolphe Thiers, bautizó de «convergencia de centros». Convergencia conseguida con grandes dificultades, sobre las ruinas humeantes de la derrota francesa ante los prusianos y las de la Comuna de París.

No puede extrañar que con este tipo de argumentos Furet se muestre netamente crítico ante la pretendida continuidad de 1789 y 1917, entre la Revolución francesa y la bolchevique. En primer lugar porque dicha continuidad privilegiaba 1793 respecto de 1789, cuando la historia ha demostrado la superioridad de los contenidos constitucionales y liberales de esa última fecha frente a los de la dictadura igualitaria de los jacobinos. Después porque se trata de una lógica política y apologética y no histórica y crítica, que desemboca en la denominada por Christian Jelen «ceguera voluntaria»Christian Jelen, La ceguera voluntaria, prólogo de Jean François Revel, Madrid, Planeta, 1985.. Fue el caso del historiador francés Aulard, gran admirador y reivindicador de Danton, que desempeñaba la cátedra oficial destinada por la Tercera República a la historia del período revolucionario, miembro de la Liga francesa de los Derechos del hombre, el cual, ante las denuncias que formularon en 1920 los representantes no bolcheviques de la izquierda rusa, socialistas revolucionarios y mencheviques del terror desplegado por Lenin y su partido, reaccionó negándose, no ya a condenar, sino a reconocer siquiera unos hechos cuya difusión beneficiaba a los contrarrevolucionarios. Algo similar ocurrió con Mathiez, historiador rival de Aulard por su defensa a ultranza de Robespierre, que ante las características de la dictadura bolchevique reaccionó elogiando su similitud con el jacobinismo.

Furet reconoce que esa mezcla de ceguera voluntaria y mentira militante formó parte de su propio compromiso político con el partido comunista francés y condicionó sin duda su manera de entender el marxismo. De modo que aquí se encuentra la base de su última y más famosa investigación, la contenida en el libro Le passé d'une illusion. Trata de analizar en ella los motivos por los cuales gran parte de la intelectualidad de izquierda europea, no es que no supiera sino que nunca quiso saber acerca de la verdadera naturaleza del régimen bolchevique ni de sus consecuencias para la libertad en Occidente. No sólo rechazó aquélla los testimonios que, disponibles desde el primer momento, impedían toda ilusión acerca de la naturaleza supuestamente emancipadora del comunismo, como en el caso de Aulard, sino que una y otra vez esa ilusión fue reconstruida sobre el presupuesto de la inferioridad moral de la democracia burguesa y del capitalismo frente al grandioso intento revolucionario soviético, por muchos defectos o errores que presentara la empresa.

Esta obra de Furet es importante no sólo por sí misma, sino porque abre la puerta al estudio y al debate sobre un tema de particular relevancia para la izquierda occidental a partir de los años treinta: la ambigua naturaleza del antifascismo por la que se caracterizó desde la bancarrota total de la política revolucionaria bolchevique con la subida de Hitler al poder en 1933. A las equívocas relaciones entre fascismo, comunismo y antifascismo dedicó precisamente Furet su última publicación, una correspondencia con el historiador alemán NolteFrançois Furet y Ernst Nolte, Fascisme etcommunisme, Plon, 1998., a cuya obra había dedicado una extensa nota en Le passé d'une illusion. En esa correspondencia, Furet no sólo practica la claridad argumentativa francesa frente a la indigesta polisemia alemana, sino que queda clara su lejanía de las tesis del revisionismo historiográfico de ese país, como lo estaba del revisionismo comunista de un Eric Hobsbawm Le Débat, nº 89, marzo-abril 1996, publicó un interesante debate sobre las relaciones entre el comunismo y el fascismo entre Furet, Hobsbawm, Nolte, Pipes y Procacci. .

Su talento coloca a François Furet como uno de los principales conocedores e intérpretes de la Revolución francesa en el siglo XX , hasta el punto de hacer revertir toda una corriente historiográfica. La clave de su relevancia está en su capacidad para reconstruir con todo su peso, el enfrentamiento que la Revolución desencadenó entre el liberalismo y la democracia; conflicto no menos sino más importante que el que la enfrentó con la contrarrevolución. Pero un gran historiador es también fruto de su carácter y ha sido este último, su sinceridad y honestidad, el que ha permitido al talento de Furet convertir su experiencia personal en una cuestión histórica relevante. Aunque para no pocos esto último será motivo de indiferencia y olvido, para muchos otros viene a reforzar su capacidad de atracción.

01/02/2000

 
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