ARTÍCULO

El cirujano de papel

Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid
572 pp. 39 €
 

Como un cuadro apresurado, fructifica a menudo una composición o imagen del pasado a grandes brochazos, no por elemental o hasta sesgada menos indeleble. Al contrario quizás, porque lo que importa es la consistencia interna –la coherencia– de la «invención» y no la supuesta y siempre problemática «fidelidad a los hechos». La susodicha imagen ofrece más capacidad de persuasión cuanto mayor es la distancia que nos separa del ayer que se pretende «retratar». La Restauración canovista, después del repaso del 98 en general y de Ortega en particular, quedaría como el gran tinglado de la farsa, con Cánovas como primer «empresario de la fantasmagoría». Siguiendo la estela del jefe, los dramatis personae desempeñarían su cometido con escaso margen de maniobra: a su lado, Romero Robledo, el «pollo antequerano», y enfrente Sagasta, el «viejo pastor» pastoreando sus díscolas filas. Y no muy lejos, dado que el pretendido civilismo canovista tenía sus pies de barro, los grandes militares, garantes del sistema: Martínez Campos, «el pacificador»; Weyler, con su puño de hierro; Azcárraga haciendo de hombre-puente, y Polavieja, en el papel de «general cristiano».
¿Y Silvela? ¿Qué rol le toca de­sem­pe­ñar al permanente segundón? Para empezar ése mismo, siempre a la sombra de don Antonio, el estadista indiscutible, el artífice del régimen, el brillante y ocurrente mandamás conservador. Pero ni siquiera es el amado de Dios-Padre, que elige a Romero, el gran pillo, el perfecto manipulador, cuando se trata de engrasar la maquinaria del «encasillado», pues bien sabía el timonel que sólo con los grandes principios no se gobierna. Para Cánovas, Romero podía llegar a ser un incordio, pero era un incordio necesario; Silvela, no. Tanto es así que la pureza silvelista será pura entelequia casi toda una década –años noventa– y no alcanzará su objetivo último, el poder, hasta que no intervenga el revólver de Angiolillo en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda. Sólo tras el asesinato de Cánovas tendrá el «disidente» su oportunidad. En mal momento, como si el jefe se vengara después de muerto y hubiese puesto todos los elementos para hacer realidad su tremenda profecía: «Silvela es un ser políticamente estéril, y el tiempo lo demostrará».
El retrato más conocido de don Francisco, el del Ateneo de Madrid, parece hecho a propósito para consolidar el estereotipo de hombre a la sombra, reflexivo, encerrado en sí mismo, entre débil y apesadumbrado, sin que la potente luz que le ilumina el rostro y la amplia frente logre insuflarle determinación o energía. Como si quisiera hacerse merecedor él mismo del concepto de decadencia que tanto le interesó intelectualmente (otra curiosa coincidencia con Cánovas) en el estudio de la historia de España. En fin, como si postulase que se aplicara a su propia persona el diagnóstico que con notoria exageración adjudicó a la nación en su conjunto en el artículo que le hizo célebre, el famoso y demoledor «Sin pulso», que pasó en su tiempo por ser el más certero diagnóstico de un momento histórico.
Y, sin embargo, hay otro Silvela. Sin repudiar como falsas esas imágenes del Silvela pesimista, más crítico que resolutivo, prisionero de un purismo poco viable, hasta políticamente infecundo en última instancia, podemos encontrar un Silvela distinto o, por ser más precisos, bastante más complejo, que es el que surge de las páginas de este libro. El compilador de esta edición ha puesto todo su empeño en el extenso estudio introductorio –las dos quintas partes del libro– en trazar con toda la nitidez posible ese otro perfil del dirigente conservador más poliédrico, mucho menos unilateral. (Conviene recalcar entre paréntesis que estas páginas son lo más interesante de la obra en cuestión pues, la verdad, salvo aspectos muy concretos, la lectura de Silvela a estas alturas no constituye una labor que pueda calificarse de estimulante).
Nos encontramos así con un hombre elegante, sobrio, contenido y moderado, proclive a un distanciamiento intelectual que algunos llamarían simple frialdad y que desemboca a menudo en ironía hiriente; un hombre, dicho con otras palabras, o por puro afán de añadir perspectivas, al que su profundo escepticismo vital no le lleva tanto a la inhibición como a la tolerancia y al compromiso. No se citan esos rasgos como meros adornos privados sino como elementos que explican buena parte de su actividad pública, desde su liberalismo templado hasta su receptividad hacia las demandas regeneracionistas, pasando por la agudeza parlamentaria que tanto le caracterizaba, aquella mordacidad que penetraba en el oponente como si de una «daga florentina» se tratase.
