ARTÍCULO

Adiós a todo eso. Un réquiem por el neoconservadurismo

 

La influencia neoconservadora en la política exterior estadounidense no ha tenido una reacción entusiasta fuera de Estados Unidos. Su fracaso a la hora de llevar la paz y la democracia a Irak se ha traducido ahora en una avalancha de críticas también en el ámbito interno, procedentes incluso de la propia clase política. La defección de más alto nivel ha sido la de Francis Fukuyama, autor de El fin de la historia y el último hombre (1992), el himno al triunfo del capitalismo que se convirtió en un texto canónico neo­con­ser­va­dor de los años noventa, articulando la transición de la administración Clinton a la de George W. Bush. En su nuevo libro, After the Neo­cons, Fukuyama señala que los principios neoconservadores fundamentales fueron sistemáticamente violados a la hora de esgrimir argumentos favorables a la guerra en Irak y, yendo más allá, que el intento más amplio de combatir el terrorismo se halla mal servido no sólo por la guerra, sino también por el proyecto neo­conservador de reforma democrática en Oriente Medio. El fracaso de estos proyectos, defiende, es un fenómeno menos de Oriente Medio que de la desorien­tada modernidad de los musulmanes en Occidente, y especialmente en Europa occidental. Como conclusión, ofrece un sustituto para la política exterior neoconservadora, algo que él mismo califica de «wilsonianismo realista».
El debate sobre el nuevo libro de Fukuyama no se ha producido únicamente entre los círculos ideológicos e intelectuales conservadores. Poco después de su publicación, la propia Casa Blanca entró en la reyerta, enviando correos electrónicos que citaban contradicciones entre las antiguas afirmaciones de Fukuyama y las posiciones adoptadas en su nuevo libro, especialmente su apoyo en 1998 al derrocamiento por medio de la fuerza de Sadam Husein. Como escribió Tod Lindberg, director de la Policy Review de la Hoover Institution, la Administración Bush ha estado «más influida por la obra de Fukuyama que por la de ningún otro pensador vivo».
Los comentaristas y críticos liberales han observado en Estados Unidos con una mezcla de justicia y alborozo el largamente esperado derrumbamiento conservador sobre la base ideo­ló­gi­ca de la política exterior de la Administración Bush.
El fin de la historia y el último hombre comenzó como un artículo escrito mientras Fukuyama se encontraba en la Rand Corporation, el gabinete estratégico por antonomasia de la Guerra Fría. Escrito en medio del arrebato de la victoria y el desplome del comunismo soviético, sostenía que el mundo se encontraba en un momento histórico en que la historia misma –al menos la «historia» en el sentido de las discusiones fundamentales sobre la ideología política–, en lo esencial, había concluido. La democracia liberal, el capitalismo de mercado y el Estado del bienestar habían ganado, tanto porque en principio eran justos como porque habían demostrado ser justos en la práctica, mientras que sus rivales totalitarios y colectivistas del siglo xx –comunismo, nazismo y fascismo– habían sido todos derrotados. El fin de la historia era, por tanto, una disquisición sobre el fin de las alternativas al capitalismo democrático liberal, al menos aquellas alternativas que surgían del proyecto modernizador. El libro no examinaba la posibilidad de un reto llegado del exterior del ámbito de la modernidad tal y como se entendía en Occidente. El islam aparece mencionado sólo de pasada.
Una buena parte de la ira de la que es objeto Fukuyama por parte de los neoconservadores y de los intelectuales de la Administración Bush desde la publicación de After the Neocons surge de la percepción de que él concibió El fin de la historia para que fuera un pronunciamiento universal, aplicable a lo largo y ancho de la historia mundial, no limitado únicamente a las ideologías de la modernidad. En su nuevo libro, Fukuyama no se retracta; lo que defiende es, en cambio, que ha sido malinterpretado. Nunca pretendió que su argumentación fuera universal, afirma, y son los neocons quienes cometen un error al no reconocer los límites de lo que puede –y no puede– brindarte una política que promueva la democracia y el liberalismo en Oriente Medio.
