ARTÍCULO

Contracorriente

Destino, Barcelona
384 pp. 20 €
Destino, Barcelona
320 pp. 19,25 €
 

El pequeño mundo del hombre, libro juvenil y magistral, ya en su tercera edición, es obra de referencia obligada. Mientras rastrea la fortuna de la imagen aristotélica del hombre como microcosmos a lo largo de las edades Media y Moderna en las letras neolatinas, castellanas y catalanas, va contorneando la historia de la cultura occidental. Una cultura que se abre paso trabajosamente en la Edad Media y el Renacimiento, a vueltas con raterías de ecos y de copias, respecto a lugares clásicos y cristianos. Si asombra la erudición del autor, junto al cuidado con que construye su libro, no asombra menos comprobar hasta qué punto pudieron hacer estragos en épocas pasadas el criterio de autoridad y el corsé religioso, porque lo uno y lo otro parecen haber impedido pensar por su cuenta a las gentes durante siglos. Las cosas fueron así, y de nada sirve lamentarlo: algo similar ocurrió en las artes plásticas, donde la reiteración y la cortedad temática nos han privado de noticias y representaciones del mundo que habrían sido inestimables en nuestro tiempo. En ese sentido, también la cultura occidental es un árbol, por seguir con un símil derivado de la imagen antedicha: comienza con un tronco ideológico monocorde y no muy grueso, que sólo en la Edad Moderna se expande poco a poco en ramas de distinta forma y tamaño.
La actitud reverencial ante los clásicos era un arma de dos filos: podían servir de ejemplo y también de comodín, y esto último es lo más frecuente. Si los textos de los primeros navegantes portugueses o castellanos apenas se atreven a discrepar de lo establecido por los cosmógrafos antiguos, que no salieron del Mediterráneo, menos osaría nadie llevar la contraria a Aristóteles o a los Santos Padres en cuestiones filosóficas y teológicas. Era mucho más recomendable tomar como dogma el concepto heredado y sacarle el jugo a partir de ramificaciones no pocas veces forzadas: el hombre, así, es un pequeño mundo porque contiene el reino mineral en unas partes, en otras el vegetal, en otras aspira a lo angélico. O bien: las esferas de Ptolomeo al girar producen una música y son, por tanto, una lira (aunque el instrumento nada tenga de esférico) pulsada por las manos de Dios y cuya armonía es audible para los que sepan escucharla, como fray Luis. O bien: el círculo es lo más perfecto (cuando le deja el triángulo), y la figura humana nada tiene de circular, pero hete aquí que abierta de brazos y piernas se deja inscribir en un círculo, etc. Las correspondencias había que buscarlas como fuera porque todo formaba parte de una gigantesca metáfora, o una alegoría, que explicaba los influjos estelares, las afinidades con planetas, la variedad de los humores y quién sabe cuántas cosas más. La analogía universal, como la mística de los números, en poesía funciona muy bien, y lo prueba el comentario que Rico hace, por ejemplo, de la oda a Salinas. Lo grave es que también se creyera que funcionaba en la medicina y hasta en la arquitectura. De ahí la reacción de Feijoo, entusiasmado con el microscopio en una época cuyo rechazo de las antiguallas resume Rico en frase lapidaria: «El hombre es un eslabón, no una réplica de la gran cadena del ser: la contigüidad prima sobre la analogía». En cifra: la metáfora cede el paso a la metonimia.