Insiste Luis Arranz –editor del libro– con buen criterio en situar al personaje en su contexto en todos los órdenes, desde el familiar (con una peculiar influencia francesa) hasta el intelectual (mejor jurista que economista) y político (destacando el impacto del Sexenio y los titubeos ante el sufragio universal). Rebate los tópicos sobre su figura y actividad política, en especial la renuencia a implicarse, y también lo que llamaban fatal tendencia de su carácter al cansancio y la displicencia, esas tentaciones que propiciaban la supuesta desgana que amigos y enemigos le adjudicaban. Para Arranz estos equívocos sobre su persona procedían de una fuente común: «la lucidez e ironía intelectuales, la integridad moral y las excelentes maneras» eran inusuales en un ambiente político tan rudo como el de aquella España (p. XXXVII).
No sale tan bien parado el Silvela gobernante (lo fue durante dos períodos muy cortos, en total poco más de dos años de manera discontinua entre 1899 y 1903). Arranz se deja arrastrar quizás en este caso por un esquematismo demasiado rotundo (por simplificador): «Siempre que Silvela actuó en liberal, acertó»; el Silvela regeneracionista le parece, sin embargo, poco menos que una calamidad: «retórico, exagerado, pesimista, catastrofista». Y luego remacha: el regeneracionismo «inspiró sus ideas más discutibles, sus proyectos más confusos y sus principales errores políticos» (p. CCXXI). No le falta parte de razón al crítico, pero lo cierto es que su censura en esta ocasión no deriva tanto del análisis factual como de una actitud previa: Arranz descalifica el ideario regeneracionista por cuanto implica traicionar la herencia liberal. En otro orden de cosas, pero convergiendo en el mismo terreno de las dificultades de gobierno, Silvela se encontró que su opción por una burocracia civil fuerte ­casaba mal con el principio descentralizador que también constituía uno de los objetivos teóricos de su programa y, en todo caso, ello significaba –siempre según Arranz– olvidar lo esencial, el sa­nea­miento de la maquinaria política de la Restauración que estaba haciendo aguas a esas alturas.
A la muerte de Silvela, el también miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas Eduardo Sanz y Escartín escribió una aguda valoración del compañero que Arranz no recoge en la relación bibliográficaEduardo Sanz y Escartín, Necrología del Excmo. Sr. Don Francisco Silvela y de la Vielleuze, individuo que fue de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1906.. Poco después, Joan Maragall se hacía eco en un artículo de aquellas páginas necrológicas para coincidir con Sanz en la valoración del político fallecidoJoan Maragall, «Problemas del día. Articles», en Obres Completes, vol. XVII, Barcelona, 1934. . Dibujan ambos autores un personaje con un halo trágico, el que corresponde a un hombre al que «se le impone una misión desproporcionada a sus fuerzas». En esta inadecuación, nos dicen uno y otro, está la clave: he aquí un intelectual, un hombre recto, una figura de prestigio, llamado a una tarea que le sobrepasa, pues «su excelencia estaba en ser un político normal para un país normal en estado normal». Y España en aquel momento, sigue argumentando Maragall, requería un hombre excepcional, con fe en su pueblo, con la fuerza, determinación y claridad de objetivos que a Silvela le faltaban; tanto como sobraban –por lo menos en aquellas fechas– su finura, escepticismo y debilidad. Silvela ni tenía madera de auténtico líder ni contagiaba energía o entusiasmo: no era, en definitiva, por decirlo en los términos que se hicieron usuales, «el hombre providencial» que el país y el momento necesitaban.
Hoy somos mucho más escépticos respecto a ese diagnóstico por lo que tiene de providencialismo, pero lo cierto es que, dado que don Francisco asumió en cierto modo el ideario regeneracionista, la comparación no sólo es procedente sino inevitable: cuando con más o menos razón –o razones– las fuerzas vivas reclamaban un cirujano de hierro, Silvela (había llegado, ¡por fin!, su momento) no pudo ser más que su caricatura: algo así como un efímero cirujano de papel. 

01/03/2007

 
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