En los años posteriores a la publicación de El fin de la historia, los neoconservadores en política exterior defendieron la tesis de que las instituciones y los valores básicos de la democracia, los derechos humanos, el liberalismo, los mercados libres y la emancipación de las mujeres, fueran aceptados en todo el mundo y que no se pusieran en cuestión. El propio Fukuyama llegó más allá: en Trust: la confianza (1998; edición original inglesa de 1996) desarrolló algunos de los valores culturales que hicieron que el capitalismo liberal funcione; en La construcción del Estado: hacia un nuevo orden mundial en el siglo xxi (2004)Recensionado por Raimundo Ortega en Revista de Libros, núm. 101 (mayo de 2005), pp. 3-4., abordó el problema de los Estados fallidos, y en El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica (2003)Recensionado por Bryan Appleyard en Revista de Libros,núm. 71 (noviembre de 2002), pp. 22-24. examinó cómo evitar una nueva distopía moderna.
Durante los primeros años de Bush, cuando el pensamiento liberal y el conservador empezaron a estar cada vez más polarizados, Fukuyama y otros pensadores conservadores siguieron marcando la pauta de la Administración. Entre tanto, en otros lugares del mundo estaban también trabajando, como ahora sabemos, intelectuales con unas ideas muy diferentes. Ellos tenían, asimismo, una visión política global; pero la suya era un sueño, no del fin de la historia, sino de un renacimiento, una reanudación de la larga marcha del islam, estancada por siglos de expansión occidental, pero reforzada por la demografía global contemporánea. El verdadero desafío a la política exterior neoconservadora llegó no de los liberales a orillas del Potomac, sino de teócratas armados en el Viejo Mundo. El proyecto islamista es una visión paradójica de la historia simultáneamente vieja y nueva, premoderna en su utilización de las antiguas doctrinas islámicas, pero posmoderna en su uso extremadamente selectivo de ellas. Toma prestadas nociones del núcleo del pensamiento occidental –multiculturalismo, anticolonialismo, resentimiento profundo–, pero al servicio de una alternativa radical al capitalismo liberal profano. Al igual que el propio Fukuyama, los islamistas tienen una ideo­logía del fin de los tiempos, en su caso no una sociedad profana, democrática y civil abiertamente global, sino la umma mundial, tal y como aparece prescrita, según ellos, en el Corán. Durante un pe­río­do de tiempo crucial, la visión islamista resultó casi invisible para Occidente, incluso cuando estaba en proceso de elaboración; articulada en otro idioma, en árabe y no en inglés, su público no se encontraba entre los gabinetes estratégicos de Washington, sino entre los vestigios de modernidad llenos de resentimiento en las comunidades de inmigrantes de las ciudades de Europa.
El ascendiente de la alternativa islamista es la prueba para el pensamiento tanto liberal como neoconservador. Y After the Neocons puede verse como una respuesta indirecta, que intenta, además, marcar un nuevo rumbo para la política exterior estadounidense. La historia del neoconservadurismo que ofrece, tanto internamente como en su relación con otras aproximaciones estadounidenses a la política exterior, es imparcial y sensata. Fukuyama resulta práctico, por ejemplo, al desechar discretamente la tendencia de la izquierda estadounidense actual a percibir conspiraciones en torno a quienes estudiaron hace varias generaciones con Leo Strauss, un estudioso clásico cuyas densas teorías sobre las cuestiones de la verdad y el relativismo guardan sólo una relación tangencial con la teoría política contemporánea. El «esti­lo paranoico» de Richard Hofstadter en la política estadounidense no se limita a la derecha, una verdad ampliamente demostrada por argumentos dominantes en la blogosfera intelectual de la izquierda en la actualidad que pretenden revelar que el straussianismo es el Código Da Vinci de la Administración Bush.
