ARTÍCULO

La mirada blanca de la luz

Tusquets, Barcelona, 1997
552 págs.
 

La amplia trayectoria poética de Francisco Brines ha hecho gala desde sus comienzos de una fidelidad a la raíz profunda de la meditación: ese lugar interior en el que se anudan la vida y la muerte, la luz y la sombra, el amor y la soledad, para reaparecer a modo de canto celebratorio o luctuoso en las palabras del poema.

La edición que aquí comentamos reúne los siete libros publicados hasta el momento por Brines. El arco que se dibuja entre Las brasas y La última costa posee la circularidad de los sueños que regresan siempre a un origen común de tiniebla y desconocimiento, pero también la intensidad y lucidez crecientes de la carne que en el transcurso del tiempo ha atesorado la dicha y el dolor, la belleza de los cuerpos y la soledad de los espejos vacíos en la noche.

Las brasas, publicado en 1960, viene a sumarse a una serie estupenda de primeros libros (A modo de esperanza, de José Ángel Valente; Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez, por citar sólo estos dos) que en la década de los cincuenta renovaron el panorama bastante desértico de la poesía española de posguerra. Las brasas inaugura una topografía íntima de la soledad, un teatro interior-exterior de luces y sombras astilladas que, en sus elementos básicos, se ha mantenido incólume hasta hoy, hasta La última costa. Hablo de un territorio (casa de ventanas abiertas, jardín o huerto en el crepúsculo, viñedos, rosas y naranjos, mar lejano de playas otoñales, cielo con astros efímeros y eternos), un territorio en el que habitan la memoria y la presencia, a menudo confundidas: presencia de la memoria, memoria de la presencia. El cuerpo que transita ese lugar, lo interroga con la mirada, con las manos, con el fervor del olfato. Y esa interrogación es un deseo de ser, de comunión con un cuerpo vivo, con el cuerpo vivo del mundo. Especialmente en los dos libros finales. El otoño de las rosas –acaso la mejor obra de Brines– y La última costa, esta tensión metafísica –en tanto que pregunta por el ser– se intensifica, sin dejar de girar en torno a la conciencia insoslayable de la corruptibilidad de la carne y de su aciago destino.

Y es que hay una sed, un reclamo de la carne luminosa, del cuerpo joven que aún vive inmerso en el «engaño» de la vida («un engaño, / que es la piedad de un dios»), y que por eso mismo es capaz de salvar del tiempo y de la nada a quien logra el don de su mirada, de su presencia. Estamos ante una obra para la cual el eros de la reminiscencia es una pulsión viva que se proyecta hacia el tiempo abierto en lo desconocido: «la sed de la belleza de la forma, / que es sólo sed de un dios que nos sosiegue». Es cierto que todo transcurre en el juego de un sueño (el sueño del mundo de la vida, en palabras del filósofo Hans Blumenberg), en el espacio de irrealidad que es la realidad de nuestra inexistencia, como si –y la idea es antigua– un dios jugara con nuestros cuerpos hechos de aire, marionetas que sufren, y aman, y sienten la presión de los hilos que las mueven.

«Palabras, signos vanos / del tiempo»: ¿cuál es, para Brines, el destino, el sentido de la palabra poética? El poema –incluso cuando se alza como celebración– es un testimonio del tiempo destruido. Las palabras no tienen la fuerza suficiente para salvar las cosas, ni al propio ser que las pronuncia; se desgajan de su cuerpo como si quisieran formar parte de la luz, pero lo cierto es que tienen un «destino de sombra», son «palabras espectrales». Sin embargo, late en la obra de Brines la idea de que desde el reverso de ese espejo escrito (el poema) alguien, lector también espectral situado en la irrealidad de un tiempo otro, podría con su mirada llegar –oblicuamente– hasta la realidad vivida, y salvarla. O bien ni siquiera un humano lector, sino la luz, la luz lectora: «Los hombres sólo existen para ser contemplados por la mirada blanca de la luz». La palabra del hombre, así pues, es ese espejo interpuesto entre el cuerpo y la luz, entre el centro de la vida y el centro de la muerte: espejo material en que se encarna el espíritu. Y así, en la palabra, como en el cuerpo del hombre, renace siempre el deseo: «que me devuelva el mundo mi mirada, / y yo devolveré su luz al mundo».

01/01/1998

 
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