Al presente libro de Francisco Rico, que moviliza una nutrida biblioteca y supone leer con soltura en seis o siete lenguas, podría aplicársele la restricción que en nuestra juventud nos vedaba el acceso a ciertas películas: «Mayores, con reparos». Lo mismo les pasa a Nebrija frente a los bárbaros y Vida y obra de Petrarca, obras muy minoritarias. Rico es un humanista en el sentido más riguroso del término, como lo fueron sus admirados María Rosa Lida y Eugenio Asensio. Sabios con un envidiable dominio de saberes y lenguas (incluida la castellana), preocupados por cuestiones que dejan indiferente a gran parte de la gente culta, para quienes Anselm Turmeda y Raimundo Sibiuda son ilustres desconocidos. No sirve fijarse en los éxitos editoriales ni en las bibliografías de acarreo: sólo las lecturas podrían indicar algo, y lo que se lee, como decía Caro Baroja, es siempre un misterio. Aun muchos colegas del mismo Rico, en cuanto ven una monografía tocante a su especialidad, suelen precipitarse, accipiter velut, sobre el índice onomástico para saber si los citan: lo único que importa en una época en la que presumiblemente mucho de lo publicado se queda sin leer. Si tal sucede en las alturas del Olimpo, o del Parnaso, universitario, imagínese en el caño de Vecinguerra por donde andamos los simples mortales. No: los tiempos no están para humanidades de alto vuelo, lo que hace doblemente preciosos libros como éste, tan a redropelo de lo habitual en nuestra edad del plomo.
Los discursos del gusto, artículos, entrevistas, reseñas y poemas dirigidos a un público amplio, y no tan breves como los de la Primera cuarentena, contienen, entre otras cosas, un Laurel de Apolo de nuestro tiempo. No un elogio indiscriminado como el de Lope, sino algo más matizado e inteligente, por el cual el lector se entera de que Fulano, a quien él tenía por poeta mediocre, es muy estimable, como también Mengano, con cuyas novelas solía combatir el insomnio, por no hablar de otros textos o autores de épocas remotas y valor oculto salvo para los iniciados. Rico, más o menos coetáneo de la llamada Escuela de Barcelona, y aunque «negro medievalista», se encuentra entre los literatos actuales como pez en el agua; se define como pedante y aficionado, pero es un avezado lector, poeta a sus horas y siempre fino prosista, que, además de poner en solfa el «lenguaje ratonero» usual entre críticos y lingüistas, está al tanto de las novedades y es capaz de brindarnos muy sana teoría literaria. El «Discurso contra el método», con agudas precisiones sobre el valor de Erasmo y España y los malentendidos a que ha dado lugar; la definición de literatura, que, como la de filosofía, la asimila a su misma historia; los peligros del método-receta; la superioridad del Nebrija o del Petrarca latinos frente a sus obras en vulgar; o la inconsecuencia de enseñar literatura contemporánea en la universidad, son sólo algunos de los puntos en que Rico se enfrenta a «la corriente del uso», con buenas razones. No menos interés ofrecen las páginas dedicadas a «La razón y la rima», aunque deje fuera de consideración obras como la Fábula de Equis y Zeda de Gerardo Diego, que aúna rima con «soltura imaginativa»; el titulado «Rimas humanas», que alza a cumbre de la lírica un libro muy verboso de Lope de Vega; el correctivo aplicado a la suposición, hecha a la ligera, de que el Lazarillo y demás volúmenes encontrados en Barcarrota (Badajoz) eran obras prohibidas allí ocultadas por algún heterodoxo; el varapalo («Yerros de imprenta») propinado a cierto «ignorante hablador»; y otros, como «El texto de los clásicos» y «Qué leemos», muestra del Rico más actual, dedicado a sanear e ilustrar, como nunca se había hecho, el texto del Quijote. Por medio, son muchas las cosas que van aclarándose, para sorpresa del lector común, que a lo mejor creía tenerlas ya claras: la palabra arte, en el de hacer comedias, de Lope, o en el aforismo de Hipócrates; el sentido del segundo verso de La vida es sueño, el de una lira de fray Luis, el de una anécdota supuestamente erótica de la Floresta de Santa Cruz, et sic de ceteris. Eso y numerosas observaciones inconformistas acerca del romanticismo, las vanguardias y temas afines hacen inestimable el gusto de estos Discursos.

 

01/01/2006

 
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