En cuanto que doctrina política positiva, defiende Fukuyama, el neoconservadurismo es una de las cuatro aproximaciones principales a la política exterior estadounidense. Las otras tres son: primera, el realismo del tipo de Kissinger, que pone el énfasis en la fuerza y la estabilidad, y que tiende a restar importancia a la naturaleza interna de otros regímenes; segunda, el internacionalismo liberal, que confía en trascender la política de la fuerza y avanzar hacia «un orden internacional basado en la ley y las instituciones», y, finalmente, un término acuñado por Walter Russell Meade, el nacionalismo «jacksoniano», que tiende a una visión de los intereses estadounidenses relacionados con la seguridad y a una falta de confianza en el multilateralismo.
¿Qué caracteriza al neoconservadurismo en comparación con las demás dentro de este esquema? Fukuyama responde exponiendo una serie de propuestas interconectadas que –afirma– constituyen la base ideológica fundamental del neoconservadurismo. Surgió, señala, como una doctrina moralizadora muy específica para fomentar la seguridad estadounidense en las luchas ideológicas de la Guerra Fría. A finales de la Guerra Fría de­sem­pe­ñó el papel de antagonista idealista del realismo kissingeriano. Siendo más precisos, se opuso al realismo kissingeriano abrazado por Nixon y Ford, una doctrina que predicaba adaptarse al «ine­vitable» atractivo y difusión del comu­nismo. Esta doctrina del «declivismo» fue refrendada tanto por el incesantemente cínico Nixon como por el incorregiblemente ingenuo Carter, y sólo rechaza­da decididamente (para asombro y escarnio de la mayor parte de las élites estadounidenses, ya fueran cínicas o ingenuas) por el gran héroe del movimiento neoconservador, Ronald Reagan.
El siguiente argumento de Fukuyama es que, aunque el neoconservadurismo tiene que ver con la «seguridad» en el sentido lato de preservar a Estados Unidos, tanto su poder como sus ideales, no tiene que ver únicamente con el poder, o con el mantenimiento de una estabilidad realista de Estado a Estado. Se trata más bien de una creencia en el poder de las ideas, los ideales y la ideología como condiciones necesarias de la victoria en la Guerra Fría, de comprender que Juan Pablo II fue tan necesario para la victoria sobre el comunismo como lo fueron las tropas de la OTAN. Finalmente, dice, el neoconservadurismo afirma que los asuntos internos de los Estados –su vinculación con la democracia, los derechos humanos y los valores liberales– constituyen indicadores globales de una conducta estatal externa; elementos, por imprecisos que sean, para predecir sus tendencias hacia la guerra y la paz. Y el neoconservadurismo agrupa simultáneamente una creen­cia en la validez y el atractivo universales de ideales estadounidenses fundamentales y una creencia igualmente firme en la excepcionalidad estadounidense.
Tras la Guerra Fría, el neoconservadurismo reafirmó la especial legitimidad del poderío estadounidense. No mostró ninguna disculpa por utilizarlo para objetivos morales e idealistas. A veces estos objetivos afectaban directamente a los intereses de la seguridad de Estados Unidos, como en el caso de la propia Guerra Fría. En ocasiones, se afirmaba, la fuerza podía utilizarse en defensa de postulados básicos del orden internacional, como la defensa de Kuwait en la primera guerra del Golfo. Desde el punto de vista neoconservador, Estados Unidos tenía también el derecho de actuar internacionalmente a partir exclusivamente de la moral, cuando su seguridad no estaba directamente en juego. Así, fueron fundamentalmente los neoconservadores quienes expusieron los argumentos, unas veces con éxito y otras veces no, a favor de emprender acciones armadas en Somalia, Bosnia, Haití, Ruanda, Timor Oriental, Kosovo y, actualmente, Darfur.
Fukuyama subraya que el neoconservadurismo comparte con el realismo estadounidense un pertinaz escepticismo en relación con las instituciones internacionales, al menos aquellas, como las Naciones Unidas, que van más allá de un cierto multilateralismo mínimo centrado en el Estado, al tiempo que invocan visiones altruistas de gobierno global y declive de la soberanía. Los neoconservadores adoptan la crítica realista que, al margen de lo que digan los países en relación con las instituciones internacionales, no actúan, de hecho, en consonancia con sus propios dictámenes. Los neocons van también un paso más allá, introduciéndose en el reino de los ideales, y defienden que la soberanía democrática, y la soberanía democrática de Estados Unidos en particular, es también un ­ideal, que cuenta con su propia legitimidad moral, y que en la medida en que las instituciones internacionales busquen debilitar esa democracia soberana, están cometiendo un error de principio.
Fukuyama tiene una última propuesta sobre el neoconservadurismo, que resulta crucial para su argumentación de que la guerra de Irak supuso una traición de los principios neoconservadores. Sin embargo, esto se basa más en la experiencia de la política interna que en las relaciones internacionales. Es lo que califica de una profunda «desconfianza de proyectos ambiciosos de ingeniería social». Las consecuencias adversas de los ambiciosos esfuerzos de planificación social, escribe, son un «tema constante en el pensamiento neoconservador que enlaza la crítica del estalinismo en la década de 1940 con [...] el escepticismo en torno a la Gran Sociedad [del presidente Lyndon B. Johnson] en los años sesenta».
La media docena anterior de sus propuestas se engranan como las lecciones de la victoria en la Guerra Fría. ¿Hasta qué punto –pregunta– son estas lecciones la guía correcta para conducir a Estados Unidos a la guerra en Irak y, en términos más generales, a la «guerra» al terrorismo? ¿No son más bien un ejemplo de librar la batalla equivocada, el equivalente ideológico de la tendencia de los generales, a menudo apuntada, a valerse de la táctica utilizada en el conflicto anterior, con mucha frecuencia con resultados desastrosos? Su propuesta final centra su atención en una incongruencia dentro de la visión del mundo neoconservadora: la creencia de que construir la democracia en Irak podría lograrse simplemente recurriendo al recurso externo de derrocar por la fuerza al dictador y que podría llevarse a cabo sin consecuencias negativas no previstas.
Según Fukuyama, una interpretación errónea de los principios neoconservadores condujo a la Administración Bush a volver a librar la última guerra –esto es, la guerra al comunismo–, creyendo equivocadamente que la guerra de Irak tendría fundamentalmente el mismo resultado: una liberación de una demanda social y cultural de democracia, capitalismo, sociedad civil y del imperio de la ley que se encontraba reprimida. Debería haber estado claro que las presiones sociales y culturales en pos de la democracia y otros objetivos en Europa oriental fueron la consecuencia de condiciones muy a largo plazo que sencillamente no estaban presentes en el Oriente Medio árabe. Así, al zafarse de las garras del dictador, Estados Unidos abrió la puerta a las fuerzas de la violencia sectaria, tribal y provocada por otras causas y, potencialmente, a la guerra civil. No se encontraban en el diccionario de las consecuencias previstas porque los neoconservadores habían obtenido su plantilla a partir de los ejemplos culturales fundamentalmente occidentales de Europa y la modernidad. Este aspecto de la argumentación de Fukuyama ha sido tildado en ocasiones injustamente de racista, una visión del mundo árabe cercana a lo que Rudyard Kipling llamó «razas inferiores sin la ley» en su poema «Recessional». Lo que es en verdad es realista, exhortando a la cautela en las acciones moralistas. Comporta el reconocimiento de que la democracia liberal surge de matrices sociales y culturales especiales a largo plazo y no puede simplemente promulgarse por medio de elecciones, así como un reconocimiento ulterior de que la democracia misma es una condición social frágil incluso allí donde ya existe, y que sus condiciones subyacentes pueden destruirse mucho más rápidamente de lo que pueden crearse. Se trata de una crítica conservadora del neoconservadurismo que apunta a una contradicción dentro de los supuestos morales neoconservadores. Es, quizá, no exactamente realista, en el sentido de acudir a un limitado interés nacional o estabilidad estatal; es, más bien, la postura de un realista moral.
La visión que tiene Fukuyama de estas cosas, como puede advertirse, muestra, asimismo, incongruencias. En El fin de la historia se mostraba como algo parecido a un triunfalista hegeliano. En este otro libro, despliega una cautela burkeana, si no un franco pesimismo. Puede que sea su malestar por haber cambiado de opinión lo que explica el hecho peculiar de que Burke, a pesar de planear sobre casi todas y cada una de las críticas sustantivas que plantea Fukuyama del triunfalismo neoconservador, apenas figure en el texto de After the Neocons.
¿Qué significa el adiós de Fukuyama a sus antiguos compañeros de armas para el debate sobre la guerra de Irak? En la izquierda, muchos han abandonado su tradicional idealismo wilsoniano para deleitarse en un realismo caracterizado por su mezquindad de espíritu y que se asocia habitualmente a la derecha, oponiéndose a la guerra de Irak no sólo sobre los supuestos legítimos de que no era probable lograr sus objetivos y correr el riesgo de provocar algo peor, sino, en el curso de esto, minimizando de manera culpable el mal que hizo Sadam. Recuérdese cómo, durante los años noventa, en los círculos liberales de Estados Unidos, Canadá o Europa occidental era tabú sugerir siquiera que las guerras en los Balcanes po­drían ser el resultado de odios étnicos que se remontaban a varios siglos. Eso era realismo conservador malvado expresado por republicanos moralmente indiferentes como Brent Scowcroft, y denunciado con elocuencia por internacionalistas progresistas como Michael Ignatieff y Samantha Power. Yo mismo hice discursos de este tenor cuando trabajé para Human Rights Watch, insistiendo, con una certeza moral kantiana, en que las guerras no son nunca atribuibles a antiguos odios étnicos (Yugoslavia), y que no puede haber paz sin justicia (Sierra Leona), y que la impunidad siempre rebota (Chile). La posición progresista era que atribuir las guerras yugoslavas a antiguos odios étnicos y no a las manipulaciones de los políticos actuales era un artimaña inmoral y cínica para evitar verse involucrado. Hoy, por otra parte, un realista liberal muy comprometido del Partido Demócrata, Kos Moulitsas, puede escribir lo siguiente: «Está claro que en Oriente Medio nadie está harto de luchas. Tienen siglos de rencillas que resolver y seguirán luchando hasta que puedan superarlas». Entre tanto, y al menos hasta su reciente muerte, parece que Sadam Husein estaba siendo reinventado por la izquierda como simplemente otro mal chico de poca monta en la sala de un tribunal que le ofrecía insuficientes protecciones procedimentales. Es posible, por supuesto, que sea realmente cierto que Irak está peor hoy que ayer, aunque a mí me parece que está lejos de ser así.
O aun podría acabar por ser cierto. Pero la degradación del idealismo de los derechos humanos y el abrazo del realismo kissingeriano en el tema de Irak les cuadra mal a los liberales estadounidenses. Es como si se hubieran visto obligados durante mucho tiempo a rezar en la iglesia del pío wilsonianismo y ahora se vieran de repente liberados de salir a las calles para un carnaval de realismo, súbitamente liberados para disertar sobre las virtudes de la contención, la estabilidad y el interés nacional.
Fukuyama tiene muchísimo que decir sobre los preparativos neoconservadores de la guerra de Irak. En esto sí es congruente: se opuso a ella desde el principio. Quizás empezaron a surtir efecto sus instintos burkeanos, que nacen del trabajo que había realizado desde 2000 sobre los rigores de la construcción del Estado y las profundas dificultades de crear desde cero condiciones para la democracia en el mundo fuera de Europa oriental. Los neoconservadores que aplaudieron El fin de la historia parecen no haber leído sus libros sobre la construcción de naciones y el desarrollo internacional.
Fukuyama tiene en buena medida razón, a mi parecer, en su crítica del neoconservadurismo ingenuo y en su ­creen­cia de que la liberación de Europa oriental se repetiría tal cual en Irak. Pero no es necesariamente correcto atribuir a estos neocons la política de la Administración en Irak. Fueron una parte crucial de la coalición favorable a la guerra dentro de la Administración Bush. Pero resulta mejor describir a figuras esenciales, y destacados defensores de la guerra, fundamentalmente Dick Cheney y Donald Rumsfeld, como nacionalistas jacksonianos conservadores, que es la categoría elegida por Fukuyama. Realistas conservadores tradicionales como Scowcroft y Kissinger dijeron que no a la aventura neoconservadora; mientras que los nacionalistas jacksonianos conservadores dijeron que sí. Se trataba de una diferencia crucial. Ni unos ni otros pueden ser tildados de idealistas o moralistas.
Y hay una pieza que falta en el relato que hace Fukuyama de la coalición favorable a la guerra de la Administración Bush. Se trata de la transformación de al menos algunos de estos realistas –o nacionalistas jacksonianos– en neoconservadores hechos y derechos, esto es, la convergencia de realismo e idealismo. Un buen ejemplo es Condoleezza Rice, la secretaria de Estado, que empezó como una protegida realista de Scowcroft, pero que emergió como una ardiente defensora de lo que podemos tildar de la doctrina Bush, sosteniendo que la búsqueda de la democracia y los valores universales es en sí misma una estrategia rea­lis­ta. Esta escuela de pensamiento defiende que las antiguas doctrinas realistas de la contención, el acuerdo, la estabilidad y el interés nacional limitado son las que nos llevaron a los aprietos actuales; y que sólo una visión más amplia puede sacarnos de ahí. El idealismo –y esta es una frase que ha aparecido repetidamente en defensas conservadoras de la guerra de Irak– es el nuevo realismo. Según este punto de vista, que debería distinguirse del neo­con­ser­va­du­ris­mo ingenuo, la guerra para cambiar un régimen y llevar a cabo una transformación democrática pasa a ser, en el cálculo instrumentalista de los realistas, una opción premeditada sobre las posibilidades de transformación política, magnificada por la amenaza percibida de transferencia de tecnología de las armas de destrucción masiva. Es posible que personas diferentes calibren las probabilidades de modo diferente, que hagan estimaciones diferentes, que lleguen a apuestas diferentes, incluida la opción de no hacer nada en absoluto. Fue sobre este supuesto por lo que, por una vez, apoyé y sigo apoyando la guerra de Irak, y me parece un argumento que Fukuyama deja notoriamente de lado. No es que Fukuyama asesine a un hombre de paja –lo cierto es que hubo muchos neoconservadores ingenuos, supuestamente ahora muy escarmentados por los hechos–, pero hay también muchos realistas convertidos en idealistas no tan ingenuos para quienes el resultado de la apuesta sigue estando en gran medida sin decidir.
Fukuyama tiene un segundo argumento en contra de la guerra de Irak y contra la política transformativa como una estrategia en la guerra contra el terrorismo. Valiéndose de autores como Olivier Roy, sostiene que la transformación de los regímenes democráticos en Oriente Medio no abordará el problema del extremismo y el terrorismo islamistas, porque se trata de fenómenos que no son característicos principalmente de Oriente Medio, sino de musulmanes en Occidente que se enfrentan a la pérdida de identidad. Aun suponiendo que la estrategia transformativa consiguiera estabilizar Irak, defiende, los precursores sociales del terrorismo no se encontrarán ahí. Proceden de lugares que no podemos atacar con la fuerza militar: Hamburgo, Londres, los suburbios parisienses. Así, el fenómeno del terrorismo isla­mista no es un problema regional, político o siquiera sociológico; se trata más bien de la acumulación de psicologías individuales, concentradas y masificadas, en narraciones de resentimiento y exclusión compartidas pero, sin embargo, enormemente personales, así como de la búsqueda de la integración social y económica musulmana, y especialmente de la integración de la clase media musulmana, dentro de la modernidad pluralista europea. A pesar de que los lugares de nacimiento de los secuestradores del 11 de septiembre fueran Arabia Saudí y Egipto, reza este argumento, su formación espiritual yihadista había tenido lugar en Europa occidental. La Administración Bush se embarcaba, por este motivo, en una guerra que erraba el tiro, centrándose en la región equivocada y en el país equivocado.
No quisiera negar la fuerza de las observaciones psicológicas de Fukuyama. Constituyen una parte indispensable de cualquier entendimiento profundo del esprit de corps de los terroristas. Conforman una poderosa receta, desde mi punto de vista, para cambios ideológicos profundos en las sociedades occidentales y sus Estados, aunque quizá no los cambios que Fukuyama tiene en mente. Los cambios a cuya necesidad se refieren, creo, implican el abandono explícito de las doctrinas del multiculturalismo en las sociedades occidentales, doctrinas que las han dañado y debilitado tanto. Constituyen un argumento a favor de una vigorosa reafirmación del liberalismo tradicional, sobre todo de sus garantías de libre expresión, aun para la blasfemia, y de una negativa liberal tradicional a tolerar al intolerante. En algún momento Europa y Estados Unidos tendrán que defender más vigorosamente –a la vista del desafío cultural del islamismo y otros fundamentalismos violentos– su herencia marcadamente liberal (en Estados Unidos, el pluralismo liberal, para ser precisos, más que el laicismo liberal, procedían del anticlericalismo europeo). El eje de esa defensa es una actitud clara hacia el extremismo religioso. El islam –el islam «moderado»– debe ocupar su lugar al lado de otras religiones. Esto equivale a decir que debe habitar dentro de la jaula de la tolerancia, una jaula de hierro que insista sin apología en que las religiones toleran el orden secular liberal de la vida pública. Las comunidades musulmanas de Occidente deben saber que el grueso de la sociedad no pondrá en peligro sus exigencias de que todos respeten los valores de una sociedad liberal; también deben saber que estarán protegidos con fuerza contra las exigencias de extremistas surgidos del seno de su propia comunidad.
El argumento psicológico de Fukuyama, por importante que sea, no liquida el argumento a favor de un cambio de régimen por la fuerza, ni de intentar abrir posibilidades a la transformación democrática en Oriente Medio. El asunto no se ciñe exclusivamente a los musulmanes en Occidente. No pueden pasarse por alto los papeles secundarios de regímenes corruptos y autoritarios de Oriente Medio que se mantienen a flote con ideología religiosa y wahhabismo financiado por Arabia Saudí. No hay duda de que el empuje hacia la democracia en la región producirá consecuencias no previstas. Una que ya ha sido prevista, por el jurista egipcio Hesham Nasr, entre otros, es el aumento de los partidos islamistas y de la ley de la sharia entre poblaciones que, tras haber visto el fracaso del socialismo y el neoliberalismo para mejorar sus vidas, están deseosos de dar al menos una oportunidad al islamismo parlamentario. El tema, subraya Nasr, no es tanto si debería permitírseles intentarlo, sino si, tras haberlo intentado y quizá sin que les guste, seguirán teniendo un sistema político que les permita renunciar a él. ¿Cómo –pregunta– renuncia una sociedad al sistema legal de Dios?
El último argumento de Fukuyama, su respuesta a lo que debería ser la política posneoconservadora, es menos convincente que la crítica que él mismo le planteó anteriormente. Reclama un nuevo paradigma para la política exterior, un internacionalismo liberal práctico que denomina «wilsonianismo realista». La terminología pretende combinar las corrientes idealista y realista. Las profundas contradicciones de la política exterior neo­conservadora, dice, pueden abordarse únicamente por medio de un multilate­ralismo renovado y reforzado. En primer lugar, propone, Estados Unidos debería «trabajar hacia un mundo multilateral y no otorgar un énfasis especial a las Naciones Unidas». Ubica la fuente de la legitimidad multilateral no en instituciones de Naciones Unidas, sino en una configuración más flexible, más firmemente multilateral que coaliciones de países convencidos lideradas por Estados Unidos, pero menos que la de Naciones Unidas. En segundo lugar, Fukuyama defiende que el objetivo de la política exterior no debería ser la «trascendencia de la política de la soberanía y la fuerza, sino su regularización por medio de limitaciones institucionales».
En la práctica, lo que Fukuyama describe es el viejo y bien conocido internacionalismo liberal con un énfasis un poco menor en las organizaciones internacionales existentes. ¿Qué hay en esto de realista, me pregunto? En la práctica, lo más probable es que viniera a ser lo mismo que un multilateralismo que fomenta la influencia de las potencias europeas de segundo nivel. Se trata de un consejo que reconfortará a muchos en Europa y de muchos situados a la izquierda en Estados Unidos, pero no a mí. Y se halla muy desconectado del anterior argumento de Fukuyama. El «wilsonianismo realista» parece nacer del deseo de encontrar un nuevo paradigma –cualquier paradigma– que limite acciones ulteriores del neoconservadurismo estadounidense. No es tanto una solución a las contradicciones neoconservadoras como un esfuerzo por ponerlas en cuarentena.
Los hechos sucedidos desde que fue escrito el libro no hacen que esta receta resulte más adecuada. Actualmente, con el aún reciente conflicto en el Líbano, hemos entrado en una nueva fase de política exterior en la que aparentemente no cuenta nada que no sea el realismo más duro. Irán actúa por medio de su representante, Hezbollah; tras poner a prueba y comprobar que las potencias occidentales están cansadas y debilitadas, ha descubierto lo que los expertos en teo­ría de juegos han percibido hace mucho, que el mundo es vulnerable a los gorrones (free-riders) y a aquellos que amenazan con charlas diplomáticas a cara de perro pero poco sinceras. Irán está apostando por el prestigio de las armas nucleares que aún tiene que completar; Siria ha descubierto la diferencia que supone un año en la voluntad de las instituciones internacionales. La desgastada Administración Bush parece andar sonámbula en los menos de dos años que le quedan con la bendición de sus socios multilateralistas; no quiere nada más que pasar el testigo de cualesquiera crisis de política exterior pendientes a la siguiente administración. Si Bush actúa únicamente en Irán o Corea del Norte, podemos estar seguros de que esta vez no será de buena gana. Nadie, aparentemente, tiene tiempo para el idealismo; los argumentos neoconservadores sobre la democracia y la libertad parecen más que muertos en medio de esta nueva guerra en Oriente Medio.
La solución a esto que plantea Fukuyama puede describirse más acertadamente como un internacionalismo incapaz. Esta versión del idealismo parece condenada desde el principio a ser heroicamente internacionalista precisamente de los modos que aseguran más su ineficacia. Los efectos pueden verse en la ausencia actual de cualquier tipo de acción en Sudán. Hace varios meses daba cuenta de ellos The New York Times Magazine, en un perfil del fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional. La comunidad internacional no impedirá el genocidio en Darfur, señalaba el artículo, de modo que pongámonos, en cambio, a preparar juicios penales en primer lugar para aquellos que no mostraron ninguna voluntad de impedirlo. Pero, en este caso, ¿por qué habría de molestarse el TPI? ¿No es moralmente corrupto quedarse quieto a contemplar el genocidio, consolándose con una firme pero vaga promesa de arrestar a algunas personas cuando todo haya terminado? Este es un ejemplo de los vicios tanto del internacionalismo como del rea­lismo. En el caso de Irak, los neoconservadores prefirieron la guerra. Su búsqueda de una transformación democrática rápida e indolora, que no encontraron, pecaba de ingenuidad. Pero su otra creen­cia no era tan ingenua: se trata de la creen­cia de que, a la larga, la estrategia rea­lis­ta del acuerdo y la contención de regímenes execrables –la búsqueda de estabilidad fueran cuales fuesen los costes morales practicada por Occidente durante treinta años– sólo serviría para alimentar a la bestia. En After the Neocons, Francis Fukuyama ha analizado con un nivel de análisis exquisito y aleccionador dónde se equivocó esa visión, dónde es internamente contradictoria y dónde se basa en paralelismos históricos inadecuados para volver a librar la Guerra Fría. Su libro es agudo y sagaz, aunque en última instancia no tan demoledor como él se piensa. La alternativa que ofrece, por contraste, el conocido como wilsonianismo realista, simplemente prefiere el inútil internacionalismo. En estos tiempos difíciles, ay, esto no constituye ninguna alternativa.

 

Traducción de Luis Gago

© The Times Literary Supplement
www.the-tls.co.uk
 

01/06/2007

 
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